Lecturas

Visiones

Una lectura de Visiones de María Magdalena, de Juan Carlos Villavicencio, con pinturas de Pere Salinas (Descontexto).


Por Lucas Margarit.


Una de las primeras preguntas que nos debemos hacer es ¿qué es una visión? ¿Cuál es la tradición en la que se enmarcan los textos denominados “de visión”? Siguiendo una cronología diseminada entre los siglos, nos encontramos que hay textos de estas características desde la Antigüedad y la Edad Media hasta el siglo XX y nuestra contemporaneidad. Incluso se diseminan por varios territorios desde la Escandinavia medieval y el sueño de Gylfi hasta los textos proféticos de William Blake; desde las visiones seculares de Chaucer a las visiones místicas de Hildegarda von Bingen y Julian of Norwich, de las pseudo visiones trascendentales de Margery Kempe hasta las visiones alucinógenas. En suma, una serie de aproximaciones a una búsqueda de la trascendencia y del conocimiento que nos lleva a pensar en la presencia de lo divino o de la naturaleza, de lo que se oculta y lo que aparece en el sueño.

En esta oportunidad nos encontramos ante un libro de poemas que recupera las visiones de María Magdalena desde el plano de la imaginación y de la reflexión, y que renueva la pregunta sobre cómo se sostiene la visión en la palabra. En algún punto, este libro rehúye de las descripciones y se adentra en otro diálogo. Sin dudas, no hay visiones de la calma y de la quietud. Hay visiones de tristeza y deterioro. ¿Qué se ve? ¿Qué se escucha? Y esta última pregunta nos remite a los epígrafes y a las notas al final del volumen donde se establece una relación entre la música y la poesía, entre la imagen y el sonido.

El libro destaca el ver lo “otro” y de allí el uso particular de la palabra para dar cuenta de la naturaleza particular de toda visión. Palabra poética que parece mediatizar la serie de imágenes de la visión: ¿quién ve? ¿Hay un sujeto que observa a María Magdalena? ¿Es María Magdalena la que ve y es el poema el que construye cada palmo de ese paisaje oscuro y el territorio del deterioro? Una visión por definición trae lo que no se ve, hace visible lo que se observa en la pantalla del sueño, de allí la misión del poema: la recuperación de lo inasible. María Magdalena es de este modo mediadora entre lo oculto y lo visible, entre la “obra” y el “libro” tal como señaló Maurice Blanchot.

Nos detenemos en la primera sección, “Gólgota. Cruce de tres tiempos i visiones”: una “lúgubre escena” se presenta ante nosotros. La presencia de la cruz y de la noche, la presencia de lo dicotómico y lo distante. Y es en este habitar la misma estrofa donde se apoya las tensiones de la visión y el lenguaje. Sobre este desasosiego de la distancia se apoyan los poemas de este libro. El sujeto observa lo que está más allá, en el suburbio de la oscuridad, en el ruego que lo hace visible.

Por otra parte, podemos ver en el siguiente poema una suerte de discurso metapoético, pero que también puede leerse como una referencia a la materialidad del libro: “Allá las pinturas i las letras por caminos / donde un pez / o pequeños guerreros asomados en la arena”. Es la voz la que crea la visión porque es la que trasmite aquello que es infinito y sin alternativas. Es decir, podríamos afirmar que se superpone también a las visiones la palabra y la reflexión sobre ambos: “[…] la voz ejerciendo sus ideas otra vez”. También la coexistencia de referencias diversas, a veces contrarios, repercute con un espíritu barroco, donde los opuestos también forman parte de la imagen, cuya coexistencia es posible por la visión descentrada de los poemas.

El libro reconstituye un nuevo espacio para desarrollar la experiencia imaginada de María Magdalena. Una serie de visiones que van tomando forma a través de la palabra poética: quien mira y describe nos ofrece la espacialidad de la imagen y la desarticulación de parte de la sintaxis. ¿Desde qué lugar se observa la muerte? ¿Desde dónde se observa la tristeza? Ante estas preguntas, no hay orden establecido para poder articular el lenguaje. Hay una voz que se detiene y captura la visión de María Magdalena. Visión de lo que calla, pero también de lo que ilumina. Visión de un poeta para acercarse a otra visión: la descripción de la Anábasis. Todo lo que cae en el mundo terrenal ya no debería ser parte de aquella visión suspendida y absuelta del dolor y a veces de la piedad. Cada cosa del mundo material permite identificar la forma de la visión.

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Doce poemas como doce partes de un calidoscopio de sobra y de paisajes recordados. Hay paisajes porque toda visión es un viaje hacia el territorio de la ceguera, acceder a otros lugares –sacros o no– y alcanzar y aprender a percibir lo que no debe ser observado, pero que sin embargo el poema permite ese don de lo contradictorio.

Las acuarelas de Pere Salinas tienen una presencia ineludible en la materialidad del libro. Apoyan visualmente las palabras y se reconocen en el poema. Son sutiles como el color que pierde el color y por ello es más intenso en el blanco de una página que dialoga y que atraviesa el cuerpo poético.

La visión en este libro es también la mostración de lo que está siempre ausente. ¿Qué es lo que va al encuentro de la visión si no es la palabra sospechosa? Cada poema está acompañado por una acuarela y por el sonido: referencias a obras de música contemporánea donde a su vez se remite a versos de otros poetas. La visión es también poder desarticular los límites en los modos de representación, es decir esta coexistencia donde el diálogo y la complementariedad de opuestos es necesaria. Sin embargo, vemos la presencia de la referencia y la ausencia de del sonido. ¿Invitación a escuchar?, ¿a relacionar la palabra con lo visto y con lo que un poeta ha escuchado? Hay un sonido vacío entre los poemas y un sonido de agua entre las palabras: un sentido que fluye en este campo de la ensoñación.

Las visiones de María Magdalena son también las visiones de un yo poético que experimenta a través de la palabra el encuentro con el límite, con el dolor y con el frío de los muertos. Allí donde hubo un sepulcro vacío, encontramos ahora la imaginación de María Magdalena vista en el desierto. Una imaginación que se traslada al yo poético para mostrarnos cómo “sus ojos guardan tinieblas” y puede “cubrir todo el mar i sus olivos”.

También es un Vía Crucis que nos muestra el camino de la intemperie junto al de la salvación. La experiencia que muestra también que el tiempo ha pasado, tal como se desprende del último poema. El tiempo que ha pasado hace de este yo un sujeto histórico que mira lo remoto de la creencia. Un sujeto que sabe que debe prestar observancia frente a la mirada de los otros. Mirar a través de los otros es acceder a lo poético. Mirar a través de la niebla, de las lágrimas y del dolor sería en estos poemas comprender lo que se pierde. Pensar la muerte es alcanzar esta visión.

El libro de Juan Carlos Villavicencio no despliega una perspectiva mística o trascendental de la visión, sino una mirada imperativa sobre el sentido y sobre el idioma que se ha heredado como un fósil, sobre la muerte que está siempre presente. Pero también está la salvación cuando se articula la visión entre las palabras, el poema. El resguardo de la armonía emerge en la relación entre palabra e imagen. Vuelvo a las acuarelas: tenues como la falta. La presencia de estas imágenes se sostiene por la palabra, pero también por la simpleza que es similar a la noche. Vuelvo a “Gólgota” donde la visión comienza a tener lugar: quien ve se difumina en lo que es visto. La visión como tal se disemina en las experiencias y en los sujetos de estas experiencias: María Magdalena la siempre ausente, el yo poético y el lector que ve una visión amplia que tiene un movimiento pendular entre las acuarelas y las palabras, entre los epígrafes y cada verso que disemina lo visual.

Visiones de María Magdalena es un libro que experimenta con los géneros, pero que también los desarticula. Por momentos deviene en un limes siempre presente entre experiencia y palabra: límite que es visual, límite que es por donde se escurre la palabra del poeta.

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