Reeditan el mítico libro de Diana Bellessi y Úrsula K. Le Guin
Jueves 21 de mayo de 2026
Las traducciones cruzadas de ambas escritoras, a un lado y al otro del continente y de la lengua, regresan a librerías en una edición especial de Rara Avis que incluye cartas y entrevistas.
Por Valeria Tentoni.
“No se puede traducir sin deseo”, dice Diana Bellessi en uno de los ensayos de su libro La pequeña voz del mundo. “¡Qué días enamorados!, esos de cantar en otra lengua y al mismo tiempo en la propia”, recuerda de cuando traducía, del portugués, a Sophia de Mello Breyner, al mismo tiempo que aprendía el idioma.
Al inglés, sin embargo, Bellessi se acercó de otro modo: tarareando a Bob Dylan mientras aterrizaba en Estados Unidos por primera vez, persiguiendo afroamericanos por la calle para pegarse a sus conversaciones, trabajando en una fábrica metalúrgica en el Bronx de Nueva York “donde todas las obreras eran negras sureñas o latinas sin documentación”, asomada a un pequeño diccionario antes de dormir, bajo una luz también pequeña, a punto de quedarse dormida.
Fue el deseo lo que la llevó a traducir a Denise Levertov: el deseo de leerla, que la empujó a perfeccionar su idioma. Fue el deseo lo que la imantó, desde un bar de la avenida Broadway, hasta ponerla frente a la voz de Muriel Rukeyser. Es la misma fuerza que la acercó a los versos de Adrienne Rich o June Jordan. Su tarea de traductora fue más bien una tarea de lectora, pero también fue una tarea de amante: “Hay un diálogo que se produce de inmediato, en la primera lectura, en el primer relámpago de contacto con el primer poema que leemos de un autor, y que repetimos en la lengua en que fue escrito, mientras simultáneamente lo probamos en la propia (...) algo que llamaría amor a primera vista”, escribió.
“Yo traduzco por amor”, decía Úrsula K. Le Guin. “Soy una aficionada. Traduzco un texto porque lo amo, o creo que lo amo, y el amor anhela una comprensión profunda". Sin hablar una gota de chino, se dispuso a producir su propia versión del Tao Te Ching de Lao Tse. En Las gemelas, el sueño cuenta que ante sus propios libros traducidos al castellano, creyó que podía entenderlo. Probó con Borges y le resultó fácil. “¡Puedo leer en español!”, aplaudía. Probó con Mistral y ya le costó un poco. “No puedo hablar el idioma y no tengo ningún derecho de traducirlo”, se dijo, y sin embargo lo hizo en un volumen que reúne lo mejor de los libros de la chilena, publicado en 2003: “Me enamoré de Mistral cuando la leí por primera vez, y ese amor solo se vuelve más y más profundo cuando trabajo con sus palabras y trato de comprender y de reflejar su pasión y su arte”. Según cuenta Le Guin en una entrevista con David Naimon, fue precisamente Bellessi, “su amiga argentina”, quien le envió unos cuantos poemas elegidos de Mistral al grito de: “Tenés que leer esto”. “Nunca había leído a nadie como a Mistral. No hay nadie como Mistral y es una pena terrible que Neruda -el otro chileno que ha ganado un Nobel- sea quien se lleve toda la atención”, le respondió.
“Se desea traducir porque se ha caído bajo el hechizo de un autor”, escribe Bellessi.
No se puede traducir sin deseo.
No se puede traducir sin deseo.
No se puede traducir sin deseo.
En otro de los muy buenos libros de Rara Avis nos enteramos de que Victoria Ocampo comenzó su amistad epistolar con Virginia Woolf enviándole unas orquídeas, más tarde rosas, y quién sabe qué más no le hubiese enviado de no ser porque Woolf le pidió, fuerte y claro, que dejara de hacerle regalos. Bellessi, por su parte, inauguró su correspondencia con Le Guin enviándole una cajita con los “capullos aterciopelados, de oro oscuro, que guardan las hojas de los plátanos y estallan y caen suavemente”, de uno de los árboles que crecían en su casa en el Delta. El terciopelo, el oro, la oscuridad: todo parece impregnado de una sensualidad ligeramente desquiciada, si pensamos en una carta enviada a una mujer desconocida. “Mi only One” -mayúscula en la “O”, escribe Diana a Ursula- vos no fuiste para mí tus personajes, fuiste el bosque entero”.
“What are you doing to me?”
Le Guin recibió ese paquete de mano de los editores de Wild angels, el libro que reunía sus poemas jóvenes. La dirección de esa remota editorial independiente, perdida en California, era la única que Diana había encontrado para enviarle su carta. “Me escribió cartas sobre mis libros; divertidas, locas, fascinantes cartas que tuve que responder”, relata Le Guin, que le devolvió el regalo con otra cajita en la que se guardaba una pequeña rama del desierto de Oregon, “intensamente perfumada también”.
“I am in love with Victoria Ocampo” escribirá Virginia Woolf en una carta a Vita Sackville-West. Tres encuentros personales bastaron, en ambas duplas, para sellar una amistad duradera y productiva. Mientras Woolf conseguía traducciones en la editorial Sur, Ocampo devolvía líneas como esta, quizás escritas para nosotras, las lectoras del futuro, antes que para su admirada autora: “No me gusta comer y no alimentarme. Soy una persona muy voraz. Y creo que el hambre lo es todo. No me avergüenzo de estar hambrienta. ¿No cree usted que el amor es nuestra hambre de amar? (Estoy hablando de amor con mayúsculas)”.
Diana y Úrsula, por su parte, nos dejaron un libro. Este libro.
Cuenta Le Guin que, sin pedirle permiso, comenzó a acercarse a los poemas de su amiga para intentar algunas versiones. “Me enamoré de ellos a la primera y comencé a garabatear traducciones, cada verso un descubrimiento, un golpe de sorpresa y regocijo”. Eran sus poemas jóvenes, también salvajes; los poemas de la mujer “menuda, medio felina” que recorría América a pie, que hacía dedo y dormía donde podía, flotando en una nube de marihuana, mientras el horizonte se ensanchaba obstinadamente para darle nuevas rutas y destinos.
En el profundo silencio de la noche
cae una rama pequeña;
reposan los pensamientos
y el sonido se hace audible
en avalancha.
¿Cómo habrá sido para Úrsula convertir las ramas pequeñas en twigs? “Yo conozco y percibo las diferencias entre las palabras, y eso es sensual, es un placer”, le respondió a Diana cuando, al fin, logró entrevistarla en su casa, cerca de aquel desierto de Oregon que había estado imaginando en sueños.
There was a word inside a stone
I tried to pry it clear,
mallet and chisel, pick and gad,
until the stone was dropping blood,
but still I could not hear
the word the stone had said.
¿ Cómo habrá sido para Diana convertir las stones en piedras , incluso hacerlas sangrar , mudas todavía , mudas en su íntimo tributo ? Un acto de comunión , un acto de fe , una entrega al goce de las palabras de las cosas , como quería Lispector.
En una entrevista de 2018, Diana me contó , frente al maravilloso bordado que Le Guin le envió y nos encontramos en las primeras páginas de Las gemelas , el sueño, los hilos dorados del puma de oro , el oso escondido en el bosque, estudiando ¿a su presa? ¿a su predadora ? ¿a su amiga?, rodeados de mariposas : “Nos escribimos una carta por semana , por lo menos , durante mucho tiempo . Yo la quise conocer , pero ella no quería , creía que íbamos a arruinar todo . Justo me fui con una beca a Estados Unidos, pero ella no quería . Hasta que me mandó el pasaje para que la fuera a visitar a Oregon , ¡y nos caímos muy bien! Creo que lo que la convenció fue una foto de Borges que le había mandado , una que había sacado Sara Facio. Debe haber dicho ¡ah, entonces no es una niña salvaje , ha leído a Borges! Y así fui dos veces a su casa, en Oregon. Ella vino una vez acá . Estuvo un solo día, nada más , porque se iba en un crucero dando toda la vuelta por el canal de Beagle hacia Chile. Le encantó Buenos Aires, pero ya estaba en sus últimos viajes . Y nunca más volvió . Pero yo fui al puerto , le compré un gran ramo de jazmines . Esa fue la última vez que nos vimos ”.