Sábados de super acción
Eduardo Grossman
Jueves 05 de noviembre de 2026
Daniel Link recuerda los grupos de estudio privados de Beatriz Sarlo en plena dictadura: un extracto de Literatura, saber y deseo (Tenemos las máquinas).
Por Daniel Link.
Mis amigos de la escuela secundaria y yo entendimos el verdadero significado de la dictadura recién hacia finales de 1976, cuando fue evidente que ni mi primo Fernando ni otros conocidos iban a volver a sus casas ni tampoco iban a pasar un tiempo en alguna cárcel. Había sucedido algo más grave que nuestra experiencia durante otras dictaduras no nos permitía predecir.
Entonces la lectura adquirió unas potencias que hasta entonces para mí eran desconocidas: se podía tener problemas con el Estado por leer tal o cual libro. Es decir: ciertos libros tenían una potencia antiestatalista y antiautoritaria que podía llevar a la muerte o a la desaparición.
Nos dedicamos, pues, a leer libros “clandestinos”, es decir: libros con los cuales no convenía ser visto en la calle y que, naturalmente, no había que pedir en las bibliotecas públicas. De pronto la lectura, que es la escalera hacia la cultura (incluso hacia la cultura más rancia y más comprometida con la conservación del Mal sobre la tierra), se convertía en un arma contracultural. Y se podía pensar también en una manera de leer “clandestinamente” todo, incluso la más rancia cultura. Lo clandestino era no solo el objeto, sino también la perspectiva.
Todo eso sucedió en un más allá del límite, y se ejerció una política del terror cuyas consecuencias todavía no han cesado.
Más allá del horror que nos provocaba todo lo que a nuestro alrededor sucedía, la vida continuaba (y es difícil, a veces, comprender o transmitir cómo). De esa época hay varias polémicas (que no tienen mucho sentido para quienes no vivieron aquellos años) entre los que se fueron y los que se quedaron. En mi caso, esa opción no existió nunca (yo era muy chico), de modo que me quedé y, como muchos otros, empecé a prepararme lo mejor que podía para enfrentar la barbarie de la dictadura y para restaurar todas las heridas posibles cuando esta terminara.
Si bien había crecido en contextos de cancelación de las garantías democráticas, nunca había vivido en una sociedad dominada por el terror como el que se impuso en 1976: el terrorismo de Estado impregna todos y cada uno de los comportamientos y tiñe todas y cada una de nuestras relaciones. La “movilización total” de las energías vitales. Una vez, un poco antes de empezar los cursos con Beatriz Sarlo, la policía me golpeó en la plaza de enfrente de la Facultad de Ciencias Económicas, adonde iba a hacer el examen de ingreso. Nunca supe por qué, pero tampoco eran momentos de andar pidiendo explicaciones.
Seguí leyendo, pero ahora clandestinamente, y sobre todo libros prohibidos. Por ejemplo, El beso de la mujer araña (1976) de Manuel Puig, que tuve que encargar que me lo compraran en Uruguay porque en la Argentina la censura lo había indexado. Espero que se entienda la dimensión de un aparato de censura que hacía de una novela de Manuel Puig que ridiculiza un poco el discurso marxista un libro peligroso y cuya circulación se prohibía sin juicio previo.
En la biblioteca de mi primo Fernando Risso que mis padres habían comprado para mí en lote, había varias colecciones completas publicadas por el Centro Editor de América Latina, cuyos libros ya no estaban en librerías. Incluso muchas bibliotecas enteras fueron enterradas o quemadas para salvar a sus dueños. En 2017, los artistas cordobeses Tomás Alzogaray Vanella, Agustín Berti y Gabriela Halac publicaron La Biblioteca Roja. Brevísima relación de la destrucción de los libros, que reconstruye el proceso de búsqueda, desentierro y exhumación de los libros que Dardo Alzogaray y Liliana Vanella (los padres de Tomás) buscaron resguardar antes de su exilio mexicano en 1976. Fueron asistidos en esa tarea por estudiantes de antropología forense, entrenados en las técnicas de identificación de los cadáveres que la dictadura había enterrado en fosas comunes.
“Mis libros del CEAL” se salvaron por un cambio azaroso de manos. Si la biblioteca de mi primo Fernando hubiera estado con él cuando lo secuestraron, no habría quedado nada de ella. Cada vez que leo su nombre en alguno de mis libros me queda el pobre consuelo de que algo de su conciencia (lectora) sobrevive gracias a mi avidez infantil.
El CEAL fue un emprendimiento llevado a cabo por Boris Spivacow, quien había sido el primer gerente de la Editorial Universitaria de la Universidad de Buenos Aires, cuando fue fundada en 1958. Spivacow renunció a su cargo como resultado de La Noche de los Bastones Largos y fundó el CEAL, donde continuó su extraordinaria labor.
La mayoría de los libros del CEAL que estaban en la biblioteca de Fernando eran muy áridos para mí, pero me obligué a leerlos (La revolución mexicana de Ernesto Goldar, por ejemplo, o una extraordinaria antología de textos de Marx hecha por Oscar Landi). Con mis amigos nos juntábamos a cantar canciones “de protesta”, a comentar nuestras lecturas, a recitar poemas de César Vallejo y a adivinar la suerte de los que ya no estaban y nuestros miedos.
El formalismo y el método formal, por aquellos años, permitían sostener el habla en un espacio público no demasiado dispuesto a la proliferación de espacios de conversación. De modo que el método formal fue nuestra forma de resistir a la dictadura, dentro y fuera de las instituciones, porque su aspiración de cientificidad nos permitía seguir analizando los mismos asuntos (la ideología, la política, el poder) a través de un metalenguaje opaco para las agencias de espionaje que el Estado terrorista había distribuido en las universidades.
En 1981, si no recuerdo mal, empecé a estudiar, los sábados, con Beatriz Sarlo, en los cursos parauniversitarios que dictaba en la oficina de Punto de Vista, fundada en 1978 por un grupo de intelectuales que habían aprovechado su experiencia previa en la revista Los Libros para sostener un foro de discusión en tiempos de tinieblas. La revista fue financiada, en principio, por el partido de orientación maoísta Vanguardia Comunista, pero bien pronto demostró una gran autonomía tanto en lo político como en lo cultural. Más tarde, en el período de restauración democrática, las posiciones de los integrantes de Punto de Vista y de quienes se reconocían en sus objetivos de reconstrucción de la universidad fueron identificados (con cierta ironía) con el mote de “los modernos”. Yo tuve el privilegio de que Beatriz Sarlo me encomendara hacer el primer índice analítico de la revista, mucho antes de que existieran los buscadores y los índices en internet.
Llegué a Beatriz un poco por azar. Enrique Pezzoni nos había recomendado que siguiéramos algún curso para completar nuestra formación en los temas que las instituciones no podían tocar por entonces. Las opciones que nos dio eran dos: Josefina Ludmer o Beatriz Sarlo, las dos grandes estrellas de esa “universidad de las catacumbas” en la que nos formamos durante la dictadura. La mitad de mis amigos se formó en los cursos de Josefina Ludmer. La otra mitad en los cursos de Beatriz. Josefina tenía fama de ser más “textualista”, a Beatriz se le reconocía un mayor dominio de perspectivas “sociológicas”. Como Enrique ya era para mí el mejor analista de textos posible, me sentía más tentado por aprender aquello que mis cursos institucionales no podían darme.
Pero además, antes de tomar esa decisión, habíamos ido a una de las conferencias que organizaba semiclandestinamente Punto de Vista en “catacumbas” (teatros desocupados o galpones) de la mano de Enrique. Digamos que era 1980 (yo todavía no conocía a Sarlo). La conferenciante era Josefina Ludmer y habló sobre “La gauchesca como género menor”. La conferencia me pareció brillante y, al mismo tiempo, un poco previsible, porque lo que Josefina dijo en esa ocasión (nada que ver con lo que luego se leyó en su libro El género gauchesco) fue una glosa del capítulo central del Kafka de Deleuze y Guattari que yo, casualmente, había leído la semana anterior en una revista.
En todo caso, al optar por un curso parainstitucional que se daba en lugar de (y en contra de) los saberes que circulaban en las instituciones educativas, lo que quedaba claro era la toma de posición en relación con un modo de comprender la herencia cultural y su proyección social. El formalismo nos salvó de la paranoia que constituyó la ecología cultural de aquellos años. Nos permitió situarnos en un campo minado. Por supuesto, había otros cursos, de los que sabíamos poco y nada. Como en El club de la pelea, la primera regla era que no se hablaba de los cursos clandestinos que hacíamos. Mis compañeros en los cursos de Beatriz fueron Graciela Villanueva, Graciela Montaldo, Sergio Chejfec, Carlos Mangone, Andrés Di Tella (iba también al curso de Josefina). Lo que aportaban los cursos era un horizonte que en otra parte no existía. Hablábamos de teatro, de cine, comentábamos lo que no circulaba (tampoco en la prensa, bastante canalla, por cierto).
Amado Alonso —hasta los conflictos con el primer peronismo que obligó al exilio a la brillante generación de filólogos que trabajaban con él (los hermanos Lida, Ángel Rosenblat)— fue director del Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras, y profesor de Anita Barrenechea en el Instituto del Profesorado. Ella fue profesora de Enrique Pezzoni, que fue mi maestro y mi amigo, en el mismo Instituto del Profesorado. Anita desarrolló nociones de gramática e intervino en la pedagogía de la lengua en la escuela secundaria. De pronto, una cadena de afinidades me alcanza y me arrastra.
La figura de la cadena siempre me atrajo misteriosamente. Cuando escribí un artículo sobre El frasquito de Luis Gusmán (fue mi primera contribución “importante” para la revista Filología) destaqué la frase “La cadena te buscará para matarte” que, con el correr de los años se transformó en “El algoritmo te buscará para matarte” y en “El archivo te buscará para matarte”. Lo encadenado, lo seriado constituye para mí una de las claves de los programas de lectura pero también de lo que en el texto vive de una conciencia más o menos desdichada.
A priori, Beatriz Sarlo no formaba parte de esa cadena de afinidades y sin embargo yo la encontré en ese mismo lugar. Yo no lo sabía cuando estudiaba con ella los sábados, durante la dictadura, pero ella había defendido hasta la pelea, en su momento, que El mundo de Roland Barthes (1981), una antología firmada por Silvia Niccolini, cerrara la colección “La nueva biblioteca” del CEAL. El extenso ensayo introductorio (escrito, claro está, por Beatriz, pero firmado con seudónimo) apareció en el libro Plan de operaciones. Sobre Borges, Benjamin, Barthes y Sontag (2013), que publicó la Universidad Diego Portales con edición de Leila Guerriero.
El estructuralismo, del que Barthes fue su mejor representante, pretendió resolver la antinomia entre lo individual y lo universal por la vía de la estructura, aplicando a aquello que es el origen de la antinomia misma (el lenguaje) una llave de fuerza, podríamos decir, que la desbaratara: la noción de tercero, el triángulo vocálico, el Edipo, etc… Eso mismo, que pone a circular el sistema, vuelve al estructuralismo un umbral hacia otra cosa, un más allá del pensamiento.
Roland Barthes fue probablemente el más importante de los teóricos estructuralistas de la literatura, aunque su aventura semiológica abarcó también el cine, la fotografía, la música, la moda y los comportamientos. Famoso por su modelo de funcionamiento de los relatos (que fue perfeccionando hasta su gran libro S/Z, uno de los mayores aportes pedagógicos al estudio de un texto literario), fue abandonando progresivamente la “ciencia con paciencia” en favor de perspectivas menos rígidas.

La primera semiología barthesiana habría sido, según su mirada retrospectiva, una semiología de “la lengua trabajada por el poder” que habría pretendido reunir a Sartre, Brecht y Saussure (el Saussure del Curso, no el de los anagramas). Por eso (por todo ese trabajo en relación con el signo, su plenitud irrisoria, sus sistemas de relaciones, sus funciones), leemos en Lección (1978): “Alguien que toda su vida se ha debatido para bien o para mal en esa diablura, el lenguaje, no puede sino fascinarse por las formas de su vacío, que es todo lo contrario de su hueco” (OC, V: 441), el semiólogo formalista, vuelve, de la mano de Nietzsche (el filólogo loco) y del Saussure de los anagramas (y ya no el del Curso) al Texto (con mayúscula) “porque, en ese concierto de pequeñas dominaciones, el Texto se le apareció como el índice mismo de despoder” (OC, V: 441).
Enseñar a leer la Ley (si admitimos la perspectiva de Lévi-Strauss) es enseñar a temer al Poder. Pero, nos dice ahora Roland Barthes, enseñar a leer el Texto es como enseñar a escaparse del poder, a suspender sus veredictos. Creo que Beatriz se dejó atrapar por esas promesas y, aunque nunca lo estudiamos con ella, hizo del magisterio barthesiano parte de su vida (“barthesiana de por vida”, se dijo alguna vez).
Leo con melancolía estas tensiones inherentes al método formal y al estructuralismo porque coinciden con mi juventud. Y si me detengo en una exposición somera de estos métodos es porque mi semana, digamos, entre 1980 y 1983, se distribuía de ese modo: de lunes a viernes estudiaba el estructuralismo (convengamos que en el mejor de los casos: a veces me tocaba interiorizarme de la gramática histórica) y los sábados, con Beatriz Sarlo, el formalismo ruso y checo y las vanguardias argentinas.
La revista Los Libros fue fundada en 1972 por Héctor Schmucler, quien venía de estudiar en París con Roland Barthes (su modelo fue La Quinzaine Littéraire). Beatriz integró su consejo editor hasta la desaparición de la revista en 1976. Por esos mismos años colaboró estrechamente con el Centro Editor de América Latina, donde había comenzado a desarrollar sus hipótesis en Capítulo. La historia de la literatura argentina (una publicación de fascículos semanales que se vendía en kioscos de diarios y revistas de todo el país y que tuvo un altísimo impacto en la enseñanza de la literatura) y algunas antologías. Al mismo tiempo, militaba en los más radicales sectores de la izquierda.
Antes de aceptar alumnos en sus cursos, Beatriz exigía una entrevista previa con los candidatos, un poco para decidir si se trataba de un espía de los servicios de inteligencia y otro poco para evaluar la “motivación” del postulante. Me aceptó (durante la entrevista yo transpiraba copiosamente porque, por lo poco que sabía de ella, le tenía miedo) y comencé a cursar con ella, para mi sorpresa, un curso sobre el método formal. La oficina de Punto de Vista no tenía mayores comodidades: una mesa de madera (que Beatriz conservó hasta sus últimos días), unas cuantas sillas de paja (incomodísimas) y pilas de revistas que usábamos como asiento, porque las sillas no alcanzaban. Circulaba un mate, Beatriz se sentaba en la cabecera de la mesa y armaba cigarrillos mientras hablaba. Su cuerpo era muy notable, porque a veces se independizaba de ella y de pronto las manos habían agarrado el pulóver que colgaba del respaldo de la silla y ella se lo ataba sobre el cuerpo a la altura de los hombros, sin dejar de hablar. No tenía ningún significado, era algo que sencillamente sucedía.
Muchos años después, el conocimiento que yo adquirí de los gestos de Beatriz durante esos sábados me permitió descubrirla en uno de los personajes de Glosa de Juan José Saer.
Al principio yo no estaba conforme con el curso de Beatriz, porque lo consideraba más de lo mismo (método formal, en el que yo me consideraba ya experto), pero después me di cuenta de que el formalismo podía asociarse con la revolución y el estalinismo de un modo tan intenso que había allí un nudo en el que había que detenerse porque, de algún modo, nos había alcanzado. De hecho, la dictadura fue tan salvaje en su persecución del enemigo que incluso la matemática de conjuntos, muy en boga durante la década de los sesenta, fue declarada “subversiva”. Gracias a Beatriz comprendíamos que las maneras de leer un objeto lo modificaban y lo situaban en un horizonte de problematización que le daba un nuevo alcance. ¿Cómo podía pensarse una relación entre el método formal, la política y el Estado?
Beatriz fue una profesora de una generosidad extraordinaria y nuestras conversaciones iban más allá de los temas que estudiábamos. Ya entonces devoraba películas, museos, obras de teatro, libros y óperas con la misma fruición que yo había consagrado a la televisión. Nos daba un repertorio de consumos culturales (con los cuales, ay, pocas veces coincidí). Gustaba de escribir cartas y mandar postales. Una vez nos contó con una dicha extraordinaria la sorpresa que le produjo haber recibido una carta de su amiga Susana Zanetti (una de las grandes profesoras de la literatura latinoamericana y promotora de varios proyectos en el CEAL) y al abrir el sobre, encontrar papeles para armar cigarrillos (que por entonces era imposible conseguir en Buenos Aires).
Cuando comenzamos a cansarnos del método formal (o cuando la dictadura comenzó a desintegrarse), desplegó las críticas que históricamente se le hicieron y nos hizo leer a Bajtín, Voloshinov, Medvédev. Yo me preguntaba cada sábado cómo era posible que supiera tanto sobre tantas cosas.
En el curso de 1982 introdujo otros paradigmas (la sociología de la literatura, por ejemplo, que era lo que en principio me había llevado a sus cursos). Proponía leer los procesos por los cuales unos textos eran considerados mejores que otros, por qué el gusto literario se formaba de tal modo y no de otro, qué papel cumplían los manuales de literatura, las antologías poéticas, en la formación de las literaturas nacionales, cómo se segmentaban según clases sociales los consumos literarios, sobre todo a partir del modelo de Bourdieu (una sociología estructural). Creo que la sociocrítica o la psicocrítica no le interesaban demasiado, pero nos introdujo en algo que nadie conocía: los estudios culturales británicos, que desplazaron el acento de lo propiamente literario a lo cultural, entendiendo que la literatura forma parte de un complejo entramado de prácticas y que comparte representaciones y procesos de subjetivación con otros discursos y formas comunitarias de organización.
Raymond Williams y Richard Hoggart, en dos libros que, con justicia, se consideran hoy como los fundamentos de los estudios culturales, han formulado hipótesis que afectaron el ciclo de la teoría y redefinieron la idea de totalidad. Tanto en The Uses of Literacy de Hoggart como en Marxismo y literatura de Williams se lee algo que afecta definitivamente a la pregunta sobre la especificidad y el punto de vista de la teoría: puestos a hablar de la cultura obrera, leemos, lo primero que debemos decir es que no estamos en situación de exterioridad respecto de ese universo cultural.
Literalmente, lo que Hoggart señala es: “Yo pertenezco a la clase obrera, y en la actualidad me siento a la vez cercano a ella y alejado de ella” (The Uses of Literacy, 1957). Igualmente, en el prólogo a Marxismo y literatura, Williams recuerda: “Mi experiencia de crecimiento en el seno de una familia de la clase trabajadora me había llevado a aceptar la posición política básica que ellos sostenían y clarificaban”.
Tanto Williams como Hoggart parecerían afirmar que se puede pronunciar algún tipo de verdad sobre la cultura de una clase desde el borde interior de la clase. Transferido este enunciado, ciertamente novedoso en el contexto de las teorías culturales marxistas, a la totalidad de segmentos o estratos culturales, el resultado es que la posición de enunciación de la teoría será extremadamente móvil y compleja. Los estudios culturales, con la atención que prestan a las culturas sectoriales (culturas populares, juveniles, barriales, cultura de mujeres, cultura urbana, cultura gay o culturas étnicas) plantean la totalidad como fracturada, atravesada por series de sentido y de valores relativamente autónomas.
Si es cierto que de este modo los estudios culturales legitiman la idea de fragmentación, no menos cierto es que esa fragmentación se remite a una cierta totalidad: Williams, por ejemplo, ha propuesto una dinámica cultural que dé cuenta de procesos complejos y diferenciales y al mismo tiempo relacione esos procesos con una instancia de integración: lo residual, lo emergente y lo dominante son las categorías que, para él, articulan la relación entre lo hegemónico y lo subalterno.
Como consecuencia, la atención ya no estará puesta más en el borde, límite o juntura de una cultura con otra, de una práctica con otra (en todo caso: ahí se asienta el punto de vista liminar del culturalista) sino en los encastres de un registro cultural con otro. Por eso muchas veces los estudios culturales han sido acusados de “panculturalistas”: una cultura así propuesta y así examinada no tiene límites.
Ninguna de esas perspectivas desarrolló una pedagogía de sus métodos, pero nosotros asistíamos al milagro de que el conocimiento pudiera continuar pese a todo: la dictadura y la guerra de Malvinas, que monopolizaban todas nuestras discusiones.
Más allá del alcance de esa movilidad del punto de vista y esa ampliación del objeto en la historia de los estudios culturales, para mí significó algo decisivo: me explicó a mí mismo que yo podía ser al mismo tiempo interior y exterior a mi propia imagen de clase, a las lecturas baratas que habían alimentado mi infancia, al demonio de la repetición que disfrutaba en las series de televisión que veía. El “desclasamiento” que resulta como efecto de la cultura letrada nunca es total y en esa superposición imperfecta de una capa sobre otra radica la “singularidad” de una perspectiva lectora.
En 1982 Beatriz publicó junto con Carlos Altamirano (quien la había acompañado en la fundación de Punto de Vista y en varias investigaciones sobre historia intelectual argentina) uno de los clásicos de la transición democrática, Literatura/Sociedad, en una colección que dirigía Elvira Arnoux.
Entre 1984 y 2003, Sarlo fue una de las mejores profesoras de la Facultad de Filosofía y Letras (por supuesto, continuó con el hábito de dictar sus clases de los sábados). El último curso que hice con ella fue sobre “Cultura de los años sesenta”, en 1983.
Después, desde su renuncia a las aulas se dedicó exclusivamente a la investigación en temas cada vez más ajenos a la literatura (sus libros La pasión y la excepción y Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo, por mencionar solo dos ejemplos, examinan la construcción de la soberanía política alrededor de una estrella de la política pop, Eva Perón, y proponen un análisis crítico del testimonio autobiográfico como fuente de verdad; los dos libros fueron escritos en contra de la nostalgia de los años 70, hasta la publicación de su libro de viajes, De la Amazonia a las Malvinas, donde recopiló muchas historias que yo le había escuchado contar. Cuando reseñé ese libro precioso le puse el título “Viajes con mi tía”, un poco porque a ella le gustaba ese saludo y otro poco porque su perspectiva historiográfica siempre fue muy tinianoviana (en Tiniánov, las metáforas del salto del caballo o de las filiaciones de tío a sobrino para explicar la evolución literaria ocupan un lugar importante).
Ese salto se produjo en 1983, con la recuperación democrática, cuando tuvimos que asumir un compromiso institucional y empezar a enseñar lo que habíamos aprendido. Las cátedras (encabezadas por Enrique Pezzoni, Beatriz Sarlo, Josefina Ludmer, Nicolás Rosa, entre tantos otros) se formaron con quienes habían hecho esos cursos, que pensábamos que íbamos a cambiar la universidad y la educación (cosa que sucedió) e íbamos a cambiar el mundo (cosa que no sucedió).