Lecturas

Una ética de la intensidad

Julieta Bugacoff

Jorge Consiglio lee y presenta Homo ludens (Emecé), la nueva novela de Patricio Rago: "Rago escribe desde una percepción muy fina de la inestabilidad”.


Por Jorge Consiglio.


No basta con decir que Homo ludens, de Patricio Rago, es un buen libro. No basta con decir que emociona o que te hace reír o que te hace llorar. Hay que explicar por qué vale la pena dedicarle tiempo a las páginas en cuestión.

En mi caso encontré cuatro motivos. Cuatro puertas de entrada. Cuatro razones —contundentes, creo yo— para que este texto circule, se pase de mano en mano, se subraye, se discuta y se vuelva a leer.

Voy por partes.

Primer motivo: tiene que ver con lo celebratorio, lo dionisíaco. Leer Homo ludens vuelve perceptible una dimensión de la experiencia que lo cotidiano tiende a opacar: lo extraordinario que es el hecho de existir. No se trata de una afirmación ingenuamente celebratoria, sino del reconocimiento —insistente, casi metodológico— de que la vida, en su condición más concreta y contingente, constituye un acontecimiento improbable. El libro trabaja precisamente sobre esa tensión: con lucidez, con humor y también con aspereza, explora las formas en que la conciencia de estar acá se vuelve experiencia, problema y, finalmente, materia de pensamiento.

Rago escribe desde una percepción muy fina de la inestabilidad. Nada, absolutamente nada, está asegurado en estas páginas. Todo vibra. Todo puede romperse en cualquier momento. Y sin embargo —o justamente por eso— la novela insiste en no dar nada por sentado. Se festeja lo poco y lo mucho. Se festeja el azar. Se festeja incluso el vértigo de saberse efímero.

Hay en Homo ludens una ética de la intensidad. Una manera de decir: ya que estamos acá —ya que este instante existe— hagámoslo valer. En tiempos donde abunda la anestesia, donde todo tiende a la distracción automática, esa apuesta por la intensidad es realmente un valor. Es, diría, esencial.

Segundo motivo: la novela piensa la escritura. Homo ludens no solo narra una historia: reflexiona sobre cómo narrar una historia. Hay, por un lado, una exploración de la forma. La novela toma elementos de lo autobiográfico, del ensayo, de la crónica y, por supuesto, del relato (del cuento y de la novela).

El narrador es, en ese sentido, parecido a los de las ficciones de Aurora Venturini. Es un narrador omnívoro. Se alimenta de todo. Absorbe registros, tonos, expresiones, climas, tensiones, y con esa materia bien mezclada (como hay que hacer con el guiso de lentejas) organiza sentido. Pero además —y esto me parece clave— el libro piensa sus propios procedimientos. Las notas al pie. Los quiebres temporales (tal como apunta Martín Kohan en la contratapa). Las pormenorizadas descripciones, tanto de personajes como de escena. Las digresiones. Esos desvíos que, lejos de distraer, expanden el mundo del texto. Todos estos procedimientos llevados al extremo y problematizados.

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Hay una inteligencia formal muy precisa detrás de la aparente naturalidad, de la simpleza, con la que avanza la voz. Una conciencia de que narrar no es solo decir qué ocurrió, sino decidir cómo se arma una experiencia de lectura.

Y eso —esa reflexión encarnada, no teórica— vuelve al libro doblemente interesante.

Tercer motivo: la pasión como motor y como ética. Homo ludens es, entre muchas cosas, una novela sobre el desenfreno vital. Sobre la energía que se pone en juego cuando algo nos importa de verdad. Esa pasión tiene, en el libro, dos grandes territorios: el hockey y la literatura.

El hockey aparece como escuela de intensidad colectiva. No es solo deporte, es rito, pertenencia, código compartido. Las escenas del club, de los entrenamientos, de la competencia, construyen una épica de lo cotidiano donde cada corrida, cada arrastrada, cada “bajar a defender” se vuelve un gesto casi existencial. Porque bajar a defender —como dice la novela— es una elección. Un acto de voluntad. Una forma de decir: estoy acá para el equipo.

Al mismo tiempo está la literatura. La otra gran pasión. La que ordena la memoria, la que vuelve narrable lo vivido, la que convierte la experiencia en forma. Entre esas dos fuerzas —el cuerpo en la cancha y la conciencia en la escritura— el libro arma algo muy poderoso: una ética del compromiso. Con los otros. Con el juego. Con la propia voz.

Y de esa ética emerge, naturalmente, una épica. Una épica que no es grandilocuente ni solemne. Una épica de amigos, de clubes de barrio, de noches largas, de pérdidas irreparables y de risas que aparecen incluso donde parecería imposible.

Cuarto motivo: lo colectivo y su dimensión política. En los tiempos que nos toca vivir —tiempos de feroz individualismo, de meritocracias de cartón, de sálvese quien pueda— Homo ludens hace algo que, para mí, es profundamente político: insiste en el nosotros.

El héroe de este libro —si es que hay uno— nunca está solo. Siempre supone un otro. Un compañero. Un grupo. Una banda. Un equipo. La novela desafía la tautología capitalista —esa que pretende reducir lo real a lo inmediato, al rendimiento individual, al cálculo utilitario— y en su lugar propone otra cosa: la experiencia compartida como núcleo de sentido. Acá se gana y se pierde en grupo. Se llora en grupo. Se ríe —muchas veces en el borde mismo del dolor— en grupo. Y esa defensa de lo colectivo, hecha sin bajada de línea, sin discurso explícito, pero encarnada en escenas, en cuerpos, en vínculos concretos, vuelve al libro —insisto— profundamente político.

Porque hoy, más que nunca, recordar que necesitamos de otros no es una obviedad. Es una toma de posición. Lo colectivo (digámoslo de una vez) es una militancia.

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