No Ficción

Se publica una novela de cada cien

Marguerite Duras entrevista a un editor y revela los pasadizos del mundo de la edición en Outside. Papeles diarios (Banda Propia), que reúne sus trabajos periodísticos con prólogo de María Moreno.


Por Marguerite Duras.


Hemos pedido al director literario de una importante editorial que nos ilumine un poco sobre este universo —por naturaleza completamente desconocido para el gran público— de la literatura virtual.

La literatura publicada supone solo la centésima parte de la literatura escrita en el mundo. Se sitúa entre la más sabia y la más loca de estas.

Es la primera vez que se oye hablar de este abismo, esta noche negra de la que nace, y a la que vuelve en su casi totalidad, esta «cosa rara», la literatura.

Tragedia apasionante, a veces burlesca, pero siempre punzante. El director literario que ha tenido la extrema amabilidad de hablarnos de ello —lee desde hace dos años, a razón de un manuscrito al día— ha querido, con toda la razón, mantener el anonimato.


—¿Qué lección se saca de la lectura, desde hace años, de una gran parte de la producción literaria francesa?

—En primer lugar, que todo el mundo escribe. La necesidad de escribir no está en absoluto vinculada a una condición social determinada ni a ningún grado de cultura. Se escribe en todas las clases de la sociedad. Los jornaleros. Los empleados. Los obreros. Los generales. Los almirantes.

—¿Hay una distribución geográfica de la literatura en Francia?

—No, es a la vez muy dispersa, y muy igual. Se escribe por todas partes. Hay por lo menos un escritor virtual en cada pueblo. En una ciudad de 80.000 habitantes, hay cuatro o cinco. En Orléans, por ejemplo, sin contar las granjas aisladas. Cuando un lector atraviesa Francia, sabe que en tal ciudad, en tal dirección, vive un señor al que conoce muy bien sin haberlo visto nunca.

—¿Cuál es el porcentaje de la literatura publicada?

—Alrededor del uno por ciento. Noventa y nueve manuscritos de cada cien, aproximadamente, vuelven definitivamente a su autor.

—¿Es posible clasificar a grosso modo esta monstruosa cantidad de material rechazado?

—Sí. Para empezar puede hablarse de una literatura en bruto. Ocupa el tercio de los manuscritos. Muchos jubilados, en esta categoría, jubilados de carreras llevadas a cabo en las colonias, precisamente, luego oficiales, funcionarios. Su defecto común es pensar: «Qué novelaes mi vida», y no saber distinguir lo que tiene un interés general y lo que no es más que un recuerdo de uso familiar. No logran dar a sus escritos un interés general. Muchos escriben con la idea de corregir lugares comunes que anidan en el espíritu del público.

Junto a los jubilados, los filósofos reformistas. Hay muchos. Hablo de los autodidactas delirantes. Inventan sistemas muy coherentes que les exigen años de trabajo para su conclusión, y partiendo de los cuales se han de poder remediar todos nuestros males, llegar a tener una buena república, una buena moneda, un buen equilibrio moral, etc.

—El criterio, en esta subcategoría, ¿no resulta a veces delicado? ¿Por qué no ellos, antes que, por ejemplo, en su origen, Fournier y su comuna societaria…?

—Porque ninguno de estos tiene en cuenta la realidad, por una parte. Y, por la otra, porque son de una clara incultura, pero filosofante. Ignoran a todos sus predecesores. Cuanto más absurdo, más vehemente el autor, más persuadido de su genio. Son personas que deben hervir y hasta tal punto que no se puede pensar sin inquietud en su vecindad. Sobre todo, los campesinos. A veces, uno piensa que incluso habría que advertir a la guardia rural que tuviera cuidado con cierto individuo…

—Los autores de esta literatura en bruto, ¿desconocen a veces hasta los usos y costumbres de la edición?

—Con frecuencia. Hace unos años vino a verme un hombre para venderme un manuscrito. Quería hacer un poco de dinero,decía, porque dejaba a «la patrona». Contaba con ese manuscrito, que llevaba en la maleta y pretendía vendérmelo, en bruto, acto seguido. Desde su punto de vista, la lectura era secundaria.

—¿Cuáles son los novelistas propiamente dichos de esta literatura bruta?

—Personas que hacen una literatura de instinto, como una literatura de plagio, o de imitación. Entre los primeros hay mucha literatura autobiográfica, por supuesto muchas mujeres en el umbral de la vejez que cuentan su vida. El ajuste de cuentas, el restablecimiento de la justicia, la reparación del daño que se les ha hecho está en la base de su inspiración.

—¿Ninguna posibilidad de publicación?

—Ninguna, o bien ínfima. Ni en la literatura que duplica a esta, la de imitación. En tanto que rural, procede directamente de las Veillées des Chaumiéres —no vacila ante el mayor sentimentalismo ni ante los golpes de efecto— sea en línea directa de Delly o de Paul de Kock. La que es también plagiaría, del lector de serie negra y del espectador de cine, tampoco tiene su oportunidad.

—¿Se puede, desde ese estadio, hablar ya de literatura?

—No con propiedad. Es a partir del estadio intermedio entre esta literatura en bruto y la verdadera literatura, cuando se puede hablar de ello. Pero la literatura en bruto cumple una función que la literatura editada no revela: da a conocer al autor hasta un punto extraordinario, lo pone al desnudo. A lo largo de estos manuscritos, se pueden encontrar de pronto escenas admirables (que son, en general, episodios de la vida del autor), de una plenitud y de una cadencia extraordinarias. Me acuerdo de una prodigiosa escena sexual, de cuatro o cinco páginas, del manuscrito de una mujer iletrada.

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—¿Por qué, por cierto, y todos los lectores de manuscritos lo lamentan, no hacer un libro con estas páginas?

—Porque el autor se tomaría sin duda a mal esta oportunidad «inconsciente».

—¿Cuáles, según usted? ¿El criterio de la categoría a la que llegamos, el de la calidad ya literaria?

—La inteligencia. La amplitud del relato. El dominio del caso particular por medio del estilo. A partir de ahí, el autor escribe lo que él es, y no lo que sabe.

—¿Son las subcategorías las mismas de antes, quizás?

—Sí, pero reforzadas y con talento. Se encuentra una literatura de compensación pero con otros modelos. Estos modelos cambian, por otra parte, con el tiempo. Los hay permanentes.

—¿Podría decirnos algo de ellos?

—Entre los temas permanentes, sobre todo El Gran Meaulnes.

Ha hecho mucho daño. De este se deriva una literatura de angelismo, de poesía declarada: subcategoría completamente provinciana, universitaria. Hay modelos nuevos. La novela kafkiana, insolente por su abundancia, pero que ya se rarifica. Desde hace unos años, hay cantidades de novelas a lo Sagan, que pintan una juventud libre, a lo Saint-Germain-des-Prés, desesperada y amarga. De este tipo hay aún para cinco años, más o menos, pero ya empieza a pasar de moda. También existe la moda americana (1945-1950), que imita a imitadores ya publicados.

—Sin duda, ¿hay una literatura propiamente urbana?

—Sí, la que se inspira en esos últimos modelos, dejando de lado a Alain-Fournier. Describe el aburrimiento de las ciudades, la soledad del individuo en la ciudad, su rebelión y su aventura.

—¿Existe una literatura de Toulouse y de Estrasburgo, más que de otro lugar?

—La raza de escritores, sabe usted, es una raza que anula las diferencias no solamente sociales, sino regionales. A grandes rasgos, a partir de la literatura, se descubre que la población de Francia es en su mayoría claramente rural. Pero dicho esto, sí, puede añadirse que ciertas ciudades producen libros de un tono específico.

—¿Lyon?

—Novela secreta, misticismo a fondo.

—¿Burdeos?

—Novela social. Mucho derrumbamiento del terreno ancestral. Pero si empezamos, hablemos también de la novela suiza, belga, etc.

—¿La novela suiza?

—Impresión excelente, muy buen papel. Tema noble, vaporoso, distinguido. Los lagos tienen siempre un papel en ella, al menos de decorado. La novela belga está menos cuidada.

—¿En qué tradición está la novela francesa, también grosso modo?

—En la tradición social de Balzac, sobre todo en su aportación provinciana. Olvido decir que una de las fuentes de inspiración más frecuente es la rebelión contra la generación precedente.

—¿Reciben ustedes muchas novelas del norte de África?

—Cada vez más. En África del norte se escribe en una proporción aún mayor que en Francia. Mientras la novela francesa está alejada de la actualidad política, la novela norteafricana y la negra, al contrario e inevitablemente, tienen siempre coordinadas políticas.

—¿Cuál es el punto común a toda literatura, buena o mala, el único?

—Es que escribir es una necesidad feroz, trágica, en los escritores y más, con frecuencia, en los malos que en los buenos. Es un empeño que exige a veces un esfuerzo moral extraordinario. El autor, para realizar la novela, se alimenta no solo de su ocio sino de su oficio. Está siempre solo, sobre todo en provincias donde escribe para salir de la asfixia. Inútil decir que el rechazo es siempre algo horrible, a veces trágico. Rechazar un manuscrito, sobre todo un primer manuscrito, es rechazar un hombre entero, recusarlo.

—¿El milagro de un uno por cien?

—Sí. A veces se lo reconoce inmediatamente; a veces hay que esperar varias páginas, pero es raro.

—¿Cómo los reconoce usted?

—La impresión súbita de tocar una tela distinta. Entonces se experimenta una alegría inmensa y temblorosa. No imagina usted lo que puede ser eso. Se avanza en la lectura del manuscrito temblando por temor a verlo decaer, y a romperse de pronto. Cuando se llega al final, se experimenta un orgullo, sí, un orgullo estúpido a decir verdad, porque es el azar el que le ha hecho descubrir a uno ese libro y no a otro. Se anuncia a todo el mundo.

—¿Lee usted todos los libros hasta el final?

—Sí, todos, y hasta el final, puede usted afirmarlo, y por desgracia, casi nunca se produce una equivocación. Ninguna recomendación vale, ninguna trampa. Estamos condenados, por las condiciones de la edición, a ser concienzudos.

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