Cynthia Rimsky “El humor es una forma de pensamiento”
Lunes 23 de marzo de 2026
La autora de Yomurí y Premio Herralde de Novela visitó la librería para participar del ciclo “De cháchara”.
Por Anne-Sophie Vignolles.
Recibimos en De cháchara a Cynthia Rimsky, Premio Herralde de Novela, cuya última obra publicada en Argentina es Yomurí (Random House, 2025). Nacida en Santiago de Chile, vive en Argentina desde 2014. Publicó, entre otros libros, Poste restante, La novela de otro y Clara y confusa.
Rimsky trastoca por completo el pacto de lectura que suele proponer en la mayoría de las novelas: su pacto está basado en el desplazamiento, la duda, el humor y una relación activa con el lenguaje. Su obra explora el viaje, el desplazamiento, el extrañamiento y las formas no realistas de narrar lo político y lo íntimo.
Mientras leía Yomurí a menudo me preguntaba “¿estoy entendiendo?” o “¿importa entender todo en todo momento?”, hasta que tomé la decisión de dejarme llevar por las risas y el humor, tan presentes en el texto, pero dicho vaivén, entre confusión y curiosidad, ¿fue buscado?
Sí, totalmente. Para mí, mantenerse en lo literario es crear algo que no existe, algo que está lejos de lo real tal como lo conocemos. Cuando escribía esta novela, el contexto político era muy duro: la represión al pueblo mapuche, las recuperaciones de tierras. Era imposible escribir eso de manera directa. Mi única salvación fue correr lo real hacia otro lado, trastocar el sentido. Ahí aparece el humor y también el juego.
El humor está muy presente, ¿qué lugar ocupa en tu escritura?
El humor aparece cuando todo se corre hacia lugares insospechados. Me interesa porque no tranquiliza ni explica: incomoda. Yo me río escribiendo, aunque también sufro. Pero el humor es una forma de pensamiento. Permite mirar lo mismo desde otro ángulo, sin cerrar nada.
La relación entre el padre y la hija es uno de los ejes del libro, pero nunca se vuelve psicológica. ¿Fue una decisión consciente?
Absolutamente. No tenía ningún interés en hacer un ajuste de cuentas entre un padre y una hija. Eso me parece aburrido. Me interesa muy poco la psicología y mucho el afuera: cómo reaccionan los personajes frente a lo que les pasa. En esta novela, todo el tiempo ocurre algo y los saca de lugar. No hay tiempo para analizarse: hay que moverse, decidir, reaccionar.
El viaje, como en otros textos tuyos, de hecho, vuelve a aparecer como motor narrativo. ¿Qué te da ese movimiento?
La distancia me hace funcionar bien, incluso en la vida. El viaje te descoloca, te pone frente a lo desconocido. No podés responder igual que en tu casa o en tu trabajo. Te obliga a que salgan otras cosas de vos. Eso me interesa mucho: ¿qué aparece cuando no tenés respuestas prefabricadas?
En Yomurrí, la recuperación de tierras nunca se presenta como épica, y sin embargo, hay una gesta, hay dejes de novela épica. ¿Por qué?
Siempre me inquietaron los relatos heroicos. En esas historias nunca aparecen las dudas, el cansancio, lo cotidiano. Me interesa verles los pies a los héroes. En Yomurí, la recuperación es simbólica. Ya desde ahí hay una pregunta. ¿Qué se gana cuando se gana un territorio devastado? No me interesa dar respuestas, sino abrir dilemas éticos.
El tiempo en la novela no es lineal. Hay detenciones, repeticiones, escenas discontinuas. ¿Cómo trabajás eso?
Trabajo mucho el ritmo, casi de manera cinematográfica. Me interesa seducir al lector, llevarlo, hacerlo entrar en otra temporalidad. No escribo para que todo sea claro, sino para que algo se abra. Me fascinan los actos discontinuos: esos gestos mínimos que no parecen importantes, pero donde se juega el sentido.
El lenguaje también se deforma: nombres, letras, neologismos. ¿Qué buscás con ese trabajo?
Es un juego permanente con la mirada. Me interesa qué pasa cuando el lenguaje no encaja del todo, cuando algo parece un error y no lo es. Eso obliga al lector a estar activo. No hay lectura pasiva posible y eso me gusta mucho.
Vivís en Argentina desde hace años. ¿Ese desplazamiento geográfico influyó en tu escritura?
Muchísimo. Venía de una tradición de realismo social muy fuerte en Chile. En Argentina encontré más libertad, más extrañamiento, más riesgo. Dejé de intentar ordenar lo real y empecé a vivirlo. A escribir desde ahí.
Para cerrar: mucha gente quiere escribir. ¿Qué te gustaría decirle a quien tiene ese deseo?
Que escriba. Pero que no confunda escribir con publicar. Escribir puede ser un placer en sí mismo. Cuando estoy muy perdida, lo único que me salva es recordar qué me gusta: leer, escribir, inventar. Ese rato en que estás completamente concentrada, aislada del mundo, creando algo, es maravilloso. Conectarse con eso y dejar de lado la ansiedad es, para mí, lo más importante.