Poesía

Dos poemas de John Donne

El gran poeta metafísico

Con traducción de Alberto Girri y William Shand, compartimos estas piezas extraordinarias del poeta, predicador y teólogo inglés que vivió entre 1572 y 1631, cuya obra queda en el cruce entre la Edad Media y el Renacimiento.

Poeta, predicador y teólogo, John Donne nació en Londres en 1572, ciudad en la que fue también ordenado sacerdote anglicano y en la que murió en 1631. Escribió sonetos, sátiras, elegías, canciones, epigramas y hasta su propio epitafio: "Reader, I am to let thee know, / Donne's body only lies below;/ For could the grave his soul comprise, / Earth would be richer than the skies".


Alberto Girri, en el prólogo a sus traducciones de los poemas de Done publicados en 1963 por Ediciones Culturales Argentinas en Buenos Aires, lo definía como al gran poeta de lo que Dryden llamó poesía metafísica, "producto de una dualidad cultural que sus poemas evidencian claramente. Por un lado, la Edad Media, por el otro, el Renacimiento".


 


 


La salida del sol


 


Atareado viejo tonto, desenfrenado sol,


¿Por qué vienes tu así


A visitarnos a través de ventanas y cortinas?


¿Deben seguir tus movimientos las estaciones de los amantes?


Descarado pedante, vete a reprender


A escolares remolones, y disgustados aprendices,


Diles a los cazadores de la corte que el rey quiere montar a caballo,


Llama a las hormigas del campo a las labores de la cosecha:


El Amor, siempre igual, no conoce estaciones, ni clima,


Ni horas, ni días, ni meses, que son los harapos del tiempo.


 


¿Por qué crees que tus rayos


Son tan venerables y fuertes?


Yo podría eclipsarlos y nublarlos con un parpadeo,


Si no fuera que no quiero privarme por tanto tiempo de verla:


Si sus ojos no cegaron los tuyos,


Mira, y mañana, tarde, dime,


Si las dos Indias, la de las especias y la de las minas,


Están donde tú las dejaste, o yacen aquí conmigo.


Pregunta por aquellos reyes que ayer viste,


y oirás que yacen todos aquí, en un lecho.


 


Ella es todos los Estados y yo todos los príncipes,


Y no existe nada más.


Los príncipes no hacen sino imitarnos; comparado con esto,


Todo honor es mímica, toda riqueza, alquimia.


Tú, sol, eres la mitad de feliz que nosotros,


En quienes el mundo así se ha contraido;


Tu vejez pide reposo, y puesto que tu deber es


Caldear el mundo, eso cumples al darnos tu calor.


Brilla aquí, para nosotros, y estarás en todas partes;


Este lecho es tu centro, estos muros, tu esfera.


 


 


 


La pulga 


 


Observa, pues, esta pulga, y observa en ella


Cuán poco es lo que me niegas;


Primero me succionó a mí, y ahora a ti,


Y en esta pulga están mezcladas nuestras sangres;


Tú sabes que a esto no puede llamársele un pecado,


Ni una vergüenza, ni una pérdida de virginidad,


Sin embargo, ella goza antes de cortejar,


Y se hincha, bien alimentada, con una sangre compuesta de dos,


Y eso, ay, es más de lo que nosotros haríamos.


 


Oh, quédate, conserva tres vidas en una pulga,


Donde casi somos un matrimonio y aun más que eso;


Esta pulga es tú y yo, y éste


Es nuestro tálamo, y nuestro templo nupcial.


Aunque a los padres, y aun a ti, les pese, estamos unidos,


Y enclaustrados en estos muros de azabache.


Aunque el hábito te haga capaz de matarme


No permitas que a ese delito se agregue el suicidio,


Y el sacrilegio, tres pecados en un triple crimen.


 


¿Cruel e impaciente, has, pues,


Empurpurado tu uña con la sangre de la inocencia?


¿De qué pudo ser culpable esta pulga


Sino por la gota que succionó de ti?


Sin embargo triunfas, y dices


Que no sientes que tú o yo seamos ahora más débiles;


Eso es verdad, aprende entonces qué falsos son los temores;


Cuando te entregues a mí se habrá perdido exactamente


Tanto honor como vida te sustrajo la muerte de esta pulga.


 


 


 


 

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