Martín Kohan: “Las lecturas que uno ha hecho forman parte de lo vivido”
Lunes 05 de enero de 2026
El ensayista, crítico, escritor y docente responde sobre su nuevo libro, Argentinos, ¡a las cosas! (Seix Barral).
Por Valeria Tentoni.
Nacido en Buenos Aires en enero de 1967, Martín Kohan es, además de escritor, crítico y docente (enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires), uno de los colaboradores estables de este blog. Publicó tres libros de ensayo, dos libros de cuentos y seis novelas antes de ganar, en 2007, el Premio Herralde de Novela con Ciencias morales, llevada al cine en 2010. Es autor, además, de obras como Bahía Blanca, Confesión, El país de la guerra y Museo de la revolución.
Así como en Me acuerdo (Godot), Kohan se sumó a la tradición de Joe Brainard, Georges Perec, Edouard Levé o Margo Glantz, en Argentinos, ¡a las cosas! -arenga capturada de Ortega y Gasset, a la que responde en el epígrafe con la pregunta de Nabokov: “¿qué cosas, exactamente?”- se emparenta con esa otra tradición alrededor de la pregunta por la argentinidad a la que tributaron autores como Borges, Güiraldes, Arlt o Lugones.
Con una mirada aguda y una pluma inconfundible, en este último libro del autor de Dos veces junio se proponen veinticinco escenas, portales o fotogramas significativos alrededor de esa inquietud, un recorrido personalísimo por la historia nacional que va de la mano de Dios a los vestidos de Eva Perón, pasando por el obelisco o la hélice del buque que repatrió los restos mortales de José de San Martín. A. continuación, compartimos un extracto de la entrevista grabada para la próxima temporada del podcast Máquinas de escribir, de pronta publicación:
Hubo una muestra en MALBA sobre cultura material argentina en la que participaste con un texto de catálogo, ¿tiene relación con el origen de Argentinos, ¡a las cosas!, tu último libro?
Sí, fue una experiencia más que estimulante. La muestra se llamó Del cielo a casa, un título tomado de Hebe Uhart. Eso ya indicaba una sintonía muy propicia. En principio me habían convocado para hacer el discurso de inauguración de la muestra en el MALBA, y después el texto apareció también en el catálogo de la muestra. Había una afinidad previa con el tema, quizás también por eso me llamaron, ya había como una disposición como crítico a ocuparme de esos asuntos. Soy crítico literario, por lo tanto uno se ocupa en principio de textos literarios, pero también de textos que no son literarios, y después de objetos. La formación de uno puede venir por la línea Benjamin, por la línea Barthes; el modo en que las destrezas de lectura, hasta donde uno pueda tenerlas, después empiezan a habilitar también leer cosas, leer escenas, y ya no es la mirada del crítico de arte o del crítico de cine, sino que también uno aprende cómo se lee una imagen, cómo se lee una escena. Me parece que ahí uno subraya la idea de que la práctica de la lectura después puede ir a otros objetos no exactamente textuales. Por eso siempre me interesó, entre otras cosas, que los futbolistas empezaran a hablar de “leer la jugada”. Entonces sí, esa muestra en el MALBA, que era una muestra de diseño industrial, abrió también la idea de que a las cosas, buena parte de las cosas que uno mismo usa, alguien las diseñó, alguien les dio la forma que tienen, traen una historia. Me llevó a pensar en algo a lo que ya le venía dando vueltas y que quedó escrito en los dos epígrafes que elegí para el libro: el de Ortega y Gasset, que es el que está convocado en el título, Argentinos, ¡a las cosas!, y esa frase de Nabokov cuando dice “¿qué cosas exactamente?”, porque me pareció que había algo en la palabra “cosas”... Es una palabra que puede conjugar lo concreto y lo difuso, lo más concreto y también algo abstracto.
En este libro te inscribís en una tradición que piensa la argentinidad en la que pueden estar Lugones, Güiraldes, Borges, Arlt. En Me acuerdo, por ejemplo, te inscribiste en la tradición de Brainard, Perec, Levé, Glanz... ¿Cómo es en tu caso el trabajo con las tradiciones? Tu escritura es siempre primero la de un lector.
Lo que yo tengo para decir es lo que vos acabas de decir. Tiene que ver con la manera en que pensamos la práctica de la escritura. Todos los que escribimos, leemos. Bueno, formulémoslo mejor como expresión de deseos: está claro que hay una inflación escrituraria, y que cuando alguien lee y no escribe, falta algo. Son estímulos, vocaciones, pasiones que suelen articularse, pero a un gran lector no le falta nada. Y al escritor que no lee o lee poco, lee descuidadamente, bueno, uno ahí sí podría decir que le falta algo. Y eso se nota en la escritura. Dicho esto, hay distintas maneras, distintos anclajes para las distintas escrituras. Distintas concepciones de la escritura y práctica de la escritura. Todos escribimos, todos leemos, lo que no quiere decir que todos pensemos necesariamente a la escritura a partir de la lectura o a partir de lo leído, porque después tenés inscripciones igualmente válidas, por supuesto, pero que pueden ligar mucho más la escritura a lo vivido, la escritura en relación a las vivencias. Escritura y experiencia. Escritura, vida y yo. La idea de que el yo impulsa la escritura, o de que algo que te pasó impulsa la escritura, está en paralelo a la idea de una escritura impulsada no exclusivamente, pero sí primordialmente por la lectura, que es la idea de Borges. En verdad no estamos más que retomando la idea de que escribir es siempre de algún modo reescribir lo leído. Es Borges y es Barthes también. La idea de escribir a partir de las lecturas me es especialmente estimulante y puede tener relación con lo vivido también, por supuesto que sí. Al mismo tiempo, haciendo además esta salvedad: las lecturas que uno ha hecho forman parte de lo vivido, porque si no se arma una dicotomía entre una escritura que viene del mundo de la vida o del mundo de la lectura, como si las lecturas no provinieran también del mundo de la vida y como si aquello que uno lee no formara parte de lo que uno vive o de las experiencias que uno tuvo. En el caso de Argentinos, ¡a las cosas! de algún modo se conjugan, porque hubo una premisa en principio conmigo mismo, que este libro esté hecho a partir de ciertos objetos, ciertos lugares o ciertas figuras que yo mismo haya visto, con las que haya entrado en contacto en el sentido de haber vivido la percepción de esos objetos, la experiencia de esos lugares. Pero las lecturas, a su vez, me parece que es lo que más define el gesto de este libro y no sólo de este libro.
Ahí hay tradiciones distintas.
Efectivamente, vos nombraste algunas de las referencias, pero sobre todo a mí además las escrituras sobre lo nacional y sobre la identidad nacional me han interesado siempre. Escribí sobre San Martín como padre de la patria. Las formulaciones de lo nacional me interesaron siempre. Y al mismo tiempo, otra vez la marca, inexorablemente la marca de Borges en la manera en que Borges fue tramando y trazando una idea de lo argentino que no podía conciliarse con ninguna versión del nacionalismo, ni siquiera con la del nacionalismo liberal en el sentido fuerte de la idea de nacionalismo, es decir, la premisa de que existe algo del orden del ser nacional, la discrepancia con la premisa de que hay algo así como la argentinidad, como algo dado, como algo trascendente, algo que responde a una esencia de identidad, sea donde sea que se pone esa esencia, si en la pampa o en los cuatro climas, en lo que sea, o en la premisa de que Dios es argentino, sino la idea de que existe algo así como una articulación integral, definitiva, sólida. La manera en que Borges horada esa concepción, y la horada sin dejar por eso de interpelar y de definir y de formular una versión de lo argentino que algunas lecturas, con las que uno discrepa, intentaron de alguna manera contrarrestar, condenando a Borges como el anglófilo, extranjerizante, europeísta, cipayo, vende patria, etc. Porque al no encajar en ninguna de las versiones de la esencialización de lo argentino, molestaba, irritaba, complicaba esas versiones, pero interponía otra manera de pensar lo argentino de la que me siento deudor, en el sentido de que es una lectura que me marcó mucho y diría que es una escritura fuerte en relación a lo que yo escribí en este texto, que es pensar la identidad como algo que no sólo no era una esencia, sino algo que no precisaba subrayados ni marcaciones. La identidad pensada entonces como algo que sucede, que decanta y sucede, y no precisa la vehemencia ni del gesto del nacionalista que la levanta como esencia, ni la sobreactuación de las marcas de la tipicidad, que es algo de lo que Borges se burlaba con mucha ironía. La idea que puede reconocerse cuando acontece, o la idea de algo que se puede reconocer en ciertas huellas, rastros.
En el apartado “Un pasillo”, leemos que “hay momentos decepción en los que la realidad o una parte de la realidad cobra la forma aparente de una ficción”. Te vas a poner a hablar después de Rodolfo Walsh, pero yo quería preguntarte por el entrenamiento que tuviste que hacer para desarrollar eso, esa cualidad de identificar estos puntos que son verosímiles, pero irreales.
Vino de varios lados a la vez, eso sin dudas, porque me parece que son capas de complejización, y que yo no tengo ningún mérito en eso. El mérito en todo caso está en los autores en los que uno abrevó, en los docentes con los que tuve el privilegio de formarme, las maneras en que resolvían o abordaban la problemática de la relación entre el espacio de la literatura y un otro espacio que, si vos pensás en David Viñas, él le llamaba política, si vos pensás en Beatriz Sarlo, le llamaba sociedad o campo literario, campo social, más a lo Bourdieu. Piglia fue también decisivo en ese sentido. Estoy nombrando algunos de mis profesores cuando yo estudié la carrera de Letras. En Piglia, en particular, aparece esta idea de preguntarse no sólo cómo aparece la realidad en la ficción sino también cómo aparece la ficción en la realidad, cuando en la realidad hay momentos de ficción, ráfagas de ficción. El ejemplo que él ponía era buenísimo, porque pensaba en la relación del Estado y la ficción: no las ficciones del Estado, en el sentido que hay ficciones donde aparece el Estado, sino las ficciones que produce el propio Estado. El ejemplo que él tomaba era la isla Huemul y la historia de Richter haciéndole creer a Perón que iba a crear la bomba atómica en esa isla, y pensarla no como lo que también fue, un engaño, etcétera, una falsedad, sino como una ficción verosímil para el Estado. Yo diría que le debo mucho a todo eso que uno ha leído y a esos grandísimos docentes que uno ha tenido en ese espacio extraordinario de la sociedad argentina que es la educación pública, cuya calidad y cuya consistencia se puede medir, tristemente, pero se puede medir y calibrar, en el modo en que resiste, el modo en que el Estado a veces la descuida y hoy por hoy la hostiga frontalmente, un ataque frontal del Estado contra su propio sistema educativo. Estoy tan orgulloso de la formación que tuve en la universidad, que lo menciono cada vez que puedo.
Y en este libro, en particular, ¿cómo funciona esto?
A la hora de interrogar algunos de estos objetos del libro, aparece la idea de cómo un imaginario de lo argentino se nutrió de ficciones también, porque la ficción, un texto de ficción, una figuración, una representación ficcional, no es verdad, pero produce efectos de verdad ahí donde ciertas formulaciones de lo argentino se tramaron en textos ficcionales. Y sí hay un efecto de verdad, porque esas ficciones produjeron algo del orden de lo argentino que produce identidad. Y esa identidad que produce es verdadera en la medida en que le llamamos verdad. Un efecto de verdad no quiere decir que encaja o responde una esencia de lo argentino, porque eso no tiene que ver con la idea que sostenemos de que supone una identidad.
Trabajaste mucho con la memoria reciente argentina, con la dictadura, con escenas perversas de nuestra historia, en libros anteriores. Quería preguntar por esta idea de imaginario en quien escribe, ¿sos consciente de que hay un imaginario al que regresás?
En parte sí, lo advierto, en parte no es premeditado, porque las ideas que impulsaron cada uno de los libros son distintas. La motivación y el estímulo. No sólo que son géneros distintos, Me acuerdo no es exactamente igual que un ensayo, los ensayos no son iguales que las novelas, las novelas no son iguales que los cuentos, etc. Pero evidentemente hay cosas que insisten, y a veces eso que insiste, uno puede buscar lo que insiste. Mi premeditación es la de la variación, porque lo que insiste, insiste solo. Entonces cada libro lo pensé a partir de algo diferente, pero después armas pilitas, y en la pilita uno dice mira, acá está, y acá también está, y acá también está. No es que no lo advierta, no es que se me haya pasado por alto, pero no es el motor decir “voy a trabajar la memoria”. Los disparadores siempre han sido más bien otros, y han sido distintos entre sí. Las recurrencias se producen solas y se pueden ver cuando ya hay una pilita y uno la recorre retroactivamente. En Argentinos, ¡a las cosas!, al hacer ensayos sobre objetos y lugares concretos, aparece la idea de huella, y la idea de huella resuelve de una manera distinta esa relación entre pasado y presente, que no es la de la memoria, no es la de la historia, no es la del pasado reciente, es que la huella es al mismo tiempo pasado y presente. Poder trabajar en términos de huellas y de ruinas permite jugar de manera distinta con los planos de la temporalidad.