Antonio Birabent: “Escribir es una forma de decir lo que no se dice”
Viernes 22 de mayo de 2026
En una nueva edición De cháchara, en el Club Eterno, recibimos al músico y escritor por su nuevo libro El filo (Paripé Books).
Por Anne-Sophie Vignolles.
Antonio Birabent canta, compone, escribe y actúa. Desde su regreso de España en 1987, desarrolló una trayectoria múltiple con más de treinta discos editados y una extensa participación en cine, teatro y televisión. El Filo es su segundo libro. Allí, aparta a su narrador del mundo para observarlo desde una altura incierta. Entre la novela breve, el diario íntimo y la prosa poética, el libro avanza como un latido irregular: fragmentos, silencios, respiraciones.
En esta conversación del ciclo De cháchara, Birabent habla del origen del texto, de la soledad, del ritmo y de esa forma lateral —elíptica— de decir lo que importa.
El filo parece moverse entre géneros: ¿lo pensaste como novela, diario, prosa poética?
A mí me gustó que lo llamaran prosa poética. Me interesa esa idea de que no sea un género tan definido. Vengo de una experiencia musical bastante libre, donde nunca me mantuve en un solo registro, y con el libro me pasó algo parecido. Me gusta que convivan cosas distintas.
El filo, en su lenguaje, ritmo y diagramación, tiene mucho aire, mucho silencio. ¿Eso ya estaba en el manuscrito?
No. Eso apareció después, trabajando con el editor. Al principio pensamos en textos más regulares, pero nos dimos cuenta de que el pensamiento del narrador no es parejo. Hay fragmentos que pesan más y necesitan espacio alrededor. Ahí apareció el ritmo: tres textos seguidos y después uno muy breve, pero central.
Hay una sensación de inestabilidad: no sabemos del todo si lo que cuenta es verdad. El lector duda constantemente. ¿Te interesaba jugar con esta confusión?
Sí. Cuando empecé a escribir, inventé una vida para ese personaje. En la montaña, en soledad, su percepción se vuelve más fina, pero al mismo tiempo empieza a desdibujarse. Algunas cosas que cuenta podrían no ser verdad. Es un poco lo que nos pasa a todos, pero en él está más expuesto.
¿Cómo fue el proceso de escritura?
Muy rápido al principio. Un viernes hablé con el editor (Andrés Gallina), volví a casa y esa misma noche escribí varias páginas. En dos o tres semanas tenía casi todo. Después vino un trabajo más lento: ajustar, encontrar el sentido de ciertos vínculos, cambiar el final. Ese proceso fue más sutil.
Hay un momento en el libro donde algo se acelera, como si el texto “apretara las tuercas”.
Eso fue un trabajo de montaje. Como los textos son fragmentarios, podíamos moverlos, probar. En un momento sentimos que había que generar tensión, que el lector se preguntara qué iba a pasar con este personaje.
El narrador parece ir perdiendo consistencia, casi volverse paisaje. ¿Escribir implica ese desdoblamiento?
A mí me pasa más cuando leo que cuando escribo. Escribiendo soy más estratégico: pienso hacia dónde va el texto. Pero leyendo sí me desdoblo, sí me meto en otra mente.
El libro está atravesado por el silencio. ¿Cómo trabajás con eso?
Para mí es fundamental. Escribo en soledad, en silencio o con un ruido que pueda dejar de lado. Actuar o tocar música son actividades sociales; escribir no. Es un momento más lento, más retirado.
En el libro aparece la idea de escribir para un hijo futuro. ¿La escritura es una forma de dejar algo para después?
Sí. Escribir es una posibilidad de que alguien te lea cuando ya no estás. Puede ser un hijo, un amigo. Hay algo de ese diálogo diferido que me interesa.
¿Y decir lo que no se dice en la vida?
Totalmente. Hay cosas que a mí me cuesta decir cara a cara. La escritura permite decirlas de otra forma, más elíptica. Para los que tenemos cierta timidez emocional, es un gran recurso.
Venís de la música. ¿Aparece lo musical en la escritura?
Sí, en el ritmo. Cada fragmento es como un compás. Y leer en voz alta al final del proceso me ayudó a ajustar: sacar palabras que no funcionaban cuando eran dichas.
El libro está lleno de miedo, pero un miedo difuso.
El miedo aparece y se va. En el personaje es más constante: miedo a volverse loco, a no saber si va a volver. Es parte de su motor, pero no está explicado del todo.
¿Ciudad o montaña?
Las dos. Se necesitan. La montaña ordena, la ciudad también, de otra manera. En el libro, la ciudad es un personaje fuerte aunque no esté.
Un sonido que te gustaría poder escribir.
El amanecer. Ese instante en que la ciudad empieza a ponerse en marcha. Hay un ruido muy particular ahí, algo que me gustaría poder escribir mejor.
¿Silencio o música?
Silencio. Siempre.
¿Escribir es, en el fondo, una forma de pedir perdón?
En este libro, sí. Hay algo de disculpa, con el amor, con la madre. La escritura como intento de reparación.