La editorial Palmeras salvajes estrena catálogo con un inhallable de Sherwood Anderson

Jueves 19 de diciembre de 2024
El sello, dirigido por Aimé Olguín y Dana Najlis, publicará literatura estadounidense del siglo XX. Aquí un vistazo al arranque de Risa negra.
Por Sherwood Anderson. Márgara Averbach.
Bruce Dudley estaba de pie cerca de una ventana cubierta de salpicaduras de pintura; del otro lado del vidrio, se veían con dificultad primero una pila de cajas vacías, después un patio de fábrica más o menos lleno de basura que bajaba hasta un acantilado y más allá las aguas marrones del río Ohio. Muy pronto podrían abrir las ventanas. La primavera no tardaría mucho en llegar. Cerca de Bruce, frente a la ventana siguiente, estaba Sponge Martin, un viejito delgado como un alambre, con un bigote espeso y negro. Sponge masticaba tabaco y tenía una esposa que en algunas ocasiones se emborrachaba con él en los días de pago.
Varias noches al año, en esos días, la pareja no comía en casa sino en un restaurante a un lado de la colina en la parte comercial del pueblo de Old Harbor, y cenaban ahí con clase.
Después de comer, pedían sándwiches y dos litros de un whisky de contrabando hecho en Kentucky y salían a pescar al río.
Eso pasaba solo en la primavera, el verano y el otoño y cuando las noches eran templadas y había pique.
Hacían una fogata con la madera fotante arrastrada por el río y se sentaban bien cerca después de colocar las líneas para la pesca de bagres. Había un lugar río arriba, a unos seis kilómetros, donde, en los días de creciente, había habido antes un pequeño molino y una maderera que suministraba combustible a los paquebotes del río.
Ahí iban Sponge y su mujer. Era una caminata larga y ninguno de los dos era muy joven, pero sí pequeños y duros, como de alambre, y tenían el whisky de maíz para alegrarles el camino. El whisky no estaba coloreado para parecerse al whisky de los comercios: era claro como el agua y muy áspero y quemaba en la garganta y tenía un efecto rápido y duradero.
Como pensaban pasar la noche ahí, apenas llegaban a su lugar de pesca favorito buscaban leña para encender el fuego. Después, todo marchaba bien. Sponge le había dicho a Bruce decenas de veces que su esposa no se hacía problema por nada.
—Es tan dura como un fox terrier —decía. En el pasado, la pareja había tenido dos hijos y el mayor, un chico, había perdido una pierna al saltar a un tren en movimiento. Sponge gastó doscientos ochenta dólares en médicos, pero bien podría haberse ahorrado el dinero. El chico había muerto después de seis semanas de sufrimiento.
Cuando hablaba de la otra, una nena a la que daban un nombre juguetón, Bugs Martin, Sponge se molestaba un poco y masticaba tabaco con más vigor que otras veces. La nena había sido un espanto desde el principio. Nada que hacer con ella. No se la podía separar de los varones. Sponge lo intentó, su esposa lo intentó, pero ¿qué consiguieron?

Una vez, una noche de pago en el mes de octubre, Sponge y su mujer pasaron la noche río arriba en su lugar de pesca favorito; volvieron a las cinco de la mañana del día siguiente, los dos un poco achispados todavía, y, ¿con qué pensaba Bruce
Dudley que se habían encontrado? Ojo, Bugs tenía apenas quince años entonces. Bueno, Sponge había entrado a la casa antes que su esposa y ahí, sobre la nueva alfombra del vestíbulo de entrada, estaba la nena, dormida, y a su lado, un jovencito, que también dormía.
¡Qué descaro! El joven era un chico que trabajaba en el almacén de Mouser. Ya no vivía en Old Harbor. Solo Dios sabe lo que había sido de él. Cuando se despertó y vio a Sponge ahí de pie con la mano en el picaporte de la puerta, salió corriendo a toda velocidad y desapareció; casi tiró al suelo a Sponge para cruzar el umbral a la carrera. Sponge le lanzó una patada, pero no pudo dar en el blanco. Estaba bastante achispado.
Entonces, Sponge se descargó con la chica. La sacudió hasta que le sonaron los dientes, pero ¿acaso Bruce cree que ella gritó? ¿Ella? ¡Jamás! Se puede pensar lo que uno quiera de Bugs, pero sí que era una nena valiente.
Tenía quince esa vez cuando Sponge le pegó. Y le pegó mucho.
Ahora estaba en una casa en Cincinnati, eso creía Sponge. De vez en cuando le escribía una carta a su madre y en las cartas mentía siempre. Lo que decía era que trabajaba en una tienda, pero eso era una tontería. Sponge sabía que era mentira porque le había sacado la verdad sobre ella a un hombre que antes vivía en Old Harbor pero ahora tenía un trabajo en Cincinnati. Una noche, el hombre fue a una casa y vio a Bugs ahí haciendo de las suyas con un grupo de jóvenes ricos de Cincinnati, pero ella no lo vio. Él se mantuvo apartado, en medio de la multitud, y después le escribió a Sponge sobre el asunto. Lo que dijo fue que Sponge debería tratar de enderezar a Bugs, pero ¿qué sentido tenía armar semejante lío? Ella había sido así desde chica, ¿verdad?
Y cuando uno lo pensaba bien, ¿para qué se metía el tipo ese? ¿Qué estaba haciendo él en ese lugar, para dárselas de arrogante después? ¿Por qué no se metía en sus propios asuntos?
Sponge nunca le había mostrado la carta a su mujer. ¿Qué sentido tenía preocuparla así? Si ella quería creer esa mentira, que Bugs tenía un buen trabajo en una tienda, ¿por qué impedírselo? Si Bugs volvía de visita alguna vez, cosa que siempre le estaba diciendo a su madre que tal vez haría algún día, Sponge no pensaba desmentirla.
La mujer de Sponge estaba bien. Cuando ella y Sponge estaban así, lejos, buscando bagres, y ya le habían dado cinco o seis buenos tragos al whisky, ella era como una nena. Hacía que Sponge se sintiera... ¡Ay, Señor!
Estaban acostados sobre una montaña de polvo de aserrín viejo y medio podrido, cerca del fuego, justo donde antes había estado el viejo patio de la leñera. Cuando la mujer estaba un poquito achispada y actuaba como una nena, Sponge se sentía igual de joven. En eso, la mujer era buena compañera. Desde el casamiento, cuando él era un joven de veintidós, Sponge nunca había hecho tonterías con ninguna otra mujer, excepto tal vez algunas veces cuando estaba lejos de casa y un poco borracho.