Prólogos

Sur y después: el nuevo sello que arranca con Elvira Orpheé

Con dirección editorial de Flaminia Ocampo, el catálogo da su puntapié inicial con Amada Lesbia. Silvina Friera, parte del equipo editor junto a Adriana Lorusso, lo presenta a continuación.


Por Silvina Friera.



“El amor es movediza arena”, dice Catulo para intentar condensar en una frase, tan contundente como certera, el tembladeral amoroso que lo tiene como protagonista en Amada Lesbia, la esperada novela póstuma de Elvira Orphée. Gaius Valerius Catullus, el nombre completo que conocemos como Catulo a secas, fue un poeta latino que nació en el año 84 a.C. en Verona (Galia Cisalpina), donde fue educado como un ciudadano romano en el último período de la República, antes de la transición hacia el Imperio. Este poeta enamorado, intrépido, impulsivo, de una intensidad extrema que oscila entre la ternura y lo salvaje, alterna en su poesía metros y ritmos, vulgarismos con un léxico erudito y el sarcasmo feroz con el lirismo más refinado. La métrica diversa de sus poemas está influida por los poetas griegos, especialmente por la brevedad de los epigramas de Calímaco.

Catulo es el primer poeta latino que apela a la poesía para cantar (y contar) los detalles de la vida cotidiana. En la poesía romana del siglo I a.C. el tópico del amor, especialmente a partir de Catulo, adquiere una centralidad sin precedentes. En su producción lírica y elegíaca, el poeta “adopta” el discurso amoroso en primera persona desde la perspectiva del amante. Clodia, mujer patricia liberal, culta y seductora, está casada con Quinto Cecilio Metelo Céler, importante político que llegó a ser cónsul de Roma. Claudia, la mujer que “llegaría a amar hasta el dolor”, tuvo relaciones con muchos varones por fuera del matrimonio, y el joven poeta de Verona, que en la novela se observa que era once años menor que ella, fue uno más.

Por las venas de la narrativa de Elvira Orphée fluye la poesía, una aspiración declarada por la escritora cuyo propósito consistía en “hacer que las palabras resplandezcan”, como le dijo al escritor Leopoldo Brizuela (1963-2019) en una entrevista publicada en el suplemento adnCultura del diario La Nación. Para ella la poesía no es tanto lo que se escribe sino una necesidad de librar a la vida, y la memoria, de la tiranía del lenguaje cotidiano. La novela Amada Lesbia, donde la epifanía de la poesía abarca las altas cumbres de la prosa, podría leerse como un extenso poema narrativo en el que explora los sentimientos de Catulo hacia Lesbia, atravesados por la pasión, los celos, el rencor, la traición, la angustia en carne viva del poeta protagonista en esta suerte de soliloquio desgarrado.

Una parte importante de la producción poética de Catulo, algo más de treinta poemas, gira en torno a Lesbia, su gran pasión. El seudónimo poético elegido para su amada, que desde la métrica tiene idéntica cantidad de letras que el nombre real (Lesbia-Clodia), refiere a la isla de Lesbos, patria de Safo, la poeta que los dos admiraban. Uno de los poemas más conocidos, que ha sobrevivido nada menos que casi veintiún siglos, es el poema V, que Elvira Orphée traduce e incorpora en la novela en una transmutación textual excepcional. Se apropia tanto de los poemas que él le escribió a Clodia que se podría afirmar que los “mejora” para nuestros oídos de lectores del siglo XXI.


¡Vivamos, mi Lesbia, y amemos!

Y que todas las murmuraciones de los viejos severos

tengan para nosotros el valor de céntimos.

Los fuegos del sol pueden morir y renacer:

nosotros, cuando cae la breve luz de nuestra vida,

debemos dormir una sola y misma noche eterna.

Bésame entonces mil veces, luego cien,

luego mil otras, después una segunda vez cien,

y todavía mil y cien más.

Y luego de haber sumado muchos miles de besos, embrollemos tan bien la cuenta que dejemos de saberla.

Y que ningún envidioso pueda traernos

desgracia al enterarse de que nos hemos besado tanto.


En Amada Lesbia, Elvira Orphée despliega la turbulenta historia de amor y sus distintas etapas que van de la felicidad del encuentro, las dudas que atormentan a Catulo, los intentos de reconciliación y la ruptura definitiva. Como buen romano tradicional, demandaba la fidelidad de Lesbia sin que esa regla corriera también para él. “Cada día las palabras que me habitan llegan más hondo a los abismos que el tiempo les depara, como si esas palabras fueran sepulcros de la pasión, lo que quizá sean. Tan adentro de uno mismo que ni siquiera ellas lo saben, estuvieron vivas en el reducido tiempo del amor, ese que apenas algo después se llamará afecto o cariño o algo muy breve”. Las palabras iniciales de la novela ecualizan la voz de Catulo. La escritora, con una plasticidad inaudita en el uso de la lengua, reconstruye ese deslumbramiento inicial por el efecto de la sonrisa de Lesbia (que tiene 32 años) y detalla cómo “la túnica se me alzó en lo alto de las piernas sin que pudieran ocultarlo sus pliegues”.

La primera visita de Catulo a Claudia fue “demasiado breve” para su deseo. Volverá a los jardines de Tiberis y las conversaciones serán la prolongación de ese encantamiento primigenio. En la novela también aparece la voz de Clodia y en uno de los diálogos con Catulo ella objeta la leyenda del Minotauro de la mitología griega, que narra la historia de una temible criatura con cuerpo de hombre y cabeza de toro, hijo de la reina Pasifae y un toro blanco divino en Creta. El monstruo, que fue encerrado por el rey Minos en un complejo laberinto diseñado por Dédalo, devoraba jóvenes atenienses como tributo, hasta que fue asesinado por Teseo con la ayuda de Ariadna. “Creta fue la ciudad ingenuamente biográfica que expuso hasta sus misterios sin enrollarlos en tapujos. Me asquea la historia de Pasifae gozosa con sus entrañas desgarradas por ese toro al que, apenas vio, codició. Lo digo sin creer ni un ápice ese cuento, inventado por y para un pueblo que padecía aburrimiento, ese ladrón de vidas”, le dice Claudia a Catulo. El poeta enamorado pronto entiende que a las damas romanas “no se les enrosca la lengua para ciertos temas”.

En la novela, Catulo manifiesta su “primer dolor de celos” cuando reconoce que desde el comienzo supuso que Claudia tiene amantes. Pero el encantamiento, en esta etapa “preliminar”, surte efecto: “El amor une las sensaciones de dos cuerpos, pétalos de flores pasados sobre pétalos de sexo; humedad de boca mojando mucosas ya mojadas, humedad de dedos sobre crema, humedad de leche sobre pechos suavemente erizados de deseo. ¿Por qué ha de ser abominable el contacto de boca con sexo, cuando no hay parte de un cuerpo, por oscura y fea que sea, que no merezca la marca del amor?”.

Los celos de Catulo están dirigidos hacia Cicerón, político, filósofo, jurista, escritor y orador romano, considerado uno de los grandes estilistas de la prosa en latín de la República romana, quien habría pretendido a Claudia. Elvira Orphée mete el dedo en esa llaga y pone en boca de Lesbia una frase que condensa la impresión que le causa Cicerón: “Carece de risa. Se le soltaría la orina. ¡Tan fruncida tiene la alegría!”. La “alegría fruncida” es un ejemplo de cómo la escritora huye de las frases planas y sin relieve no solo porque su prosa aspira a la poesía, sino también porque trabaja como una artesana empecinada la verosimilitud del lenguaje de una mujer romana que se atreve a decir cuanto se le antoja, combinando crudeza y lirismo. No duda, Catulo, que su amada sería más capaz en política. “Si ella hubiese sido hombre, como ya he pensado tantas veces, habría logrado el consulado o hecho oír sus versos. Pero aun mujer, Roma le pertenece por su belleza, su prosapia, su talento, su esplendor”, plantea el poeta con innegables palabras de varón enamorado.

El amor y la muerte son mucho más que un tópico literario. Excepto que se decrete el fin del amor y que una pequeña élite pueda materializar la superación de la muerte, que se convierta en un problema técnico solucionable mediante ingeniería genética, medicina regenerativa y nanotecnología, como postula el historiador israelí Yuval Noah Harari, estos temas medulares han atravesado la historia de la humanidad. En Amada Lesbia, a través de Catulo, Elvira Orphée expresa una cosmovisión que refuta la idea de la muerte como final absoluto. “Ni mis antepasados ni yo hemos pensado jamás que la vida concluía hoy y en este sitio. La vida no se concluye, no sé por qué, pero alguien descubrirá alguna vez, quizá, que la muerte es como un cambio de ambiente, como irse a vivir a otra parte de la que no tenemos ni idea”.

La voz de Claudia emerge para contrarrestar la perspectiva de una sociedad patriarcal que excluye a las mujeres. Catulo recuerda que ella odiaba el proyecto de ley Oppia (que estuvo vigente entre 215 a.C. hasta el 195 a.C. cuando fue derogada, a pesar de la oposición de Catón el Viejo). “Tal como están las cosas, nuestra libertad de acción ha sido anulada por el despotismo femenino en casa, y perseguida y dificultada aquí en el Forum –se lee en la novela el posicionamiento de Catón el Viejo–. Recordad las reglas con las que nuestros antepasados domaron su licencia y las hicieron obedientes al marido; sin embargo, pese a tales restricciones, apenas podéis mantenerlas en su sitio. Si ahora permitís que esas restricciones se anulen y ellas estén en plano de igualdad con sus maridos, ¿imagináis que podréis soportarlas? Desde que se hagan iguales a nosotros, no serán iguales sino dueñas”. No hay nada nuevo bajo el sol del miedo de los varones a que las mujeres sean autónomas.

Catulo se muestra como un varón inseguro y celoso; está convencido de que Claudia encuentra en Julio César el “hombre completo” que ella está buscando en retazos de otros hombres. Y decide espiarla una noche en la que Claudia visitó una casa de meretrices sirias. A modo de “venganza”, el poeta buscó a “mujeres gastadas por los coitos”, con tal mala fortuna que una ramera le robó sus tabletas de endecasílabos preciados y se negó a devolverlas. “Yo, desahogándome en otras, solo aumento mi necesidad de Lesbia”, confiesa el poeta.

Elvira Orphée corta el aliento de los lectores cuando narra las escenas de sexo entre Clodia y Catulo; es como si el lenguaje poético y el erotismo se fundieran en un único cauce. O, dicho de otra manera, como narradora que siempre aspiró a la poesía aprendió tempranamente que la excitación empieza por las palabras. “Estás siendo bruto de nuevo –le reprocha Clodia–. Hazlo lentamente, sin apretar, solo acariciar, como si fueran pétalos”. La ternura y la osadía están siempre del lado de Lesbia, de las mujeres, parece sugerirnos, en lo que podría ser un cuestionamiento implícito hacia el “tempus fugit” de los varones. Catulo escribirá para ella todos sus versos y no la llamará por su verdadero nombre porque debe “cuidar la dignidad” de la familia de Clodia. Por eso elige mencionarla en los poemas como Lesbia, como la poeta griega (Safo de Lesbos) que los dos conocen bien.

En Baiae, una lujosa ciudad costera, situada en el golfo de Nápoles, famosa como destino de las vacaciones para la élite romana (quedó sumergida en el mar debido al bradisismo, un movimiento de la tierra que provoca desplazamientos hacia arriba o hacia abajo), los amantes vierten su amor al sol. También conversan y Catulo, en un arrebato de sinceridad, admite: “Antes de ti creía que las mujeres se placían con grandes sexos”. La respuesta de Lesbia-Orphée es, sencillamente, magnífica: “Ideas de hombres, que piensan en peso, cantidad y medida. Son aritméticos”.

La muerte inesperada del hermano de Catulo afectó al poeta. La novela enlaza dos duelos: la pérdida del hermano y el alejamiento de Lesbia, no exento de un rencor extremo: “Que viva feliz con sus trescientos amantes, a los que puede abrazar al mismo tiempo sin amar a ninguno”. El tiempo es una “materia” flexible que Elvira Orphée maneja como si todo volviera a suceder “aquí” y “ahora”, a la par que en la temporalidad de los amantes transcurren tres años. Los extremos se tocan: el amor deviene odio. Un poema brevísimo da cuenta de este tránsito: “Odio y amo. Me preguntas tal vez por qué lo hago./ No lo sé. Solo siento que pasa y me torturo”.

Veinte siglos antes, Catulo “anticipa” la letra del tango “Rencor”: “La odian mis ojos/ porque la miraron./ Mis labios la odian/ porque la besaron./ La odio con toda/ la fuerza de mi alma/ y es tan fuerte mi odio/ como fue mi amor”. Hacia el final de la novela, el poeta regresa a Verona con “el hígado exprimiendo su desdicha”. En la ciudad donde nació, recibe la noticia de la repentina muerte de Quinto Cecilio Metelo Céler, quien habría sido envenenado por su propia esposa, Clodia. “Me repugno yo mismo por no haberla sabido criminal. ¿Lo es? ¿Quién soy yo que he amado y amo a una asesina?”, se pregunta el poeta.

En Amada Lesbia la voz de Catulo configura también el “clima de época” político, social y económico. Marco Celio Rufo terminó su apasionado romance con Clodia con un famoso juicio en el 56 a.C. en el que ella lo acusó de intento de envenenamiento. El defensor de Marco Celio fue Cicerón, quien cuestionó a Clodia (en el discurso Pro Caelio) y tenía un interés especial en el caso porque Publio Clodio, hermano de la acusada, era su enemigo político. Lesbia da vida y mata a Catulo, que murió a los 30 años, en el 54 a.C. Difamada por Cicerón, amada y odiada por Catulo, el triunfo de Clodia consistió en ser independiente, culta y ejercer su libertad amorosa y sexual.

Elvira Orphée comenzó a escribir Amada Lesbia, con la que fue finalista de La sonrisa vertical, un premio de narrativa erótica organizado por la editorial Tusquets, a principios de los años ochenta del siglo XX. Su propósito fue componer una novela histórica, pero finalmente la comprimió a un tema central: la pasión de Catulo por Lesbia. Esta novela póstuma, la octava de Elvira Orphée, es el primer título de una nueva editorial, Sur y después, que se integra al proteico panorama de la edición independiente de la Argentina. Se publica en un momento en el que paulatinamente crece el interés por leer a una autora que ocupó un lugar excéntrico en la literatura argentina y que además de tres libros de cuentos publicó siete novelas: Dos veranos (1956), Uno (1961), Aire tan dulce (1966), En el fondo (1969), La última conquista de El Ángel (1977), La muerte y los desencuentros (1989), reescritura de En el fondo; y Basura y luna, que se editará este año por la editorial de la Universidad Nacional de Tucumán (Edunt). En 2024 salió publicada en un solo volumen con el título de Dos Novelas: Aire tan dulce y La última conquista de El Ángel, en la colección Tierra Firme de Fondo de Cultura Económica. En 1989, obtuvo la Beca Guggenheim, y en 1996, la Civitella Ranieri. Su narrativa con una impronta poética fue reivindicada por escritores como Leopoldo Brizuela y María Teresa Andruetto.

Si bien publicó su primer cuento en la revista Sur, no perteneció al núcleo en torno a la revista y su obra no encajó con las líneas dominantes de las décadas de 1960 y 1970, esas que pasan por el boom de la literatura latinoamericana, el realismo mágico, la literatura del compromiso sartreano, o el auge de las escritoras best seller como Silvina Bullrich, Marta Lynch o Beatriz Guido.

Las escritoras distintas (para no abusar de la palabra excéntrica), aquellas que no se preocupan por agradar y escribir “bajo demanda” lo que la “época les pide”, pagan un precio: como Silvina Ocampo, como Sara Gallardo, como Hebe Uhart (la lista podría ampliarse), les cuesta mucho más ser leídas y conectar con “su tiempo”. El canon literario, podríamos afirmar parafraseando al Catulo de Amada Lesbia, es movediza arena. Escritoras y escritores que fueron muy leídos y estudiados son desplazados por otras y otros que estaban en los márgenes. Como los poemas de Catulo, que aún humean efusión y rabia, en el horizonte de la literatura argentina, las novelas de Elvira Orphée siempre brillarán.



Artículos relacionados

"Escribir en público es un acto de intimidad abierta"

Haidu Kowski reflexiona alrededor de los ciclos de escritura en vivo y la improvisación literaria en Folk lore (La crujía).

"Lemebel contribuyó activamente a que la literatura deje de ser un feudo hetero"

Gabriela Weiner presenta La esquina es mi corazón (Seix Barral), el primer libro de Pedro Lemebel, publicado originalmente en 1995, durante la transición democrática de Chile.

El gran capitán

Mariana Enriquez presenta los cuentos completos de Edgar Allan Poe, en edición de Páginas de Espuma con traducciones de Rafael Accorinti e ilustraciones de Arturo Garrido.

Talleres literarios: ¿qué ocurre exactamente ahí?

Editorial Factotum lanza Taller de escritura creativa, un tomo que refleja las teorías y propuestas de grandes autores argentinos que coordinan o coordinaron estos espacios.

Todo lo que perdimos

Gog & Magog recupera y publica un manuscrito perdido de Fabián Casas: esta es la historia de un extravío y de una amistad.

Borges, Bioy, Canto y el enigma de un seudónimo

Luz era su nombre: presentando esta novela, Aníbal Jarkowski continúa la labor inaugurada por Ricardo Piglia en la "Serie del Recienvenido".

×
Aceptar
×
Producto agregado a carrito
Seguir comprando
Ver carrito
0 item(s) agregado tu carrito
×
MUTMA
Seguir comprando
Checkout
×
Se va a agregar 1 ítem a tu carrito
¿Es para un colectivo?
No
Aceptar