Prólogos

Borges, Bioy, Canto y el enigma de un seudónimo

Luz era su nombre: presentando esta novela, Aníbal Jarkowski continúa la labor inaugurada por Ricardo Piglia en la "Serie del Recienvenido".


Por Aníbal Jarkowski.


En 1961 el Premio Literario organizado por el diario La Nación ofreció un premio de cien mil pesos a la “mejor novela inédita”.

Las bases estipulaban que los originales debían tener una extensión aproximada a las cien páginas y serían considerados por un jurado compuesto por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Carmen Gándara, Eduardo Mallea y un representante del diario.

Se presentaron unas ciento ochenta novelas y su lectura ocupó a los jurados algo más de tres meses.

Según el registro que llevó en su diario personal, Bioy Casares recibió los originales en su departamento de la calle Posadas el 20 de mayo y pocos días después empezó a leerlos en compañía de Borges. En general desanimados, a veces divertidos ante lo que leían, el 7 de agosto dieron por fin con “una buena novela para el concurso”; su título era Luz era su nombre y una prueba de sus méritos fue que discutieron acerca de sus personajes “como si fueran reales”.

Continuaron leyendo originales cada noche, después de comer. Encontraron otra novela que podía competir por el premio, lo que era un módico consuelo entre tantas que, a juicio de ambos, resultaban fallidas. Sin nuevos hallazgos de interés, para el 27 de agosto ya no les quedaban novelas por leer.

El 5 de septiembre el jurado se reunió en oficinas del diario y falló por unanimidad que los cien mil pesos debían ser para quien hubiera escrito Luz era su nombre. Cuando se rasgó el sobre que guardaba los datos personales supieron que la autora se llamaba Silvia Moyano del Barco.

En noviembre la novela apareció por entregas en el diario y en agosto de 1962 la Editorial Guillermo Kraft la publicó como libro, en cuya solapa se incluía un resumen y una valoración —“una nouvelle directa, apasionante, estructurada sobre un argumento de hondura psicológica”—; no aparecía información sobre la autora, aunque se le reconocía el mérito de que el premio organizado por La Nación había revelado “una escritora argentina de singular calidad”. Moyano del Barco había nacido en 1927 en la provincia de San Luis, donde se graduó como profesora de Filosofía y Ciencias de la Educación. Hacía ya tiempo que vivía en Buenos Aires, a unas pocas cuadras del departamento donde Borges y Bioy habían leído su novela; estaba casada, dictaba clases en escuelas secundarias y no tenía antecedentes en publicaciones literarias.

Al año siguiente, en octubre de 1963, mientras regresaban a Buenos Aires desde la casa de los Ocampo en San Isidro, Alicia Jurado les contó a Borges y a Bioy que Estela Canto, a quien los tres conocían muy bien y que años antes había sido objeto del apasionado amor de Borges, le había confiado que los verdaderos autores de Luz era su nombre eran ella y su hermano Patricio. Habían escrito la novela diseminando materias que serían del gusto de cada uno de los jurados y luego, convencidos de que “no les darían el premio (por comunistas)”, propusieron a Moyano del Barco que presentara el original como propio y, en caso de ganar el premio, repartieran el dinero “por mitades”.

Borges rechazó la posibilidad de que algo así hubiera ocurrido; creía inverosímil semejante deliberación —“una pizca de catolicismo, dos cucharadas de enigma policial”— durante la escritura de una novela. 

Bioy, por su parte, lamentó que ese ardid, en caso de ser cierto, se fundara en el prejuicio de que tanto él como Borges impugnarían a un autor por sus ideas políticas. Por lo demás, dijo que, luego de ganar el premio, Moyano del Barco insistía en leerle un cuento de su autoría, a lo que Bioy se había negado una y otra vez; si Jurado quería despejar cualquier sospecha, podía leer ese cuento y cotejar su calidad con la de la novela. Aunque se trataba de una recomendación sensata, Jurado la rechazó de inmediato.

Años más tarde, en abril de 1966, Borges le contó a Bioy que había tenido un penoso encuentro con Estela Canto. Ella había insistido en “la confusa historia” acerca de la autoría de la novela y le dijo que el argumento había sido suyo, mientras que su hermano se había encargado de la redacción.

Borges le respondió que el asunto no le interesaba; que el libro, que ella creía “extraordinario”, le parecía bastante malo, y que le resultaba improbable que “personas incapaces de escribir libros para sí los escribieran para otros”, con lo que olvidaba que entre 1945 y 1961 Canto había publicado cinco novelas, de las cuales la primera, El muro de mármol, había recibido el Premio Municipal.

Más allá de lo ingrato que había resultado, tras el encuentro a Borges se le había ocurrido el argumento para un cuento. En ese posible relato, “un escritor —pero capaz de escribir libros—, para vengarse de un amigo, sin mayor odio le regala un libro para que lo firme como propio”, con la convicción de que “el otro, después, queda para siempre en una vida de continuas penurias, porque lo consideran autor, esperan que escriba sobre esto y aquello, y no puede”.

Además de mostrar solvencia en la composición de una novela y pericia en el manejo de los recursos de la escritura, quien escribió Luz era su nombre, lo premeditara o no, acertó en la selección de temas, motivos y situaciones que dieron con el gusto y la aprobación de los jurados, en particular los de Gándara, Bioy Casares y Borges.

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El retrato que los diarios trazan de Adelina Güemes —“llevaba una vida retirada, casi modesta”; se dedicaba a “actividades artísticas y caritativas”, y por discreción ocultaba sus donaciones a un asilo de niños huérfanos—, las citas bíblicas que enmarcan la historia y, en particular, la densidad simbólica que alcanza “la crucecita de oro” no debieron pasar desapercibidos en la lectura de Gándara.

Por otra parte, el registro de clisés del habla porteña, la ridiculización de lugares comunes del machismo —“no me negué a una cierta brusquedad apasionada que, como se sabe, es lo que más les gusta a las mujeres”—, el tipo del enamorado desesperado y bobo, distintos motivos del relato policial, son hábitos de la literatura de Bioy, así como episodios del viaje a la playa evocan algunas escenas de Los que aman odian, la novela que Bioy y Silvina Ocampo escribieron juntos.

En la misma dirección, hay en la novela maneras que es inevitable asociar con la literatura de Borges. Así como la patética idealización de la figura de Adelina y el vínculo con su sobrino encuentran equivalencias en “El Aleph”, el motivo de la crucecita mima el efecto de un zahír que ocupa enteramente el pensamiento del narrador.

Más inquietantes resultan una serie de pormenores que parece provenir de un trato íntimo con Borges, como los que muchos años después Estela Canto difundiría en Borges a contraluzCierto perfil feminista de Adelina —“¿Vos te creés que porque una mujer se acuesta con un hombre se convierte en su propiedad privada?”—; su elogio de la aventura y el correlativo desdén hacia ideales socialmente consolidados; o la naturalización de una pasión consanguínea entre Adelina y el Chala, que recuerda la de Beatriz Viterbo y Carlos Argentino Daneri —y también la de Estela y Patricio, que los hermanos divulgaban para provocación y escándalo de su círculo más cercano.

En el extremo, el enigmático título de la novela, que en lo explícito remite al epígrafe final, acaso fuera también alusión a una remota experiencia juvenil de Borges con una prostituta de la que se enamoró durante su temporada en Palma de Mallorca, entre 1920 y 1921, y sobre la que escribió en carta a un amigo: “Verdaderamente he amado a esta Luz que me trataba como un niño y cuyos gestos eran de una indecencia ingenua”.

Luz era su nombre no fue reeditada, hasta hoy. Esa demora de más de sesenta años no parece tener su razón en la falta de méritos de la novela.

Quien la escribió mostró conocimiento en la composición y el desarrollo de la trama, con su deriva hacia el dramatismo de las páginas finales de la historia.

La situación inicial recuerda la matriz desencadenante de Should Have Stayed Home —Luces de Hollywood, en la traducción que Rodolfo Walsh hizo en 1970 para la Serie Negra de relatos policiales dirigida por Ricardo Piglia—, donde un joven abandona su pueblo de origen para probar suerte en el ambiente del cine, al que, igual que un escritor en un concurso literario, se presenta con un seudónimo. Tras algunos meses sin alcanzar ese objetivo, lo reemplaza por otro y publica un aviso en una revista de contactos sentimentales, tópico que también aparece en la novela de Horace McCoy.

El estilo es fluido, cargado de la ironía que portan esos relatos que, para ridiculizar a su protagonista, le ceden la palabra y lo convierte en el narrador, como ocurre en “La fiesta del monstruo” de Borges y Bioy Casares.

Esa fluidez se corresponde con la representación de calles, plazas y barrios de Buenos Aires, con la excepción de una fuga pesadillesca hacia un pueblo de playa, de ubicación imprecisa y matices oníricos, en el que todo es atroz.

Es posible imaginar que la novela fue concebida desde un liviano desparpajo que fuera máscara, disfraz, para velar, apenas, sus críticas hacia las obsesiones machistas, los negocios que viven de la caza de incautos o la corrupción policial.

Significativamente, la historia comienza un día de 1957 y los hechos se extienden hasta tres años después; es decir, hasta hacer coincidir su final con el llamado al Premio Literario organizado por La Nación.

Puede conjeturarse —no más que eso— que quien escribió la novela tal vez premeditó incluir materias favorables al reconocimiento de cada uno de los jurados, aunque también tomar distancia de ellos porque en razón de su edad, sus valores, su ideología pertenecían a un mundo al que la década del sesenta empujaría a un costado del camino.


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