Patricio Pron: “Escribir mis libros es descubrirlos”
Lunes 18 de mayo de 2026
Algunas escenas de lo que fue la entrevista en vivo de Mauro Libertella al autor de En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama) en la terraza de la librería.
“La primera tentación es la de buscar rastros autobiográficos en este texto, que parece tener varios, pero no sé si es conveniente hacerlo”, inició Mauro Libertella su conversación con Patricio Pron, de visita en Buenos Aires para presentar su nueva novela: En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama).
Argentino residente en España, Pron es autor de libros de relatos como El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, La vida interior de las plantas de interior y Lo que está y no se usa nos fulminará, y de novelas como El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Nosotros caminamos en sueños, Mañana tendremos otros nombres, el diario de sueños Traumbuch y los ensayos El libro tachado: Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura y No, no pienses en un conejo blanco: Literatura, dinero, tiempo, influencia, falsificación, crítica, futuro. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, traducido a doce idiomas y publicado en más de veinte países. Doctor en Filología Románica por la Universidad Georg-August de Göttingen. Pron vive en Madrid con su esposa y sus dos gatos. Pero siempre vuelve a la patria donde nació, Argentina, donde nació en Rosario en 1975.
El escritor Mauro Libertella lo entrevistó en la terraza de la librería, se preguntó por el narrador de su última novela, situada en Nueva York. ¿Cómo se escribe sobre una ciudad en la que ya parece haberse dicho todo, filmado todo, fotografiado todo?, se preguntó. El libro empieza con un retrato de Benjamin Fondane, poeta y cineasta francés de origen rumano, testigo del surrealismo parisino, autor de una película maldita en Buenos Aires y asesinado en Auschwitz. De repente, se interrumpe. “Creo que la palabra interrupción es adecuada para hablar un poco de la forma de este libro, de su apuesta literaria, regado de notas al pie de distinta naturaleza. Algunas son apostillas narrativas, otras incursiones ensayísticas, otras pequeñas observaciones, otras adendas o comentarios generales. La narración central, si hubiera algo así, aparece hackeada por ese otro enorme aparato paratextual que parece devorarla”, explicó Libertella. Y también: “Todo lo que podemos afirmar sobre este libro debería estar entre signos de pregunta. No sé si interrupciones estrictamente lo que ocurre con esas largas notas al pie. Este es un libro de capas, de capas geológicas”.
"Todo esto comenzó hace dos años, más o menos, cuando la derecha española, la alianza con extrema derecha, estuvo a punto de ganar las elecciones nacionales”, respondió Pron sobre el origen de la novela, y se refirió a la sensación que su familia tuvo alrededor de la necesidad de salir del país. El escritor comenzó a aplicar a distintas becas y terminó optando por una en Nueva York. Estuvo trabajando en la Biblioteca Pública de Nueva York durante once meses, revisando manuscritos, libros, registros fílmicos y objetos de Fondane. “Ante esta especie de enorme abundancia, mi dificultad principal consistía en no quedarme leyendo, en escribir algo”, confesó. “Yo sabía que de alguna manera esto me iba a ir llevando hacia direcciones que no pensaba que iba a recorrer. Pero ese es mi método de trabajo. De alguna manera yo creo una disponibilidad, creo un espacio, y los personajes o la historia que quiero narrar me arrastran con ellos para llevarme a sitios a los que ni siquiera sabía que iban a llegar. De alguna manera, escribir mis libros es descubrirlos, descubrir en qué consisten mis propios libros. Escribir es averiguar qué escribiríamos si escribiésemos” dijo, frente al auditorio.

En ese sentido, Pron distinguió un recorrido en el que insiste: “Hay algo tentativo, hay algo experimental que recorre todos los libros que yo escribo y que también está muy presente en este libro, que iba a ser un libro muy distinto hasta que llegué a Nueva York. Los estímulos condicionaron toda la experiencia, la biblioteca condicionó todo. Estaba rodeado de gente muy interesante, con proyectos de escritura muy distintos. Casi todos ellos eran biógrafos. Yo era uno de los pocos narradores en ese sentido, me dejaban relativamente tranquilo. Y estaba la experiencia de ir una vez a la semana al museo, de recorrerlo muy minuciosamente, tomando notas, fotos, de salir todos los miércoles a recorrer galerías, a ver arte contemporáneo. Fue tremendamente enriquecedor. Esa escena artística acabó también permeando el libro en el sentido de que el arte contemporáneo es un gran reservorio de formas y de ideas al que la literatura, de alguna manera, va”.
Pron explicó que al principio pensaba escribir un libro más clásico sobre el personaje de Fondant: “Sin embargo, en cuanto comencé a leer acerca de Fondant, en cuanto comencé a conocer la vida de Fondant, todo cambió. Esta vida en la que por una parte siempre llegó tarde a todo, llegó tarde el dadaísmo, llegó tarde al surrealismo y acabó enfrentado con Bretón. Hay una fotografía de Bretón con un ojo negro tomada en un fotomatón. El ojo negro se lo hizo Fondant en una famosa pelea en un bar llamado el Café Matador. Fondant llegó a Argentina, hizo cine surrealista, no pudo estrenarlo, y fue destruido por su productor, un vasco con campos en la provincia de Buenos Aires al que Victoria Ocampo había convencido de que le pagase el filme. Fondant llegó demasiado tarde y demasiado pronto a casi todo. Fue uno de los primeros mostrar filmes surrealistas en Argentina, por ejemplo, para gran escándalo de todos. Fue el primero en filmar un filme surrealista, si es que no el único que se filmó en el Río de la Plata. Fue el primero en interesarse por el cine cuando el cine era un espectáculo de feria. Fue el primero que lo consideró una disciplina artística de la que valía la pena hablar. Llegó antes, llegó después, y tuvo la mala fortuna de no poder quedarse en Argentina cuando pudo volver a Europa y allí fue asesinado. Podría haberse salvado, pero decidió compartir el destino de los judíos. Y ante esa vida podía yo, digámoslo así, exprimirla y convertirla en un libro al uso, o incluso un libro al uso a manera de carrera. El caso es que pensé que, si yo quería narrar a Fondant, si quería ser consecuente con el espíritu iconoclasta, rompedor, antijerárquico, cuestionador de las categorías del propio Fondant, tenía que escribir un libro que estuviese abierto y que abriese su obra y su vida, que no la cerrase en una biografía. En ese sentido, el libro es consecuente con lo que yo imagino que Fondant hubiese escrito de estar vivo en la actualidad”.