Alicia Genovese: "La palabra poética puede ser una forma de aliviar y de habitar el mundo de otra manera"
Lunes 02 de marzo de 2026
Por Anne-Sophie Vignolles.
En el ciclo "De cháchara" recibimos a Alicia Genovese por su último libro: Poesía y errancia (Entropía, 2025). Leerlo (leerla, a ella, en general) es viajar o, para ser más precisos, bucear en géneros (ensayo, diario, tratado poético, manual de lectura y de escritura), pensamientos, reflexiones, ideas, sensaciones: todo convive en una arquitectura abierta que invita a detenerse, a errar y a volver a empezar. En esta conversación en la terraza, Genovese habla de la palabra como experiencia corporal, del trabajo con el ritmo, del rol del editor y de esa zona incierta —y vital— donde la escritura encuentra su forma.
Es poeta, ensayista y docente. Publicó, entre otros libros de poesía, Aguas, La invención del equilibrio y Oro en la lejanía, y varios ensayos fundamentales sobre poesía contemporánea.
El libro está dividido en secciones o capítulos como "Errar", "Improvisar", "Habitar", "Ejercitar", "Respirar". ¿Cómo surgió esa estructura?
Al principio era un solo ensayo, bastante compacto, pero se me hacía demasiado masivo. Errar lo contenía todo, pero al mismo tiempo no dejaba respirar. Entonces apareció la necesidad de separar, de subdividir. Esas divisiones no estaban claras desde el comienzo: surgieron de manera bastante aleatoria y después fueron adquiriendo sentido. Cuando uno mueve una coma, se mueve todo el texto.
Hay algo de manual, de tratado, incluso de invitación pedagógica en el libro. ¿Te reconocés ahí?
Sí, y no me molesta para nada. La palabra poética puede ser una forma de aliviar y de habitar el mundo de otra manera. Me gusta pensar que el libro puede funcionar como una guía, no en un sentido normativo, sino como una compañía. Invita a errar en todos los sentidos de la palabra: equivocarse, vagabundear, ser un poco flâneur dentro del lenguaje.
¿Cómo fue el trabajo con Entropía y con tu editor en particular, Sebastián Martinez Daniell?
Fue muy cercano. Yo quería publicar solo el ensayo, pero era breve para un libro. Ahí empezó un diálogo real con el editor: pensar cómo completarlo sin que fuera un agregado artificial. Surgió la idea de incluir fragmentos de mis diarios de escritura, algo que al principio me resistí a hacer. Después probé, mandé algunos textos y seguí. Creo que es la primera vez que trabajo tan de cerca con un editor en la elaboración de un libro, y estoy muy contenta con la cohesión que logró.
La tapa también dialoga mucho con el contenido. ¿Participaste de ese proceso?
Sí. Me preguntaron por un color y dije magenta, y tuve el regalo de un libro magenta. Las imágenes surgieron de una lectura muy profunda del libro: el mapa del Delta, una acacia que aparece en un ensayo, una ruta que recorría cuando vivía en Estados Unidos. Son elementos muy afectivos para mí. La tapa me relaciona inmediatamente con lo que escribí.
En el libro aparece con fuerza la metáfora de la araña. ¿Qué te interesa de esa imagen?
La araña segrega su propia tela con su cuerpo. Siempre me pareció una imagen perfecta para pensar la escritura. Escribir con el cuerpo no es una frase hecha: es literalmente producir el hilo con el que se teje el texto, balancearse, encontrar puntos de apoyo, armar la tela con lo que hay.
¿Cómo es tu modo de trabajo, tanto en poesía como en ensayo?
Empieza siempre en el caos. No planifico. Parto de algo muy material y tiro de la cuerda para ver hacia dónde me lleva. A veces no lleva a ningún lado. Escribo cuando me siento convocada y escribo todo lo que puedo. Después vienen la lectura y la reescritura. Muchas veces lo que parecía malo en la primera versión es lo que está bien, y lo que parecía muy racional no sirve para nada. El poema aparece cuando aparece.
¿Y qué lugar ocupa el diario en ese proceso?
Escribo diarios cuando los necesito. Me sirven para pensar los problemas del texto, los obstáculos. El diario es la parte invisible del proceso de escritura. Muchas veces, de ahí surge algo que después se vuelve central en un libro.
Hablás mucho del ritmo y de la precisión de la palabra. ¿Cómo trabajás eso?
Viene de la poesía. Una palabra fuera de lugar puede desbalancear todo. Más que musicalidad, busco ritmo. Uno siente cuando una frase se desequilibra. A veces una palabra sola, puesta después de una frase larga —respirar, por ejemplo— genera un efecto muy fuerte. Ese es el oficio.
¿Sentís que tenés un “tema” al que volvés siempre?
No lo sé. Seguro hay recurrencias, pero muchas veces las ven mejor los lectores o los críticos. Yo siento que de un libro a otro me desafío a hacer algo distinto. Hay una sed de errancia: irme del lugar que ya conozco.