Federico Jeanmaire: “Todos vivimos en una ficción”
Valeria Mussio
Lunes 06 de julio de 2026
"Yo me voy enterando de lo que escribo mientras escribo" , dijo el escritor e n una nueva edición de De cháchara , en el Club Eterno .
Por Anne-Sophie Vignolles.
En una nueva edición del ciclo “De cháchara”, recibimos a Federico Jeanmaire por su nueva novela Bali (entropía), una novela luminosa y conmovedora sobre una hija que acompaña a su madre durante el Alzheimer. Conversamos sobre la memoria, la ficción, la ternura y esos libros que pueden cambiarnos la vida.
Federico Jeanmaire (Baradero, 1957) es narrador y ensayista. Entre sus libros se encuentran Miguel, Papá, Amores enanos, Tacos altos, La vida, la novela y el amor y Más liviano que el aire, novela ganadora del Premio Clarín. Lector apasionado de Cervantes y de Sarmiento, ha construido una obra donde el humor, la libertad narrativa y la exploración de la lengua ocupan un lugar central.
En Bali, el Alzheimer aparece como punto de partida, pero la novela termina hablando de muchas otras cosas. ¿Cuándo sentiste que esa experiencia podía convertirse en literatura?
Hubo un momento muy preciso. Era mi cumpleaños número 65 y mi madre apareció con una pila de papeles preguntándome quién era. Tenía documentos, fotos, papeles familiares. Me señalaba las imágenes y decía: “¿Quién soy?”. Ahí entendí que algo muy profundo estaba pasando. Intenté escribir sobre eso durante mucho tiempo, pero no podía. Cada vez que escribía volvía a estar al lado de mi madre. Entonces apareció la ficción.
¿Por qué la ficción?
Porque descubrí algo observando la enfermedad. Las personas con Alzheimer viven una ficción. Quienes las cuidan también. Y después empecé a pensar que, en realidad, todos vivimos en una ficción. Cada uno habita una historia distinta sobre el mundo. La novela nace de ese descubrimiento.
La protagonista, Alicia, acompaña a su madre en un mundo donde un limonero puede convertirse en la Torre Eiffel y un gato en una jirafa. Sin embargo, todo resulta perfectamente verosímil.
Porque lo importante no era contar la enfermedad sino respetar la lógica de ese universo. Cuando alguien pierde ciertas referencias, otras aparecen. La imaginación ocupa espacios nuevos. Y eso no necesariamente es triste. A veces puede ser incluso hermoso.
Hay mucho humor en la novela.
No sabría escribir sin humor. Ni siquiera en los momentos más dolorosos de la vida desaparece completamente. El humor es una forma de mirar el mundo. Y también una forma de sobrevivir.
Y hay mucha ternura.
Intento que todos mis libros tengan ternura. Me interesa mucho esa palabra. Pienso que vivimos en un mundo al que no le vendría mal un poco más de ternura. Si los libros sirven para algo, quizás sea también para eso.
En la novela aparece Lo sé todo (“una colección de doce volúmenes encuadernados en diferentes colores”) y la Enciclopedia Salvat, ambas compradas en cuotas, por la madre, para sus hijos. Resulta que ambos textos tienen un papel fundamental en la vida de estos personajes.
Sí. Creo que esos libros a mí me cambiaron la vida. En mi casa no sobraba el dinero, pero mi madre decidió comprarlos igual. Yo esperaba cada fascículo con una ansiedad enorme. Ahí descubrí el placer de aprender cosas, de viajar con la imaginación, de hacer preguntas. En cierto sentido, todo lo que vino después nació de esas lecturas.
La novela también reflexiona mucho sobre el lenguaje. Hay palabras que se pierden y otras que aparecen por primera vez.
La lengua siempre me fascinó. Es un sistema infinito. Cada palabra tiene una historia colectiva y una historia personal. Cuando escribo busco palabras, pero no creo demasiado en la idea de la palabra exacta. Hay palabras que parecen exactas durante un día y dejan de serlo al siguiente. Es una búsqueda permanente.
Tus novelas suelen dar la sensación de estar siendo contadas en voz alta.
Me interesa mucho la oralidad. Aprendí muchísimo de Sarmiento y de Cervantes. Me gusta que los textos parezcan hablados, que respiren, que tengan pausas, silencios. Yo dibujo las páginas. Los espacios en blanco también cuentan cosas.
En medio del duelo aparece Lali, una joven florista que termina convirtiéndose en una figura fundamental para Alicia. ¿Te acordás de cuándo apareció ese personaje?
Sí. Y es bastante misterioso. Mientras escribía la novela apareció una Lali en mi vida. No tiene necesariamente mucho que ver con la Lali del libro, pero apareció. Y apareció también en la novela. A mí me pasa eso cuando escribo: los personajes llegan de lugares que no siempre entiendo. Después hacen cosas que yo tampoco tenía previstas. Por eso digo que me voy enterando de lo que escribo a medida que escribo. Lali fue una de esas apariciones. Llegó y empezó a ocupar un lugar importante en la historia.
Y, sin embargo, termina convirtiéndose en una especie de hermana, de compañera de ruta para Alicia.
Sí, porque los personajes también van decidiendo eso. Yo no trabajo haciendo esquemas demasiado rígidos. Me interesa respetar lo que aparece. Y Lali trae algo muy vital a la novela. Mientras Alicia está atravesando una pérdida, ella aparece con otra energía, con otra mirada sobre la vida. Me gusta cuando en una historia surgen esos encuentros inesperados entre personas distintas. Ahí suele pasar algo interesante.