Entrevistas

Nona Fernández: “La historia es un gran recuerdo que alguien decidió contar de esa manera"

La escritora chilena acaba de lanzar Marciano (Random House), su nueva novela.


Por Valeria Tentoni.


“He venido varias veces a Buenos Aires, pero siempre es poco”, dice Nona Fernánández, de paso por la ciudad para presentar su última novela, Marciano (Random House).

Nacida en Santiago de Chile en 1971, la actriz y escritora comenzó publicando el volumen de cuentos El Cielo en el año 2000. Luego llegaron las novelas Mapocho, Av. 10 de Julio Huamachuco, ambas ganadoras del Premio Municipal de Literatura y con edición argentina en Eterna Cadencia Editora, Fuenzalida, Space Invaders y Chilean Electric. Fernández también es autora de obras de teatro, estrenadas por su compañía La Pieza Oscura. En 2017 obtuvo en México el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por La dimensión desconocida, que sigue a un torturador en plena dictadura. Por su parte Marciano, este último libro, está protagonizado por Mauricio Hernández Norambuena, “uno de los últimos revolucionarios de las guerras floridas latinoamericanas”, casi un espejo del personaje de su libro anterior.


Estuviste de visita al Parque de la Memoria, ¿cierto?

Sí, la experiencia que tuve ayer fue muy inspiradora. El lugar es hermoso, luminoso, lleno de vida. Los niños juegan alrededor del monumento o antimonumento, como me explicaron, porque es móvil; van cambiando los nombres de las víctimas, van agregando, está en constante movimiento. Eso también me gustó. Tenemos la idea de que las cosas se clausuran en un monumento y sabemos que desgraciadamente en nuestra historia no hay nada que podamos clausurar, todo sigue abierto, vivo, moviéndose, actualizándose.

Precisamente esa es la hipótesis sobre la que trabajan tus libros, sobre la historia como una herida abierta.

Sí, aunque no soy consciente en el momento en que lo escribo, la verdad, pero obviamente que sí. Es una herida que está abierta y que sigue incomodando, que nos sigue doliendo. Es una herida que nos ayuda a poder observar el hoy, que nos ayuda a interpretarlo, a entenderlo, a pensarlo.

Esto ya comenzó en Mapocho, ¿cómo pensás esa novela fundante?

Es mi primera novela, y yo siento que nunca salí de Mapocho. Por supuesto, todo es inconsciente. Tomé de ahí una hebra, siempre es una hebra que me lleva a otra, de un libro al siguiente, a otro y a otro, y siento que es un gran mapa que se trazó en Mapocho, y he ido recorriendo esas zonas.

¿Y te acordás del momento en el que la escribiste?

Sí, por supuesto, fue hace mucho tiempo. Sí, veinte años o más. Más, porque mi hijo tiene veinticinco y yo me embaracé escribiendo Mapocho. Ya no me acuerdo de cuando salió, pero sí del periodo de la escritura. Es mi primera novela, es el momento en el que yo digo wow, parece que escribo, y siento que está ocurriendo algo de manera clara. Fue muy vital y muy gozoso. La escribí la mitad en Santiago y la otra mitad en Barcelona, fuera de Chile. Ese periodo de escritura en Barcelona, que coincidió con mi embarazo, fue fantástico. Yo no hacía nada más que escribir, era maravilloso. Vivía en Barcelona, paseaba, qué sé yo. Fue un periodo muy idílico de escritura que creo que no he vuelto a tener nunca más. No es que no haya gozado el resto de las escrituras, pero siempre uno le está robando tiempo al tiempo.

¿En esa época estabas con guiones y teatro?

Claro, lo hacía, pero nos habíamos dado un año sabático con mi pareja, porque habíamos estado recorriendo Europa. Algo nos pasó con Barcelona. Veinticinco años atrás la escena cultural en Barcelona era inconmensurable en relación a la chilena, entonces dijimos hagamos un esfuerzo, juntamos dinero y nos fuimos a estar allá un año. Se nos acabó la plata y tuvimos que volvernos. Fue precioso. Vivíamos muy sobriamente, en ese tiempo estaba la peseta todavía. Fue fantástico.

¿Y cómo era empezar a escribir una novela, un género tan desafiante?

Es interesante entrar ahí, a ese ombligo. Es como un ombligo, como el origen de las cosas. Yo escribí un libro de cuentos anterior, que se gestó en los talleres de escritura que hice. Son mis primeros balbuceos literarios. Trabajaba con las teorías del cuento, esas teorías con las que aprendí a escribir: la teoría del iceberg, del knockout, todo eso. El cuento tenía que ser de una manera determinada. Ahora pienso otras cosas, pero estaba como muy anclada a eso. El último cuento de ese libro era Mapocho. Y se empezó a alargar. Entendí que no era un cuento, que era mucho más que un cuento. De hecho, el último cuento ya del libro, “El cielo”, que así se llama ese libro, es un cuento larguísimo y ya empieza a ser medio desconfigurado. Ya empiezo a no hacer caso a todos estos dogmas de cómo debe ser la escritura del cuento. Me sentía apretada en el cuento. Mapocho, que se estaba gestando, ya empezó a tomar otra dimensión. Hice dos talleres hice en ese tiempo: uno con Antonio Skármeta, un taller que se daba en la Biblioteca Nacional en ese tiempo, que era gratuito. Y luego estuve en un taller que era el taller de la Pía Barros, que es una maestra fantástica. Era una gran formadora, y una autora que en Chile es “la” autora de la microficción, de microcuento, o del microrrelato, como se le quiera llamar. Una gran maestra, y muy generosa. Para mí esos dos talleres fueron fundamentales. Yo no venía del mundo literario, venía de mi casa, más bien del teatro.

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Siempre en tu literatura hay un trabajo sobre los personajes muy particular, son personajes que rápidamente se levantan, sospecho que eso viene del teatro, ¿no?

Del teatro, yo también lo sospecho del teatro y probablemente del guion también, la configuración de las voces, del habla. Pero voy a ser muy honesta, yo no me detengo mucho a pensar mis personajes. En guion sí lo teníamos que hacer, trabajar el perfil de los personajes, qué le gusta, qué no le gusta, qué quiere, qué no quiere. No, al escribir a mí se me aparecen las voces, las veo y las escucho muy bien. Es un tema de voces y de ir perfilándolo en sus acciones. Esas voces tienen cosas que decir y sobre todo cosas que hacer, pero no las pienso tanto, se manifiestan. Hay algunos libros como pueden ser La dimensión desconocida, Marciano, que son libros que se basan en personajes reales, y ahí por supuesto hay un estudio de esos personajes, hay una investigación, hay mucha lectura, hay entrevista y todo, hay mucho archivo dando vuelta y ahí por supuesto que sí hay una preparación del personaje, pero es un personaje que ya existe, invento o a lo más invento una versión literaria de sus personajes.

Marciano es un libro también que tiene que ver un poco con tu labor como guionista o invoca como esa tarea, una excusa para comenzar una serie de entrevistas a una persona que está detenida. Me hizo pensar mucho en Magnetizado, de Busqued, pero en este caso esta persona, este personaje, sería como la contracara del personaje de La dimensión desconocida, ¿no? Estamos hablando de Mauricio Hernández Norambuena. ¿Cómo llegaste a ese personaje?

Mauricio estuvo preso en Brasil mucho tiempo y cuando lo extraditaron a Chile, que fue el año de la revuelta social, una productora me convoca para escribir una historia sobre su agrupación, sobre el Frente Patriótico, una historia, digo, en guion, ocupando a Mauricio como fuente principal, porque él era uno de los comandantes. Y yo, por supuesto, acepté, me pareció interesantísimo ir a conversar con él. Se consiguió un permiso por tribunales porque no es fácil ir a verlo, sobre todo en ese tiempo que tenía un presidio más estricto, ahora es un poco más leve, pero en ese momento era muy estricto. Comencé a visitarlo para armar esta serie, una serie de acción, de huidas, de acciones guerrilleras. Pero claro, lo que me pasó en ese encuentro es que Mauricio rompió todos mis prejuicios en relación a lo que podía ser un comandante revolucionario encerrado por tanto tiempo: me encontré con una persona increíble, con la psiquis de una persona encerrada. Y la serie se cayó, murió la serie, se pelearon los productores. Era una serie muy ambiciosa con Pedro Pascal, que iba a hacer de Mauricio. Nada de eso resultó, pero yo me quedé con ese permiso para poder seguir visitándolo y le propuse a Mauricio, después de un año, hacer un libro. Y él aceptó, para mí la verdad es que fue una especie de alivio, porque para mí los materiales más atractivos de mis conversaciones con él tenían que ver con ese espacio de encierro y con su psiquis, con sus estrategias para vivir el encierro, para sobrevivir el encierro, y con su memoria también, o sea, no sólo con sus recuerdos, que por supuesto eran interesantes, sino también con la forma en la cual ha trabajado, los procedimientos que ha ocupado para trabajar los recuerdos.

El libro también es un diario de lecturas.

Sí, es que además es un gran lector. Muy ecléctico y a la vez muy sofisticado, porque lee de todo. Yo creo que esa es una de las grandes cosas que me sedujo del personaje, es que es alguien a quien efectivamente la literatura le ha salvado la vida, que es una premisa que yo siempre he tenido desde mi pequeña vida aburrida, de señora que escribe, que los libros te salvan la vida. En el caso de Mauricio es algo radical: sin los libros hubiera enloquecido.

Es algo que aparece también en La dimensión desconocida, la idea del poder de imaginar, del poder de la imaginación.

Es que claro, cuando trabajas con materiales como los que yo trabajo, que son historiográficos, o sea, que tienen una versión historiográfica, a veces muy reducida, a veces más contundente, pero que en general, por lo menos en la historia reciente en mi país, tiene cantidad de hoyos negros a los cuales es imposible entrar, donde incluso a ratos no hay testimonio, ninguna fuente que nos sirva, la imaginación es la única herramienta que tenemos para intentar completar. Entendiendo lo que es la imaginación también, que es una llave, pero que también es relativa, como también es relativa a la historia, porque la historia es un gran recuerdo que alguien decidió contar de esa manera. Para mí la imaginación es una llave que nos ayuda a completar ciertos hoyos negros de la historia.

En Marciano escribís que “la historia tiene su propia brújula, que a veces coincide con la nuestra, pero la mayor parte del tiempo se dispara hacia donde quiere y nos noquea pasándonos por encima”. ¿Qué crees que puede la literatura con la historia?

Yo creo que la literatura no tiene objetivos. Me cuesta darle objetivos o deberes, sin duda, a la literatura. Yo creo que lo que la literatura hace siempre, por eso me interesa como herramienta y como plataforma de investigación, es que solo abre, sólo abre, sólo hace que todo se complejice más. En un momento, en este minuto, cuando tenemos mundos tan polarizados y donde todo es blanco y negro, y no existen complejidades, o gris entremedio, el arte en general yo creo que nos abre esa posibilidad, la posibilidad de pensarnos desde otros lugares que son infinitamente más profundos y más complejos. Cada vez que escribo, que investigo para un libro, me doy cuenta de que los relatos no le pertenecen a nadie, y que la gran historia, llamémoslo así, no es de nadie y es de todas al mismo tiempo, paradójicamente. No podemos clausurarla en una gran versión. Y creo que la única posibilidad de intentar relatarla es entendiendo la imposibilidad del relato único. No existe un relato, existen muchos relatos, y mientras más los conozcamos, mientras más los imaginemos o intentemos completarlos, esto se va volviendo una capa mucho más interesante. Por eso también el libro alude mucho a esta idea de romper la idea del héroe o del villano, porque esa forma de relatar la historia y la ficción también me aburre, me cansa.

Está la teoría de la bolsa de la ficción de Úrsula K. Le Guin en el epígrafe, que tiene esta hipótesis.

Claro, la de la novela como bolsa donde vas recopilando, vas ampliando, donde nada tiene un protagonismo tan grande, donde todo hace sentido, no hay linealidad. Por lo tanto, hay que desbaratar la idea del héroe que va con su lanza y que está por sobre los demás. Somos todos seres dentro de una gran bolsa o cartera o botiquín, como dice ella; me encanta esa metáfora, porque ella dice que los elementos cobran sentido entre ellos y nos pueden ayudar a sanar. Eso lo encuentro precioso.

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