Entrevistas

Beatriz Vignoli: “La poesía es mi centro”

Maxi Conforti

La poeta, narradora, traductora, crítica y periodista rosarina se alzó con el Primer Premio Nacional de Poesía por su libro Tálamo.


Por Valeria Tentoni.



Publicado por Nebliplateada en 2021, Viernes no solo reúne en sus versiones originales completas cada libro de poesía publicado por Beatriz Vignoli en lo que va de este siglo, sino que incluye, además, un nuevo conjunto de poemas recientes: Tálamo. Es por este volumen, cuya publicación independiente verá la luz en 2026, que se reconoció a la poeta, periodista, narradora, traductora y crítica nacida en Rosario en 1965.

El Premio Nacional de Poesía es una de las distinciones más prestigiosas del país, vigente desde 1914. El jurado, compuesto por Claudia Masin, Clara Muschietti y Natalia Romero, destacó: “Su voz poética es disruptiva, su respiración es salvaje y contenida a la vez. No hay desbordes, hay algo vivo que se mueve y nos mueve. La poesía de Beatriz Vignoli, una de las poetas vivas más importantes de Argentina, que también es novelista, traductora, periodista y crítica de arte, nos sumerge en una extrañeza única. Tálamo, de Beatriz Vignoli, arde”. Además de Vignoli, el Premio Nacional reconoció libros de Alicia Genovese, que se llevó el segundo premio, María Teresa Andruetto, tercer premio, Andi Nachon, Osvaldo Bossi y Roberta Iannamico con menciones especiales.

En paralelo, el sello Socios Fundadores publica Sol salvaje, un nuevo libro de poemas en cuya contratapa Fabián Casas firma: “Queda una poeta salvaje: Beatriz Vignoli. Puede escribir en la piedra o en la caja de un cartón de pizza, y sus palabras se graban en la mente con gran potencia los quedamos escuchando la música del latido, o el canto de un pájaro que no necesita traducción".


Acabás de recibir el Premio Nacional de Poesía por tu libro Tálamo, un libro que está incluido dentro de Viernes. Poesía reunida 1979–2021 (Nebliplateada, 2022). El libro, hasta el año que viene, no saldrá como obra independiente, ¿cómo creés que juega con el resto de tu obra? ¿Cómo creés que fue leído, recibido, en el marco de Viernes?

Tálamo es un libro de poemas con un énfasis especial en la intimidad, los lazos, los linajes y la memoria. Juega puntualmente con ciertas piezas dentro de mi obra, como el poema “31 de diciembre, 2001”, cuyo primer verso cito casi textualmente en el poema “¡Albuquerque!”. “Y la vida era eso, salir a la vereda un treinta y uno”, digo en “¡Albuquerque!”, mientras que en el texto original de “31 de diciembre, 2001”, decía: “Y la vida era esto, salir a la vereda un treinta y uno”. En esa letra que cambia, la “t” de “esto”, que la convierte en “eso”, en esa alteración del pronombre demostrativo se concentran todos los años que pasaron entre aquella fiesta de Año Nuevo del 2001 al 2002 y el reencuentro con una de las personas que sobreviven de aquella reunión, sumado al encuentro con una integrante de la nueva generación de esa familia. En ese reencuentro hemos creado entre las tres una contraseña nueva para saludarnos, que es el topónimo del título. Y el motivo de la celebración de Año Nuevo está presente como leyenda familiar que se transmite de generación en generación en otro poema del libro Tálamo, que también lleva por título una fecha: “Enero 1 de 1961, 00:01”.

Además, hay reescrituras. Otra versión diferente de “Luna en Piscis”, más extensa, integra mi libro Expreso, publicado en Rosario por Editorial Biblioteca en 2022, pocos meses después que la poesía reunida. Creo que Tálamo, más que vincularse con mi obra anterior, abre en mi poesía una puerta a la exploración de la memoria, con la que trabajo en libros sucesivos como el muy reciente Sol salvaje (Socios fundadores, 2025), donde abordo, en dos poemas al comienzo y uno al final del libro, mi difícil adolescencia en plena dictadura, con el rock como espacio de resistencia cultural.

Si bien el tono es distinto (más ligero en los poemas de madurez y paradójicamente más grave en los de juventud), encuentro vasos comunicantes entre algunos poemas de Tálamo y mi primera poesía, la que escribí en mi adolescencia, cuando me pensaba como mucho mayor. Hacía una poesía filosófica. Abordaba cuestiones existenciales tales como la soledad radical de la condición humana, o la esencia y la existencia del tiempo. Algunos de aquellos poemas, de 1978, como “El reloj” y “Nuestros ojos lo ocultan a la vista”, están incluidos en mi libro Viernes. Poesía reunida (1979-2021).

En Tálamo retomo lo filosófico en dos poemas que escribí a fines del siglo pasado y que recién ahora encuentran libro, como “Error de marketing” (un inédito que leí en una edición del Festival de Poesía de Rosario, no recuerdo cuál) y otro poema que nunca había mostrado, “Estimado editor”. En ellos abordo temas filosóficos como el sinsentido del mundo y la extrañeza ante el nombre propio, temas que constituyen dos obsesiones en mis dos novelas en prosa poética: DAF (que tuvo dos ediciones electrónicas en 2000 y salió en papel en 2014) y Molinari baila (que tuvo tres ediciones, en 2012, 2019 y 2025, la última por la editorial de la Universidad Nacional de Rosario).

La recepción es fuertemente emocional cuando quien lee o escucha el poema es la misma persona que constituye el tema del poema, o una cercana a ella. Me da mucha alegría leer algunos poemas de Tálamo en familia, y allí mismo escuchar contar otras versiones de los mismos relatos. Se los he leído a mis hermanos, a un sobrino, a una prima, a unos primos en una reunión de Año Nuevo... de pronto pasé de ser la parienta rara a la parienta premiada, y me escuchan, y en general les encanta que escriba sobre ellos o sobre nuestros familiares en común. No he sido muy familiera, a mi pesar. Fue a causa de la incomprensión, que ahora se ve en gran medida subsanada gracias a este libro y a este premio. Incluso en la amistad funcionó (tardíamente) el efecto Tálamo, cuando la anfitriona de “¡Albuquerque!” (algo después de la noticia del premio; se tomó tres años) se reconoció en el poema y me dijo que era “un canto a la amistad”.


Tálamo es un libro que trabaja, como otros tuyos, inclusive de narrativa en juego profundo con el paisaje. ¿Qué lugar le das a este elemento?

Le doy al paisaje un lugar muy importante porque me reconozco en una tradición literaria regional, no necesariamente regionalista, aunque sí en parte, en un sentido moderno que se proyecta hacia cierto universalismo. El gran precursor moderno de este gesto es José Pedroni, cultor de un imaginario de la “pampa gringa” que siempre estamos reescribiendo, porque le faltó cantar lo originario, los marrones y los negros.

Y un poco más al nordeste, en Entre Ríos, hizo escuela el poeta Juan Laurentino Ortiz.

Esa tradición moderna regional para mí está representada en narrativa por escritores rosarinos como Jorge Riestra (también ganador del Premio Nacional de Literatura, en 1988, por su novela El opus), Noemí Ulla y Jorge Barquero, entre otros, y en poesía por la poeta santafesina Beatriz Vallejos (de quien soy fan, habiendo sido ella a su vez una fan incondicional de Juanele Ortiz); por el poeta rosarino Hugo Ojeda (autor de “Poema de la nieve en Rosario”, que descubrí tempranamente en 1976 o 1977), y por muchos otros poetas inmensos como Rafael Ielpi, Celia Fontán, Estela Figueroa, Edgardo Zotto, Sonia Scarabelli o Fer Callero. No sólo en poesía sino en la plástica o el ensayo (me refiero a aquel magistral texto de 1972 por Beatriz Vallejos, “Influencia del viento y del agua en el paisaje”), los poetas de mi región asumimos un compromiso con el paisaje litoral. Incluso en uno de los poemas de Tálamo juego con eso, siguiendo un chiste de Daniel Durand: “Lit oral” (con espacio entre la t y la o, ahí está el chiste) es un poema que por mucho tiempo fue sólo oral, lo grabé en el teléfono y tardé años en escribirlo; lo había compuesto mientras caminaba por una calle de la ciudad de Santa Fe.

Por otra parte, los poetas de la ciudad de Rosario nos caracterizamos por dejar marcas fuertes del paisaje urbano en nuestra poesía. Cuando escribí mi novela DAF, y también cuando escribí mi libro de poesía Almagro, lo hice con un programa estético de volcar en cada texto el contexto que habitaba en cada momento, que podía ser Rosario con mis recuerdos o la ciudad de Buenos Aires, a la que descubría habitándola. Tenemos una actitud documentalista ante el poema; esto es especialmente cierto entre mis pares generacionales objetivistas, como Martín Prieto, Daniel García Helder, Osvaldo Aguirre, Oscar Taborda, Graciela Saccone, Richi Guiamet o Eugenio Previgliano, entre otros. Mi propio acercamiento al objetivismo proviene de la influencia de la poesía imagista o imaginista estadounidense, a diferencia de ellos, que siguen el objetivismo francés. Estos siete poetas rosarinos (o rosarinos “por adopción”) que nombro no nacieron de un repollo, sino que tienen sus precursores locales en la poesía de revistas como El lagrimal trifurca o La cachimba, y estas a su vez fueron influidas por modernos o tardo-vanguardistas rosarinos olvidados, como Marcos Lenzoni o Facundo Marull.

Lenzoni, oriundo de Sastre, tiene un poema maravilloso donde le da forma de verso medido al pregón del verdulero italiano que con voz de “bel canto” vende por la calle. Lo publicó en un diario en la segunda década del siglo veinte, que los historiadores llaman “entre centenarios” (1910-1925); integra una serie sobre la ciudad de Rosario.

Y no hay que olvidar las letras de las canciones de Chacho Muller, Jorge Fandermole, Adrián Abonizio, Silvina Garré y tantos otros que hicieron universal su música por situarla en un lugar reconocible, como hizo Manal en Buenos Aires con esa letra de poesía imagista, “Avenida Rivadavia”: “la lluvia va pudriendo un zapato olvidado”.

Toda esta tradición de una poesía que se hace cargo del paisaje, el litoral, la urbe, lo visible en suma, resultó más orgánica y capaz de operaciones de visibilización que otra tradición poética regional distinta en la que me había inscrito tempranamente, la de una poesía filosófica, del lenguaje alto y el tono grave: la poesía “del cincuenta”, la que Eduardo D’Anna llama despectivamente “de los demiurgos”, y que incluye a grandes poetas no tan leídos, como Willy Harvey (o Guillermo Harvey) o Fausto Hernández. Y donde hubo poetas más influyentes, como Aldo Oliva, Irma Peirano o Rubén Sevlever.

Y no hay que olvidar la poesía del lenguaje que cultivaron con gran exquisitez Hugo Padeletti y Mirta Rosenberg: una poesía semióticamente densa, rica en referencias.

Y si te movés de Santa Fe capital o de Rosario y te vas a Rafaela, una ciudad con una historia singularísima, ahí hay una tradición muy original donde se combinan todas esas vertientes, y que se expresa en obras como “Orfeo se reembarca”, el poemario póstumo de Lermo Balbi, o en grandes poetas como Santiago Alassia o Elda Massoni.

Tálamo es el libro que siempre quise escribir”, dijiste. ¿Por qué?

Porque con mi familia de origen tuvimos una mudanza en particular que marcó mi sensibilidad: después de haber vivido en un confortable departamento a estrenar en uno de los barrios residenciales más cotizados entonces, con seis años me encontré viviendo en un viejo caserón tipo chorizo con jardines asilvestrados a media cuadra del manicomio y de la morgue. Este cambio brutal, unido a que allí tuvimos nuestro primer televisor (una pieza artesanal, obra del carpintero de las obras de mi viejo), me inspiró en algún momento de la niñez el deseo de escribir un texto literario que se pareciera a la película “El fantasma de Canterville”, que también era una canción de la época. El motivo gótico de la casa embrujada me parecía muy literario y lo tenía muy presente gracias a un secreto que atravesaba aquella casa: la leyenda de que estaba habitada por fantasmas. Para mí en aquella época de mi niñez, comienzos de los años 70, eran extraterrestres. Pero después fueron fantasmas. Nunca tuve la técnica narrativa como para escribir gótico, pero siempre quise hacer poesía sobre esa casa y esa familia, un tema para el cual necesité primero haber forjado mi oficio en otros temas más fáciles.

Y un tema sobre el que siempre quise escribir, desde que empecé a componer poesía a los once años, y en el que durante décadas fracasé, fue mi abuela paterna: la bella muerta amada que alienta en los cuentos que leí a comienzos de mi adolescencia. Antes de llegar a Poe y a Hoffmann (de quienes era fan mi abuelo materno) me leí “Yo canto el cuerpo eléctrico” de Ray Bradbury, en la traducción de la editorial Minotauro. En ese cuento, la muerte de la abuela (el drama de mi vida) es “solucionada” a través de la tecnología. Bradbury traducido por un poeta fue mi primer encuentro verdadero con la poesía; el segundo fueron las letras de los Beatles. Tras muchos intentos, logré producir un poema como “Bibelot ribereño”, que no creo a la altura de mi ambición, a diferencia de los pasajes elegíacos de mi novela DAF, donde siento que sí logré algo.

No he abandonado el proyecto de escribir algo extenso sobre mi abuela Elvira. Algún día lo haré, pero lo haré honrando su feminismo pionero y contando su historia de mujer luchadora por la igualdad, lejos del estereotipo trágico a lo “Alfonsina y el mar”.


¿Cómo fue compartir premio con Andruetto y Genovese? ¿Y recibirlo de un jurado como el de Claudia Masin,  Clara Muschietti y Natalia Romero?

Fue un inmenso honor, ya que excepto Natalia Romero, son todas poetas que conozco, leo, sigo y admiro. Todas ellas son excelentes poetas y además excelentes personas, muy solidarias entre colegas. Nos une un espíritu de sororidad, no somos competitivas (excepto en el sentido en que lo dice Abonizio en “El témpano”: “la lucha es de igual a igual contra uno mismo / y eso es ganarla”) y siempre hemos buscado diferenciarnos de nuestros pares varones, en tanto no adscribimos a la teoría literaria del parricidio. Así que verlas ganar a María Teresa y a Alicia, no importa en qué puesto, es como ver ganar a mi equipo. Y lo mismo me pasa con Claudia y con Clara: mi premio es de ellas también porque ellas juegan en el mismo equipo, esta copa es para brindar con todas.

¿Qué lugar le das a los premios, y a un premio nacional como este en particular?

Les doy un lugar importante porque los considero instancias legitimadoras válidas, que vienen a compensar deficiencias que me venían dejando en falta ante la sociedad, por aquello de todo lo que se espera de alguien que hace algo creativo: éxito económico y de mercado, plata para comprarse una casa y comprarle otra casa a la madre (si vive) o al hermano (en su defecto) y encima algún título universitario potente, nada de terciarios. Y Rosario es muy jodido en eso, muy clasemediero, muy exitista. Por más años de análisis que una tenga encima, cuesta sustraerse al peso de esas expectativas que son más pesadas cuanto más visible una se vuelve, así que un premio es como decir: miren, acá tienen, han visto que al final tan loser no soy... y además es guita y puedo pagar mi parte de la cena navideña, puedo volver con honores a estar con esa gente que tanto extrañé. Por lo demás, no cambia nada; la primera recompensa fue releer el poema y sentir que sonaba bien, y siempre sentí que mi poesía sonaba bien.

Eso, en cuanto al premio. Y que sea nacional le agrega un plus muy importante para mi región, y en ese sentido me parece que esto es lo más importante del premio, más allá del logro individual. Porque al legitimarme como autora argentina, el premio nacional me libera de esa cultura del paternalismo que suele tener Buenos Aires, y me está dando la oportunidad de mostrar ante el país las producciones de otros, otras y otres poetas de mi región que de alguna manera constituyen mi poesía. Por eso hago esas listas en respuesta a otra de las preguntas: porque siento, y sentimos todos en Rosario, que este es un premio a una tradición, a una región, y no sólo a esta poeta. O sí, a esta poeta, que es representativa de una región. Digamos que soy una sinécdoque.

Has contado que estuviste a punto de ser jurado de este premio, y lo rechazaste a instancias de la fe de tu editora. ¿Qué lugar le das a los editores de tus obras, cómo te acompañan y cómo los elegís?

Los elijo ante todo por su honradez. En segundo lugar, por su compromiso con mi obra. Elijo editores que quieran lo que escribo, que lo adopten como propio, que asuman ese peso de lo que ya produje y me dejen así la libertad para empezar a producir de nuevo desde cero, que me parece la mejor forma de escribir algo realmente contemporáneo o “moderno”, como se decía antes. Una editora como María Gómez, de Nebliplateada, que me editó tres libros (entre ellos la poesía reunida) y va por más, es alguien que yo querría que fuese eterna. Lo mismo me pasa con Carolina Musa, editora de mi libro de cuentos para jóvenes y con quien estamos preparando un libro multimedia; con Maxi y Ana, de Iván Rosado, editores de Árbol solo, libro con el que gané el Premio Provincial de Poesía José Pedroni, y también de esa joyita gráfica que es Reverie, libro impecable, en el que metió sus zarpitas mi gato como coautor; me pasa con Francisco Garamona, editor de Lemuria (el otro libro del otro gato) y a quien le estoy preparando algo nuevo; y con Patricio Bordes, héroe del camino y de Barrio Rucci, el editor de mis ensayos, y con Alejandra Correa que se animó a publicarme un libro de obituarios, y por supuesto con la gente de la Editorial Municipal de Rosario y con la gente de la Editorial Bajo la Luna, que son las dos editoriales donde empecé. Y ahora tengo una gran historia de amor editorial con Martina y Jacqui, de Socios fundadores, que trabajaron meses en crear esa obrita perfecta del arte editorial que es mi libro Sol salvaje, y otra con las de mi querida Editorial Biblioteca de la Biblioteca Vigil recuperada, que resurgió de sus cenizas después del genocidio cultural y me honra acompañar. Admiro a la increíble Ediciones Arroyo, libros cosidos a mano uno por uno por su editora, la poeta Alejandra Pipi Bosch. Y es imposible olvidar a Liliana Ruiz, una prócer de la edición rosarina, que en 2014 me publicó cuatro libros en uno con aquel “Lo gris en el canto de las hojas”. Y como editores de pequeños libros tuve a mis amigos Soquete terrorista y Trópico Sur. Y de las grandes, tuve el honor de publicar en Homo Sapiens, una institución en Rosario, y el gran honor de publicar en UNR Editora, con Nicolás Manzi, que viene siendo leal a Molinari baila, desde sus editoriales artesanales como Ombú Bonsai y Casagrande.

Un editor como Nico o como María debería ser inmortal, criar hijos editores o clonarse. Un editor o editora es alguien que cuida de tus libros, cuida tus libros de tus errores y de tus torpezas, los cuida de vos y de tus miedos, tus timideces, colgadeces, demoras, malas ideas, títulos pedorros, fobias y neurosis varias que corren peligro de destruirlos o de hacer que no sean tan buenos o de no dejarlos nacer. Es alguien que te salva de tu propia estupidez. Es el escudero, el que te cuida de que estrelles tu libro contra los molinos de viento. Es quien habilita las grandes apuestas que son las obras literarias modernas y contemporáneas. Son obras que salen a buscar sus lectores, y jamás los encontrarían (o los encontrarían tarde) sin los editores ni las editoras que tenemos.

En particular, mi relación con ellos suele ser tal que acompañan el proyecto de mi libro desde el comienzo, o incluso me lo sugieren. Mucho mejor que laburar un libro en cien años de soledad hasta encontrarle algún día quien lo edite (¡me pasó con DAF y fue un parto, una agonía, un miedo terrible a morir!) es ponerle deseo a una idea hasta que se articule con la demanda que es deseo de un otro, de un editor. Es como bailar tango. El libro crece, fluye, va encontrando su forma (estructural y gráfica) a través de un diálogo y un intercambio de ideas constante; avanzo en él sabiendo que me esperan en casa.

A veces también para paliar esa soledad de la escritura sin edición a la vista estuvieron los talleres literarios (en mi caso, los necesito para la prosa) o esa versión periodística del taller literario que es la sección Contratapa de Rosario/12, el suplemento rosarino de Página/12: un espacio experimental donde fui publicando en entregas, a la manera del folletín, mis novelas DAF y Molinari Baila, y las inéditas El bote y La saga del Égar.

Tu escritura también circula por la narrativa, el periodismo, la crítica, la traducción. ¿Qué lugar tiene la poesía para vos en este concierto?

La poesía es para mí el lugar más vital, el de la creación más genuina. La poesía es mi centro. Es mi arte. Es donde improviso, es donde me dejo llevar por la música y donde me termino sorprendiendo de lo que sale. La poesía me hace sentir cantante, música, artista. Es donde soy feliz. Es mi lugar más rockstar. Es lo que siento que soy: poeta. Lo demás es trabajo. No deja de hacerme feliz, pero la dopamina ahí tiene más que ver con la satisfacción del trabajo realizado que con el gozo del proceso creativo. Escribir una nota, un cuento, una traducción, una reseña, un ensayo o una novela se parece más a construir algo. Hay un plan, un método; cierta investigación, un procedimiento ordenado. Igual no me parecería mío ni bueno si no dejara colarse una brisa de poesía en esa estructura. En realidad, construyo la estructura para poder contrabandear en su interior un poco de poesía. A veces hay una alta concentración de poesía, como en mis novelas en prosa poética, DAF y Molinari baila, o en los ensayos de mi libro Canción de la derrota; o en Reverie, que es una amplia digresión con un gato subido al teclado. Si la prosa es el camión de Los Pollos Hermanos, la poesía es la droga que transportan.

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