Prólogos

Como un regalo para una amiga querida

Maitena

Tamara Tenenbaum presenta su propia versión del clásico de Virginia Woolf, Un cuarto propio, en edición de Seix Barral.


Por Tamara Tenenbaum.


¿Cuáles son las razones para hacer una nueva traducción de un clásico? Una sola respuesta me parece incorrecta: «No había ninguna buena». Como lectora, escritora y traductora, detesto profundamente a los sommeliers de traducciones. No digo que no se pueda opinar, que no haya traducciones mejores que otras. Digo que las traducciones tienen contextos y momentos; no implican tomar una decisión sobre una frase o una palabra, sino muchísimas decisiones que se entretejen entre sí y que entonces solo tienen sentido si se entienden todas juntas; y que rara vez el sommelier de traducciones, que destroza a un traductor por un giro o una oración, tiene en cuenta toda esa filigrana. Afirmo, entonces: no hice esta traducción de Un cuarto propio porque no hubiera ninguna buena. De hecho, hay varias que me gustan bastante. Pero ¿por qué la hice?

Primero, la hice para mí: como ejercicio, como trabajo en el sentido más literal de la palabra, el de mantener las manos ocupadas en algo que puede servirle a otra persona. Para releer, para escribir y para pensar. Porque soy ante todo lectora, porque escribo como excusa para leer,  y traduzco para aprender a escribir mejor, y sobre todo a leer mejor. Terminé escribiendo un libro entero sobre este libro, pero eso es lo de menos: lo de más, siempre, es leer.

Segundo, y esto no es lo mismo, la hice para hacerla como a mí me gusta. Muchas traducciones usan un masculino universal en el destinatario, como si el texto no se presentara a sí mismo explícitamente como una conferencia leída a estudiantes mujeres. Otras (célebremente, la de Borges, que en realidad la hizo su madre Leonor) abusan de un «nosotros» en masculino completamente innecesario en español («porque nosotros, si somos mujeres», llega a decir en un giro extrañísimo). En otras traducciones, el «pero» con el que Woolf empieza muchísimas oraciones aparece siempre cambiado por un «no obstante», «sin embargo» o cualquier otro nexo adversativo de los que supuestamente quedan mejor al principio de una oración.

Algunas explican mucho, otras muy poco; algunas alivianan todo hasta diluir el estilo, otras no cambian ni la sintaxis para mantener una literalidad pasmosa, supongo que para protegerse de toda crítica (la literalidad es la forma más fácil, en una traducción, de «hacer las cosas bien», o de que nadie pueda acusarte de hacerlas mal: es, también, en mi humilde opinión, la manera más fea).

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Esta traducción, entonces, no es la mejor, porque no creo que exista tal cosa, pero sí puedo decir que está hecha enteramente con mis criterios de música y elegancia: el balance que a mí me gusta entre español neutro y ligeramente rioplatense, un uso de los pronombres de género que, sin tener marcas obvias de militancia, no es tampoco una antigüedad total y, sobre todo, una intención muy fuerte de respeto al estilo del original, para que quien lea esta versión pueda entender cómo escribe Virginia Woolf, pero sin olvidar que en una traducción, como en toda adaptación, lo más importante es la belleza de la nueva obra, y no la fidelidad a nada ni a nadie. Más bien: para mí, cuando se trata de literatura, buscar lo que suena lindo es la lealtad más auténtica.

Tercero, la hice para hacer circular este texto hoy en los países y los ámbitos que me interesan: en América Latina, en España, en círculos de feministas jóvenes que quizás no la leyeron y sobre todo fuera de círculos feministas, en conversaciones progresistas sobre el trabajo y la materialidad más amplias que el feminismo pero que tienen mucho que aprender de él. Es simple: una nueva traducción suele hacer que un libro vuelva a las mesas de novedades y a la conversación. No quiero decir que Virginia Woolf necesite de mi empujón, por favor: másbien, soy yo la que cree que necesitamos nuevas ocasiones para volver a hablar de ella. Insisto en el asunto del trabajo: Woolf le dedicó un libro entero a la importancia de darse a un propósito y ganarse la vida con eso. Estamos viviendo, en muchísimos sentidos, una crisis de ese modelo económico y sobre todo de ese modelo de subjetividad: para pensar cosas nuevas, nos sirve, y mucho, volver a este texto. Quise aportar mi granito de arena a que eso suceda.

Cuarto, la hice porque nos lo merecemos: porque vos lo valés, como dice L’Oréal. En el año 2025, en la era de oro de la inteligencia artificial, o de la expectativa puesta en la inteligencia artificial (imposible saber qué habrá pasado con eso, querido lector, querida lectora, cuando tengan este volumen en sus manos), una traducción hecha a mano —una traducción hecha cuando ya existen miles, e incluso algunas muy buenas— es un suéter tejido a mano por una amiga. Un lujo, pero no como un resort en el Caribe: un lujo de esa clase de incomprables e irremplazables. Dedíquese, entonces, querido lector, querida lectora, a ser sommelier de mi traducción: a odiarme y a amarme, a felicitarme y a criticarme, con el goce de que cada punto suelto tiene la marca de la artesanía.

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