Prólogos

"Lemebel contribuyó activamente a que la literatura deje de ser un feudo hetero"

Gabriela Weiner presenta La esquina es mi corazón (Seix Barral), el primer libro de Pedro Lemebel, publicado originalmente en 1995, durante la transición democrática de Chile.

Por Gabriela Weiner.


Una vez le pregunté a Lemebel cómo se asumía la insularidad de ser Lemebel. Me contestó que lo suyo era un «alarido solitario». Que a veces eso le servía para camuflarse. «Perder el rostro, perder la raza y también la razón» aseguró, citando a Manuel Donayre, primera dama de la canción criolla del Perú. En toda la entrevista que me dio aquella vez, por cierto, se encargó de colar citas de las canciones de Donayre. Aunque él ya no podía cantar, «yo perdí el corazón y también la voz», seguía escribiendo. Le acababan de hacer una laringectomía y de entregar el Premio José Donoso. A él, un maricón de esquina, el premio que lleva el nombre de un viejo carroza de la burguesía que no tenía mucho en común con mis cosas, que había vivido en la comodidad del closet», según sus palabras. El mejor poeta chileno, aunque no haya escrito un poema, lo catapultó Roberto Bolaño, extranjero en lo que Lemebel llamaba «la catedral de la próstata lírica chilena».

¿Quién fue esa cometa incendiada de deseo, madre excéntrica, abuela tierna y excesiva, ferviente adorador de maricones y de pobres, pero no de pobres maricones? Hay quienes viven en una dimensión performativa de la vida, y después está Lemebel. Lo suyo es puro teatro, pero en esa interminable impostura, en ese constante camuflarse, está todo lo que es cierto. Porque PedroLemebel es su personaje. Y en ese plano, su honestidad es excesiva, casi hiriente. La exuberancia de sus ideas, la vocación carcelaria de su deseo de justicia, son solo comparables a la frondosidad carpentierana de su lenguaje, esa fabla salvaje, sudorosa, marginal.

Pero no es solo por eso que su obra ha adquirido una importancia central en América Latina. Lemebel contribuyó activamente —como tantas autoras mujeres antes y después que él— a que la literatura deje de ser un feudo hetero y se convierta en un espacio de resistencia en el que convergen política, cuerpo y lenguaje. Desde lo que se ha dado en llamar «memoria subalterna», su escritura visibiliza sujetos históricamente excluidos —o directamente desaparecidos por la dictadura sanguinaria de Pinochet— y transforma sus experiencias en un archivo alternativo de la historia. También ha sido ampliamente señalada la operación «posmoderna» de su escritura, al mezclar lo popular con lo poético, lo kitsch con lo político, y creo que eso le parecerían pamplinas de locas teóricas limpias de pecado carnal. Pero es cierto que Lemebel rompe con los modelos tradicionales de representación y amplía los límites de lo literario, y por lo tanto, solo en ese sentido, es parte ya de un canon contestatario. Cosas de sistemas jerarquizantes que todo lo fagocitan.

Decir, pues, que su influencia se extiende en los estudios culturales, la teoría queer y la producción artística latinoamericana contemporánea, que su legado se reconoce en la legitimación de las disidencias sexuales y en la valorización de las identidades periféricas, puede sonar a contradicción, pero no lo es. Su trabajo performático con las legendarias Yeguas del Apocalipsis es el de un artista perfectamente consciente de la necesidad de intervenir, de la necesidad de aparear arte y activismo. Y en este sentido, Lemebel no solo transformó la manera de narrar la marginalidad, sino que contribuyó a consolidar una sensibilidad tan crítica como estridente, y tan teórica como callejera.


¿Qué decir de las crónicas que componen este volumen? Que las chupen. Que practiquen la felación barroca con ellas, la que no para hasta ordeñar el último adjetivo delirante y hermosamente huachafo, como una quinceañera traca. Y que se preparen para el goce, pero también para el dolor, porque el dolor existe como corolario de todas las sordideces que son vocacionales, porque la verdadera magia de estos textos es la simultaneidad de las pasiones individuales y políticas de su autor, porque solo Lemebel puede describir con la misma elocuencia carnavalesca: «las cabezas amoratadas de gusanos que suavizan en la seda de sus capullos el vértigo doloroso del empalamiento» y «los dolores de raza y clase que el indiaje blanqueado amortigua en el laboratorio de encubrimiento social de la peluquería». Solo él puede decir cosas como: «Pareciera que, en el ángulo recto del paso de parada, los testículos en hileras fueran granadas de reserva a punto de detonar nuevamente sobre La Moneda», y con ello, además de redefinir el huevo, se permita redefinir también la historia de Chile, reescribirla a su imagen y semejanza, confirmando esa sospecha culposa de que los grandes escritores no escriben sobre su tiempo sino que hacen su tiempo.

Siempre, además, contra el poder verán también en estas crónicas de lo normativo y lo normalizante, confrontándolo a golpe de seducción marica. Cuando Lemebel hace del barra brava un cuerpo masculino y sudoroso que se frota con otro cuerpo masculino y sudoroso, cuando habla del «himen del ano-arco», cuando pone a los milicos a hurgarse en las braguetas en plena trinchera, cuando cuenta al mapuche que va a un cine a ver películas de Bruce Lee y acaba siendo un «príncipe con tatuajes fosforescentes» para solaz de la loca europea, está haciendo justamente eso que rezaba una frase suya, que él mismo llegó a avistar convertida en grafiti en La Paz: «¿No habrá un maricón en alguna esquina, desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?». Desequilibrar al hombre, la hombría, esa palabra que terminó odiando, a punta de ardor homosexual patibulario. Aunque viniera de la izquierda.

Esa es la esquina de la que habla Lemebel. Y la esquina era su corazón y su corazón era constantemente doblado más nunca doblegado. Por eso su voz es más urgente que nunca en tiempos de las fascias exacerbadas en su orgía conservadora. Solía decir que hay una «mirada carnavalera sobre el martirio marica», pero eso no significa que hayan cambiado las cosas. Hoy me hubiera gustado decirle «hay maricones, Pedro, plantando cara en cada esquina, y muriendo, todavía, en cada parque. Arden en revolución como querías». Pero no puedo decírselo porque lamentablemente Lemebel tuvo el descaro de morirse y nos quedamos con un matriarcado sin matriarca, solas en este valle de lágrimas. Pero vivimos en un mundo nuevo gracias a seres como él.

Escribo: «mi narciso candor, una noche de estas de sudor de bolero crepitante en la entrepierna de mi incomprendida soledad». Escribo: «tú, valedor de la noche boca abajo, estrella distinta, amazona excéntrica en el caballo de la vida», y me doy cuenta de que lo estoy imitando. Porque la prosa de Lemebel es como el fucking acento argentino, que te da unas ganas compulsivas de imitarlo.

«Tampoco te pongas soberbia, lobita cronista...», me dijo una vez. Y claro, tenía razón. Porque tenía claro que él no era loca de argolla. Nadie puede adverbiar la noche como Lemebel. Lemebel. Dan ganas de repetir su nombre hasta alcanzar cierta bondad siniestra. Ese compromiso militante con la fiesta de la vida. Pedro Lemebel. Pedro Lemebel. Hasta que su nombre sea un brillo más en la frente perlada de los niños. Porque hubo sabiduría en todas sus palabras, cosas que merecen ser enseñadas a los hombrecitos, a las mujercitas, a los mariconcitos, a las niñas que sueñan con niñas.

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