Entrevistas

Adriana Riva: “Ruth tomó vida propia”

“Intenté construir un personaje que, a los 82 años, entiende que durante la vida hablamos mucho pero decimos poco”, responde la autora de Ruth (Seix Barral). 




Por Valeria Tentoni




 

Autora de la novela La sal y del libro de cuentos Angs, así como del libro de poemas Ahora sabemos esto, Adriana Riva acaba de desembarcar en Seix Barral con Ruth, una historia “llena de luz y vitalidad”, al decir de Federico Falco en su contratapa. Inspirada en su propia madre, Riva construyó en esas páginas la historia de una octogenaria que se entrega a la amistad y a los pequeños placeres mientras lee el mundo y a su propia familia desde un cuerpo afectado por los años y a merced del lento paso del tiempo libre. Regada de humor y de pequeñas alusiones al mundo de las artes visuales, Ruth es una novela entrañable que se suma a un catálogo en el que encontramos autores como Guillermo Saccomanno, Tamara Tenenbaum o Daniela Catrileo. 

“El doctor Schussheim me dijjo que vivir es un cincuenta por ciento de osadía y otro cincuenta por ciento de impotencia”, leemos. Enviamos algunas preguntas por correo electrónico a su autora, y este fue el resultado: 

  

En Ruth nos encontramos con una primera persona de trazos fuertes, construida con oraciones cortas y categóricas, ¿qué podés decirnos del estilo que elegiste para escribir este personaje?  

Creo que intenté construir un personaje que, a los 82 años, entiende que durante la vida hablamos mucho pero decimos poco, entonces la idea de esas frases breves fue decir con poco. Por otro lado, hace ya varios años que participo del taller de Laura Wittner, donde se trabaja cada palabra, cada verso, nada está puesto porque sí; supongo que trasladé algo de la escritura poética a la prosa.   

¿Y qué podés decirnos del trabajo con la perspectiva, cómo diseñaste esta primera persona reflexiva y por qué la elegiste?  

Bueno, el punto de partida de esta primera persona es mi madre, la mujer de la tapa que de espaldas mira un Rothko. Llevo mucho tiempo escribiendo sobre ella, pero la idea de Ruth surgió tras la lectura del libro Una familia en Bruselas, de Chantal Akerman, que empieza así: “Y veo también un piso grande casi vacío en Bruselas. Sólo con una mujer que suele ir en bata. Una mujer que acaba de perder a su marido”. Subrayé ese primer párrafo y en el margen escribí: ¡Mamá! Pensé que sería interesante, en lugar de escribir sobre ella, intentar ser ella. Después, por supuesto, Ruth tomó vida propia, pero ese fue el origen.   

Ruth, que toma clases de arte por zoom, hace anotaciones en papelitos, pequeños haikus con nombres de artistas y pinturas que quedan desperdigados por los capítulos. ¿Cómo ideaste este elemento, una especie de línea paralela que dibuja el libro?   

Quería que el libro tuviese una segunda capa, algo que interpelase a Ruth pero que también tuviese cuerpo propio. Ahí entró la idea del arte, como algo un poco disruptivo para levantar la vista de la página y adentrarse en otro mundo. Podría haber sido algo que tuviese que ver con la escritura o la música o tantas otras cosas, pero da la casualidad de que a mi madre efectivamente le gusta mucho el arte… Me gustan los libros construidos por capas, y no me importa que esas capas sean obvias, incluso que estén señaladas con itálicas.  

Trabajaste también la amistad entre mujeres en la edad adulta, ¿cómo construiste esa zona del libro, la amistad?  

Eso surgió de una suerte de trabajo de campo; de ir a confiterías, teatros, plazas y ver mujeres mayores pasándola bien. Me pareció que el sostén de esas mujeres eran sus amigas, no los maridos, ni los hijos, ni los nietos. Por eso elegí nombrar únicamente a las amigas y darles epítetos a, por ejemplo, los hijos (el del perro, el abogado); hacer hincapié en la importancia de la amistad, de estar entre pares, cuando se tiene cierta edad. Así como los adolescentes se mueven en grupo, las octogenarias también.    

La vejez es un aspecto al que tu novela cambia de signo, de alguna manera, ¿qué otras obras te habían impresionado en este sentido, por sus personajes añosos? ¿Y por qué te embarcaste en contar a una mujer de esa edad?   

Leí muchos libros sobre la vejez, pero creo que el personaje añoso que más me impactó fue el de Olive Kitteridge, de Elizabeth Stout, que retoma en Luz de febrero y es encantador. Además del interés por mi madre, tomé conciencia de que, en comparación a otros temas, había poca literatura sobre mujeres mayores que no fuesen por el lado del Alzheimer, los geriátricos, la enfermedad; me pareció que ahí había un hueco interesante para narrar.  

Has publicado cuentos, poemas, sos editora de libros infantiles y de una revista, El gran cuaderno, ¿cómo colaboran todas estas actividades entre sí?   

Son todos proyectos que elegí, que hago con gente querida, que me interpelan y que tienen siempre mucha lectura de por medio, así que los veo como parte de un mismo barco.   

También coordinás talleres literarios, ¿qué consejos de escritura solés repetir en esos encuentros? O, al menos, qué pistas les das a tus alumnos...  

En los talleres que damos con Ana Navajas solemos repetir un par de máximas que, a nuestro entender, no fallan, y que a la vez aprendimos siendo compañeras de otros talleres. Si tuviese que elegir solo tres, diría:  

 

1. Leer, porque no se puede escribir sin leer.   

2. Show don´t tell, porque escribir es mostrar.  

3. Escribir, porque para escribir hay que escribir, y eso lleva tiempo. Aunque no sepamos qué estamos escribiendo ni para qué ni para quién, escribir. Después, empieza a clarear.  

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