Lecturas

¿Por qué leer los clásicos?

Grabado coloreado de Gustavo Doré

“Hacerle tiempo a un clásico es también, necesariamente, ponerlo a dialogar con el presente”: Matías Moscardi retoma la pregunta de Calvino ante un ejemplar de Gargantúa y Pantagruel.


Por Matías Moscardi.


Lacan solía recomendarles a sus estudiantes que leyeran Gargantúa y Pantagruel. ¿Con qué perspectivas la vanguardia del psicoanálisis debería remontarse tan lejos, tras las huellas de este libro francés publicado entre 1532 y 1564, en el pasaje de la Edad Media al Renacimiento? La operatoria es parecida a la que propone Borges en “Kafka y sus precursores”. Para quienes asistieron a los seminarios de Lacan –o para quienes, como yo, siguieron sus clases en papel mucho tiempo después– Gargantúa y Pantagruel puede ser una novedad asombrosa, un texto cuya contemporaneidad avasallante está cifrada en los efectos del significante, en el lenguaje humano como centro gravitatorio de la vida.

“La respuesta auténtica siempre es la vida de la pregunta”, escribe Maurice Blanchot en “El futuro y la cuestión del arte”. Entonces: ¿Por qué leer los clásicos? Habría que sostener –seguir sosteniendo– esa pregunta telarañosa, de apariencia conservadora, que alguna vez se hizo Ítalo Calvino, sobre todo en una época como la nuestra, en la que cada vez tenemos menos tiempo para leer, mientras las últimas novedades literarias salen con fritas a la velocidad de una hamburguesa. Los clásicos, en cambio, siempre demandan otro tiempo, un tiempo que ya no existe para nosotros. Por eso, quizás, leer a los clásicos es reinventarnos ese tiempo que falta. Hacerle tiempo a un clásico es también, necesariamente, ponerlo a dialogar con el presente.

Por ejemplo: algunos procedimientos narrativos de la posmodernidad pueden parecer anticuados al lado de Tristram Shandy, novela del siglo XVIII de Laurence Sterne. Con Garaganúa y Pantagruel pasa algo parecido: al leerlo, por momentos, nos parece entrever algunos destellos del futuro en el pasado. Las películas de Studio Ghibli parecen sacadas de ahí, pero también la violencia cómica e hiperbólica del cine de Tarantino y la bizarría graciosa y terrorífica de las películas de Sam Raimi. La imaginación de César Aira comparte algo de la soltura infantil de Rabelais. La exploración de islas y territorios fantásticos deja abierta la puerta a Jonathan Swift y Los viajes de Gulliver. Un enfrentamiento con una ballena inmensa prefigura el Moby Dick de Herman Melville. Pantagruel se adelanta al mismísimo Ferdinand de Saussure y su postulado acerca de la arbitrariedad del signo lingüístico: “Es un error decir que existe una lengua natural. Las lenguas son creadas arbitrariamente y según conveniencias de los pueblos. Las palabras no tienen un significado forzoso, sino simplemente caprichoso”.

¿De qué se trata el libro? De la vida de dos gigantes. Gargantúa es el padre, Pantagruel el hijo. No hay estabilidad narrativa, Rabelais no compuso una novela moderna como la Odisea o el Quijote, en donde la acción, por mínima que sea, progresa en alguna dirección. Garagantúa y Pantagruel es una sitcom, como Friends, como Seinfeld, como The Office: las aventuras son episódicas, el relato avanza por una sucesión de eventos inconexos que no conducen a ninguna parte. A veces hay una guerra sangrienta, otras un conflicto legal, otras un viaje fantástico, otras un dilema ético.

La imaginación de Rabelais es lisérgica. De pronto, asistimos a una batalla contra un ejército de morcillas y salchichones. El dios de las morcillas es un cerdo alado que arroja mostaza desde el cielo. En una tierra remota, Pantagruel y sus laderos se encuentran con sonidos y palabras de una batalla que han sido congelados y se escuchan al descongelarse: ¡es el germen del concepto de grabación! En otro momento, el narrador se adentra en la boca de Pantagruel y descubre allí una geografía inmensa, distintos pueblos y tribus, cadenas montañosas, bosques, desiertos, océanos. La isla de los Quisquillosos parece precursora de Jackass: los habitantes se ganan la vida recibiendo palazos y aporreos diversos. Entre sus páginas se oyen pedos de la magnitud de mil relámpagos y ríos de pis que parecen el diluvio universal.

Gargantúa es el rey de la modorra y la fiaca: “¿No he hecho suficiente ejercicio? He dado seis o siete vueltas en la cama antes de levantarme.” Y también el rey del hambre insaciable: “Tengo un estómago siempre abierto como la bolsa de un abogado”. Al igual que sucedió con Franz Kafka y la idea de lo kafkiano, Pantagruel, por su parte, se convirtió rápidamente en un adjetivo, pantagruélico, que designa cualquier tipo de exceso en materia de comida y bebida. “Los límites del beber llegan cuando la persona que bebe nota que la suela de sus pantuflas alcanza más de medio pie.” Rabelais escribió la biblia del vino y los banquetes inmortales, a la vez que la mayor defensa de la risa en toda la historia de la literatura.

Hacia la mitad nos anoticiamos de la existencia de una hierba apócrifa descubierta por Pantagruel, una planta que tiene tres páginas de efectos medicinales y psicotrópicos, llamada “pantagruelión”. Habría que entender esto de manera literal: la lectura de Rabelais tiene el carácter de una ingesta embriagadora. La escritura se bebe y se come en la lectura, por los ojos y por los oídos. Tiene sentido: la letra es una de las drogas más adictivas de nuestra cultura digital. Rabelais se da cuenta, en el siglo XVI, que la literatura es una sustancia medicinal, un fármaco que puede hacer tanto el bien como el mal.

De la vida de François Rabelais se sabe poco y nada. Se estima que fue perseguido por su libro, pero desde que empieza a trabajar como médico de un importante arzobispo de París, queda al resguardo del poder y puede seguir publicando sin censura. El libro V con el que cierra la saga es póstumo y los especialistas sospechan que no fue enteramente redactado por su autor original. Si tienen un buen pasar económico, dicen que la traducción de Gabriel Hormaechea, publicada por Acantilado en una edición de lujo, es excelente y tiene muchas notas. Por mi parte, leí la traducción de Teresa Suero y José María Claramunda, de la vieja y peluda editorial Bruguera. Se la banca. A veces, por cuestiones históricas, nos perdemos eventualmente de algunas burlas a personajes y problemas sociales y políticos de la época. Pero el relato nunca nos deja a pata, va para adelante, siempre tiene algo de lo que el lector puede agarrarse para salir a flote.

Entre mis episodios preferidos se encuentra este. Panurgo, un monje pobre amigo de Pantagruel, quiere conocer el futuro, saber si hará bien en casarse y si su matrimonio será dichoso, si su mujer lo hará cornudo. Todo el libro III se centra en este dilema. Panurgo ansía lo imposible, lo que todos queremos: una respuesta irrevocable acerca del porvenir amoroso. Primero recurren al método de adivinación virgiliana: abren la Eneida al azar e interpretan el sentido de los enunciados. Luego recurren a la interpretación de los sueños. Finalmente, los personajes emprenden una larga peregrinación que incluye consultas con teólogos, médicos, filósofos, hechiceras, locos y mudos. Pantagruel le recomienda consultar a un poeta a punto de morir, argumentando que la muerte convierte en profetas a los adeptos de Apolo. Asisten, entonces, a la casa de Reminagrobis, quien ante la pregunta por el futuro matrimonio de Panurgo, responde con este poema:

Tomarla, no la tomes.

Si la tomas, está bien.

Si no la tomas, también.

Galopa, pero camina.

Retrocede, pero avanza.

Tomarla, no.


Desayuna, toma doble almuerzo.

Deshace lo que está hecho.

Rehace lo que está deshecho.

Deséale vida y muerte.

Tomarla, no.

Panurgo queda perplejo porque, ante este poema de vanguardia, no puede interpretar nada. Maldice al poeta: “¡Qué bien se cuida de no comprometerse en sus palabras!”. El poema de Reminagrobis genera un efecto sin igual en la serie de discursos proféticos sobre el porvenir: es el único del que Panurgo y Pantagruel no pueden extraer un sentido unívoco, sea funesto o dichoso. Todo sucede como si el poema matara dos pájaros de un tiro. Al suspender la interpretación, deja en entredicho el porvenir: no hay futuro. O lo que es lo mismo: el futuro está por hacerse. Tal es la humilde lección del poema. Probablemente eso sea, en definitiva, un clásico: un libro sin futuro, siempre presente.

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