Un bárbaro en Asia
Martes 27 de enero de 2026
Una lectura de Nubes y peces dorados, de Ariel Sicorsky (Editorial Catalpa): "En la estela de esos grandes traductores de Oriente a Occidente que pueden ser Ernest Fenollosa, Alan Watts y Chantal Maillard, este libro es un camino, único y genuino".
Por Pablo Farneda.
En los años ’30, el poeta, pintor y ensayista francés Henri Michaux, emprende un viaje que lo lleva al sol naciente. Pasa por la India, China y Japón entre otros lugares. Vive y se queda, habla como puede con los que se encuentra, espera, escucha, observa. Michaux es un extranjero, un bárbaro occidental en un mundo de antiquísimas sabidurías y culturas milenarias. Como todo viaje iniciático, cuando es verdadero, nos transforma. Tampoco importa el destino, cualquier viaje es un poco siempre de regreso a casa.
No todos los libros ni todos los autores logran hacernos viajar. Michaux lo logra y Sicorsky también. Por eso es tan hermoso encontrarse con el libro de Ariel, que nos saca de paseo con un mapa escrito en el cuerpo, y un par de ideas que orientan, valga la dirección, el recorrido: las historias son medicinales y el cuerpo sabe, de nosotros mismos, más que nosotros.
Para quienes somos viejos amantes del pensamiento oriental, el libro de Ariel es un alegre reencuentro, familiar y ajeno al mismo tiempo: estos orientes y estas orientaciones, son las que pasaron por el cuerpo de Ariel, donde se cruzan Freud con los chinos, Nietzsche con Siddhartha, Maradona y el Kung Fu.
Para quienes se acercan por primera vez (a Ariel y a Oriente), aquí se encuentra una amorosa bitácora. En la estela de esos grandes traductores de Oriente a Occidente que pueden ser Ernest Fenollosa, Alan Watts y Chantal Maillard, este libro es un camino, único y genuino, no igual a ninguno, porque Ariel lo camina con corazón. Hay brillos sin reflectores, hay cuerpos que vibran, piensan y se preguntan, hay escritura implicada y momentos de profunda… ¿iluminación?
Así ha llamado muchas veces el budismo tal vez a esas experiencias de serena comprensión de la existencia, en donde pensar y ser vuelven a ser uno, como apuntaban los presocráticos con su famoso logos, aunque luego eso lo hayamos olvidado. Pero pensar aquí ya no se reduce al entendimiento lógico a partir de premisas, ni el verbo ser se fija en un sustantivo inmutable (el Ser). Cuerpo y mente, pensar y ser, dejan de ser dicotomías para volverse polaridades de una danza sin fin ni principio, el trance de la semilla que muere y renace, Natura naturada y naturante… proceso.
Ariel nos lleva de viaje sin romanticismo ni ideales: no buscamos con él la piedra de la sabiduría, ni el conocimiento verdadero. Buscamos una contractura, un dolor, una señal de cuerpo, aprendemos a escucharle. El maestro no está en ningún otro lado, los maestros son nuestros demonios, y de ellos aprendemos. No hay que ir lejos, pero tal vez sea la costa más lejana, como le gusta decir a Úrsula Le Guin. Y allí está el libro de Ariel, como una imagen-cristal, para difractar y descomponer lo conocido, para trocarlo por nuevo.
A veces, como nos cuenta el libro, sólo es necesario comenzar a desperezarse, y ver por qué camino nos lleva eso. Tan simple y tan profundo como hacer, del desperezarse, un arte, nos propone Ariel, para ver las nubes y los peces dorados.
Cuando un libro es íntimo, la sensación que nos alcanza y nos abraza suele ser de agradecimiento. Hay seres y libros que están en este mundo, en el medio de tanta hostilidad, cuidando lo que crece, lo que late, lo que necesita renacer. Gracias por eso. Y a volver a leerlo, para emprender, como dice mi amigo Daniel Oil, un viaje de regreso al cuerpo.