Club Eterno

Selva Almada: “Me gusta sentirme parte de una tradición"

“Me gusta pensar que todo lo que queda de nosotros permanece en los lugares que habitamos”, dijo la autora de Una casa sola en una nueva edición de De cháchara.


Por Anne Sophie Vignolles.


Selva Almada (Villa Elisa, Entre Ríos, 1973) es autora de El viento que arrasa, Ladrilleros, No es un río, Chicas muertas y Una casa sola, entre otros libros. Su obra explora los vínculos entre territorio, memoria, naturaleza y lenguaje.

La conversación empezó con una lectura. Sentada frente a una librería repleta, la autora leyó en voz alta un fragmento de Una casa sola (Literatura Random House). Durante unos minutos, la sala quedó suspendida en el murmullo del río Mosca, los insectos, los cuerpos y el monte. Hubo algo de ceremonia íntima en ese comienzo: un silencio atento, casi religioso, que preparó el terreno para una charla sobre casas que recuerdan, espectros que regresan, árboles, olores y las vidas que quedan impresas en los lugares que habitamos.


En Una casa sola, una casa abandonada se convierte en narradora. ¿Cómo apareció esa voz?

La casa estaba desde el comienzo. Lo que cambió fue la decisión de que fuera ella quien contara la historia. Había escrito una primera versión con un narrador en tercera persona, pero sentía que no era la novela que quería escribir. Un día, paseando a mi perro por una plaza, entendí que tenía que empezar de nuevo. La casa tenía que hablar.

La novela parece sugerir que los lugares conservan una memoria que excede a las personas.

Sí. Había algo de esa fantasía desde el principio: pensar qué queda de nosotros en los lugares donde vivimos. Todo lo que dejamos bajo los techos que habitamos. Me gusta imaginar que las casas guardan algo de quienes pasaron por ellas.

La naturaleza no aparece como paisaje sino como una presencia viva. Los árboles, los animales, el río, las raíces parecen tener una inteligencia propia.

Crecí muy cerca del campo. Mi abuela tenía jardín, animales, huerta. Después, durante la pandemia, viví varios meses prácticamente aislada y tuve tiempo para volver a mirar. Ver cómo cae una hoja de un árbol, cómo cambia la luz, cómo aparece la escarcha. Son cosas que habían sido muy importantes en mi infancia y que después, viviendo en la ciudad, quedaron más lejos. Creo que esa experiencia volvió de algún modo a la novela.

También hay una búsqueda muy fuerte en el lenguaje. Los nombres de plantas, pájaros, insectos y árboles tienen una musicalidad muy particular.

Muchos los conocía, otros tuve que investigarlos. Leí mucho sobre plantas y árboles. A veces elegía una palabra por cómo sonaba dentro de una frase. Me interesaba la música que podía producir. Siempre corrijo leyendo en voz alta.


La novela está atravesada por la historia argentina, pero también por la cuestión de clase.

Eso apareció con fuerza cuando decidí que la familia desaparecida que había vivido en la casa fuera una familia de peones rurales. Ahí necesariamente aparecieron los trabajadores de la tierra, los desposeídos, quienes trabajan un campo que nunca será suyo. El conflicto de esos campesinos rara vez aparece en los relatos sobre el campo argentino, y me interesaba ponerlos en el centro.

Nombrás a Estela Figueroa en el epígrafe y hablás mucho de las tradiciones literarias.

Me gusta sentirme parte de una tradición. Nadie escribe en el aire. Escribimos con lo que leímos, con los autores que nos marcaron, con nuestros muertos y nuestros vivos. La escritura puede parecer un oficio solitario, pero cuando una se sienta a escribir llega acompañada por muchas voces.


Ping pong de preguntas

Un olor de la infancia. La cascarilla caliente.

El primer olor de Buenos Aires. El café de los carritos de Retiro.

Un árbol. El álamo.

Una escritora argentina imprescindible. Estela Figueroa.

Un pájaro. El chajá.

Un personaje propio para invitar a una bailanta. El Pájaro Tamai.

¿La casa, el monte o el río?. El monte.

¿Qué guarda mejor los recuerdos: una persona, una fotografía o una casa?. Una casa.

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