Entrevistas

Abelardo Castillo, maestro

La última visita de Castillo a Eterna Cadencia

En el 90 aniversario de su nacimiento, Alejandra Kamiya, Clara Anich y Gabriela Saidón, alumnas de su taller de escritura, comparten algunos recuerdos.  




Por Valeria Tentoni


  

“Supongo que los olvidos son fatales en literatura. No se pueden recordar a todos los escritores que han escrito. Tiene que pasar mucho tiempo antes que se vuelva a trabajar sobre la verdadera memoria y se recuperen aquellos autores que es necesario recuperar. Pero como es imposible recordar todo, al principio se olvidan autores que son luego con el tiempo, no sólo muy recordados, si no, a veces, los únicos recordados. El propio Shakespeare, que hoy tenemos casi como una especie de tópico literario y hasta del pensamiento, en realidad fue redescubierto e impuesto por los románticos", respondía Abelardo Castillo en 2009, en una entrevista pública en la librería, a cargo de Patricio Zunini. 

Este 27 de marzo de 2025 se cumplen 90 años del nacimiento del autor de novelas, ensayos, obras de teatro y cuentos en libros como Crónica de un iniciado, El que tiene sed o Las maquinarias de la noche. Castillo también fue director de revistas literarias de enorme trascendencia, como El escarabajo de oro y El ornitorrinco, junto a Liliana Heker y Sylvia Iparraguirre.  

Además de todo eso, el autor de El espejo que tiembla coordinó talleres literarios formando a una gran cantidad de escritores. Grupo Planeta, su casa editora, y MALBA organizaron una fecha en conmemoración a su vida y obra y, entre las mesas, hubo una que reunió a sus alumnos: "Castillo fue un artífice de ficciones que creyó profundamente en el poder transformador de la palabra y en el compromiso ineludible del escritor con sus ideas". 

A lo largo de décadas, por el taller de Abelardo pasaron, algunos de modo duradero y otros, efímero, escritores como Marcelo Caruso, Alejandra Kamiya, Gabriela Saidon, Clara Anich, Gustavo Nielsen, Dalmiro García, Sebastián Wainraich, Pablo Nardi, Celeste Galickas, Federico Bianchini, Romina Basualdo, Mara López, Ariel Pérez Guzmán, Ernestina Perrens, Fernanda García Curten, Sebastián Basualdo, Sandra De Falco, Edgardo González Amer, Josefina Itoiz, Enrique Foffani y Hernán Isnardi. 

“Pasé por el taller de Abelardo en dos oportunidades, con veinte años y un par de barrios de distancia. La primera en 1980 en la casa de Corrientes y Pueyrredón, que compartía con Sylvia; la segunda en el 2000, en Hipólito Yrigoyen, en esa casa que fue como un Puan de la creación literaria", cuenta Gabriela Saidón, hoy periodista, escritora y licenciada en Letras que coordina, a su vez, talleres literarios en el Centro Cultural Rojas y en otras instituciones. “Me fascinó su nariz de boxeador, esa manera de sentarse enrollando las piernas y su voz de bajo; su defensa del idioma de los argentinos y su gran biblioteca”, recuerda. 

Autora de libros como La reina: el gran sueño de Manuel Belgrano y Cartas quemadas, Saidón explica que Castillo era un maestro “duro y generoso”: “No te regalaba nada, te lo tenías que ganar. Te tomaba un examen re exigente de lecturas para ingresar. Tenía esos mantras como ‘se dice cara, no rostro’, que tengo tatuados en el cerebro. Habría que hacer una remera con esa frase. El taller siempre duraba hasta tardísimo y tenía una escucha muy atenta a los textos que leíamos. Podía ser muy divertido también”. 

Entre los grandes consejos que le dejó, recuerda: "Una vez le pregunté cómo hacer para no escribir como él. Dijo: leyendo a muchos otros. Otra vez le dije que solo me salían historias de amor. Dijo que de eso hablaba la gran literatura”. 

Narradora, dramaturga y poeta, Clara Anich cuenta su entrada al taller de Castillo a los 19 años en el libro Maestros, de Liliana Villanueva. Sylvia Iparraguirre estaba de visita con una de sus novelas en un taller al que Clara asistía, y fue ella quien le recomendó que lo llamara: “Mi relación con Abelardo fue privilegiada. Entré muy chica al taller: voraz, ávida de lecturas, con la escucha muy abierta pero también con cierto descaro que me daba la juventud. Del otro lado encontré no solo a un escritor sino a un maestro, con las contradicciones que hoy tiene esa palabra; una persona que supo alojar mucho más que la formación literaria. Me cuesta pensar en términos de amistad, pero hubo algo de eso. Si tuviera que usar una única palabra, hablaría de entrega”, rescata. 

La autora de Privado y Juego de señora resalta: “Abelardo no era alguien que daba consejos en términos generales. En el taller, se trabajaba de manera particular. Cada texto necesitaba trabajar cuestiones distintas. Abelardo tenía no solo una gran escucha, sino también una capacidad increíble para ver la potencialidad o no de un texto. De qué hilos tirar, cuándo y dónde confiar en aquella palabra que habías puesto, tan nimia, tan aparentemente insignificante. Ahí, decía, ahí tenés algo. Y era raro que se equivocara”. 

Alejandra Kamiya pasó del taller de Inés Fernández Moreno, y por su consejo, al de Abelardo Castillo. “Era muy exigente, pero no por eso menos amable en un sentido profundo. Castillo era gruñón y sacó volando por la ventana a un montón de gente, pero era alguien que se brindaba por entero y que me ayudó muchísimo, de quien aprendí muchísimo”, cuenta, y recuerda que antes de entrar entrevistaba a los postulantes: “Te preguntaba por tus lecturas. ¡Estuvimos hablando como tres horas! Fue muy lindo, muy interesante porque hasta ese momento yo no había encontrado gente con quien hablar así de libros. Era un privilegio”. 

En el episodio de Máquinas de escribir en el que la entrevistamos, Kamiya resaltaba: “Lo más importante que aprendí es qué lugar le tenía que dar a la literatura en mi vida. Fuera de ese ámbito, la literatura parece un entretenimiento, y en el fondo yo no la quería como entretenimiento. En el taller de Abelardo pude ver a alguien que había dedicado su vida a la literatura”.  

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