Paula Bistagnino: “El Opus Dei es una mezcla de secta, partido político y multinacional”
Lunes 13 de abril de 2026
Nacho Damiano entrevistó a la autora de Te serviré (Planeta) en el marco del Club Eterno.
Por Nacho Damiano.
“Cuando surge, el Opus Dei se propone insertarse en la sociedad y recuperar la religiosidad sin ser la cara visible de la Iglesia. La cita textual es que la religión tiene que ‘penetrar en la sociedad hasta que no pueda distinguirse una cosa de la otra’, afirma Paula Bistagnino, autora de Te serviré (Planeta), el libro que cuenta con rigor periodístico y estrategias narrativas la historia del Opus Dei en Argentina y sus principales representantes. Además, indaga en la participación de la organización en un caso de trata de mujeres jóvenes para la realización de tareas domésticas, una investigación judicial en curso en la Argentina.
En el libro definís al Opus Dei como una mezcla de partido político, multinacional y secta. ¿Qué es exactamente?
Es una gran frase que no es mía, sino de una mujer que pasó 36 años adentro, una rosarina que fue numeraria (la manera más plena de ser miembro, con compromiso de castidad, pobreza y obediencia). Ella lo definió así: fe, la secta; poder político, el partido; dinero, la multinacional. Tres pilares. La Iglesia lo define como una institución que nació en 1928 —Opus Dei significa obra de Dios, bastante grandilocuente— y que logró trascender las barreras dentro de la propia Iglesia con lobby y dinero hasta convertirse en la única prelatura personal de la historia. Eso les permite operar en todos los países sin depender del obispo local, sin rendir cuentas a nadie. Tienen estatutos que, según está denunciado en España, son contrarios a los de la propia Iglesia. Hay un culto muy personalista a Escrivá de Balaguer, en sus casas hay más fotos de él que de Jesucristo. Y algo muy grave: la violación del secreto de confesión. En el Opus hay un sistema donde las charlas de dirección espiritual, muy opresivas y vigilantes, se filtran en lo que llaman "informes de conciencia". Datos de la intimidad, incluso económicos de tu familia, que después usan para influir sobre las personas.
En el libro describís una pequeña triquiñuela: el cura charla antes del sacramento, por afuera de la confesión.
Antes de la confesión —obligatoria casi siempre con el mismo sacerdote, una vez por semana— hay una charlita previa, informal. Quienes estuvieron ahí dicen que esa distinción nunca es tan clara: estás siempre hablando con el cura. Y en el Opus hay una frase estipulada: la obligación de ser "salvajemente sinceros". En ese salvajismo de sinceridad, tenés que decirlo todo. La información, finalmente, queda disponible.
¿Podrías explicar un poco el origen y la organización del Opus Dei?
La particularidad del Opus es que nace laico. Sus miembros no son ni monjas ni curas, pero llevan vidas religiosas. Los numerarios viven en casas con compromiso de castidad, pobreza y obediencia. Las mujeres en una casa, los varones en otra, jamás en contacto. La rama masculina manda. Hay un 2% de curas y un 98% jurídicamente laicos. ¿Qué quiere decir? Que pueden ser diputados, jueces de la Corte...
Claro, ahí hay algo interesante: en Argentina un cura no puede ser juez de la Corte Suprema.
Exactamente. Un cura no puede candidatearse a presidente ni votar una ley. Eso es nuclear para entender al Opus Dei: cuando surge, se propone insertarse en la sociedad y recuperar la religiosidad sin ser la cara visible de la Iglesia. Si tenés un legislador que no sabés que es numerario con juramento de obediencia a una institución ultraconservadora, ahí hay un tema. Ellos se llaman a sí mismos "ejército de fieles laicos". Pero además, tienen una gran frase: "quien obedece nunca se equivoca". Tenés que hacer lo que te digo, no tenés por qué pensar. Y encima eso tiene una relación con lo metafísico, con lo que te va a pasar cuando te morís. Los numerarios, además, entregan su salario completo. Así es como logran jueces, políticos, dueños de prepagas y socios de grandes estudios de abogados entregando su sueldo a la institución.
Metámonos concretamente en el conflicto de las empleadas domésticas. Hay una causa judicial por trata de personas, y Argentina es el primer país donde escaló tanto.
Sí, esta historia surgió acá. La escuela de mucamas del Opus estaba en Bellavista, a ocho cuadras de mi casa. Viajaban al norte y al litoral, a zonas rurales aisladas. Hacían censos previos, buscaban familias católicas con nenas en edad de secundario que probablemente no pudieran estudiar por cuestiones económicas. Les ofrecían una escuela de hotelería, una oportunidad laboral y las traían con catorce años, a veces trece. Desde el primer día tenían uniforme y trabajaban. Los títulos que les daban decían abajo: "esto no tiene validez oficial". Salieron después de veinte o treinta años sin jubilación, sin CUIL, sin existir en ningún registro. Cuarenta y tres mujeres presentaron la denuncia en Argentina.

¿Y cómo las convencían de quedarse?
Las que perfilaban bien recibían de la directora, del sacerdote, de la instructora el mensaje "vos tenés vocación, Dios te eligió para ser santa sirviendo en la obra". Pero además había algo muy concreto: muchas decían "yo no había dormido sola en una cama hasta que llegué acá, nunca había comido cuatro comidas diarias". El problema es que el Opus creyera que eso los habilitaba a tenerlas de mucamas, que eso era un privilegio que les estaban ofreciendo. Tenés quince años, lejos de tu familia, gente con más autoridad te dice que tenés esa vocación. Sentirte elegida en ese contexto tiene un peso enorme.
¿Progresa la causa?
Debería. Es una de las primeras en que el Opus está acusado directamente como institución, no la asociación civil. Hoy la tiene el juez Rafecas, imputaron al número dos del Opus en el mundo: un argentino que estuvo en la sede central de Buenos Aires y que hoy vive en Roma.
¿Tenés algún tipo de temor por haberte metido con tanta profundidad en este tema?
El temor fue cuando dijeron que iban a iniciar acciones legales. Ahora que hay una causa y que la institución está acusada de trata, el foco está en otro lado. Pero sí me llegan mensajes: "vas a pagar lo que estás haciendo en el infierno". El otro día una me dijo "ojo, porque esto se paga". Le pregunté cómo se llamaba, si era del Opus. Me dijo que sí, después que no. Le dije: no me amenaces, y si querés discutir algo, charlemos, y ahora empecé a hablar con ella. Hacen cadenas de oración por mi alma. Estoy aprendiendo los eufemismos.
Estás trabajando en un próximo libro, ¿no?
Cuando terminaba este, la historia de las mucamas fue creciendo tanto que mi editora me sugirió dejarla como un capítulo y hacer otro libro. El próximo se va a llamar La escuela de mucamas. Quiero trabajarlo en un registro menos periodístico, poder escenificar más. Conozco los escenarios, entrevisté mucho tiempo a esas mujeres: quiero contar la parte periodística —qué hizo el Opus, por qué creó esto— y también las escenas en las que ocurrió la vida de ellas. Más narrada, más vívida.
Cerramos con la pregunta común a todas las personas que pasaron por el ciclo: ¿nos recomendás libros?
Limpia, de Alia Trabucco Zerán, una chilena joven. Es la historia de una empleada doméstica que va a trabajar con una familia en Santiago y es también un policial: en la primera página te enterás de que la nena que cuidaba murió. Lo hace notable la densidad con que cuenta el mundo de esa empleada, sus ilusiones, sus frustraciones. Escrita en segunda persona, como un monólogo que interpela a un supuesto jurado. Ganó un premio importante en Francia el año pasado. Y El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, Pulitzer de no ficción. Es la reconstrucción de la vida de su hermana, víctima de femicidio a los 20 años. Rivera Garza labura archivos familiares, testimonios, documentos para contar quién era esa mujer. Impresionante en todos los niveles.