Poesía

Tres poemas de Ellen Bass

Versiones inéditas en castellano

Un adelanto del trabajo de traducción que Daniela Aguinsky y Valentino Cappelloni están realizando sobre la obra de la poeta estadounidense nacida en 1947, por el momento inédita en nuestra lengua.

Traducciones de Daniela Aguinsky y Valentino Cappelloni. Foto de Irene Young, fuente: The New Yorker.


 




Poeta y docente, Ellen Bass nació en 1947 y creció en Nueva Jersey. Se gaduó en escritura creativa en la Universidad de Boston, donde estudió con Anne Sexton. "La poesía es la más íntima de todas las escrituras", advierte. Entre sus libros, inéditos en nuestra lengua, se cuentan Mules of Love (2002), The Human Line (2007), Like a Beggar (2014), y los de no ficción incluyen The Courage to Heal: A Guide for Women Survivors of Child Sexual Abuse (1988) and Beginning to Heal: A First Book for Men and Women Who Were Sexually Abused as Children (2003, con Laura Davis). Con Kate Kaufman, escribió Free Your Mind: The Book for Gay, Lesbian, and Bisexual Youth—and Their Allies (1996).


Entre los reconocimientos reibidos por Bass se cuentan el Pushcart Prize y el Premio Pablo Neruda. Daniela Aguinsky y Valentino Cappelloni se comunicaron con la poeta, que actualmente reside en Santa Cruz, California, para iniciar una serie de traducciones, de las que aquí compartimos apenas un adelanto.




 

 

 

La cosa es


amar la vida,


amarla incluso


cuando no te da el estómago


y todo lo que sostuviste con cariño


se deshace como papel quemado en tus manos,


tu garganta llena de su sedimento.


Cuando el dolor se sienta al lado tuyo, su calor tropical


espesando el aire, denso como el agua


más apto para las branquias que los pulmones;


cuando el dolor te pesa como tu propia carne


sólo que un poco más, una obesidad de dolor,


vos pensás, "¿Cómo puede un cuerpo aguantar esto?"


Entonces sostenés la vida como un rostro


entre tus palmas, una cara simple,


sin una sonrisa encantadora, sin ojos violetas,


y decís, sí, te voy a elegir


te voy a amar, de nuevo.


 


 


 


Me encanta cómo los hombres se quiebran


Me encanta cómo los hombres se quiebran


cuando sus esposas los abandonan,


sus envoltorios retrayéndose como la cáscara


partida de las castañas tostadas, exponiendo


la carne dulce y cremosa. Te llaman


y descargan sus corazones del mismo modo en que una mujer


se saca sus joyas, los pendientes


pesados, el lazo rígido del vestido y el corset,


y se desliza dentro de un kimono suelto.


Es como si ustedes dos se hubieran tomado unas medidas


de un muy buen whisky escocés y la nieve cayera


en el cono iluminado bajo el poste de luz


copos grandes y lentos que bajan flotando en el brillo opalescente.


Te cuentan de todo el dolor contenido en sus pechos,


sus pitos decepcionados, sus manos vacías.


Mientras examinan cuidadosamente las traiciones y arrepentimientos,


la consciencia shockeante de cuánto se esforzaron,


el modo en que se bancaron el yugo


con una buena fe tan estúpida,


se vuelven cada vez más jóvenes. Lloran con la inconsciencia de los niños.


Cuando te abrazan, se pegan.


Como alguien que necesitó anteojos mucho tiempo


y finalmente los consiguió- miran alrededor


solamente por el placer de mirar: el detalle,


los bordes filosos de lo que el mundo tiene para ofrecer.


Y cuando se enamoran de nuevo, sólo mejora.


Sus corazones están todos rellenos como eclairs


y la crema desborda al tocarlos.


La aman, te aman a vos, aman a todos.


Sacan todas las penas y dichas con olor a humedad


del sótano donde las empujaron a la fuerza


junto a los guantes de nieve y las colecciones de monedas. Te cuentan cosas


que nunca le contaron a nadie.


Frescos de amarla, vienen brillando


como almas deslizándose en los cuerpos


de los bebés que están a punto de nacer.


Entonces pasa un año. O dos.


Como huesos rotos, vuelven a soldarse.


Crecen como pastos y arbustos y árboles


después de un incendio forestal, cubriendo la tierra calcinada.


 


 


 


 


Matrimonio



Cuando finalmente, después de estar muy enfermo, recuestes


la extensión de tu cuerpo sobre el mío, ¿no es


como los estratos de la tierra, la presión


del tiempo en la arena, barro, pedacitos de caracoles,


todos


los años, despertarse incontables veces, dormir,


noches sin dormir, peleas, mañanas ordinarias


donde hablamos de nada, y caídas


breves y feroces, y el silencio


inconsciente de los animales que se rozan, el agua


moviéndose, viento, el hielo que se lleva los minutos, hojas


detrás de los minerales que vuelven el sedimento piedra?


Cómo aguantar el peso, con cada


parte de los huesos presionando. Y entonces, cómo


aguantar


cuando el peso se fue, como una mujer


cuyo cuello fue enrollado en cobre


no puede después sostenerlo solo. El amor


es un bálsamo, pero también un sello. Nos estrecha


como el pelaje de un conejo al conejo.


Cuando lo despellejás, agarrando desde el borde


la piel abierta, separando las membranas brillantes


y transparentes, el cuerpo está tibio y blando. Si pudieras,


te introducirías dentro de esa piel húmeda y resbaladiza


y la llevarías en tu espalda. Esto no es


limpio ni blanco ni tiene encajes como un casamiento,


y tampoco es la efervescencia luminosa del champagne


volcándose sobre el cuello de la botella. Esta unión


visceral y de sangre que es el amor, pero


más allá del amor. Más allá del encanto y de la delicia


de la forma en que vos en vos mismo estás más allá del


encanto y de la delicia.


Esta es la carne pelada del amor, los callejones y el vidrio


roto del amor, los pétalos arrancados de las ramas del


amor,


el llanto mareado y ronco, el hambre empecinada.  


 


 

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