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Talleres literarios: ¿qué ocurre exactamente ahí?

Filba

Editorial Factotum lanza Taller de escritura creativa, un tomo que refleja las teorías y propuestas de grandes autores argentinos que coordinan o coordinaron estos espacios.

Por David Voloj.


Los talleres literarios han sido espacios fundamentales para la formación de nuevas voces en la literatura argentina, lugares de creación, crítica y aprendizaje colectivo. Su origen puede rastrearse en los salones literarios del siglo xix, como el célebre Salón Literario de Marcos Sastre, fundado en Buenos Aires en 1837. Allí, jóvenes intelectuales como Esteban Echeverría, Juan B. Alberdi y Juan M. Gutiérrez se reunían para discutir ideas y literatura en un clima romántico, dando inicio a una tradición de encuentros literarios informales.

Con el tiempo, aquellos salones –más orientados al debate y la sociabilidad– derivaron en los talleres literarios del siglo xx, donde el propósito ya no era solo conversar sobre literatura, sino trabajar activamente sobre los textos. Estos talleres, coordinados por un escritor o “maestro”, se convirtieron en espacios de práctica, corrección y reflexión sobre el oficio de escribir, consolidando una forma moderna y colectiva de aprendizaje literario.

El desarrollo de los talleres literarios en la Argentina cobró fuerza a fines de los años ’60 y comienzos de los ’70, en un contexto de creciente represión política y censura. Reunirse para leer, discutir y escribir era, en muchos casos, un acto indispensable y también de resistencia: un modo de sostener el intercambio cultural a puertas cerradas. 10

De hecho, el Taller Literario Mario Jorge De Lellis, fundado a comienzos de los ’70, es reconocido como el primer taller literario del país. Nacido en homenaje al poeta Mario Jorge De Lellis (1922-1967), fue impulsado inicialmente por el escritor José Murillo y tuvo lugar en Buenos Aires. En sus inicios se llamaba “Taller Aníbal Ponce” y luego adoptó el nombre de De Lellis, en honor a ese poeta porteño bohemio que encarnaba el espíritu urbano y popular que admiraban. A diferencia de un salón literario decimonónico, aquí había un coordinador (Murillo al inicio) y un método: cada participante presentaba un texto para ser leído y criticado en común, en rondas de observaciones a veces despiadadas pero sumamente formativas. El taller De Lellis fue autogestionado y combinaba poesía y narrativa, con invitados especiales (escritores consagrados como Haroldo Conti, Abelardo Castillo o Liliana Heker). En suma, el taller De Lellis marcó el comienzo de una tradición de talleres literarios históricos y autóctonos en Argentina.

Cabe destacar que “taller literario” y “taller de escritura creativa” suelen usarse como sinónimos. Ambos refieren a un ámbito donde se escribe y se comparte para mejorar, generalmente guiado por alguien con experiencia. No existe una diferencia rígida entre los términos: en la práctica argentina, cualquier taller literario es un taller de escritura (narrativa, poesía, etc.) con fines creativos. Como señala un recurso especializado, “definir un taller de escritura (o taller literario o taller de escritura creativa) es complejo; hay distintas maneras…”, pero esencialmente aluden a lo mismo. En resumen, no hay distinción sustancial: los dos conceptos implican aprender a escribir escribiendo en grupo, con asesoramiento.


Abelardo Castillo y el oficio de enseñar a escribir

En la segunda mitad del siglo xx, varias figuras de la literatura argentina se convirtieron en referentes de espacios de escritura. Entre ellas, Abelardo Castillo (1935-2017) ocupa un lugar central: narrador y dramaturgo fundamental, fue también guía intelectual de varias generaciones de autores. Castillo apenas tuvo una experiencia formal como alumno de taller, pero resultó decisiva. Siendo adolescente llevó un cuento propio a un profesor llamado Bosio Arnaes, quien lo interrumpió tras la primera frase con una serie de correcciones terminantes: “¿Por qué ‘sendero’ y no ‘camino’? ¿por qué ‘viejecillo’ y no ‘viejo’ o ‘anciano’?”. Al final, le dijo: “Antes de tener estilo, hay que aprender a escribir”. “Aquellos cinco minutos fueron mi único taller literario”, recordaría Castillo, convencido de que corregir es un trabajo de humildad: descubrir que aquello que escribiste puede no ser estupendo.

Años después, él mismo se transformó en mentor. Durante varias décadas dirigió en su casa el célebre taller de los jueves, al que asistieron escritores como 11 Gonzalo Garcés, Edgardo González Amer, Maximiliano Tomas, Liliana Díaz Mindurry y Federico Bianchini, entre otros. Todos coinciden en su magnetismo personal y en la devoción casi religiosa con que hablaba de la literatura. “Entrar al taller era como entrar a una catedral”, recordaría Garcés.

Aunque rechazaba el título de “maestro” –decía que no podía enseñarle a escribir a nadie–, orientaba con firmeza y exigencia. Su influencia fue más ética que técnica: no formó discípulos literarios, sino escritores con criterio, rigor y responsabilidad. En ese sentido, funcionaba como un guía de lecturas y un referente cultural antes que como un instructor.


Alberto Laiseca: el maestro del horror y sus discípulos

Otro nombre indisolublemente ligado a la historia de los talleres literarios argentinos es el de Alberto Laiseca (1941-2016). Excéntrico, erudito y creador de un universo único –basta recordar Los Sorias–, se ganó el título de “El Maestro” entre quienes lo conocieron. Durante dos décadas dirigió talleres de narrativa en Buenos Aires, dejando una huella profunda en la nueva narrativa argentina.

Si Abelardo Castillo representaba la solemnidad apasionada, Laiseca aportó bohemia, humor y paciencia infinita. Por sus grupos pasaron escritores como Samanta Schweblin, Selva Almada, Leonardo Oyola, Mariana Enríquez, Carlos Chernov, Alejandra Zina y Luciano Lamberti, entre otros, muchos de los cuales hoy ocupan lugares centrales en la literatura contemporánea.

Su filosofía se resumía en dos máximas: “A escribir se aprende escribiendo” y “El que se queda, gana”. No creía en fórmulas, sino en la constancia. Repetía que quien persevera termina encontrando su voz, idea que sus alumnos recuerdan como una de las enseñanzas más perdurables.

A diferencia de Castillo, no imponía filtros de entrada. Cualquiera podía acercarse a su casa de Balvanera, donde convivían principiantes y escritores avanzados. Esa apertura generó un ambiente fértil y comunitario. Su método era intuitivo y paciente: no corregía línea por línea, sino que orientaba de modo sutil, dejando que cada uno descubriera su estilo. En sus talleres se formaron verdaderas comunidades literarias, unidas por la camaradería y la pasión compartida. Alejandra Zina recordó que Laiseca generaba “grupos de colegas y amigos que siguen escribiendo y publicando”.

Durante años, cada lunes se reunían en su departamento, en largas rondas de lectura entre mates y cigarrillos. Cuando la enfermedad lo obligó a dejar las clases en 2015, sus alumnos intentaron continuar sin él, pero pronto comprendieron que la hoguera que los reunía era el propio Laiseca.

Más allá de su humor extravagante o de sus teorías delirantes, transmitía una ética profunda: la escritura como oficio serio y sostenido. Aunque se presentaba como un personaje caótico, era meticuloso y trabajador, convencido de que 12 la literatura exigía disciplina y respeto. En palabras de su discípulo Guillermo Naveira, fue “un maestro asombroso, sensible y generoso. Nunca impuso su voz: nos dejaba crecer sin podarnos. Fue fuego y fiesta”.


Liliana Heker: la formadora de escritores por excelencia

Junto a Castillo y Laiseca, Liliana Heker (n. 1943) es una de las grandes maestras de escritores en Argentina. Cuentista, novelista y ensayista, ha dedicado más de cuarenta años a coordinar talleres literarios, convirtiéndose en una mentora clave de varias generaciones. Desde fines de los años setenta, por sus grupos pasaron centenares de autores, entre ellos Samanta Schweblin, Guillermo Martínez, Inés Garland, Alejandra Laurencich y Pablo Ramos, hoy figuras destacadas de la narrativa argentina.

Heker asumió con naturalidad el rol docente y reflexionó ampliamente sobre cómo enseñar sin matar la creatividad. En La trastienda de la escritura (2020) sostiene que “no hay fórmulas mágicas para escribir” y que cada autor aprende su oficio a su manera, aunque un buen taller puede ofrecer acompañamiento, lectura atenta y herramientas.

Sus clases se distinguen por la exigencia y la precisión crítica. Heker corrige con minuciosidad, detecta repeticiones o matices de registro, y enseña a partir de los grandes modelos –Chejov, Mansfield, Carver– sin descuidar a los autores argentinos. “Para romper las reglas, primero hay que conocerlas”, suele repetir.

Otra de sus virtudes es el compromiso personal con los alumnos. Ha prologado sus libros, los recomendó a editoriales y los acompañó más allá del aula. Hebe Uhart la definió como una maestra “aguerrida”, con una pasión por la corrección difícil de igualar. Heker concibe el taller como una comunidad donde todos aprenden: “cada texto plantea un desafío nuevo”, afirma.

Su método combina rigurosidad y estímulo. Puede ser severa al señalar fallas, pero celebra los logros y alienta a leer, escribir y discutir sobre el papel ético del escritor. En sus talleres no solo se trabaja la técnica narrativa: se reflexiona sobre la responsabilidad del autor frente al lenguaje y la realidad. “El escritor debe rendir cuentas a los padres literarios que eligió”, dice Heker, promoviendo una visión de la literatura como tradición viva.


Otros talleres notables y anécdotas

Además de Castillo, Laiseca y Heker, la historia de los talleres en Argentina incluye a otros nombres esenciales. Hebe Uhart (1936-2018), narradora de estilo sencillo y profundo, coordinó durante años encuentros en Buenos Aires y el conurbano. Sus clases, casi domésticas, se desarrollaban en la cocina de 13 su casa, en un clima íntimo y relajado. Como recordaba su alumna Liliana Villanueva, la cercanía de Hebe generaba confianza para escribir. En sus talleres promovía la observación de lo cotidiano y la búsqueda de la voz propia, principios reflejados en su obra.

También Alicia Steimberg (1933-2012) fue una figura influyente. Narradora y editora, coordinó talleres en los años noventa con un estilo que combinaba humor e ironía con exigencia, marcando a una generación de cuentistas.

Entre los espacios contemporáneos, destaca el Taller Nómade del poeta y narrador Fabián Casas (n. 1965). Su propuesta, más libre y experimental, integra literatura, filosofía, música y cine. Durante la pandemia, trasladó su taller a la virtualidad bajo el nombre “Taller Asintomático”, cuyas sesiones grabadas se publicaron luego en un libro. Casas evita toda receta y plantea que “la literatura es extremadamente inestable. Por suerte”. Para él, un taller es un grupo de potencia, un espacio de diálogo e incertidumbre creativa más que una clase formal.

Persisten también formas híbridas entre el taller moderno y la tertulia tradicional. Luis Gusmán, por ejemplo, organiza desde hace años una reunión semanal en un café con escritores jóvenes como Diego Erlan. A ese grupo, bautizado con humor “los inútiles”, lo une la conversación constante sobre literatura, política y cine. Esa práctica recuerda las viejas tertulias porteñas, como las de La Biela o el Café Tortoni, donde escritores de los ’50 y ’60 debatían apasionadamente.

En las últimas décadas, los talleres se ampliaron hacia el formato de escuelas de escritores, con programas sistemáticos y comunitarios. Entre las más reconocidas están El cuaderno azul, de Juan Sklar, y Chasco Club, de Santiago Llach, además de la histórica Casa de Letras. Nuevos espacios como El Respiradero, Escritura BsAs o el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco continúan esa tradición. Estas propuestas combinan el espíritu del taller clásico con herramientas pedagógicas más amplias, configurando un verdadero ecosistema literario donde la escritura se comparte, se debate y se aprende colectivamente.



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