Poesía

Tuve lo que a mí no me toca: recuperan poemas de Edna St. Vincent Millay

Editorial Serapis publica una notable antología de la poeta estadounidense, con prólogo de Alejandro Crotto.


Poemas de Edna St. Vincent Millay. Traducción de Paula Galindez. Prólogo de Alejandro Crotto.


Edna St. Vincent Millay (el extraño segundo nombre –que literalmente es “San Vicente”– le viene del nombre del hospital donde le salvaron la vida a su tío materno: la madre de la poeta cursaba el final de su primer embarazo e hizo el voto de homenajear en el inminente nacimiento al santo y al hospital) nació en Maine en 1892. Tuvo una infancia complicada, primero por la violencia doméstica del padre, de quien la madre se divorció finalmente en 1904, y después por las penurias económicas: la mujer quedó sola a cargo de sus tres hijas, viviendo de prestado en la casa de una hermana y trabajando como enfermera para sostener a la familia. Esta abnegada madre, por cierto, supo reservarle a la poesía, pese a lo adverso del contexto, un lugar privilegiado en la formación de sus hijas: en medio de esos años difíciles, recordará la poeta, después de la larga jornada de trabajo les leía por las noches a Shakespeare, a Milton y otros poetas. Millay siempre le estuvo agradecida, como dejó escrito, y algo de esa impronta esencial de la madre puede rastrearse en lo más hondo de muchos de sus poemas, que tienen algo de encontrar en medio de la dificultad una vía de escape, una forma de transfigurar valientemente las dificultades en una extraña especie de belleza que muchas veces incluye una nota de humor.

Algo especial había, en ella y en su poesía, y eso era evidente: desde el final de su adolescencia empieza a publicar poemas en distintas revistas, a los 21 años ingresa, becada, a la prestigiosa universidad Vassar. Cuatro años después, terminada su formación universitaria en Artes, desembarca en Nueva York y enseguida se transforma en una figura central del ecosistema literario y cultural. Escribe, además de poemas, relatos satíricos y obras teatrales. Revoluciona la escena: su feminismo, su abierta bisexualidad, sus lecturas performáticas, su rebeldía, su deslumbrante talento la transforman, en palabras de una de sus biógrafas, en una “anunciadora de la nueva mujer”. En 1923 gana, con su tercer libro de poemas The Ballad of the Harp-Weaver, “La balada de la tejedora del arpa”, dedicado a su madre, el premio Pulitzer de poesía. El premio significa una especie de ápice en su meteórica carrera: Harriet Monroe, al reseñar el libro para la prestigiosísima Poetry, afirma que “nos encontramos quizá con la mejor poeta mujer desde Safo”. Ese mismo año se casa con un próspero hombre de negocios doce años mayor que ella, quien se dedicará devotamente durante las siguientes dos décadas y media hasta su propia muerte a acompañarla en el desarrollo de sus talentos y su carrera artística. Los años posteriores al matrimonio coinciden con cierto corrimiento de la poeta del centro del candelero, aunque no de la escritura en sí. Publicará varios libros más de poesía durante las siguientes décadas, y tomará también un rol decidido en asuntos puntuales de relevancia pública, como las protestas contra la condena a muerte de los anarquistas Sacco y Vanzetti. En 1936 sufre un grave accidente automovilístico que la marcará profundamente, además de acarrearle muchos problemas físicos que se extenderán durante el resto de su vida, incluyendo el desarrollo de adicciones a los calmantes opioides y el alcohol. Es en parte por eso que hay una merma en la escritura y en la publicación de sus trabajos durante la década del cuarenta. Paralelamente, el modernismo y un tipo de poesía más sofisticado y novedoso va ganando más y más sensibilidades, y la obra de Millay, caracterizada por su apego a las formas tradicionales, comienza a recibir menos atención.

En 1949 muere su marido, y eso la afecta profundamente, sumergiéndola en un espiral creciente de recaídas e internaciones. Al año siguiente, en octubre de 1950, muere en su casa de un paro cardíaco al alba tras pasar la noche en vela dedicada a la escritura de poesía y la traducción de poesía latina. Después de su muerte, el proceso de relativo desinterés por su obra se acentuó, al punto de que no es extraño encontrar antologías de la poesía norteamericana editadas de la década del cincuenta o sesenta que la excluyen o que le destinan un lugar mínimo. Paralelamente, comenzaba a germinar, por ejemplo en el interés de Sylvia Plath o de una jovencísima Mary Oliver (que se fue a vivir varios años a la casa que había sido de Millay para colaborar con la albacea literaria, su hermana Norma, en la edición de sus trabajos inéditos), la recuperación de su figura y de su poesía, que culminará en las décadas finales del siglo XX y las primeras del siglo XXI con su reinserción plena en un lugar destacado en el canon.

Flor y fruto feliz de esa germinación entusiasta es la edición de este libro ahora entre nosotros, en la valiente traducción de Paula Galindez: más allá de modas, más allá del interés que concita o deja de concitar una obra por los temas más o menos inmediatos que trata, por la manera en que se adapta más o menos al gusto formal de unas décadas puntuales, estamos en presencia de una poeta indudable, viva, como podrá sentir inmediatamente quien comience a recorrer estas páginas:

Mi vela se consume de ambas puntas;

de esta noche no va a pasar;

Pero ah, enemigos, y ay, amigos…

¡es tan encantador su haz!

Alejandro Crotto


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Un gesto antiguo

Pensé, mientras secaba mis ojos con la punta del delantal:

Penélope hizo esto.

Y más de una vez: si no puedes pasártela tejiendo todo el día

y deshaciendo toda la noche lo logrado;

se tensiona la nuca, y se cansan los brazos;

y así hasta la mañana, cuando crees que jamás va a haber un

claro,

y tu esposo se fue, ya hace años, y no sabes dónde está.

De repente te largas a llorar;

hacer más no podemos.

Y pensé, mientras secaba mis ojos con la punta del delantal:

este es un gesto antiguo, auténtico, de antaño,

a la mejor usanza, griego, clásico;

Ulises hizo esto.

Pero fue solo un gesto para él; un gesto que insinuaba

que estaba demasiado conmovido para hablarle a toda esa gente.

Lo aprendió de Penélope…

Penélope, que en serio lloraba.



¡Ay, pero no te creas que le soy fiel a un voto!

Yo soy infiel a todo excepto al amor mismo.

Te dejaría ya si no fueras hermoso:

los pies de la belleza huyen y atrás los míos.

De no ser alimento de mi antojo más raro

y el agua que me sacia la más salvaje sed

yo te abandonaría —¡que te quede bien claro!—

y buscaría a otro como a ti te busqué.

Pero tú eres tan móvil como el volátil aire,

y todos tus encantos más cambiantes que el mar,

por lo que no me cuesta ser así de inconstante:

tengo que continuar contigo, nada más.

Tan lascivo, ligero, falso eres, mi amor,

que te soy más infiel cuanto más leal te soy.



Lamento

Escuchen, chicos:

su padre se murió.

Voy a hacerles saquitos

con los abrigos que él usaba;

con los vaqueros que él usaba

les haré pantalones.

Estarán en los bolsillos

las cosas que solía guardarse,

llaves y moneditas

cubiertas de tabaco;

para Dan son las moneditas

así las pone en la alcancía;

para Anne son las llaves

así hace ruidos lindos.

La vida sigue,

y hay que olvidar a los muertos;

la vida sigue,

aunque muera buena gente;

Anne, cómete el desayuno;

Dan, tómate los remedios;

la vida sigue;

no recuerdo bien por qué.


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