Virginia Higa: “La observación también puede ser una forma de escritura"
Lunes 20 de abril de 2026
Recibimos en “De cháchara” a la autora de Los sorrentinos y El hechizo del verano (Sigilo).
Por Anne-Sophie Vignolles.
Recibimos en De cháchara a Virginia Higa, en una conversación que su editorial —Sigilo, muy querida por esta casa— describió como “una charla abierta para hablar de escritura, traducción y de cómo los lugares que habitamos nos transforman; de cómo se narra lo cotidiano, cómo se vuelve literatura la experiencia del desarraigo y qué cambia cuando una vuelve a mirar desde otro lugar”.
Higa nació en Bahía Blanca. Es escritora y traductora, egresada de Letras por la Universidad de Buenos Aires. Publicó el libro de ensayos El hechizo del verano y la novela Los sorrentinos (2018), traducida al italiano, sueco, francés y portugués. Allí se cuenta la historia de una pasta y, a través de ella, la historia de una familia. En El hechizo del verano, en cambio, aparece otra textura: la vida cotidiana en Suecia, el idioma, el desarraigo, la observación. Conversaremos sobre cómo nace esa mirada.
En tus libros aparece una capacidad de observación muy marcada. ¿Sentís que esa mirada estuvo siempre en vos?
Sí, creo que siempre me acompañó. Desde chica tuve esa curiosidad por la gente y por las situaciones. Era más observadora que participativa en la vida. Llegaba a un lugar y tenía más ganas de mirar que de hablar. Durante mucho tiempo incluso me sentí un poco extraterrestre, como si mi misión fuera observar y nada más. Después entendí que la observación también puede ser una forma de escritura.
¿Recordás cuándo esa observación empezó a transformarse en palabras?
Escribo desde muy chica. Tengo muchos cuadernos con pensamientos, poemas, cosas sueltas. Para mí escribir también era un estado de tranquilidad, otra forma de observar. Cuando uno escribe, en cierto modo observa sus propios pensamientos.
El hechizo del verano reúne textos muy distintos: crónicas, ensayos, escenas. ¿Cuándo sentiste que eso podía convertirse en un libro?
Todo empezó con un archivo donde iba anotando impresiones de mi vida en Suecia: observaciones, anécdotas, ideas. Llegó a tener unas doscientas páginas. Lo dejé un tiempo y después lo releí entero. Ahí me propuse encontrar un hilo. Hice una lista de temas que me interesaban —el dinero, el idioma, la vida cotidiana— y fui rastreando esos temas dentro del archivo. Fue un trabajo de edición muy lindo, primero mío y después con el editor.
El título del libro remite a un ensayo sobre Manuel Puig en Estocolmo. ¿Por qué te interesó tanto esa historia?
Porque en las cartas que Puig escribió desde Estocolmo aparece algo que yo también sentí: un arco de enamoramiento y desencanto con la ciudad. Él estuvo solo seis meses, durante el verano. Y el verano allá tiene algo engañoso: es luminoso, sociable, parece que la vida siempre será así. Pero después llega el invierno. Por eso el “hechizo”: es hermoso, pero también es una trampa.
En el libro hay una reflexión muy fuerte sobre el lenguaje. ¿Cómo fue aprender sueco siendo adulta?
Fue una experiencia muy intensa. Cuando uno aprende una lengua nueva, hay un placer físico en los sonidos. Hay palabras que te fascinan, aunque todavía no sepas qué significan. A mí me pasó mucho eso. Y después, cuando nació mi hijo, empecé a hablar más con niños y con padres en la plaza. Aprendí muchas palabras básicas de ese modo. Es otra forma de entrar en una lengua.
También aparece una reflexión sobre el dinero y la vida en el “primer mundo”. ¿Cambió tu mirada sobre Argentina viviendo afuera?
Sí. Muchos argentinos que viven en Suecia se hacen esa pregunta al principio. El sistema social funciona de otra manera y uno observa cosas que antes no veía. Pero lo más interesante es que, cuando volvés, empezás a mirar tu propio país con otros ojos. Yo ahora encuentro belleza en cosas que antes me parecían completamente normales: las ferreterías, las verdulerías, la vida comercial de la calle.
En uno de los ensayos hablás de aprender a patinar. ¿Sentís que escribir también es aprender de nuevo cada vez?
Totalmente. Cada vez que empiezo algo nuevo siento que tengo que aprender otra vez. Nada garantiza que salga bien. Me gustaría poder patinar con más fluidez, pero también me gusta esa sensación de amateur, de empezar de nuevo.
Para terminar, una pregunta que hacemos siempre: ¿hay autores que sentís cerca cuando escribís?
Depende del libro. Para El hechizo del verano hubo dos lecturas que quedaron flotando: Un año sin primavera de Marcelo Cohen y Mi descubrimiento de América de Maiakovski. Los dos tienen algo de crónica de viaje, de mirada extrañada sobre una ciudad. A veces las influencias aparecen recién cuando mirás hacia atrás.
Antes de despedirnos, Virginia leyó el último párrafo del libro. Un cierre que condensa el espíritu de estos ensayos: “Mirar mucho las cosas es una manera de amarlas”. Y quizás ahí esté el corazón de su escritura.