Club Eterno

Reynaldo Sietecase: “Este libro fue una forma de completar algo”

Valeria Mussio

En una nueva edición de De cháchara, del Club Eterno, recibimos al autor de Cabrón (Alfaguara).


Por Anne-Sophie Vignolles.


Hay libros que parecen llegarles a los escritores por sorpresa. Cabrón, de Reynaldo Sietecase, nació así: no como un proyecto pensado sino como una irrupción. En esta conversación de “De cháchara”, el ciclo de entrevistas del Club Eterno en la librería Eterna Cadencia, Sietecase habló sobre la escritura como arqueología íntima, el peso de los legados familiares y los objetos que sobreviven a quienes amamos. También sobre el enojo, la memoria y esa figura del padre que, en la literatura contemporánea, parece haberse convertido casi en un género en sí mismo.

Vos venías escribiendo novela criminal. ¿Cómo aparece Cabrón?

Se me impuso. Yo estaba cómodo en la ficción criminal, pensando incluso una novela corta para presentar en la maestría de escritura creativa de la UNTREF. Pero en un ejercicio nos hicieron escribir un recuerdo y escribí sobre la guitarra de mi padre. Cuando salí de clase y me tomé el subte, me di cuenta de que no recordaba su voz. Eso me angustió muchísimo. Llegué a casa y me puse a buscar grabaciones. Encontré un video de mi viejo comprando una cámara y ahí empezó todo.

¿Qué escuchaste y viste en esa grabación?

Los objetos. El anillo, los anteojos, la lapicera. Y me di cuenta de que yo tenía todas esas cosas en mi casa. Objetos que habían estado siempre ahí y que, de pronto, empezaron a hablarme. Ahí entendí que podía contar a mi padre a través de esas cosas. Un docente me dijo: “Esto es una arqueología”. Y me encantó la idea. Como si con unos pocos huesos uno pudiera reconstruir un dinosaurio.

El libro tiene algo de rompecabezas, justamente.

Sí, porque no está construido de manera cronológica. Yo soy bastante estructurado para escribir novelas, pero acá la forma apareció sola. Los objetos funcionaban como túneles: el anillo, el reloj de ajedrez, los vinilos, la radio. Cada cosa abría una historia distinta.

¿Y cuándo apareció el título?

Eso fue increíble. Yo tenía otros títulos: Arqueología de mi padre, Últimas noticias de mi padre. Hasta que fui a entrevistar a Pochi, la segunda esposa de mi viejo. En un momento me preguntó si ya tenía título. Le dije que no. Y me dijo: “Ponéle Cabrón”. Me quedé helado. Después me explicó: “Tu padre era un cabrón”, un tipo muy enojón, muy controlador, muy complejo. Al principio me resistí, pero después entendí que la palabra era perfecta. Porque además yo también soy un cabrón.

Hay una parte muy fuerte cuando hablás de descubrir cosas de tu padre que también están en vos.

Sí. Eso fue muy movilizante. Yo siempre pensé que había heredado solamente sus cosas buenas. Y escribiendo me di cuenta de que también tenía rasgos que no me gustaban: el enojo, ciertas formas de control. El libro me hizo hablar con mis hijos de otra manera.

Tu hermana aparece como un personaje central.

Porque cuando empecé a entrevistarla entendí cosas que nunca había visto. Mi padre fue mucho más asfixiante con ella que conmigo. Yo no había registrado hasta qué punto. Ahí entendí también cómo se transmite la cultura patriarcal en las familias, incluso en gestos mínimos.

Hay algo muy emocionante en cómo los lectores reaccionan frente a los objetos.

Muchísimo. Me escribe gente diciéndome: “Fui a buscar las cosas de mi padre”, “Pude ordenar el duelo”. Eso me conmueve mucho. Porque esos objetos son comunes: una radio, unos lentes, una lapicera. Pero todos tenemos algo así guardado en un cajón.

En el libro decís: “Recordar implica volver a pasar por el corazón”.

Porque la memoria no es racional. Uno recuerda desde lo emocional. Mi hermana a veces me dice: “Eso no fue así”. Y seguramente tenga razón. Pero yo lo recuerdo así. La memoria cambia todo el tiempo.

También aparece mucho Rosario, el fútbol, Central.

Para mí el fútbol es el padre. Con mis hijos compartimos eso. Hay una frase del libro que quiero mucho: “Con el fútbol queda establecido un calendario común de alegrías y penas que nadie debería perderse”. Creo que es exactamente eso.

¿Te sorprendió verte escribiendo un libro tan íntimo?

Muchísimo. Pero evidentemente era algo que venía trabajando por dentro sin saberlo. Este libro fue una forma de completar algo. De llenar una ausencia con palabras. Y también de aceptar que uno nunca termina de entender del todo a sus padres.

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