Mario Levrero, detrás de las palabras
Viernes 28 de agosto de 2026
Compartimos el arranque de En un rincón de mí nacerá una planta (Marciana), en el que Fernanda Trías recuerda a su maestro.
Por Fernanda Trías.
El 30 de agosto de 2004 el teléfono sonó de madrugada en la casa sobre la calle Ponce. Apenas estaba amaneciendo y esa llamada solo podía augurar alguna desgracia. ¿Quién?, de todas las pérdidas posibles. Salté de la cama y en dos zancadas estuve junto al teléfono. He aquí el instante en que todo se congela, como el fotograma de una película incrustada en la memoria. De estos fotogramas está hecho el resumen de una vida: finales, comienzos, puntos de no retorno. De pie frente a la ventana siento la claridad mortecina de aquella hora oscura caer sobre mí. Alguna palabra romperá la quietud, precipitará el movimiento. La palabra hospital, la palabra infarto. Mario Levrero ―para ellos, Jorge Varlotta― estaba internado en el Hospital Británico. La que llamaba era Alicia. No sé si fue directa, lapidante, o encontró espacio para el eufemismo. Alcanzó sí para entender dos cosas fundamentales: que Mario se estaba muriendo y que íbamos a despedirnos. A partir de ahí las cosas se aceleran. En menos de un minuto estamos en un taxi rumbo al sanatorio y el trayecto se hace muy corto. Atravesamos las puertas de vidrio del Hospital Británico y Alicia y Juan Ignacio nos reciben en el lobby. Hay que tomar unas decisiones médicas, así que ellos se adentran por un pasillo y yo quedo en la sala de espera, donde nuevamente el tiempo se estanca y los minutos se repiten en la memoria: el timbre, las zancadas, la certeza de que el amanecer siempre se pareció a la muerte, funesto pájaro de invierno.
A pesar del sobresalto no puedo decir que hubo sorpresa. Era algo a lo que veníamos preparándonos. Había pasado poco más de un año desde ese otro mensaje que recibí estando en Japón con la noticia del primer infarto. Levrero se había negado a someterse a algún tipo de procedimiento; me imagino que un cateterismo o algo similar. El tiempo que siguió fue de silenciosa despedida. De Japón le trajimos de regalo una cámara digital compacta que Mario usó para sacar fotos desde las ventanas de su apartamento en Bartolomé Mitre: palomas, techos y transeúntes que años después se expusieron en el CCE de Montevideo. La pregunta que había quedado suspendida desde entonces era: ¿cuándo? Teníamos el qué, el quién y probablemente el cómo.
Mario Levrero había soñado su propia muerte, un pergamino largo que iba llegando a su fin. Y también en sueños había leído su propia necrológica con la fecha anunciada (le erró por unas semanas). Algunos amigos intentaron tomárselo en broma. Era agosto, y cada año él solía ponerse de un ánimo lúgubre porque agosto era el mes en que habían muerto su madre y su padre. Le daba miedo morir solo y en esas últimas semanas le había pedido a Alicia que lo acompañara e incluso que lo llamara cada dos horas. Poco antes yo lo había soñado abrazando a una mujer muy flaca. Como siempre, lo primero que hice al despertar fue mandarle un correo contándole el sueño. El significado fue claro, al menos para él, que se vio abrazando a la Parca. Según Mario, yo tenía dos personalidades: la Fernanda de la vigilia y la otra, la bruja. Lo decía por mi sueños y por las veces en que me había entrometido en su mente, atrapando imágenes sin su consentimiento. “Otra vez te metiste en mi inconsciente”, decía. Nos reíamos de eso. En el mismo sueño en que lo vi abrazando a la mujer flaca y vestida de negro, él me contaba que estaba tramando algo grande, tal vez peligroso. Cuando se lo pregunté me dijo que sí, que era justamente el caso, pero que no podía contarme más detalles. Sin embargo, a veces me decía: “En noviembre ya no estaré aquí”.
Y así fue.
En los primeros meses y años después de su muerte, dos por tres me contactaba algún periodista que estaba escribiendo sobre Levrero para hacerme preguntas. Cada vez me negué. No quería ni podía hablar de él; tampoco sentía que tuviera nada especial para decir, porque en el fondo nuestra relación había sido la de dos amigos raros, o la de una sobrina y un tío, y mucho de lo que yo podía decir no eran más que trivialidades. A menudo me dormía cuando iba a visitarlo. Apoyaba la cabeza en el respaldo del sillón que estaba frente al suyo y la cadencia de su voz me iba hipnotizando hasta caer en un sueño irresistible; nos contábamos lo que estábamos leyendo o hablábamos sobre nuestras fobias compartidas. Yo le tenía mucho miedo a los aviones, pero me sometía a ellos. Según él, yo sufría de contrafobia, el mal por el cual alguien se arroja constantemente a aquello que más
teme. Salíamos a comer o a caminar y yo tenía que inclinarme para escuchar lo que decía, bajo el ruido de la calle, con su voz baja y monótona. Si hablaba de algo paranoramal, yo me ponía nerviosa, como la vez que me contó sobre los espíritus que vivían en su baño. Él los ignoraba, decía, pero siempre los veía allí, tan presentes como yo misma sentada en el sofá. Otro día, caminando por 18 de Julio, a la altura de la Plaza Libertad, nos cruzamos con Gerard de Nerval. Yo no lo vi, pero Mario se puso lívido. Era de noche y alrededor de los faroles flotaba la niebla. “¿No lo viste?”, dijo, con la cara transparente, “¡Era Gerard de Nerval!”. El poeta francés que se había ahorcado en París en 1855, y del que yo había leído Aurelia, un viaje al abismo de la locura. Seguimos caminando, lo más rápido posible, mientras él me lo describía al detalle. En ningún momento dudé que fuera cierto: Gerard de Nerval había pasado junto a nosotros, vestido de traje anacrónico, y lo que me daba miedo no era que su alma estuviera en Montevideo, un siglo y medio más tarde, sino que yo no pudiera verla. Lo mismo me pasaba cuando iba al baño en su apartamento y todo relucía de blanco, azulejo sobre azulejo. Ni rastros de los fantasmas. Otras veces lo visitaba y no teníamos de qué hablar. Yo iba a la cocina, abría la heladera y me comía todo el chocolate. O él me mostraba cómo funcionaba su nueva y amada máquina de hacer pan. ¿Qué iba a contarle yo a un periodista? Era demasiado íntimo, cotidiano y hasta banal; banal para todo el mundo, claro, aunque no para mí. Lo que ellos más querían saber era la identidad de Chl (Chica Lista en La novela luminosa), que por algún tiempo permaneció secreta para el público. ¿Cómo se llama? ¿Cuál es su contacto? Chl, que después de la muerte de Levrero se fue a vivir a México, tampoco respondía entrevistas y creo que sigue sin responderlas.

En ese tiempo se escribieron muchas notas y se organizaron varios homenajes, de los que me llegaban algunos ecos por correo electrónico. Para entonces yo vivía en Francia y fue más fácil abstraerme del revuelo mediático. Me daba rabia que “ahora sí” le prestaran la atención que antes le habían negado. Me daba rabia que ahora tantos se llenaran la boca con su nombre. Pero él sabía que tras su muerte iba a pasar esto. Lo afirmaba con tranquilidad, no como la fantasía del escritor resentido. Para alguien que se había saboteado de tantas maneras y cuyos libros circulaban poco, no dejaba de sorprender que tuviera tal certeza sobre el lugar que ocupaba en la literatura uruguaya.
Durante años, uno de sus libros más importantes, El discurso vacío, fue inconseguible en Uruguay; se había agotado la primera tirada de quinientos ejemplares y la editorial Trilce se negaba a reimprimirlo. Quinientos ejemplares era todo un éxito por aquella época en Uruguay, sobre todo para las editoriales independientes. Permitía recuperar la inversión y hasta ganar un poco de margen. El riesgo de que la segunda tirada no se vendiera era demasiado grande, y la editorial no creía que Mario Levrero tuviera otros quinientos lectores. Los últimos años de su vida también incluyeron la frustrante tarea de golpear puertas en las editoriales uruguayas en busca de alguna que quisiera publicar La novela luminosa, hoy considerada por muchos como su obra cumbre. En Trilce se la rechazaron por su extensión; no había manera de invertir tanta plata porque, según nos dijo el editor a Pablo Casacuberta y a mí (Mario ya se había desentendido del asunto), no podrían recuperarla. Además, nos dijo, el precio del libro sería demasiado alto para el lector común. En general, la respuesta de todas las editoriales fue la misma y el manuscrito permaneció inédito hasta después de su muerte. Ese manuscrito yo lo había leído dos veces, sentada en el antepecho de la ventana en el Palacio Salvo. Había dibujado mis “famosas” tijeritas al margen de algunos párrafos muy farragosos y mis “JUAS” al lado de las partes que me habían arrancado una risa. Él disfrutaba encontrarse con estos “JUAS”. Con respecto a las tijeritas, me decía: “Tenés razón, pero no lo voy a cortar”.
A esos mismos editores que se habían negado a reeditar y a publicar sus libros, los vi llegar el día del velorio y lanzarse a toda velocidad al encuentro de Alicia Hoppe. Esa imagen es otro de los fotogramas que llevo incrustado en la memoria. A un editor particular (de cuyo nombre prefiero no acordarme) lo vi llegar con una gabardina que se abría a los lados como las alas de un cuervo. Montevideo en invierno se parece mucho a Ciudad Gótica, así que la presencia del Pingüino no desentonaba del todo. Fue una época de mucha rabia, contenida, masticada en silencio. Sentía que había un manoseo en la manera en que algunos intentaban llevarse un pedazo de él. Otras veces mi visión no era tan resentida, simplemente afirmaba que, como el alma de Gardel, el alma de Levrero no podía emprender su viaje tranquila mientras todo el mundo estuviera reclamándolo aquí abajo. Ahora entiendo que otras personas quizá encontraron en la palabra una manera de hacer el duelo, mientras que yo pretendía hacer el mío con unas ideas bastante rígidas sobre lo que consideraba “respetar sus deseos” e incluso haciando la negación de su muerte. Durante una década me negué a hablar sobre Levrero; luego pude decir algunas cosas, con timidez, pero para entonces me parecía que ya había olvidado mucho y me costaba acceder a ese tiempo y a esa Fernanda que había sido con él vivo en el mundo. Tengo la memoria llena de baches y casi toda mi correspondencia con Mario desapareció cuando perdí acceso a mi cuenta de adinet.com.uy. Mientras él todavía estaba vivo habíamos hablado de hacer una copia de esos correos, pero al final nunca la hicimos y no tuve energía para molestar a Juan Ignacio y a Alicia con ese pedido.
Me fui de Montevideo el 19 de septiembre de 2004, veinte días después de su muerte, y desde ese momento no volví a sentirme bien en la ciudad. Como no existen las casualidades, solo las causalidades, sé que allí hay un nudo que no he sido capaz de desatar y que se relaciona con su muerte. Nunca pude regresar a la ciudad que para mí era símbolo de Levrero porque, simple y llanamente, no había adonde volver. “La casa, así como la ciudad”, le escribió a Alicia en una carta, “son elementos claves en mi literatura (porque lo son en mi vida)”. Quizá, si gracias a este texto termino de hacer el duelo interrumpido hace veintún años, algún día pueda volver a vivir en Montevideo. Él, que era el sedentario perfecto, me había bautizado “la Vagabunda” y con su beneplácito dio el puntapié inicial a mi largo deambular que dura hasta hoy. Porque es extraño que yo no me sienta como alguien que vive en el extranjero sino como alguien errante que salió aquel 19 de septiembre de 2004 y nunca ha encontrado el camino de regreso.