Entrevistas

Laberinto Molloy

Con edición, prólogo y notas de Adriana Amante, se publican sus ensayos póstumos y las cartas de la escritora argentina fallecida en 2022.


Por Valeria Tentoni. Fotos gentileza archivo Adriana Amante.


Con edición, prólogo y notas de Adriana Amante, acaba de publicarse Amigos: una antología de ensayos largamente preparados por Sylvia Molloy sobre sus queridos escritores fallecidos: José Bianco, Manuel Puig, Victoria Ocampo, Enrique Pezzoni, Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges. “Son textos dolientes y de una encantadora picardía, que iluminan la obra que realizaron y que ella acompañó como confidente y lectora”, leemos en la contratapa de esta edición tesoro que luego da paso a un conjunto de sesenta y ocho cartas que incluyen intercambios de Molloy con escritoras y escritores como Ivonne Bordelois, Edgardo Cozarinsky y Héctor A. Murena. Un universo privado y público a la vez se despliega ante quien lea: rastros de historias de la literatura latinoamericana de los años 60 y 70, detalles sobre el modo de ganarse la vida y el tiempo de escritura de quienes publicaban por entonces, así como pasajes personales, de una intimidad total. “En el despliegue de ese intercambio epistolar se diseña una breve historia de la formación intelectual, de la lectura y de la edición, atizada por una camaradería incondicional", escribe Adriana Amante, doctora en Letras y profesora e investigadora de literatura argentina del siglo XIX, con quien conversamos a continuación.


“Para mantener viva la parte no escrita (aunque no menos literaria) de una obra, es preciso tener amigos testigos con memoria”, escribió Molloy a partir de Bianco. En el armado de Amigos, ¿qué lugar ocupó tu propia memoria como editora y de qué modo la hiciste hablar?

Es verdad: la memoria, sobre todo en el caso particular de Molloy, fue también una forma del ejercicio de la amistad, particularmente evidente en el caso de los escritores a los que estaba vinculada por el afecto. Ese es, de algún modo, el punto de partida de lo que ahora es Amigos. Durante años hablamos con Sylvia de la posibilidad de que ella armara un libro con esos artículos críticos que había escrito, en los que hay inicialmente una anécdota que la relacionaba de manera personal con ese escritor o escritora. Así, esos textos partían de un yo que recuperaba la memoria de una escena, que se iba deslizando hacia el análisis del sistema literario de ese escritor o escritora ya en tercera persona. El caso testigo que comentábamos habitualmente era su artículo sobre Norah Lange. En las sucesivas tentativas de índice u ordenamientos de los impresos que conservaba en diferentes carpetas, que se multiplicaron en los últimos tiempos, Lange finalmente quedó afuera, porque de algún modo, cuando empezó a pensarlo bajo el concepto de “amigos”, primó la relación más estrecha y eventualmente más horizontal, cuasi familiar, aun con las diferencias de edad o colocación en el medio intelectual, como ocurre en el caso de Victoria Ocampo o del propio Bianco. La excepción está en el de Borges, con quien no tuvo un vínculo tan íntimo, pero cuyo sistema estético aborda al mismo tiempo con un par de anécdotas que pueden oscilar entre (o combinar) lo intelectual y lo chismoso (¡eso es bien Molloy!).

Releído a la luz de las cartas que reuní como complemento de los ensayos de Amigos, este texto sobre Borges (que para mí es la pieza crítica breve más reveladora del modo de producción de Sylvia), confirma la interacción necesaria e iluminadora entre lo personal y el análisis. Porque las anécdotas personales impulsan y sostienen la perspicacia de la escritora crítica y la escritora crítica sucumbe con elegancia emocional a la influencia que la literatura de Borges produce en su vida personal, familiar, vinculada a sus padres.

En ese sentido, creo que mi memoria es menos determinante que la suya, claro. Pero si algo me cabe al respecto, acaso sea mi capacidad crítica de poner en relación o de detectar esos modos Molloy: sus procedimientos literarios o conceptuales, e insistir con ella para que viera en mis lecturas de su producción un efecto testigo de su proyecto estético.

Recibiste becas de la Universidad de Nueva York y de Princeton para organizar el archivo de Molloy. En la segunda sección del libro, las cartas, incluiste notas al pie que dan cuenta de detalles preciosos como el color del papel en el que fueron escritas, por ejemplo, o las marcas manuscritas. ¿Qué podés contarnos del trabajo con el archivo de papeles de Molloy ante la tarea de terminar Amigos?

Pocos meses después de la muerte de Sylvia, que ocurrió el 14 de julio de 2022, Gabriel Giorgi y Lila Zemborain me invitaron al tributo que se le hizo en New York University. Esa semana de diciembre me reencontré con Emily Geiger, la compañera de Sylvia, que amorosamente había trasladado todos los papeles que estaban en Long Island para juntarlos a los que se conservaban en Chelsea. El encuentro con ella y con esos papeles, a tan corto tiempo de la muerte de Sylvia, fue muy conmovedor. En esa ocasión hice la primera aproximación global al fondo de papeles de Sylvia, y me dediqué a algunas carpetas en particular: ciertos posibles inéditos; carpetas con apuntes sobre Borges o sobre Sarmiento; carpetas con versiones de lo que terminó siendo Amigos; alguna reflexión suya justamente sobre un posible, eventual, archivo propio; y lo que estaba rotulado por ella misma como “Work in progress”.

Volví con un plan de trabajo sistemático y sostenido en julio de 2023, con una beca de Global Programs de NYU (yo doy clases en NYU Buenos Aires, site creado en el año 2000 justamente por Sylvia Molloy) para pasar allí veintiún días. Me dediqué a inventariar todos los papeles, que estaban distribuidos −con muy prolija organización de base− en unas veinticinco cajas o cajones de escritorio. Caja por caja, carpeta por carpeta, papel por papel, revisé, apunté y registré las características, al mismo tiempo que iba anotando las ideas que me iban surgiendo sobre materiales específicos y sobre las relaciones que establecía entre diferentes carpetas o cajas y, obviamente, con la obra misma de Molloy. Por supuesto, no cambiaba el orden en que encontraba las cosas, y además pensaba en la naturaleza de ese orden, qué carpeta estaba contigua a qué otra, aun cuando es necesario evitar sobreinterpretar las posibles articulaciones del azar que rigen los materiales de trabajo de cualquier persona. Me manejaba materialmente con esos papeles con los mismos protocolos con los que me manejo cuando trabajo con los papeles de Sarmiento en el museo: con manos limpias, eventualmente barbijo, con el mayor cuidado posible en la manipulación y sumo orden.

Todo resultaba sorprendente, incluso lo que ya conocía. Desde la elegancia clara de la caligrafía de Molloy, habitualmente desplegada en marcador 0,7 en verde o negro, hasta lo inesperado, como el conjunto de columnas radiales escritas a máquina, el dactiloescrito de En breve cárcel o el descubrimiento de las cartas recibidas, muchas de las cuales ahora integran la edición, tanto como determinadas fotografías que responden a escenas puestas en juego en sus ficciones. En esa ocasión hice de la biblioteca solo un relevamiento de visu.

Volví al año siguiente con una beca de la biblioteca de Princeton para indagar en los archivos de escritores latinoamericanos que fueron sus amigos las cartas de Molloy que pudieran alojarse allí. Las que se conservaban entre los papeles de Cozarinsky resultaron estructurantes porque revelaban la Sylvia Molloy que vuelve a Francia para terminar su tesis y defenderla y que pronto se verá embarcada en un puesto universitario en Buffalo, comienzo de su exitosa carrera académica y del resto de su vida en los Estados Unidos. En ese caso, el trabajo de investigación lo compartí con David Oubiña: buscamos no solo las cartas que Sylvia pudo haber enviado, sino también las menciones que se hacían a ella también en cartas entre otros. Fue exhaustiva la indagación de rastros de Sylvia también en las diez cajas del archivo de Alejandra Pizarnik. Articulamos los quince intensos días en Princeton con otros tantos de nuevo en la casa de Sylvia y Emily en Chelsea, para volver a analizar exhaustivamente parte de lo inventariado; y para completar la tarea de revisión y catalogación de los libros de su biblioteca personal, estableciendo tipologías y revisando los insertos, esos papelitos o materiales que se guardan entre las páginas de los libros.

Los papeles de Sylvia Molloy ya están procesándose en la sala de colecciones especiales de la Firestone Library de Princeton, y se abrirán en un tiempo no muy lejano a la consulta pública.


¿Qué podés contarnos del diseño de la estructura del libro? ¿Cómo decidiste trabajar las notas al pie, darles ese espacio?

Ante todo, se trataba de poner a disposición una compilación de textos que Sylvia venía preparando hacía mucho tiempo, ensayando diferentes variaciones de composición y orden: incorporando o quitando algunos, volviéndolos a incluir para desafectarlos nuevamente o preguntándose si debía ampliar o sintetizar otros.

Fue justamente el trabajo con sus papeles el que me despertó el deseo de incorporar las cartas, pensando siempre como lectora y analista consecuente −y siempre fascinada− de la obra de Molloy. Tuve en cuenta principalmente cuánto me gustaría a mí, como lectora, poder acceder a esos materiales que, aun sin saberlo, en efecto existían.

Las notas al pie surgieron por una afirmación natural y a la vez convocante de Leonora Djament: “Vas a incluir notas, ¿no?”, me dijo. Como sé cuánto puedo demorarme y obsesionarme con un proyecto de esa envergadura, me permití dudar un poco antes de contestar, ya irremediablemente instigada a hacerlo, que sí. A partir de ahí, la obsesiva exhaustividad y la consecuente cantidad corrió por mi cuenta.

Decidí, con mucha claridad, que los ensayos de Sylvia debían mantenerse de corrido, sin ninguna intervención crítica de mi parte; eso es, sin alterarlos con llamadas al pie. Y eché mano de un recurso que me fascina: el del desarrollo de sintéticos armados conceptuales pero que, en vez de instalarlos al pie, debían ser solo una coda (como había aprendido de La pasión y la excepción, de Beatriz Sarlo). Esas codas debían ser discretas y respetuosas, un servicio que acercara algunos materiales o datos que ampliaran la comprensión de algunos puntos de los ensayos de Sylvia sin perder la distancia conveniente. Eso me permitía, además, como estilo, no obrar solo punto por punto con lo anotable, sino más en constelaciones de núcleos temático-conceptuales.

En el caso de la compilación de cartas, la decisión fue justamente la contraria. La profusión de temas, personas, situaciones, lugares de emisión o recepción de las misivas, las dataciones, las alusiones veladas o enigmáticas o cuasi indescifrables a personas o anécdotas me llevaron a que el servicio fuera siempre al pie, en un sentido literal y figurado: en función de cada punto y de cada ocasión. Y tomé también una decisión respecto del tiempo de enunciación de cada nota: iría aportando datos sobre personas o instituciones o situaciones siguiendo el meridiano del tiempo pautado en la fechación de cada carta, evitando en lo posible el efecto Wikipedia de anotar todo junto lo que esa persona fue, es y será. Trataba de regirme, salvo excepciones que consideré conceptualmente necesarias, por la entrega de datos de lo que esa persona era hasta ese momento, para que también en el avance del sistema epistolar el lector pudiera asistir a la emergencia de los hechos sin anticipaciones que resultaran formas del spoiler. Las notas al pie son un bajo continuo que busca acompañar la eventual curiosidad del lector porque yo misma me ubiqué en ese rol, y funcioné como lo hago cuando leo también los epistolarios de Sarmiento: con la avidez −permanentemente imposible de satisfacer, obviamente− de abarcarlo todo, de acercarse lo más posible a la develación de todo.

Y se me fue revelando, como cosa curiosa que no tenía prevista, que la nota al pie (o este tipo de nota al pie que incorporé a la cadena de cartas) también es una forma plausible para el ejercicio de la biografía. Además de las tantísimas posibilidades creativas que siempre me fascinaron de esa clase de paratexto, descubrí –digo, o acaso ratifiqué intensamente– que las notas al pie pueden ser un fascinante modo rapsódico de la biografía y un fascinante modo del ejercicio de la crítica literaria. Y cuando digo rapsodia, digo –claro–: unión de fragmentos que forman una estructura de composición libre de sus partes o de sus unidades mínimas o episódicas, que no se implican por obligación, pero que van tejiendo una relación lógica de necesidad, acaso estética, acaso tonal. Ofrecen la ventaja de poder entrar y salir sin la exigencia de la coherencia total y completa de la articulación de sus partes.

Claro que, aisladas, probablemente varias (ojalá que no tantas) de esas notas (de esas unidades mínimas) puedan ser completadas y eventualmente enmendadas; algunas, que después de estos intensos años de trabajo con la edición todavía se me retacean (pero no voy a decir cuáles), incluso podrían ser enunciadas o corregidas de un tirón por algún contemporáneo, testigo acaso, o por algún estudioso o estudiosa particular, o por mí misma mañana. El vértigo, la satisfacción, el desafío para mí, en estos casos, no solo está o no solo estuvo en la enunciación única de cada unidad mínima de la anotación, sino también en la construcción de esa summa. Y eso, ahora que lo pienso, creo que no me sorprende o no debería sorprenderme. Digo: porque ese procedimiento o ejercicio rapsódico, libre asociación de fragmentos o unidades que siguen la lógica de un tono más que de una secuencia de asunto o de género, debo haberlo aprendido o debo haberlo internalizado leyendo extasiada a Molloy y dejándome llevar por el modo en que su escritura urdía maravillosamente la trama que le marcaba su varia imaginación.

¿Cómo conociste la obra de Molloy? ¿Y a la persona? ¿Qué vino primero? ¿Qué podés contarnos de su relación intelectual?

Leí En breve cárcel en el seminario sobre género que dictaba Nora Domínguez en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, muy al comienzo de la década del 90, cuando yo estaba terminando la carrera. No sé si en ese momento pude comprender del todo la importancia de esa primera novela de Molloy: las cuestiones de género; la sutileza de un estilo; la voz de una narradora que, más que contar, escribía. David Oubiña, en cambio, tiene asociada En breve cárcel a Beatriz Sarlo, quizás también por deslizamiento, ya que fue en su cátedra de Literatura Argentina II que leímos Las letras de Borges, libro tan complejo como indispensable. Lo menciono a David porque justamente él (con quien ya para entonces éramos pareja) pidió una beca Fullbright con el propósito central de ir a estudiar con Molloy, no obstante lo cual era de rigor que aplicara también a un par universidades más. Aunque la primera que lo aceptó fue una universidad “Ivy League”, David −para desconcierto de los funcionarios de la fundación− les dijo que quería esperar la respuesta de Molloy, que para esa fecha ya hacía mucho tiempo que era la figura de referencia del Departamento de Español y Portugués de New York University. Y Molloy lo aceptó, y allá fuimos. Debo agradecerle fundamentalmente a Celina Manzoni su dedicada asistencia para que yo también fuera con un plan de formación, por lo que Cristina Iglesia, que dirigía mi tesis, le escribió a Sylvia recomendándome. Pero, claro, Sylvia era por demás generosa, y creemos que de todos modos nos habría abierto generosamente el espacio en que nos cobijó, nos formó y nos hizo de inmediato su familia para siempre.

Aparte de tomar un seminario sobre literatura latinoamericana y género, tuvimos el privilegio de hacer con ella uno de esos cursos llamados “guided individual reading”; por lo que cada miércoles durante el Spring semester de 1997 entero nos reuníamos a solas con Molloy para leer una serie de textos teóricos que ella nos invitó a determinar, pero nosotros −agradecidos− quisimos que fuera ella quien los seleccionara, porque para eso habíamos ido: para entregarnos a su orientación. Nuestros compañeros nos preguntaban, en broma, si estábamos haciendo terapia de pareja con Molloy. Ella armó una lista de textos que estaba deseando analizar y discutir, o volver a pensar; es así como por ella llegamos a On Longing, de Susan Stewart; the location of culture, de Homi Bhabha; The Female grotesque, de Mary Russo; The Word, the Text and the Critic, de Edward Said. Que se sumaron al descubrimiento de los excesos de las mujeres en la obra de Atilio Chiappori, o de la selva devoradora en La vorágine, de José Eustasio Rivera; de las disidencias sexuales en la obra de Augusto D’Halmar; o de las estrategias de los autobiógrafos o del humor como desvío e incluso como “vandalismo” en Alejandra Pizarnik tanto como del “misreading” en la obra de Sarmiento.


“La novela de la vida de Molloy y de su constelación de amigos”, escribís en el prólogo: ¿podemos pensar Amigos como una novela?

No necesariamente el Amigos que originalmente ideó Molloy con la compilación de ensayos que ya había ido publicando por separado y oportunamente. En tal caso, creo sí que pueden leerse, al menos en parte, en sintonía con las viñetas de Varia imaginación, que van conformando una saga molloyneana pero no necesariamente novelesca, aunque puedan desplegarse en ellas algunas modalidades o procedimientos que también son de la novela: el planteo y resolución de situaciones, la emergencia de un gesto que caracteriza un personaje: los mohínes de Puig, por ejemplo, pueden relacionarse con el gesto de la madre que dobla, triste, el mantelito mientras no tiene ganas de comer. Como esas viñetas de Varia imaginación, digo, pero también combinadas con el grado de inventiva y juego crítico que se ve en la introducción de At Face Value (el libro sobre la autobiografía en textos latinoamericanos), que se demora siguiendo el ritmo que le marca a Molloy el placer de volver a contar(se) −al tiempo que lo traduce− un cuento de Borges donde hará anidar la cifra del problema teórico que desplegará en el libro, que esta vez no será −justamente− Borges.

Contás en el prólogo que con Molloy discurrían sobre este tomo, llamado de entrecasa “El librito”: ¿siempre estuviste involucrada en el proyecto? ¿Cómo tomaste contacto con él?

Hablabámos mucho con Sylvia de su escritura, como hablábamos mucho con Sylvia de la vida, de nuestras familias, de nuestros afectos, de nuestros proyectos, de la temperatura en Buenos Aires o Nueva York o de sus patos o de mi gata y por supuesto de los suyos. O sea: hablar de sus libros, de sus proyectos y planes de escritura era natural; pero es claro que era un tema que ella también compartía con otros amigos o colegas. Lo que sí puedo decir por mi parte es que yo solía demandarle afectuosamente más Molloys para leer o releer, para compartir, para difundir, para sorprendernos, para satisfacer nuestra avidez de lectores de su obra que, si disfrutábamos de la existente, siempre estábamos a la expectativa de la siguiente. Y hablábamos mucho, como ya comenté, de este al que aludíamos en nuestras conversaciones como el “librito”, para diferenciarlo de la posible organización de una obra crítica completa (que también, como lectores, tanto Daniel Balderston como yo fantaseábamos en una época, en castellano y en inglés, porque puestos a fantasear puede irse por todo). Y entonces, sí, compartí con ella la emergencia desde los primeros índices tentativos de la compilación de esos textos que a mí se me hacían tan claramente conjugados, y se lo decía a ella, esos ensayos que operaban desde ese yo elegante y discreto y tan bien ubicado de Molloy, que encuentra en esas tan magistralmente narradas anécdotas personales el hilo que le permite deambular con grácil lucidez por los laberintos de las obras de los otros.

¿Podrías ampliar esta idea del valor que les das a los epistolarios de escritores en general, “tal vez la irradiación más fecunda”?

Ante todo, soy una apasionada lectora de epistolarios del siglo XIX argentino. Y en el centro de esa constelación pongo siempre a Sarmiento. Me gusta encontrar en las cartas puntos que me lleven a la revelación de algún enigma; y muy a menudo caigo −naturalmente bien dispuesta− en las trampas que esas mismas cartas me preparan al despertarme nuevas inquietudes o contradicciones que me sumergen en nuevos enigmas, de los que emerjo para caer inmediatamente en otros.

En el caso del libro de Molloy y sobre Molloy, iba con inevitable pulsión de las cartas de Pezzoni a Molloy a las que Pezzoni les enviaba a Cozarinsky o a Victoria Ocampo, lo que ineludiblemente me transportaba a lo que pudieran aclarar sobre ciertas situaciones las de Victoria a María Luisa Bastos, amiga íntima de Sylvia, que intercambiaba misivas con Pezzoni, de quien también era amigo, en una deriva que se volvía a veces loop, como una suerte de virtuosa mancha venenosa. Por eso en la introducción remito a la “energía criptológica” de la que habla Barthes con relación a la búsqueda de claves en la obra de Proust: esa pulsión habla más del anotador que de Proust y deviene síntoma, de lo que me hago cargo. Es una cuestión que atañe al lector más que a la obra. Y el anotador, digo también, es un lector enchufado a la enésima potencia.

Me gustan las novelas voluntariamente epistolares, por un lado, como Julie ou la nouvelle Heloïse, de Rousseau. Pero creo también que en una serie de cartas, organizadas ya por corresponsal, ya por cronología, o incluso por tema, puede observarse el despliegue de un suspense que marcan una tensión que nos impulsa a asistir al desencadenamiento de uno o varios desenlaces. La serie que armé como apéndice o complemento del Amigos originalmente ideado por Molloy termina en la esquela que Sylvia le manda a Angélica Ocampo con sus condolencias por la muerte de Victoria, con lo que acaso se cierre una etapa de su vida, justo a las puertas de una emergencia o de un (re)nacimiento: ese mismo año de 1979 se publicará por fin Las letras de Borges y dos años después saldrá En breve cárcel. Pero esos libros de Molloy, si despuntan en el despliegue de cartas que se incluyen en Amigos, ocurren después del punto final del libro, como sucede en algunos avatares de los cuentos de Borges.


Con la salida de Amigos, Eterna Cadencia Editora continúa su trabajo alrededor de la obra de Sylvia Molloy, que incluye títulos como Varia imaginación, Vivir entre lenguas o Animalia.

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