Fiel a mi demonio
Martes 27 de octubre de 2026
Diego Muzzio y un adelanto del ensayo íntimo alrededor de sus primeras lecturas y escrituras que acaba de publicar Godot.
Por Diego Muzzio.
Tres meses antes de morir, mi padre —un mecánico que, a base de esfuerzo y sacrificio, había logrado llegar a un puesto gerencial en Renault— me obligó a leer un libro.
Yo tenía 10 años y estaba por tomar la primera comunión. Vivíamos en Bahía Blanca. Una mañana, después del desayuno, mi padre se levantó de la mesa y escupió una orden brutal: “A partir de hoy, vas a leer un capítulo todos los días, y cuando yo vuelva del trabajo me lo vas a contar”. Y me extendió algo. Y se fue, dejándome aquella cosa terrible entre las manos y la incomprensión desfigurándome la cara.
Recuerdo haberme preguntado por la causa del castigo: ¿qué había hecho? ¿Qué error, qué desliz, qué pecado había provocado la condena? ¿Por qué se me imponía aquella mortificación, que me privaba del exterminio de hormigas en el jardín y de los paseos en bici y del fútbol en la calle con los amigos del barrio? Estaba dispuesto a confesar cualquier cosa, si con eso evitaba la penitencia: “Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...”.
Abstraído en mi desgracia, aún no había atinado a mirar con detenimiento lo que mi mano crispada aferraba. Con un rictus de asco observé aquel objeto. Era un libro de tapas rígidas, amarillas. Leí: “Robin Hood” y, más abajo, “Anónimo”.
En mi casa, las órdenes paternas no se discutían.
Condenado a leer. Sentenciado a prisión domiciliaria hasta terminar aquel novelón de doscientas veinte páginas. Un joven criminal casi kafkiano, ya que seguía sin conocer el motivo de la condena.
No tenía escapatoria.
Esa tarde, conteniendo el llanto y con dificultad, leí el primer capítulo: “De cómo el esclavo Sibald pudo comer”. Afuera brillaba el sol, y se escuchaban los gritos de los chicos y el rebote de la pelota contra el asfalto. Pero cumplí con la tarea y, cuando mi padre regresó del trabajo, le conté el primer capítulo.

Al día siguiente, como un Sísifo de escasa estatura, me dispuse a cargar aquella roca de palabras, el segundo capítulo, hasta la cima: “De cómo Robin se refugió en el bosque”. Al atardecer, mi padre escuchó mi relato con atención.
Al tercer día, volví a cargar la piedra y emprendí el camino hacia la cúspide del tercer capítulo. Pero aquí, de pronto, dejé de sentir el peso de la piedra y, en el mismo impulso, seguí camino arriba para meterme de lleno en el cuarto capítulo, y al llegar al final de este me pregunté si no continuar un poco más —¿por qué no?—, ya que la tarea ahora no parecía tan trabajosa y aún no anochecía..
Y ya no pude dejar de leer.
Mi padre murió inesperadamente tres meses después, a los 37 años, de un aneurisma cerebral. “Murió inesperadamente” es un oxímoron. Desde el momento en que nacemos la muerte nos habita: un segundo corazón, siniestro y oscuro, latiendo dentro de cada corazón. Digamos nada más que mi padre murió y que el adverbio puede aplicarse solo a la percepción que tuvo entonces su familia.
El muerto inesperado no era un gran lector. En mi casa no había biblioteca. Apenas una enciclopedia, un diccionario y unos tomos de historia argentina. Pero, de vez en cuando, antes de dormir, el muerto inesperado leía algún best seller; luego, esos libros desaparecerían también, extraviados o regalados, vaya uno a saber.
Justo antes de deslizarse hacia el sueño eterno, mi padre estaba leyendo Los caminos a Katmandú, de Barjavel, en una edición de Emecé. La novela, que leí muchos años después, habla de las conflictivas relaciones entre padres e hijos, de cómo los padres abandonan a sus hijos, de cómo esos hijos buscan a sus padres y de los caminos hacia la ciudad de los mil templos.
Yo no necesitaba “mil templos”. Con uno me bastaba. Y mi padre, al igual que el esqueleto de Arana —que hacía las veces de mascarón de proa del Santo Domingo en Benito Cereno, de Melville—, me había señalado el rumbo: Follow your leader.
A partir de entonces —como el esclavo Sibald, quien, en el primer capítulo de Robin Hood, no tenía qué comer y un día pudo cazar un ciervo—, me alimenté de libros.
Así me interné en ese bosque o en ese único templo, la biblioteca, para nunca más salir.
Hambriento. Perdido. Condenado.
Siguiendo la orden de mi líder.