Club Eterno

Marina Closs: “En un momento me pregunté por qué nunca escribía sobre mí”

En una nueva edición del ciclo De cháchara, en el Club Eterno, recibimos a una de las voces más singulares de la literatura argentina contemporánea.


Por Anne-Sophie Vignolles.


Nacida en Misiones, licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y recientemente doctorada en literatura alemana, Marina Closs ha publicado, entre otros títulos, Tres truenos (Premio Nacional de las Artes), Trabajos de sed y de hambre (Premio Angélica Gorodischer) y la novela Casa de agua.

En esta ocasión conversamos sobre La encendida silenciosa (Alfaguara), un libro que desafía las formas, propone una lectura activa y se despliega como una experiencia sensorial, rítmica y profundamente corporal.


¿Cómo llegaste a La encendida silenciosa y qué lugar ocupaste en el proceso de elección de la tapa?

El título vino como en una especie de rapto. A mí me pasa eso: si no aparece así, termino usando el nombre del personaje. En este caso estuvo desde el principio, aunque me generó dudas. No quería que La encendida se leyera como algo autobiográfico directo. Pero tampoco podía sacarlo: era el nombre del proyecto desde siempre. Con la tapa tuve participación. Sugerí imágenes y terminamos eligiendo una pintura de Antonella Gesta, con quien ya había trabajado. Logra algo importante: una especie de aura, entre lo luminoso y lo oscuro.

En la página hay espacios, cortes, desplazamientos. ¿Eso surge en la escritura o después?

Siempre estuvo. Era una forma de marcar el ritmo. Después lo ajustamos, pero la estructura ya estaba. Esos espacios permiten movimiento: incluso hay momentos en los que se puede leer de derecha a izquierda. Si los saco, pierdo el ritmo.

Ese ritmo también aparece en la repetición. ¿Tiene que ver con tu forma de pensar?

Sí. El libro está muy ligado a recuerdos, pero no podía escribir sobre mí directamente. El ritmo fue la herramienta. Es como una invocación: repetís algo y empiezan a aparecer asociaciones. No leo mucho lo que se llama “literatura del yo”, y eso me bloqueaba. Pero en un momento me pregunté por qué nunca escribía sobre mí. El libro surge un poco de esa resistencia.

Resulta difícil contar la historia. ¿Qué dirías que es este libro?

Nunca pensé mucho el género. Algunos dijeron cuentos, otros novela. Para mí es más “un movimiento”. Hay narración, pero también pensamiento. Cada parte se cierra y a la vez construye un todo.

Hay una voz infantil y una reflexión sobre esa infancia. Y una fuerte presencia del cuerpo y del color.

Sí, los colores son muy importantes para mí. Tengo una relación obsesiva. También en mi vida cotidiana: es una forma de ordenar el mundo. En el libro aparecen asociados a experiencias. Los recuerdos quedan “manchados” por un color. No es racional, pero persiste.

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También aparece una tensión entre lo onírico y lo real.

Eso viene de mi infancia: sentir que nunca estaba del todo donde parecía estar. Siempre estaba pensando otra cosa. La realidad volvía como un choque. Ese mundo que construía no coincidía con el exterior. El libro intenta reproducir esa dinámica.

Hay algo del orden de lo ritual, incluso de lo religioso, que convive con escenas muy concretas.

Tiene que ver con percibir la violencia en la infancia. Momentos en los que alguien cercano se vuelve extraño. Eso me angustiaba. Ahora lo entiendo distinto, pero quería recuperar esa sensación.

Se habla de la conversación y de la imposibilidad de la solemnidad.

La solemnidad me bloquea. Si una conversación no tiene ironía, no sé cómo participar. También me cuesta lo convencional, repetir lo esperado. Ahí siento que la comunicación se corta.

¿Cómo fue el proceso de escritura?

Fue bastante secuencial. Empecé con un recuerdo y seguí. Algunos capítulos se sumaron después, incluso al final. En un momento sentí que no podía seguir. Podría haber continuado indefinidamente, pero había que cerrar el libro.

¿Qué lecturas te acompañaron?

Siempre estoy en diálogo con lo que leo y con mis contemporáneos. Pero en este libro estuvo muy presente Marina Tsvetáyeva. Su forma de trabajar el recuerdo y el ritmo me marcó mucho.

¿Tenés algún ritual de escritura?

Tomar mate. Es mi procrastinación permitida, pero también el momento en que escribo. Es inseparable.

La encendida silenciosa es, en definitiva, un libro que exige —y recompensa— una lectura atenta. Un texto donde el lenguaje no solo narra: late. Y en ese latido se juega la posibilidad de una vida fuera de sí.

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