Prólogos

"Escribir en público es un acto de intimidad abierta"

Haidu Kowski reflexiona alrededor de los ciclos de escritura en vivo y la improvisación literaria en Folk lore (La crujía).


Por Haidu Kowski.




Escribir en público es un acto de intimidad abierta. Por un lado, nada más íntimo que el encierro que produce la imaginación, aquel momento en donde uno se mira a sí mismo y retiene en ese acontecimiento el más profundo de los secretos. Por el otro, esa intimidad se exterioriza al escribir frente a otros, testigos de cada palabra tipeada, leída en el preciso instante en que nace el texto. Muchos dirán que puede haber algo casi pornográfico en esa exposición: un regodeo simultáneo y compartido por el que escribe y el que lee, o bien una exhibición de quien escribe, tal vez obscena, cuya etimología latina (obscaenus) proviene de la palabra ritual, un rito sacrificial que no puede ser visto, lo siniestro fuera de escena.

Escribir con gente alrededor puede ser también típicamente literario: en este momento, en mi casa frente al ordenador, escucho del otro lado de las paredes a mi vecina de arriba que hace rechinar la cama con su nueva pareja, el trap y la música cachengue de otra vecina adolescente, la televisión encendida de fondo porque se juega el reducido por el ascenso a la primera división del campeonato de fútbol, tengo la página del diario en línea abierta que actualiza a cada instante las noticias sobre la guerra —siempre hay una guerra en alguna parte—, y todo mientras tipeo; aunque no los tenga en consideración, esos ecos son parte presente y esencial de lo que escribo.

Pero, ¿quién habla en la escritura? Escribir es un acto que, lejos de clausurarse en lo privado y en lo íntimo, espacio predilecto de su despliegue —uno se sienta a escribir porque previamente fue atravesado por algún sentimiento: porque ama mucho algo, una o varias cosas, algo físico o una idea: un libro, una lectura, una nota en el diario, un mensaje de texto que no esperaba, uno que sí, una buena o mala noticia de alguien cercano, un beso, una cachetada, un aroma, un paisaje, un viaje próximo, una vuelta, un nacimiento, una muerte, la mudanza, la última, la que sigue…—, se funda en lo público. Aun cuando escribimos solos, y nos entendemos solos, esa escritura está atravesada por el lenguaje y todo aquello que el lenguaje capta de los otros. El texto deja de ser un refugio para convertirse en un campo de batalla donde no habla el sujeto biográfico, sino todo aquello que lo habita, en tanto sujeto social. 

El Jam de escritura, en donde un escritor, en el centro del escenario, se sienta frente a una computadora conectada a una pantalla de cine e improvisa un texto en vivo, frente a un público convertido en lector instantáneo de la obra mientras suena música de fondo, pone a un escritor en juego. Lo expone frente a un público y es en ese momento de escribir —el espacio donde se democratizan saberes, discursos y perspectivas, y se libera el significante que trama el autor, el ideólogo de este lío— cuando aquellos sentimientos disparadores transmutan en una voz compartida; una forma de exilio donde el lector puede habitar el texto, transformando la soledad del escritor en un terreno fértil donde la experiencia humana, antes solitaria, se convierte en un rumor colectivo que desafía el silencio y convoca, inevitablemente, a un nosotros. Hay ahí un horizonte emancipatorio, como diría Rancière, donde el público se configura en ese reflejo disímil e indeterminado, que nos lleva a la pregunta por el qué dirán de eso que escribimos. Es una premisa fundante en el hecho mismo de tipear una historia, contarla a través de un texto escrito, como antes alrededor del fuego, las llamas hipnóticas, en el canto tribal de un brujo o chamán, en la voz de los bardos celtas, de los aedos —quién era Homero sino un aedo errante— en las ágoras griegas y foros romanos, los juglares en las plazas del Medioevo. “Aquí me pongo a cantar. Al compás de la vigüela”, dijo el Fierro, y allí nació el poema nacional.

El Jam transmuta la confesión en testimonio y el murmullo interno en un acontecimiento social.

Federico Jeanmaire en el Jam de escritura de 2011, en el bar La Sede, comenzó su sesión de escritura en vivo de esta manera: 

Cuando Haidu me mandó el correo para venir hoy, lo primero en que se me ocurrió pensar fue en una payada. Modernita, claro. Entonces. Una de gauchos. De dos gauchos, mejor, pa´que interactúen. Uno se podría apellidar Moreno, por ejemplo. Suena bien. Telúrico. Sería morocho y de rulos, claro. El otro no sé… Gaucho, eso siempre le da una onda a los textos. Medio filosófica o, incluso, metafísica. Acá me acotan que Moreno, el muy desgraciado, no maneja muy bien la mano derecha. Un desastre. sobre todo si tenemos en cuenta que el gaucho necesita sus manos. Mucho. Para labrar la tierra. O, a veces, para masturbarse.

No quedan dudas de que regresamos a la improvisación desde que, en 2016, Bob Dylan fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. El fallo de la Academia Sueca le reconoce haber creado “nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Sin entrar en un debate sobre el otorgamiento del premio, el cantautor fue reconocido por sus poemas cantados como juglar, una especie de trovador de los tiempos modernos, y también por el margen de improvisación —con fluir de conciencia y fallas acústicas incluidas— de sus shows en vivo.

Hoy el Jam de escritura es una vuelta a la fogata, un sitio de encuentro que nos acoge; la mesa de un bar también lo es, pero cuando sacamos un papel para anotar una idea en el colectivo también podemos sentir el fuego, la ronda, la historia que fluye y circula y genera más historias. Escribir con amigos puede parecerse a escribir en vivo, así como escribir en las vacaciones, en un break del trabajo o una mañana cualquiera, para mí cada mañana de miércoles en el bar de siempre con Puey, treinta segundos en un semáforo, papeles con letras torcidas de pulso vibrante por el bamboleo del subte.

El lugar influye, pero no es todo; da un marco, imprime una forma. Pero son tantos los momentos en que escribimos, tan variada la colección de pulsiones inclasificables, que escribir en un Jam de escritura, ya sea en avenida Corrientes, en una Noche de las Librerías con el Obelisco de fondo, o bien en el imponente Zócalo de Ciudad de México con la Catedral Metropolitana a espaldas del escenario, o en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona en ocasión de Kosmopolis, con quinientas personas convertidas en lectores instantáneos de una obra, sale casi sociológica y antropológicamente de manera natural, como si quien escribe todos los días o con cierta regularidad estuviera entrenado para eso también. La experiencia lo vuelve sencillo, nos salva de trabarnos y paralizarnos ante la mirada de los otros, esos que hasta hace un momento solo nos conocían a través del papel.

En El narrador (1936), Walter Benjamin señala que con el cambio de siglo hubo una pérdida en la “facultad de intercambiar experiencias” porque los hombres se han vuelto mudos por el shock del campo de batalla de la Primera Guerra Mundial y “la cotización de la experiencia ha caído”, la transmisión de la experiencia de “boca en boca”. Explica Benjamin: “La experiencia que se transmite de boca en boca es la fuente de la que se han servido todos los narradores”. Para él, hay una distinción entre erlebnis —la experiencia vivencial— y erfahrung —la experiencia auténtica transmitida, fundada en la tradición cultural e histórica—. Así señala que el rasgo característico de los narradores natos, en la tradición social e histórica, se orientaba hacia lo práctico: dar consejos de la economía agraria a los campesinos, aleccionamientos de las ciencias naturales, morales, aprendizajes, enseñanzas de vida; en fin: sabiduría, el saber de un pueblo, el folk lore.

Podríamos decir que, al escribir en vivo, el acto íntimo que mencioné al comienzo se convierte en lo que buscan todos los escritores —o ciertos escritores—: folklore, saber popular, ese ida y vuelta entre la literatura y el pueblo del que surge y al que refiere y que busca en lo literario alguna clave para descifrarse a sí mismo. Este texto de Mauro Libertella podría ejemplificarlo:

Recibí un llamado de Haidu, el artífice de este curioso concepto, un martes a las diez de la mañana. Alguna vez me había llamado también para participar de la Jam, pero entonces tuve la lucidez mental como para negarme. Esta vez fue distinto. Mi horario habitual empieza a las 12 del mediodía, y hacia las tres de la tarde (después de un almuerzo, dos horas de internet y un poco de radio) mis neuronas ensayan una suerte de tímida sinapsis. Podría decir, entonces, que me encontró vulnerable. Me dijo que iba a venir a escribir Iosi Havilio, y que podría oficiar de “crítico invitado”, una categoría improvisada que me eximiría, pensé en ese momento, del escándalo de escribir una ficción. Había leído Opendoor en su momento y me había gustado, así que le dije que sí. La idea, erigida un poco a las apuradas a través de las frituras de un celular que siempre se escuchó mal, era la de presentar el libro nuevo, o acaso aprovechar esa publicación para poder decir algo sobre la literatura. Sabía que el libro había salido hace unos días, y ya tenía para mí un imperceptible estigma de derrota: lo había pedido para reseñar en el diario en el que trabajo y ya se lo habían asignado a otra persona. Cosas que pasan. Hay trabajos peores.


Para escribir, primero hay que saber sufrir. Improvisar la escritura frente a un público lector, que además de público se convierte —para quien escribe— en cierto tipo de juez, sagaz e implacable, que adora los errores como los vampiros la sangre, puede estar alejado del placer de sentarse a escribir en la comodidad del ostracismo, del escritorio y la silla cálida que ya tiene la propia forma. Escribir en vivo es estar frente a los flashes, con las luces de una estrella de rock en la cara, algo que los escritores —salvo excepciones—, en general, esquivamos. 

Improvisar la escritura en vivo puede convertirse, más que un placer, en una prueba inconducente, que ningún escritor que se digne a sí mismo de ser escritor necesita, que no pidió, que puede volverse tortura, pero que sirve como prueba de profesionalismo, algo que ni la cantidad de libros editados ni vendidos puede darle. Los trapos se ven en la cancha. En todo caso, el Jam no está pensado para llorones —que no es lo mismo que ser sensible ante las bellezas o atropellos de la vida—. Sobre todo, porque no opera la autocensura.

Trabajar de escribir es un privilegio, ya lo argumentó Julia Coria en su ensayo El ombligo del mundo (La Crujía, 2024): “¿Escribir es sacrificado? No. Sacrificado es cargar bolsas en el puerto. Escribir lleva muchas horas de culo en silla y, en general, son horas de poco glamour”. Pero si las horas de escritura carecen de glamour, el Jam lo devuelve con creces; escribir en una improvisación en vivo es emocionante, atrapante, adrenalínico, dispara ideas novedosas, derriba una barrera de solemnidad que existe en el oficio; y, por sobre todo, abre un camino que de otra forma hubiese permanecido cerrado.

Esta idea de lo emocionante me trae el recuerdo del primer evento. No se había hecho nada igual en ningún lugar del mundo y contacté a José María Brindisi, el primer autor que me dijo que sí, pero como ninguno de los autores que había también tanteado se animaba todavía a participar del primero de todos, el más lanzado y difícil, quizás, a José le mentí argumentando que ya tenía varias fechas de antecedente. En el primer flyer de 2007 —que envié por mail— decía “2º Jam de escritura”. Aprovecho este medio para disculparme con el primer autor que se sentó en el banquillo del Jam. Al primer evento, en el bar La Sede, de Palermo, asistieron 26 personas. Pero lo anecdótico es que, años después, Brindisi me confesó que lo que escribió en aquel primer Jam fue el punto de partida o germen de su libro de cuentos Kamikaze (2019), que abre con el cuento “El pescador”, cuyo comienzo vimos surgir en la pantalla de esa noche fría.

Historias cercanas, la congoja de una pérdida.

Mi padre me contaba, una y otra vez, la muerte de Hemingway. Me la contaba en detalle: las horas previas, la escopeta mal o bien cargada, el trago medio vacío o medio lleno, la mirada perdida o a punto de cerrarse. Me lo contaba como si en algún punto lo disfrutara, o tuviese la capacidad de revivirlo. Y juntos imaginábamos esa mañana, o esa noche, ese instante: el momento en que el disparo destroza y mancha y pervierte el rostro para siempre.

La primera vez que me habló de la muerte de Hemingway se interponía, entre nosotros, otra muerte: el abuelo se había ido, demasiado pronto para mí, sospecho que demasiado tarde para él. Éramos pocos, tal vez doce o quince personas, y hubo durante todo el entierro un silencio tan asfixiante que no puedo recordar una sola frase que nadie haya dicho. En cualquier caso, nosotros tampoco dijimos nada. A papá le gustaba imitar las novelas, más que la vida en sí, de los irlandeses, así que convenció a un par de amigos del abuelo para que nos acompañaran a tomar unas copas en su honor. Durante un rato nadie tuvo ganas de hablar. O simplemente no hablamos. Y entonces, para que el momento tuviese algún sentido, para que pudiera ser recordado por algo más que un viejo que empezaba a pudrirse y a ser olvidado, contó para su exigua platea cómo, de qué manera tan triste, se había muerto el mayor escritor del siglo XX.

José, luego, también escribió en el evento Noche en Vela, propuesto por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 2011, donde fuimos invitados a tomar una esquina del barrio de Palermo (Thames y Guatemala), que era aún un polo cultural y no sucumbía en la gentrificación de los últimos años. Seis escritores, un moderador y tres DJ mantuvieron en vilo al público que pasaba y se quedaba, aunque sea un rato, sin haberse enterado previamente del evento. Más de dos mil personas leyeron mientras caminaban, al menos, un fragmento de alguno de los autores que se turnaron hasta las cuatro de la mañana.

Jorge Carrión, en el prólogo del libro BCN 2355, editado en base a los textos generados en el Jam de escritura de Kosmopolis de Barcelona 2011, al referirse a la relación del autor escribiendo en público, dice:

Aunque encontremos una larga tradición de actuación del escritor en público, desde la presencia del escritor en salones literarios del siglo XVIII, las lecturas de la obra propia y las presentaciones de libros que se vienen haciendo desde el siglo XIX (en algunos casos con auténticos baños de masas: pensemos en Truman Capote, por ejemplo), y la actuación teatral o performática (Gómez de la Serna, García Lorca, Copi, Pedro Lemebel, Javier Montero…) hasta la emergencia en los 80 y 90 de circuitos de spoken word de poetry slam (que ha provocado la existencia del Def Poetry, el programa de HBO) y la multiplicación de escritores que integran su propio grupo de música (Francisco Garamona, Daniel Umpiu, Carlos Lebbé), continúa vigente la idea de que el escrito debe mostrarse reacio a esa exposición. Hay que ser muy ingenuo para no ver en la parafernalia que rodea a la conversación de un escritor con un periodista, en lugares como el auditorio de la Biblioteca Jaume Fuster o los escenarios de Kosmopolis un dispositivo teatral que convierte la intervención del escritor en una actuación, en una performance. Pero esa supuesta ingenuidad sigue cotizando, según parece, en el mercado literario.

En su libro de ensayos Contra la interpretación (1969), Susan Sontag propone una relación estética y emocional entre el arte y el público, promoviendo una respuesta visceral y crítica más allá del mero didactismo. En ese sentido, describe los happenings como eventos artísticos no convencionales, caracterizados por su falta de estructura narrativa, su enfoque en el presente y su naturaleza impredecible. Sontag enfatiza en cómo los happenings desafían las formas tradicionales del arte, operando más como experiencias sensoriales que como obras con argumento. Sontag, lamentablemente, no conoció el Jam de escritura, así como yo lamento no haber conocido a Sontag. Pero cabe decir que el Jam es, entre otras cosas, un happening de la intimidad del escritor, caso el artista más íntimo.

Y en homenaje al espíritu del happening que habita en todo Jam de escritura, un texto de Leila Sucari en la Bienal de Arte Joven de 2013 en el Konex, que para ilustrar su participación llevó —o encontró en el camino, o le regalaron— pequeñas lagartijas de plástico y hacía que las comía como si fuese parte de V Invasión Extraterrestre:

Me comí una lagartija. Parecía un dinosaurio, por eso me gustaba. Ella flotaba en la bañera, me miraba. Sus ojos eran dos aceitunas chiquitas, tenían pinta de ser tiernas. Me miraba insolente, feliz. A pesar de que la bañera estaba sucia y descascarada. Corría un hilo de agua estúpido. En un momento pensé en tocarla. La sostuve entre los dedos y su fragilidad me dio hambre. Se movía. Bailaba. Se resbaló y cayó al charco de agua sucia. Nadaba como un espermatozoide y no dejaba de clavarme los ojos en la nariz. Fue ahí cuando no pude más, la apreté y me la llevé a la boca con cuidado. No fue difícil. Se deslizó por mi garganta y se deshizo en alguna parte. O quizá no. Quizá siga intacta, buceando por dentro.

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