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Graham Greene: "Una historia no tiene ni principio ni fin"

El final del affaire

"Uno elige arbitrariamente un momento de la experiencia desde el cual mirar hacia delante o hacia atrás": así comienza este clásico de Graham Greene, gentileza de Libros del Asteroide.

Por Graham Greene. Traducción de Eduardo Jordá.

 

Una historia no tiene ni principio ni fin: uno elige arbitrariamente un momento de la experiencia desde el cual mirar hacia delante o hacia atrás. He dicho «uno elige» con el impreciso orgullo del escritor profesional al que, en las pocas ocasiones en que se le ha tomado en serio, se le ha elogiado por su pericia técnica, pero ¿elijo por voluntad propia la oscura noche de enero de 1946, cuando vi a Henry Miles cruzando el parque bajo un vasto río de lluvia, o más bien esa imagen me ha elegido a mí? Según las reglas de mi oficio, lo apropiado, y lo correcto, es empezar justo ahí, pero si en aquel momento hubiera creído en Dios, también debería haber creído en una mano que me daba un golpecito en el codo y me insinuaba: «Habla con él, aún no te ha visto».

Porque ¿qué razón había para que yo hablara con él? Si el odio no es una palabra demasiado exagerada para usarla en relación con un ser humano, yo odiaba a Henry, y también odiaba a su mujer, Sarah. Y él, supongo, tuvo que empezar a odiarme después de los hechos de aquella noche; del mismo modo que tuvo que odiar a su mujer y a ese otro en cuya existencia, por fortuna, ni él ni yo creíamos en aquellos días. Así que esta es una historia de odio mucho más que de amor, y si en algún momento digo algo a favor de Henry o de Sarah se puede confiar en mí: escribo en contra de mis prejuicios porque mi orgullo profesional me impulsa a elegir la casi-verdad por encima, incluso, de mi casi-odio.

Me resultó raro ver a Henry en una noche como aquella: era muy comodón y después de todo —o eso pensaba yo— tenía a Sarah. Para mí, la comodidad es como un recuerdo equivocado en el lugar o en el momento equivocados: si uno está solo, prefiere la incomodidad. Y había un exceso de comodidad en la habitación que yo tenía alquilada en el lado malo del parque —el que daba al sur—, amueblada con los desechos olvidados por los anteriores inquilinos. Se me había ocurrido dar una vuelta bajo la lluvia y tomarme una copa en el pub local. El estrecho vestíbulo de mi casa, atiborrado de trastos, estaba lleno de sombreros y abrigos de desconocidos —el hombre que vivía en el segundo piso había invitado a cenar a unos amigos— y cogí por error un paraguas que no era mío. Luego cerré la puerta con vidriera y bajé con cuidado los escalones que, en 1944, habían recibido el impacto de una bomba y que aún seguían sin reparar. Tenía motivos para recordar aquel suceso y el hecho de que la vidriera —sólida y fea, de estilo victoriano— hubiera resistido la explosión con la misma entereza que demostraron tener nuestros abuelos.

En cuanto empezaba a cruzar el parque me di cuenta de que llevaba un paraguas equivocado —tenía un agujero por el que se colaba la lluvia y me estaba empapando el cuello de la gabardina—, y fue entonces cuando vi a Henry. Me hubiera resultado muy fácil esquivarlo: no llevaba paraguas y a la luz de la farola pude darme cuenta de que la lluvia no le dejaba ver nada. Los negros árboles sin hojas no le ofrecían protección alguna: se desparramaban a su alrededor como cañerías rotas, así que la lluvia resbalaba por su oscuro sombrero de ala dura y se derramaba a chorros sobre su abrigo negro de funcionario. Si yo hubiera pasado por delante de él no me habría visto; además, podría haberme asegurado de que no me viera apartándome medio metro de su camino; pero le dije: «Henry, ¡no se te ve el pelo!», y noté que sus ojos se iluminaban como si fuésemos viejos amigos.

—Bendrix —dijo afectuoso, a pesar de que todo el mundo se inclinaría a pensar que era él, y no yo, quien tenía motivos para odiarme.

—Henry, ¿qué haces aquí con esta lluvia?

Hay hombres frente a los que uno siente el deseo irreprimible de tomarles el pelo; hombres cuyas virtudes no poseemos.

 

Contestó con evasivas:

—Quería que me diera el aire. Tuvo que agarrarse el sombrero cuando una súbita ráfaga de lluvia y viento estuvo a punto de llevárselo volando hacia el lado norte del parque.

—¿Cómo está Sarah? —pregunté, porque podría parecer raro que no lo hiciera, aunque nada podría haberme alegrado más que oír que estaba enferma, triste o que se estaba muriendo.

En aquellos días yo pensaba que cualquier padecimiento suyo podría aliviar el mío, que si ella se moría podría sentirme libre: así ya no tendría que imaginar todas las cosas que imaginaba en las innobles circunstancias en que me encontraba. Incluso pensé que podría haber llegado a tomarle aprecio al pobre tonto de Henry si Sarah estuviera muerta.

—Ah, ha ido a dar una vuelta —contestó, y al hacerlo puso de nuevo en marcha el demonio interior que me hizo recordar otras noches, cuando Henry debió de contestar lo mismo y solo yo sabía dónde estaba Sarah.

—¿Quieres tomar una copa? —le pregunté, y ante mi sorpresa se puso a caminar a mi lado. Hasta aquel día nunca habíamos tomado una copa juntos, a no ser que estuviéramos en su casa.

—Hace mucho que no te veo, Bendrix.

Por alguna razón todo el mundo me llama por mi apellido. A juzgar por el uso que mis amigos hacen de mi nombre de pila, no sirvió de nada que las ínfulas literarias de mis padres les impulsaran a bautizarme con el pretencioso nombre de Maurice.

—Sí, mucho tiempo.

—Caray, debe de haber pasado más de un año.

—Desde junio del 44 —contesté.

—Tanto tiempo, vaya, vaya...

Qué idiota, pensé, si no veía nada raro en un intervalo tan largo como un año y medio. Entre los dos «lados» de nuestras vidas no había más separación que unos quinientos metros de hierba. ¿Nunca se le había ocurrido preguntarle a Sarah: «¿Cómo le va a Bendrix?», «¿qué tal si invitamos a cenar a Bendrix?». ¿Nunca había detectado que las respuestas de su mujer eran elusivas, forzadas, reticentes? Yo había desaparecido de forma tan abrupta como una piedra que se hunde en un estanque. Supongo que las ondas inquietaron a Sarah durante una semana o quizá un mes, pero la venda que tapaba los ojos de Henry estaba muy bien sujeta. Yo odiaba esa venda a pesar de haberme beneficiado de ella, pues sabía que otros también podrían haber hecho lo mismo. 

—¿Ha ido al cine? —pregunté.

—No, no, casi nunca va al cine.

—Antes iba.

El pub Pontefract Arms seguía exhibiendo la decoración navideña, con guirnaldas y campanas de papel de color lila y naranja, como reliquias de la alegría comercial. La joven encargada apoyó los pechos en la barra y lanzó una mirada de desdén hacia sus clientes.

—Bonito —dijo Henry sin pensar lo que decía, y miró a su alrededor con aire perdido, como de timidez, buscando un lugar donde dejar su sombrero. Tuve la impresión de que el lugar más parecido a un pub que conocía era el figón cerca de Northumberland Avenue en el que almorzaba con sus colegas del ministerio.

—¿Qué quieres tomar?

—No me vendría mal un whisky.

—A mí tampoco, pero tendremos que conformarnos con una copa de ron.

Nos sentamos a una mesa y empezamos a toquetear los vasos: nunca había tenido mucho de qué hablar con Henry. Dudo que me hubiera tomado la molestia de conocerlo a él o a Sarah si en 1939 yo no hubiera empezado a escribir una novela que tenía como protagonista a un funcionario de alto rango. Una vez, en el transcurso de un debate con Walter Besant, Henry James dijo que una muchacha con el suficiente talento solo necesitaba pasar frente a la ventana del regimiento de la Guardia Real y asomarse a echar un vistazo al comedor para escribir una novela sobre la brigada entera, pero me temo que en algún momento de ese proceso la chica vería necesario acostarse con uno de los guardias para captar bien los detalles. Y no es que yo llegara a acostarme con Henry, pero sí hice lo que más cerca estaba de ello, y la primera noche que llevé a cenar a Sarah tenía el deliberado propósito, concebido a sangre fría, de estudiar la mente de la esposa de un alto funcionario. Ella no tenía ni idea de mis intenciones. Estoy seguro de que creía que yo estaba interesado en su vida familiar, y quizá eso fue lo que despertó su simpatía por mí. ¿A qué hora desayunaba Henry?, le pregunté. ¿Iba a la oficina en metro, en autobús o en taxi? ¿Por la noche se llevaba trabajo a casa? ¿Tenía un maletín con el escudo de la casa real? Nuestra amistad surgió a causa de mi interés: a ella le encantaba que alguien se tomara en serio la vida de Henry. Henry era importante para ella, pero importante en el sentido en que podría serlo un elefante, solo por el tamaño: hay ciertas clases de importancia que están irremisiblemente condenadas a no ser tomadas en serio. Henry era un importante subsecretario del Ministerio de Pensiones, que poco después se convertiría en el Ministerio de Seguridad Interior. Seguridad Interior: más adelante me burlaría de ese nombre, en esos momentos en que odias a quien tienes al lado y buscas cualquier excusa para hacerle daño... Y hasta llegó el día en que le conté a Sarah que solo había elegido a Henry para parodiarlo, como modelo de un personaje ridículo que iba a ser el elemento cómico de mi libro. Fue entonces cuando mi novela dejó de gustarle. Ella era muy leal a Henry (eso nunca podré negarlo), y en esas horas confusas en que el demonio se apoderaba de mi mente y hasta el inofensivo Henry me caía mal, yo usaba la novela para inventarme episodios demasiado groseros para ser puestos por escrito... Una vez, después de que Sarah pasara la noche entera conmigo (había tenido tantos deseos de que eso sucediera como el escritor que aspira a ponerle el punto final a su novela), eché a perder nuestro encuentro al decirle por casualidad una palabra que hizo añicos el estado de ánimo que a veces me parecía, durante varias horas, un amor perfecto. Hacia las dos caí en un sueño huraño y me desperté a las tres; entonces desperté a Sarah poniéndole la mano sobre el brazo. Creo que mi intención era arreglar las cosas, hasta que mi víctima giró hacia mí su soñoliento rostro, hermoso y lleno de confianza. Ella ya se había olvidado de nuestra discusión, pero yo hallé en su olvido un nuevo motivo de enfado. Qué retorcidos somos los seres humanos, y eso que dicen que hemos sido hechos a semejanza de un Dios; pero me cuesta mucho hacerme a la idea de un Dios que no sea tan sencillo como una ecuación perfecta, tan claro como el aire. Le dije: «He estado despierto dándole vueltas al capítulo quinto. ¿Henry toma granos de café para refrescarse el aliento antes de una reunión importante?». Dijo que no con la cabeza y empezó a llorar, y yo fingí, evidentemente, no haber entendido el motivo de su llanto: tan solo le había hecho una pregunta sobre el personaje; era un asunto que me preocupaba, no un ataque contra Henry, ya que hasta la gente más distinguida a veces tomaba granos de café... Y continué así. Estuvo llorando un rato y luego se quedó dormida. No tenía problemas para conciliar el sueño, y yo me tomaba su facilidad para quedarse dormida como un nuevo motivo de ofensa.

Henry se bebió el ron muy deprisa, dejando vagar la vista, abatido, por las guirnaldas de papel rosas y lilas.

—¿Habéis pasado una buena Navidad? —le pregunté.

—Ha estado muy bien, muy bien —contestó.

—¿En casa? —Henry alzó la vista como si el tono de mi voz le hubiera sonado raro.

—¿En casa? Sí, claro.

—¿Sarah está bien?

—Sí.

—¿Quieres otro ron?

—Ahora me toca invitar a mí.

Mientras Henry iba a buscar las copas, fui al lavabo. Las paredes estaban llenas de frases garabateadas: «Que te jodan, patrón, a ti y a tu esposa tetona». «Para todos los chulos y las putas, una feliz sífilis y unas prósperas purgaciones». Volví deprisa a la alegría de las guirnaldas de papel y del tintineo de los vasos. A veces me veo demasiado reflejado en los demás. Eso me llena de inquietud, y entonces siento un enorme deseo de creer en los santos y en las virtudes heroicas.

Le repetí a Henry las dos frases que había leído en los servicios. Quería escandalizarle, pero me sorprendió que se limitara a contestar:

—Los celos son una cosa horrible.

—¿Te refieres a la frase de la esposa tetona?

—A las dos. Cuando te sientes desdichado, envidias a los que son felices.

Eso no era lo que uno imaginaba que Henry podía haber descubierto en el Ministerio de Seguridad Interior. Y ahí, en esa misma frase, la amargura vuelve a brotar de mi pluma. Qué aburrida e inerte resulta esta amargura. Si pudiera, escribiría con amor, pero si pudiera escribir con amor yo sería otro hombre: un hombre que nunca habría perdido el amor. Y de pronto, al otro lado de la brillante superficie de cerámica de la mesa, sentí algo, no una cosa tan exagerada como el amor, pero tal vez algo así como la presencia de un compañero de desgracias.

—¿Te sientes desdichado? —le pregunté a Henry.

—¡Estoy preocupado, Bendrix!

—Cuéntame.

Supongo que el ron le había desatado la lengua, ¿o es que era consciente de algunas de las cosas que yo sabía de él? Sarah era una mujer leal, pero en una relación como había sido la nuestra uno no puede evitar enterarse de un par de cosas... Yo sabía que Henry tenía un lunar a la izquierda del ombligo porque una marca de nacimiento en mi cuerpo se lo había recordado a Sarah; yo sabía que era miope pero que no quería ponerse las gafas delante de desconocidos (y yo seguía siendo lo suficientemente desconocido para él como para no haberlo visto nunca con las gafas puestas); yo sabía que le gustaba tomarse una taza de té a las diez; incluso conocía las costumbres que tenía cuando se iba a la cama. ¿Era consciente de que sabía tantas cosas de él que una revelación más no iba a cambiar nuestra relación?

—Estoy preocupado por Sarah, Bendrix.

La puerta del pub se abrió y pude ver la lluvia golpeando la farola. Un hombre diminuto y jovial se metió a toda prisa en el local y exclamó: «¿Cómo están todos?». Nadie le contestó.

—¿Está enferma? Creí que habías dicho que...

—No, no está enferma. O al menos no creo que lo esté. —

Miró con tristeza a su alrededor. Aquel no era su entorno. Noté que tenía los ojos congestionados. Tal vez llevaba demasiado tiempo sin ponerse las gafas: siempre hay tantos desconocidos alrededor… O quizá eran los efectos de haber estado llorando.

—Bendrix, no puedo hablar aquí. —Se expresó como si alguna vez hubiera tenido la costumbre de charlar conmigo—. Vente a casa.

Pagué las copas, y eso me demostró que Henry no se encontraba bien, porque nunca aceptaba que le invitaran. Él era quien siempre tenía el dinero listo para pagar el taxi cuando los demás aún estábamos rebuscando en el bolsillo. Los caminos del parque estaban anegados por la lluvia, pero la casa de Henry no quedaba lejos. Abrió la puerta, que tenía un montante de abanico de estilo Reina Ana, y llamó: «Sarah, Sarah». Yo deseaba oír una respuesta y al mismo tiempo temía oírla, pero nadie contestó.

—No ha vuelto aún. Pasa al estudio.

Yo no había estado nunca en su estudio. Yo de quien era amigo era de Sarah, y cuando veía a Henry siempre era en territorio de ella: en su caótica sala de estar, en la que ningún objeto casaba con un estilo concreto y en la que todo parecía haber sido colocado esa misma semana porque no se permitía que nada permaneciese allí como señal de un estilo decorativo pretérito o de un sentimiento olvidado. En la salita todo parecía muy usado, mientras que en el estudio de Henry ahora me daba cuenta de que casi nada parecía haber sido usado jamás. Pensé que nadie había abierto los tomos de Gibbon y que los tomos de Scott estaban allí porque probablemente habían pertenecido a su padre, igual que la copia en bronce del Discóbolo. Pero él se encontraba más a gusto en su estudio porque era suyo, era su posesión. Con envidia y con amargura, pensé: si uno posee algo sin miedo a perderlo, puede permitirse el lujo de no usarlo jamás.

—¿Whisky? —preguntó Henry. Me acordé de sus ojos y me pregunté si ahora bebería más que en los viejos tiempos. Y en verdad los whiskies que sirvió fueron dobles muy generosos.

—¿Qué es lo que te preocupa, Henry? —Hacía tiempo que había abandonado la novela sobre el alto funcionario; ahora ya no necesitaba documentarme sobre el personaje.

—Sarah —dijo.

¿Me habría asustado oírle decir aquella frase, justo de la misma manera, dos años atrás? No, creo que más bien me habría llenado de júbilo, ya que al fin y al cabo uno se harta de vivir un engaño condenado al fracaso. Por eso habría aceptado luchar a campo abierto, aunque solo fuera porque de esa forma hubiera tenido la posibilidad, por pequeña que fuese, de haber ganado gracias a algún error en la táctica elegida por él. Nunca en mi vida ha habido otro momento, ni antes ni después, en que yo haya tenido tantos deseos de ganar. Ni siquiera he sentido un deseo igual de poderoso cuando me he propuesto escribir un buen libro.

Alzó la vista, me miró con aquellos ojos congestionados y dijo:

—Bendrix, tengo miedo.

Ya no podía mirarlo por encima del hombro. Henry se había licenciado en la escuela del sufrimiento; y desde que había recibido el aprobado en la misma facultad que yo, por primera vez podía considerarlo un igual. Recuerdo que tenía en su escritorio una de esas fotos antiguas en color sepia: un retrato de su padre enmarcado al estilo Oxford, y al mirarlo pensé en el parecido que había entre los dos (la foto se había tomado a la misma edad, más o menos a los cuarenta y pico), y al mismo tiempo en lo distinto que era Henry de su padre. Y lo que los diferenciaba no era el bigote, sino el aire victoriano de confianza en sí mismo de su padre, esa sensación de sentirte en el mundo como en tu propia casa y de saber cómo desenvolverte en él. De repente volví a experimentar una amistosa sensación de camaradería. Y sentí mucho más afecto por él del que podría haber sentido por su padre (que había trabajado en el Ministerio de Hacienda). Los dos éramos a la vez compañeros y desconocidos.

—¿Y de qué tienes miedo, Henry?

Se sentó en una cómoda butaca como si alguien le hubiera dado un empujón.

—Bendrix —dijo asqueado—, siempre he pensado que las peores cosas, las cosas más horribles que puede hacer un hombre son...

En otro momento yo habría estado en ascuas; pero lo más raro de todo, para mí —y lo más infinitamente insoportable—, era la serenidad que me otorgaba la inocencia.

—Sabes que puedes confiar en mí, Henry. 

Pensé que era posible que ella hubiera guardado alguna carta, aunque yo le había escrito muy pocas. Es un riesgo profesional que corremos los escritores. Las mujeres suelen exagerar la importancia de sus amantes y nunca prevén ese día aciago en que una carta indiscreta aparece en un catálogo de autógrafos, marcada como «interesante» y valorada en cinco chelines.

—Entonces échale un vistazo a esto.

Me tendió una carta escrita con una letra que no era la mía.

—Vamos, léela —dijo Henry.

Era de un amigo de Henry y decía: «Sugiero que el hombre al que quieres echarle una mano solicite la ayuda de un tipo llamado Savage, en el 159 de Vigo Street. Me pareció un tipo discreto y eficaz, y sus empleados me dieron la impresión de ser mucho menos repugnantes de lo que habitualmente suelen ser esos tipos».

—No entiendo nada, Henry.

—Le escribí a este hombre diciéndole que un conocido mío me había pedido consejo sobre una agencia de detectives. Es horrible, Bendrix. Se ve que se ha dado cuenta de que era una treta.

—¿Quieres decir que...?

—No he hecho nada al respecto, pero la carta está en mi escritorio recordándome... Parece tan estúpido, ¿no?, que yo pueda confiar del todo en que ella no va a coger jamás esa carta a pesar de que entra aquí una docena de veces al día. Y al mismo tiempo, no puedo confiar en que... Ahora ha salido a dar una vuelta. Una vuelta, Bendrix.

La lluvia le había mojado la chaqueta y acercó la manga a la chimenea de gas.

—Lo siento. —Para Sarah siempre has sido un amigo muy especial, Bendrix. Y siempre se dice, ya sabes, que el marido es la última persona en enterarse de la clase de mujer que... Esta noche, al verte en el parque, he pensado que, si te lo comentaba y tú te reías de mí, a lo mejor podría quemar la carta.

Allí estaba Henry, sentado en la butaca, con el brazo mojado extendido y apartando la vista de mí. Nunca había tenido menos ganas de echarme a reír, y aun así me habría encantado poder reírme, de haber sido capaz de hacerlo.

—No es una situación de la que uno pueda reírse, aunque sea una pura fantasía pensar que...

—¿Es una fantasía? —me interrumpió, ansioso—. Entonces crees que soy tonto, ¿no?

Un segundo antes me habría echado a reír de buena gana, pero ahora, cuando solo podía mentirle, resucitaron los viejos celos. ¿Están marido y mujer tan unidos en una sola carne que cuando uno odia a la mujer también tiene que odiar a su marido? La pregunta de Henry me recordó lo fácil que había resultado engañarle: tan fácil que casi llegó a parecerme un cómplice en la infidelidad de su mujer, del mismo modo que el hombre que deja un fajo de billetes a la vista en una habitación de hotel se delata él solo como cómplice de un robo. Sentí que lo odiaba por las mismas razones que en otro momento me habían resultado muy útiles para mi amor.

La manga de su chaqueta soltaba vapor delante de la chimenea y repitió, sin mirarme:

—Está claro que crees que soy tonto. Y entonces fue cuando habló mi demonio.

—Oh, no, no lo creo, Henry.

—¿Entonces te parece que es... posible?

—Claro que es posible. Sarah es humana.

—Y yo que creía que eras su amigo… —respondió indignado, como si yo hubiera escrito la carta.

—Pero es que tú la conoces mucho mejor de lo que yo he podido llegar a conocerla.

—En cierta forma —dijo en tono sombrío, y supe que estaba pensando en la forma en que yo había llegado a conocerla mucho mejor que él.

—Henry, me has preguntado si creo que eres tonto. Y lo único que te he dicho es que no hay nada estúpido en la idea que se te ha metido en la cabeza. Tampoco he dicho nada en contra de Sarah.

—Lo sé, Bendrix. Lo siento. Últimamente no logro dormir bien. Me despierto en mitad de la noche sin saber qué hacer con esta condenada carta.

—Quémala.

—Ojalá pudiera.

—Todavía la tenía en la mano y por un momento llegué a pensar que iba a prenderle fuego.

—O ve a ver al señor Savage —dije.

—Pero ante él no puedo fingir que no soy el marido. Imagínate, Bendrix, lo que es estar sentado delante de una mesa de despacho, en una silla en la que se han sentado todos los demás maridos celosos y contando la misma historia... ¿Crees que hay una sala de espera en la que la gente que entra y sale se encuentra cara a cara?

Aquella pregunta me dejó sorprendido: casi hacía de Henry una persona imaginativa. Sentí que mi superioridad quedaba en entredicho y que se despertaba en mí el viejo deseo de tomarle el pelo.

—¿Por qué no dejas que vaya yo? —dije.

—¿Tú?

Me pregunté por un instante si había ido demasiado lejos, si incluso Henry podría haber empezado a sospechar algo.

—Sí —dije, coqueteando con el peligro, porque ¿qué importaba ahora que Henry descubriera una parte del pasado? Eso sería beneficioso para él y tal vez le enseñaría a controlar un poco mejor a su mujer.

—Podría simular que soy un amante celoso —continué—. Los amantes celosos son más respetables y menos ridículos que los maridos celosos. Cuentan con el apoyo de la gran literatura. Los amantes traicionados no resultan cómicos, sino trágicos. Piensa en Troilo. Si voy a ver al señor Savage, no tengo por qué perder mi amour-propre.

La manga de Henry ya se había secado, pero él seguía con el brazo extendido frente al fuego y se le estaba empezando a chamuscar la tela.

—¿De veras harías eso por mí, Bendrix?

Había lágrimas en sus ojos, como si nunca hubiera imaginado esta suprema demostración de amistad, que tal vez consideraba inmerecida.

—Claro que sí. Y se te está quemando la manga, Henry.

Se miró el brazo como si perteneciera a otra persona.

—Esto es una locura —dijo—. Vaya cosas he estado pensando. Primero te cuento todo esto y luego te pido que hagas una cosa así. No, uno no puede usar a un amigo para espiar a su esposa. Y mucho menos pedirle a ese amigo que se haga pasar por su amante.

—Sí, estas cosas no se hacen, como tampoco se deberían hacer cosas como cometer adulterio, robar o huir del fuego enemigo. Pero resulta que estas cosas que no deben hacerse se hacen todos los días, Henry. Forman parte de la vida moderna. Yo mismo he hecho muchas cosas de esas.

—Eres un buen tipo, Bendrix. Me hacía falta una charla en condiciones... para aclarar las ideas.

Esta vez sí que acercó la carta a las llamas del gas. Cuando hubo dejado los últimos restos en el cenicero, dije:

—Se llama Savage, y la dirección es el 159 o el 169 de Vigo Street.

—Olvídate de eso —dijo Henry—. Olvídate de todo lo que te he dicho. Eran tonterías. Últimamente tengo unas jaquecas terribles. Tendré que ir al médico.

—Alguien ha abierto la puerta —dije—. Sarah ha vuelto.

—No, debe de ser la doncella. Esta tarde ha ido al cine.

—Pues parecen los pasos de Sarah.

Se dirigió a la puerta y la abrió, y automáticamente su rostro adoptó una expresión de gentileza y afecto. Siempre me había irritado aquella reacción mecánica ante la presencia de Sarah porque no significaba nada: uno no tiene que alegrarse en todo momento por la presencia de una mujer, ni siquiera si está enamorado de ella, y eso que Sarah me había dicho, y yo la creí, que ellos dos nunca habían estado enamorados. En mi opinión, había mucha más emoción en mis reacciones de odio y desconfianza hacia Sarah. Al menos para mí era una persona que tenía su propia autonomía, y no un objeto que formase parte del mobiliario de una casa, como un jarrón de porcelana que debiera ser manejado con sumo cuidado.

—Sa-rah —dijo—. Sa-rah. —Fue separando las sílabas con una afectación insoportable.

¿Cómo puedo lograr que un desconocido vea a Sarah en el instante preciso en que se detuvo en el vestíbulo, al pie de las escaleras, y luego se volvió hacia nosotros? La única forma en que he sido capaz de describir a mis personajes de ficción ha sido a través de sus actos. Siempre he opinado que el lector de una novela debería poder imaginarse como le diera la gana al personaje. Por eso no me gusta suministrar definiciones prefabricadas. Pero ahora me siento traicionado por mi propia técnica, porque no quiero que ninguna otra mujer sustituya a Sarah: quiero que el lector vea una frente amplia y una boca decidida, y la forma exacta del cráneo, pero lo único que puedo ofrecer es una figura borrosa que se da la vuelta con un impermeable empapado y dice: «¿Sí, Henry?», y luego añade: «¿Tú?». Siempre me llamaba «tú». «¿Eres tú?», decía cuando llamaba por teléfono, «¿Seguro que podrás, tú?», «¿Seguro que lo harás, tú?», «¿Es así, tú?». Así que durante esos instantes llegué a imaginar, como un idiota, que en el mundo solo había un único «tú», y que ese tú era yo.

—Me alegro de verte —dije.La frase formaba parte de uno de mis periodos de odio—. ¿Has salido a dar una vuelta?

—Sí.

—¡Vaya noche! —exclamé, procurando sonar acusatorio, y Henry añadió, con aparente preocupación:

—Estás empapada, Sarah. A este paso, un día te vas a morir de una pulmonía.

En el transcurso de una conversación, un lugar común extraído de la sabiduría popular puede sonar como un tañido fúnebre, pero aunque los dos hubiéramos sabido que Henry decía la verdad, me pregunto si alguno de nosotros podría haber llegado a sentir una preocupación verdadera en medio de aquella situación en que Sarah nos hacía temblar de nerviosismo, desconfianza y odio.

 

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