Prólogos

Todo lo que perdimos

Gog & Magog recupera y publica un manuscrito perdido de Fabián Casas: esta es la historia de un extravío y de una amistad.


Por Mario Varela.


Lo primero que perdimos fue un original de Carlos Alonso. Lo había conseguido un viejo editor amigo nuestro que nos apadrinaba y nos daba ginebra hasta que abandonábamos su casa tambaleando y llenos de fe en un futuro brillante. Su esposa, Lea, era una gringa que lo soportaba todo hasta que no soportó nada. ¿Ella lo abandonó? Hace poco leí en una biografía que Mangieri sufrió mucho esa separación. A nuestros veintes era una pareja de viejos de esas que muere uno y al tiempo muere el otro. Pasó otra cosa. Tendrían la edad que tenemos ahora, que somos capaces de separarnos y tener nuevas parejas con soltura turquí.

Pero esa noche Mangieri nos consiguió un grabado original, la dirección del marchant que lo iba a comprar y la plata que teníamos que pedir. Con eso nos alcanzaba para sacar el primer número de nuestra revista... No era Carlos Alonso el pintor, creo, le tendría que preguntar a Laura que seguro se acuerda o lo tiene escrito en sus diarios.

Esa noche salíamos beodos de la casa del editor. Había otro poeta, mayor, Jorge Boccanera, al que el gran apodador, bautizó como Bocanegra porque bebía más tinto que todos nosotros juntos. Lo que es mucho. Salimos, pues, a la noche fría, tomamos un colectivo con nuestro valioso tesoro, nos sentamos en el asiento del fondo donde entrábamos los cinco y cantamos como viejos marineros baladas de amor. Desde ahí en más todo es confusión y olvido; unos se dispersaron, otros íbamos a desmayarnos al sillón cuadrillé de Durand. Al otro día, mientras los mates recorrían la mañana apacible del 9B del barrio de Almagro (casa de Durand), Villa preguntó:

-¿Y el cuadro?

Nunca volvimos a hablar del tema.

Perdimos una tapita ganadora de $5.000 (una pequeña fortuna), pero eso fue culpa de una mujer. Todos los días comprábamos unas birras que en la tapita traían un código y al día siguiente en el diario se podía ver que códigos tenían premio. Fue otra noche en lo de Durand. Cervezas, charlas hasta la madrugada y partidas de GO. El depto quedaba detonado. Al mediodía siguiente en lo de Lucas vimos en el diario uno de los códigos ganadores. Esa chapita había quedado en la mesa de madera clara, cubierta de cenizas. Nos tomamos un taxi. En media hora llegamos al 9°B, nunca antes tan inmaculado. Daniel había limpiado con ahínco desde temprano porque esperaba a la novia. Por más que revolvimos su basura y la basura de los vecinos, el premio no apareció.

El grabado que perdimos era de Gorriarena! Bendita memoria, melena de león!

Lo perdimos a Ricagno o él nos perdió a nosotros. Ricagno, bautizado por el gran apodador como Recaño. Y a la bella Teresa Arijón. A la novia de Teresa la saludé un día y le dije -Hola, Sombra-. Ante su mirada atónita entendí que no se llamaba “Sombra”, que ese era otro éxito del gran apodador. Me acuerdo del poema ese de Juan Calzadilla.

Ahí está. Su bola avanza hacia el mingo

y se coloca bastante cerca de éste,

arropándolo casi, como para dar la impresión

de que este jugador ha tomado ventaja en la partida.

¿Pero apostarías tú a su favor sabiendo

que el que viene detrás es el gran bochador?

Con Teresa y el resto de los whiskys nos fuimos a Chile a leer poemas. Una noche Rojo (Astroboy), en la casa de una de las “Yeguas del Apocalipsis”, destruyó una reposera que era una instalación poética. Perdimos la reposera. Hace poco le recordé a Pacho Casas (la yegua sobreviviente) de aquel encuentro y dijo: -Me acuerdo, me acuerdo, pero todo terminó bien porque me cojí a uno de los argentinos. ¿Fuiste vos? - -Si hubiese sido yo te acordarías-. Debe haber sido Rojo, o Desiderio, que andaba diciendo por todos lados que tomábamos del pico y en Chile eso significa chupar pijas.

Perdimos un original de Nicanor Parra, nos lo regaló a Recaño y a mí cuando lo fuimos a entrevistar. Nos enamoramos de su hija, que nos abrió la puerta de su casa en La Reina Alto, y de Parra, que nos abrió un vino (él no tomaba, pero creo que le gustaba vernos zambullirnos en la gloria desenfrenada de la juventud) y nos asó unas castañas en el hogar.

Perdimos el casete con la entrevista y la recreamos de memoria para publicar la nota.

Después del Rally de bares, el documental que hicimos para mi escuela de cine, perdimos fragmentos de esa noche. A la mañana siguiente y en pleno surfeo de la resaca fuimos a una reunión en Liberarte para ver si nos bancaban parte de la revista (ya habíamos perdido ese cuadro que no mencionaremos). Éramos como los War Boys, los jóvenes de Mad Max que sirven a Inmortal Joe, que lo dan todo en un mundo postapocalíptico y gritan “atestígüenme” ante sus compañeros antes de inmolarse. No importaba en qué estado estábamos, lo dábamos todo, todo el tiempo.

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Casi lo perdimos a Bianchi. Dejó de respirar por dos minutos. Literales. Estábamos todos en otra casa de Durand y lo vimos dejar de respirar. Dos largos minutos en los que nadie atinó a hacer nada. Habíamos perdido la capacidad de reacción, pero no la de asombro. - ¿Qué hacemos? - decía José. -Que no se muera en casa- decía Daniel -que lo vamos a tener que arrastrar hasta la esquina y dejarlo ahí-. Lo de dejar algo abandonado en una esquina se estaba por convertir en un modus operandi. En el departamento anterior, el de Mario Bravo, Durand tenía una granada que dejó un amigo con el que vivieron unos meses. El amigo era milico o estaba haciendo la carrera y un día llevó una granada que olvidó en un cajón al mudarse. Villa aparece en la entrevista del Rally jugando con la granada. Todos jugamos con la granada en algún momento. Una tarde lo llama el amigo y Daniel le comenta que todavía tenía la granada. Su cara se pone blanca. Corta. -La granada puede estar activa, tenemos que llamar a la brigada antiexplosivos porque puede que esté vencida y explotar en cualquier momento. Tenemos que dejarla en la esquina y hacer una llamada anónima. José, no la toques más-.

La que maniobró el explosivo fue Caro. La puso en una caja con diarios para amortiguar los movimientos. Los demás nos íbamos alejando lentamente. La hicimos bajar por las escaleras por miedo a que explote el ascensor. La dejó en la calle y llamó a la brigada. A los 15 minutos vimos la escena desde lejos. ¿Se llevarían a Bianchi si lo dejábamos en la esquina? Casas no paraba de decir -De esta no salimos, estamos hasta las manos, estamos hasta las manos-. Neo se reía de nervios. Desiderio estaba mudo y pálido, más que el papel, Manuel seguía fumando, inmutable. Hicimos silencio, mirando el cadáver todavía tibio y Bianchi respiró. Dos minutos cronometrados por Aguirre ¿Qué hacía Cruz Aguirre cronometrando? Dos minutos en los que llegamos a pensar cómo bajar el cuerpo y quién iba a comprar birra a lo de Manolo y coca cola para Casas porque él ya había perdido el hígado en algún lado, años ha.

El rollo de fotos que sacamos una noche con Laurita, también lo perdimos o lo quemó Laurita y dijo que lo perdimos. Lo fuimos a comprar a una estación de servicio a la una de la mañana y lo liquidamos esa noche que se niega a volver a nuestros cerebros.

A “Esculpir en el tiempo” de Tarkovski lo perdí yo. Fabián lo había robado en una librería en la que trabajó menos tiempo del que tarda en secarse una gota de semen en un ombligo. Lo llevó a la casa de Durand y decidimos que fuera el premio de un campeonato de GO. Todos jugábamos al GO tomando las fichas lente-biconvexas entre las yemas de los dedos índice y medio, como dicta la cultura coreana. Llegaron a la final Daniel y Lucas. Pabla estaba muy aburrida porque no le daban bola. ¿Estaba noviando con Lucas o con su hermano? Pabla estaba aburrida y la última partida se hacía demasiado larga. Laura se había dormido en una silla de finos almohadones cuadrillé, todo tapizado era cuadrillé. -Dame bola, dame bola- le decía Pabla a su alguien, hasta que harta de ser ignorada le pegó un manotazo al tablero y algunas fichas llegaron a caer por el balcón del 9°B piso donde otro alguien solía entretenernos haciendo el “avión de carne” (acostarse en la baranda, trabando un pie en los barrotes y sacar medio cuerpo hacia el vacío con los brazos abiertos cual canción de Paralamas). Hubo grandes enojos esa noche, capaz que hasta alguna separación. En la confusión me quedé con el libro robado, y después lo perdí.

Perdimos todos los apodos: La vieja, la chancha, bam bam, astroboy, la gárgola, el juguete rabioso, circa, circo, wimpi, el niño pelado, samoel, aguijón, fobia, los chanchis...

Probablemente una noche, o Fabián me ofreció o yo le pedí, una obra de teatro. Yo era el cineasta del grupo, así que la lógica dictaba que dirigiera la obra de Casas. Conocía actores, sabía de puesta. Se llamaba:

La felicidad

Conseguimos una casa para ensayar (la mansión Foia). Lali nos presentó a su primo actor para que hiciera uno de los protagónicos. Conseguimos una actriz y un actor mayores para ensayar la puesta. Ya éramos muy amigos. Con Fabián nos hicimos amigos un día que fui a su depto de Av. Rivadavia. Yo tenía un par de horas entre dos materias de Puan y lo fui a visitar. Pasamos dos horas en silencio, tomando café, cada uno en la suya. El silencio nos regaló la amistad. Hicimos unos ensayos. El texto tipeado en una hoja oficio pasaba de una mano a otra y a cada palabra que decían los actores movíamos de arriba abajo la cabeza felicitándonos por el buen casting llevado a cabo. La actriz un día no pudo. O alguien no pudo. Y decidimos parar un tiempo. De los innumerables escalones que conducen a una obra de teatro, subimos quizás, tal vez, dos o tres. Pasaron veinticinco años en los que nos acusamos mutuamente de haber perdido esas hojas manoseadas en tamaño oficio. ¿Por qué tendríamos una sola copia?

Si hubiéramos o hubiésemos llevado a cabo el estreno seríamos gente de teatro, sin dudarlo. Yo estaría cenando con Javier Daulte en un chiringuito de España, mientras la cálida brisa del verano nos trae canciones en modo bossa nova de temas famosos.

-Y, Javier, ¿cómo viene tu nueva puesta?

-Bien, ahí, con algunos problemas, pero estrenaré para las vacaciones de invierno. ¿Vos?

-Tenemos con Casas la obra que va a cambiar el rumbo del teatro argentino- (sic Casas) -Pero no quiero quemar la idea.

-Ah, muy bien. ¿Otra tapa?

-Seeeeee, más jamón.

Fabián estaría en una cabaña en una montaña a la que se llega en auto, en La Rioja, propiedad de su amigo Vigo, mientras ultima las palabras finales de esa obra que pudo haber sido. “Por qué me gustan más los fantasmas que los ovnis” se titularía el nuevo éxito.

Hace poco me llegó un mensaje de Rojo: ¿Estos papeles son tuyos? (y unas fotos). Era La felicidad. Rojo está viviendo en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, mira hacia el campo todas las tardes. Laura escribe sobre menopausia y nos cruzamos en algún cine o calle cuando paso en bici. A Fabián lo veo poco. Con José nos volvimos a saludar en la Feria del libro después de unos años de pelea mortal. Con Lucas laburo cada tanto. A Pabla la vi una vez hace años. Caro se mudó lejos con un novio guitarrista. Desiderio sigue en su formol. Bianchi nunca más se murió, incluso fuimos a su casamiento, fue una reunión rara con varias ausencias. Daniel volvió a vivir desde Mati, en Filipinas a Once, en CABA. Hay un verso de Yeats que dice “todos los olímpicos, algo que no se volvió a ver” y un poco de eso es encontrar estos papeles 30 años después de haberlos perdidos. Así que acá estamos hoy, y yo, como un War boy de este mundo tan apocalíptico pero divertido que fue el pasado, atestiguo: fuimos felices.

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