Entrevistas

Guillermo Quijas: "Una editorial se parece un poco a una casa"

Eduardo González

A veinte años de su fundación, la editorial mexicana Almadía celebra su recorrido con un catálogo de riesgo y un premio internacional de novela.


Por Valeria Tentoni.


Nacida en Oaxaca, México, en 2005, la editorial Almadía surgió como una apuesta joven y arriesgada, “con la idea de publicar libros que nos sorprendan y emocionen”, explica su editor, Guillermo Quijas, en su paso por Buenos Aires para presentar Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas, Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat. 

En estos veinte años, Almadía ha editado más de 400 títulos y se ha expandido territorialmente, consolidado una presencia activa no solo en México sino también en América Latina y desde hace un tiempo, sobre todo, en España. Narrativa, poesía, ensayo, crónica y literatura infantil dan forma a un catálogo que cuenta con firmas como las de Sergio Pitol, Margo Glantz, Juan Villoro, Daniela Tarazona, Isabel Zapata, Clyo Mendoza, Enrique Vila-Matas, Rodrigo Rey Rosa, Alejandra Costamagna, Liliana Colanzi, Edmundo Paz Soldán, Samanta Schweblin, Mónica Ojeda, Hernán Ronsino o Gonçalo M. Tavares.

“Almadía ha sido una plataforma para escritoras y escritores que hoy tienen una proyección internacional, así como un espacio para descubrir nuevas voces”, explican desde el sello, que en 2022 dio el salto a España, con la intención de ampliar su diálogo con quienes escriben y leen del otro lado del mar. En estos primeros tres años, Almadía España ha publicado 37 títulos, combinando narrativa, ensayo, poesía, crónica y antologías.


¿Cómo surgió Almadía? ¿Con qué escenario editorial se encontraron en México en ese momento?

Almadía nació en Oaxaca en 2005, como parte de un proyecto familiar. Mi abuelo había fundado una librería en 1949 y desde ahí publicó también varios libros. Yo empecé a trabajar ahí en 2002, y así decidimos formalizar esa parte del proyecto y fundar una editorial, así, un poco a lo loco, la verdad.

No sabíamos cómo funcionaba una editorial y fuimos aprendiendo sobre la marcha. Creo que eso también explica algunas cosas de lo que terminó siendo Almadía. Había mucha intuición, mucho entusiasmo y mucha inconsciencia. Queríamos hacer buenos libros, libros que nos interesaran, y cuidarlos muchísimo: el contenido, el diseño, la parte material. Y muy pronto nos obsesionamos también con conseguir que esos libros encontraran lectores.

Hacerlo desde Oaxaca implicaba una dificultad particular porque buena parte de la industria editorial mexicana estaba —y sigue estando— concentrada en la Ciudad de México. Había que viajar, conocer libreros, buscar espacios, generar vínculos. Muchas cosas las hacíamos sin tener demasiado claro lo que estábamos haciendo, simplemente porque asumíamos que así se tenía que hacer.

Creo que Almadía se fue construyendo un poco así: aprendiendo y divirtiéndonos mucho.

¿Cómo fueron apareciendo las diferentes colecciones? ¿Con qué autores comenzaron?

Las colecciones también fueron apareciendo de una manera bastante natural. Íbamos encontrando libros y autores que nos interesaban y tratando de construir alrededor de ellos no solamente una selección editorial, sino formas de promoverlos y de encontrarles lectores.

No había desde el principio una definición de lo que tenía que ser cada colección. Había sobre todo curiosidad y ganas de publicar libros que nos parecieran auténticos y que nos removieran de alguna manera.

Arrancamos con tres: un libro de poesía, uno de ensayo y una novela, de Araceli Mancilla, Jorge Pech y Leonardo da Jandra.

Para mí una editorial se parece un poco a una casa: pueden convivir autores muy distintos, de generaciones, países y escrituras diferentes, sin que todos tengan que parecerse. Lo importante es que cada uno tenga una propuesta propia y que, de alguna manera, tenga sentido que esos libros compartan el mismo espacio.

Con el tiempo hemos aprendido a ordenar mejor todo eso, pero me gusta que Almadía conserve todavía algo de aquella intuición inicial.


Almadía tiene distribución en México, España y demás países de habla hispana, como Argentina. ¿Cómo piensan al libro desde ese aspecto?

Nos interesa pensar Almadía como una editorial en español que trabaja y circula entre distintos territorios. Durante mucho tiempo ha sido más fácil conocer a un escritor argentino en México que conseguir sus libros, o leer sobre una autora mexicana en España que encontrarlo en una librería. Hoy nuestra base está en México y España, y estamos intentando construir una presencia más estable en Argentina y Colombia. Evidentemente no podemos tener todos los libros en todos los países —sería inviable y casi suicida—, pero sí queremos que el lugar desde el que escribe o se publica un autor no determine hasta dónde puede llegar su libro.

¿Cómo piensan al castellano que se lee en las páginas publicadas por Almadía, con las distintas modulaciones del español?

Para nosotros esas diferencias son justamente parte de la riqueza de publicar en español. Nos interesa que los libros conserven su vocabulario, su ritmo, sus formas de hablar y también sus rarezas. Confiamos en los lectores y lectoras y en su capacidad para moverse entre esas distintas formas del español sin necesidad de que todo les resulte familiar. Y esto tiene mucho que ver con lo anterior: hacer circular los libros también significa hacer circular las distintas formas del español.

Ahora están aterrizando en España, físicamente también: ¿qué pueden contarnos de ese movimiento?

Aterrizamos en España en 2022 y empezamos con una estructura muy pequeña, imprimiendo localmente y construyendo poco a poco distribución, prensa y relaciones con librerías. Lo que estamos haciendo ahora es dejar de pensar España solamente como un lugar donde circulan nuestros libros y hacer que forme parte de la construcción misma de la editorial. Eso implica tener un equipo allá, publicar autores españoles y latinoamericanos directamente desde España, participar más activamente en su ecosistema editorial y utilizar también esa presencia para conectar mejor los distintos territorios en los que trabajamos.

¿Cómo piensan a Almadía en Argentina? ¿Qué autores argentinos tiene su catálogo y qué recepción esperan y han tenido?

Argentina es uno de los mercados en los que más nos interesa estar. No solo por sus escritores y lectores, sino porque tiene un ecosistema editorial que nos encanta: editoriales independientes extraordinarias, muy buenas librerías, libreros que leen y recomiendan, festivales, revistas y una conversación alrededor de los libros que es muy estimulante. Nos encanta formar parte de esa conversación, aprender de ella y que el trabajo nos obligue, con enorme sacrificio, a volver seguido a comer y beber vino. Almadía publica desde hace tiempo a varios autores argentinos. El año pasado publicamos a Corina Bistritsky y próximamente publicaremos a Carolina Cobelo y Gabriela Pereyra.

Almadía ha sido plataforma para autores que han despegado desde allí, primeros libros y apuestas arriesgadas. ¿Cómo se piensan en este sentido?

Esa ha sido una parte importante de Almadía desde el principio. Nos gusta publicar primeros libros y trabajar con autores que todavía están construyendo una obra, pero nunca lo hemos pensado demasiado desde la idea de “descubrir autores”. Hay libros que nos entusiasman y decidimos publicarlos, independientemente de que quien los escribió sea conocido o no. Eso implica cierto riesgo. Algunos encuentran muchísimos lectores, otros tardan más y otros simplemente no funcionan como imaginábamos. Lo que queremos conservar es un margen para tomar decisiones que no estén determinadas únicamente por una expectativa de ventas. Evidentemente pensamos en los lectores y en que los libros funcionen, pero no siempre podemos saberlo de antemano. Y creo que está bien que así sea.

Acaban de poner en marcha el Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat junto a otras editoriales, ¿cómo va eso?

Desde el principio queríamos que fuera un premio que no solo encontrara un buen libro, sino que ayudara a hacerlo circular entre distintos países. La respuesta nos sorprendió muchísimo: recibimos más de 2,200 manuscritos de 22 países y el jurado, integrado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, eligió por unanimidad Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas. Para una editorial independiente, un proyecto así solo es posible trabajando con otros. En este caso fue fundamental la alianza con la Fundación, pero también las relaciones que se construyen con librerías, distribuidores, festivales, otras editoriales y lectores. Y eso es quizá lo que más nos interesa del premio: las relaciones que se construyen para que un libro pueda viajar.

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