Club Eterno

Margarita García Robayo: "La literatura empieza cuando la catarsis termina"

La escritora nacida en Cartagena de Indias visitó la librería para una entrevista pública en nuestro ciclo “De cháchara”.


Por Anne-Sophie Vignolles.


En una nueva edición de “De cháchara”, el ciclo de entrevistas literarias del Club Eterno, conversamos con una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana contemporánea sobre su texto más reciente: la reedición, 10 años después, de su libro de crónicas, Primer persona (por Anagarama y con ilustración de tapa de Powerpaola).

Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980) es escritora y periodista. Vive en Buenos Aires desde 2005. Es autora de las novelas Hasta que pase un huracán, Lo que no aprendí, Tiempo muerto y La encomienda, además del libro de crónicas Primera persona, recientemente reeditado. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas y es una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana contemporánea.

Hay libros que uno lee de un tirón; éste, en cambio, obliga a detenerse. Cada crónica deja una pregunta abierta, una frase que sigue trabajando cuando el libro ya está cerrado.

Había llegado a la entrevista con el ejemplar de Primera persona completamente subrayado. Entre las anotaciones apareció una palabra francesa que no conseguía sacarme de la cabeza mientras leía: exutoire. Significa: una úlcera que supura, una salida, un desagüe, una vía por donde algo encuentra finalmente la manera de escapar. Al terminar la conversación entendí por qué esta palabra había insistido tanto. Toda la obra de Margarita García Robayo parece preguntarse exactamente eso: qué hacer con aquello que nos pesa antes de convertirlo en literatura.


Dijiste que la rabia, el resentimiento o cierta incomodidad con el mundo eran motores para escribir. ¿Eso sigue siendo cierto?

Sí. Sin duda. Sigue siendo el principal motor. Pero la rabia no hace el trabajo. Lo único que hace es poner algo sobre la mesa. Después hay que trabajar muchísimo para que eso deje de ser simplemente una descarga. Durante años decía que escribir era “sacarme un tumor”. Hoy lo pienso distinto: primero aparece esa piedra, esa incomodidad, pero después hay que convertirla en otra cosa. La catarsis sola no sirve. Lo interesante empieza cuando intentás hacer arte con eso.

Tus crónicas producen una sensación muy fuerte de presente. El lector tiene la impresión de vivir las escenas con vos.

Eso me importa mucho. Nunca me gustó esa escritura que mira el pasado desde el futuro y lo explica todo. Ahí aparece una especie de condescendencia que me resulta incómoda. Prefiero escribir mientras las cosas ocurren, incluso cuando ya ocurrieron hace años. Que el lector tenga la sensación de descubrirlas conmigo, no después de que yo ya las haya entendido.

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Da la impresión de que tus libros hablan de vos, pero terminan hablando de todos.

Porque nunca me interesó escribir sobre mí como un fin en sí mismo. La primera persona es simplemente un dispositivo. Lo íntimo sólo vale la pena si permite mirar algo más amplio: la familia, la maternidad, la clase, el deseo, la violencia cotidiana, la extranjería. El yo es apenas un punto de partida.

Hay muchísimo humor en un libro que aborda temas bastante incómodos.

Creo que el humor evita que la escritura se vuelva solemne. Y la solemnidad suele ser enemiga de la inteligencia. Incluso cuando escribo sobre situaciones dolorosas, necesito que aparezca cierta ironía. No para suavizar nada, sino para complejizarlo.

Vivís en Argentina hace más de dos décadas. ¿La extranjería se termina alguna vez?

No del todo. Cambia. Se transforma. Hay cosas que ya siento completamente propias y otras que siguen teniendo una pequeña distancia. Pero aprendí que esa distancia también es una forma de mirar. Y para escribir, mirar un poco desde afuera puede ser una ventaja.

Hay una frase tuya, en uno de los textos, que me encantó: «No sólo me repito, sino que me repito mal.»

(Risas.) Sí. Creo que todos los escritores escribimos siempre alrededor de las mismas preguntas. Lo único que cambia es la forma de acercarnos a ellas. Una intenta inventar nuevas maneras de decir aquello que todavía no terminó de entender.


Cuando terminó la charla, volví a pensar en aquella palabra francesa que había anotado al margen del libro. Exutoire. Quizás ahí esté una de las definiciones más precisas de su literatura. No escribir para vaciarse. Escribir para transformar.

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