Entrevistas

Ursula K. Le Guin: “Hay que mantenerse buscando un nuevo camino para llegar al viejo”

Diana Bellessi entrevistó a la estadounidense en 1981, y editorial Rara Avis rescató este intercambio en su flamante edición de Las gemelas, el sueño.


Por Diana Bellessi.



El encuentro personal con una escritora que se ha amado durante largo tiempo es algo difícil de describir. Ursula K. Le Guin fue, desde el principio, desde la lectura de La mano izquierda de la oscuridad, no sólo una escritora sino una amiga con quien se habían recorrido largas, penosas, intensas travesías, para crecer y retornar al lugar del origen.

Nuestras cartas poseyeron también esa cualidad de persona a persona. Por lo tanto, los días compartidos con ella en mayo último fueron la continuación de un diálogo que se inició a partir de la lectura de sus libros, un diálogo que se despliega como una flor de oro, en el tiempo de la vigilia y el tiempo del sueño.

Mujer de extraordinaria energía Ursula Le Guin, con algo de niña y algo de sabia. Capaz de asumir con encanto similar el gesto de charlar sobre temas profundos y diversos, o de cocinar un maravilloso guiso de lentejas, o de gozar y propiciar el humor, las largas caminatas, la ternura.

Si hay algo que llama la atención en Le Guin, es esa sensación de integridad que pareciera poseer: ríos de un mismo mar donde confluyen la imaginación y la vida cotidiana, la libertad y sus fronteras, y una ética madurada a lo largo de los años que se asume en todas las circunstancias.

Capacidad de trabajo y capacidad de autocrítica, Ursula K. Le Guin sostiene su palabra, como Torlino, aquel sacerdote indígena navajo, apretada contra su pecho, porque, como él, debe contar la verdad.

Dejemos que brillen sus palabras dichas con extrema sencillez. Palabras que tejieran nuestras conversaciones durante largos paseos por el Bosque, un parque nacional que milagrosamente se levanta a pocas cuadras de su casa en Portland, Oregon, o junto al fuego en las noches frías de la primavera del norte. Palabras sobre los temas más heterogéneos y sin embargo siempre los mismos al fin: el largo camino del conocimiento y el amor; fidelidad, miedo, pérdida, traición o alianza; y los robles alzándose en las colinas, los pequeños helechos y malezas, el buitre y el pájaro cantor, la babosa cruzando lentamente los senderos, el río, la cascada de Multnomah, la nubecita colgando sobre el monte Santa Elena, la belleza terrible del mundo y la condición humana.

Como ella lo ha dicho: Profundas son las fuentes del ser, más profundas que la vida y la muerte…

Diana Bellessi


Hay que mantenerse buscando un nuevo camino para llegar al viejo…

Le Guin: No sé dónde se tiende la línea entre ciencia ficción, ficción fantástica, ficción imaginativa y ficción realista; como si fuera un círculo, se llega luego al realismo mágico. Todos son grados de un mismo espectro. Obviamente, hay diferencias, y se pueden hacer ciertas distinciones específicas, se puede decir esto pertenece a la ciencia ficción, esto pertenece al realismo, pero es muy difícil hacer cualquier clase de definición general.

Bellessi: ¿Por qué, como me dijiste días atrás, te parece que los latinoamericanos tenemos menos problemas con esa definición, o más bien que no necesitamos hacerla?

L.G.: En parte quizás porque ustedes están más lejos de la cultura racionalista e industrial del norte de Europa, de la cual Estados Unidos recién empieza a apartarse para regresar otras raíces. Hay un mosaico de culturas indígenas y mestizas que están vivas en Latinoamérica; ese horizonte está allí, al alcance de la mano si ustedes lo quieren. A nosotros no nos ha quedado mucho; no nos mezclamos demasiado, por lo cual hemos tenido a menudo que pedir ayuda a otros, mientras que ustedes pueden replegarse sobre ustedes mismos para encontrar apoyo.

B.: Has dicho que dedicaste varios años de tu vida a leer a gente como Tolstoi y Dickens, y yo sé que aún te gustan, pero de alguna manera te has conectado ya con otra fuente. ¿Cómo y por qué sucedió eso?

L.G.: No lo sé. Siento que recién empiezo a encontrar estos otros caminos. No creo que necesite cortar con la tradición europea, especialmente la inglesa, que fue la primera y más querida, pero sé que necesito encontrar otra fuente, un nuevo mundo. Es el primer resplandor de una idea. Aún exploro cómo, dónde y a quién tengo que ir.

B.: ¿Adónde fuiste en el curso del desarrollo de tu obra?

L.G.: Primero regresé a Europa. En el primer cuento con el cual me sentí complacida inventé un país en Europa, tuve que poner mis raíces allí. Algunas de esas historias están agrupadas en Países imaginarios, y también en la novela Malafrena, parte de la cual fue escrita muchos años atrás, treinta años quizás. Luego sentí que podía reflejar aspectos de mi mundo construyendo un planeta entero. La ciencia ficción inventa mundos o futuros; son espejos que se levantan para ver un nuevo ángulo, para ver la parte oculta de tu cabeza. Ya desde mi primer libro, El mundo de Rocannon y ciertamente en La mano izquierda de la oscuridad, fue para mí un modo de hablar acerca de este mundo.

También hay un mundo fantástico con héroes y dragones, un mundo que está en ninguna parte, que no está en el espacio y el tiempo, pero que está siempre con nosotros: el mundo interior. La literatura fantástica fue algo que leí desde niña, así que me sentí en casa allí, todos estamos en casa allí, en el mundo de la leyenda y el mito. Toda la gente de todos los países comparte ese país de donde vienen las leyendas y los mitos.

Luego empecé a escribir sobre mi propio país, los Estados Unidos, de una manera peculiar. Primero lo hice en un libro llamado The Lathe of Heaven, y lo situé en un futuro más o menos inmediato, alrededor del año 2000 y aquí en mi ciudad, Portland. Pero cambié todo y me mantuve cambiándolo todo, porque es un libro-sueño, y el sueño es cambio, y nunca se sabe qué es lo verdaderamente real.

Luego escribí un librito muy realista, donde la acción se sitúa en Portland, A Very Long Way from Anywhere Else, acerca de dos jóvenes creciendo aquí. Así que finalmente pude empezar a escribir sobre mi propia tierra, mi gente.

Pero ahora tengo otro trabajo que hacer, y no sé verdaderamente cómo hablar de esto… Sólo sé que hay ciertas cosas que tengo que leer.

B.: Pero cuando escribiste The Dispossessed o La mano izquierda de la oscuridad, también escribías, de alguna manera, sobre este país.

L.G.: Ah sí, seguro. Pero no sé por qué, para poder hablar sobre nuestro mundo y nuestros problemas en el presente, tengo que distanciarlo. La distancia ha sido esencial para la manera en que yo trabajo. Tengo que retirarme a algún lado, ya sea a una Europa imaginaria, a un planeta imaginario, un futuro inventado. Tengo que hacer esto para poder hablar acerca de mi vida o mi mundo. Y no creo que pueda seguir haciéndolo de este modo; creo que he llegado al final de algo, y estoy tratando de encontrar un nuevo camino.

B.: Tu última novela, The Beginning Place, ¿pertenece al fin de un ciclo o es el principio de uno nuevo?

L.G.: Creo que es un principio. Como ya te conté, cuando empecé a concebir el libro, y mientras lo escribía, pensé que estaba haciendo algo absolutamente nuevo, algo que nadie había hecho nunca; pensé que estaba corriendo la línea de la frontera, la pared, la puerta, entre el tiempo-vigilia y el tiempo-sueño. No me gusta decir entre la realidad y la fantasía porque esas palabras ya no sirven. Pero hay dos clases de realidad, y yo creí que podía mover la entrada y colocarla en un lugar diferente, y me dije: Ah, esto es maravilloso… Pero, por supuesto, eso no se hace: la puerta está donde está; se puede venir por diferentes senderos y entrar a diferentes lugares, pero no moverlos: están allí, son reales, y no es posible empujarlos. Fue un intento de encontrar nuevos caminos, y por supuesto no fue un nuevo camino, fue el mismo viejo camino; pero hay que mantenerse buscando un nuevo camino para llegar al viejo.

B.: Has dicho que fantasía y poesía son los lenguajes de la noche. ¿Pertenece la poesía al mismo territorio que la ficción imaginativa?

L.G.: La poesía está más cercana al hueso. No soy consciente de mis intenciones cuando escribo poesía. El poema se escribe a sí mismo; yo sólo trato de darle forma. Se usa menos la parte consciente de la mente que en la prosa. Yo soy básicamente una narradora. Pero la poesía viene exactamente de la misma fuente, sólo que tiene su propia manera de ser. Es un regalo, llega como un don.


La historia del ciervo, el oso, el coyote

L.G.: Empecé escribiendo poesía cuando era niña, y mi primer cuento, cuando tenía once años, fue un cuento fantástico.

B.: ¿De niña fuiste una lectora de ciencia ficción o de literatura fantástica?

L.G.: Mi padre [Le Guin es hija del famoso antropólogo Alfred Kroeber] nos contaba las historias que sus amigos indígenas le contaban a él, sin explicarnos que provenían de tal tribu o cultura, sino narrándolas como cuentos; era la historia del ciervo, del oso, del coyote. Crecí con ellas como si hubieran sido mis propias historias. Mi tía abuela, quien fue una pionera y se crió en un rancho en Wyoming sin un alma a cuarenta millas a la redonda, nos contaba historias de aquellos tiempos; ésas también formaron parte de mi arsenal: los tiempos duros del viejo oeste. La casa en la que crecí estaba llena de libros, y muchos de ellos sobre mitos y leyendas de otros países -Escandinavia, Grecia, Persia- a los que literalmente devoré y amé durante años. Luego, hacia los once, doce, trece años, aparecieron aquellas hermosas revistas con monstruos y hombres luciendo brazaletes y pectorales de bronce en las tapas. Mi hermano las leía y yo también. Era todo un nuevo mundo de aventuras y mitos: allí descubrí el género de ciencia ficción…

B.: Estás dentro de ese pequeño grupo de escritores que puede moverse fácilmente de un lugar a otro; de la fantasía a la vida cotidiana, de la hipótesis científica a la aventura filosófica o la exploración psicológica de un grupo o de un personaje determinado; del cuento a la novela, del ensayo crítico al poema…

L.G.: Bueno, ¡eso es muy divertido! Yo no hago demasiadas diferencias entre uno y otro. Me parecen diferentes provincias de un mismo país, un mismo mapa. Un mapa literario.

B.: ¿Cuál fue el primer libro que publicaste?

L.G.: El mundo de Rocannon. Es una mezcla de ciencia ficción y fantasía. La mitología proviene del norte de Europa, cuyos mitos son mis preferidos entre los mitos europeos.

Metí estos mitos dentro de naves y trajes espaciales y el resultados no es del todo feliz; es un poco ingenuo y a veces hasta ridículo, pero hay algunas buenas invenciones allí: alguna gente alada que me gusta mucho, y algunos pequeños animales que hablan… Ese libro todavía me divierte.

B.: ¿Por qué la mitología del norte de Europa es tu preferida?

L.G.: En parte porque los dioses pelean una gran batalla y la pierden. También creo que me gusta no saber si esa batalla fue peleada en el pasado, o lo será en el futuro, o pertenece al presente. Esto no es nunca claro, y quizás sea allí donde aprendí algo acerca del tiempo-sueño, el tiempo de los mitos y las leyendas. Creo que también me gusta la astucia de estos dioses; creo que Wagner les da estatura de héroes y los funde, hasta diría que los trivializa; son mucho más brutales y directos que ninguna cosa de Wagner.

B.: Los héroes se convierten en antihéroes, en perdedores…

L.G.: Sí, parece ser una constante de nuestra época el identificarnos con los perdedores.

B.: Pierden pero aprenden, ganan sabiduría.

(…)

Continúa en....


* Entrevista publicada originalmente en revista El Péndulo N° 3, Segunda Época, Buenos Aires, 1981

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