Querido Manuel: Sylvia Molloy y Puig
Miércoles 01 de abril de 2026
Leé uno de los ensayos de Amigos, novedad de Eterna Cadencia Editora, con edición, prólogo y notas de Adriana Amante.
Por Sylvia Molloy.
Como corresponde, la mayoría de mis recuerdos de Manuel Puig están inextricablemente ligados con el cine, no con films en particular sino con fragmentos, alusiones, citas tomadas de un archivo que él dominaba como nadie y con el que yo tenía una discreta familiaridad. Lo conocí en Buenos Aires a principios de los setenta, en un preestreno de Muerte en Venecia de Visconti, cuando era solo autor de La traición de Rita Hayworth, novela que me había deslumbrado. Era lindo, tímido y gracioso; nos hicimos amigos. Me impresionó con su saludable irreverencia. Usaba el pronombre femenino para referirse a otros escritores, y no solo, como es bien sabido, a los escritores del Boom. Era un tanto desconcertante oírlo referirse al autor de La bahía del silencio como “la Mallea”: lejos de ser chiste frívolo, el cambio de género de pronto desplazaba saludablemente la supuesta importancia del autor, lo volvía relativo, vulnerable. Manuel tampoco disimulaba sus desagrados, los expresaba, con fervor performático, de manera elocuente. Creo que es la única persona de quien se podía decir, realmente, que expresaba su desaprobación con un mohín. Lo sé porque me tocó padecer varios mohínes, uno que recuerdo particularmente. Yo también iba mucho al cine de chica y le conté a Manuel que me había enamorado de Greer Garson cuando vi Rosa de abolengo. Me miró con incredulidad: “¡Molloy!”, dijo afligido e hizo un mohín. Agregó: “En el acto voy a olvidar lo que acabo de oír”.
Manuel Puig captó como nadie un habla argentina, una entonación, como hubiera dicho Borges, quien probablemente no se hubiera reconocido en ella. El “punto cruz hecho con hilo marrón” que abre la Traición nos ubica certeramente enun habla, en una afectividad, en ese mundo de pequeñas eficacias y grandes desilusiones que fue –que es– el de cierta clase media argentina. Esa oralidad segura de sí misma –porque la clase media argentina no solo habla sino opina (sobre política, sobre moral, sobre el punto cruz)– sigue siendo el mayor logro de Puig. No es casual que los films que se hicieron basados en sus novelas no hayan sido grandes éxitos: sus textos son para ser leídos, no vistos. Acaso para ser escuchados, pero no en la pantalla sino en radioteatro, como aquellos “radioteatros del aire” que escuchaban las madres (la de Puig, la mía) por las tardes, mientras hacían, sí, su costura. (Manuel entendía de costura. Una noche lo vi salir de la cinemateca del Teatro San Martín donde yo esperaba con amigos para ver el film siguiente. Le dijimos que se quedara a ver Nosferatu con nosotros. Rechazó la invitación –otro mohín– y dijo que se volvía a casa a trabajar, solo había ido a ver el final del film anterior para recordar bien “cómo caía una manga”. Recuerdo haber pensado que, como el Proust que le preguntaba a Mme. Greffulhe cómo era exactamente el traje que había usado para tal fiesta, Puig era un profesional del detalle).

Tampoco es casual que los guiones cinematográficos escritos por Puig sean mediocres, acartonados. Fue escritor, no guionista ni cineasta. La oralidad, o mejor, el efecto de oralidad de Puig, esa aparente falta de artificio que hace que se lo tache absurdamente de ingenuo, de inculto, de no intelectual es, inevitablemente, trabajo literario, es decir, un texto. La mímesis, cuando es exitosa, es el acto más pensado, más elaborado que se pueda pedir: es pura literatura. No importa, concretamente, qué libros leyó o no leyó Puig: solo un pedante como Vargas Llosa (a quien él llamaba Esther Williams) podía observar que cuando se hablaba de literatura Puig se mostraba aburrido. Los pre-textos de Puig provienen del cine, del teatro, de la política, de la prensa, de los chismes, de la doxa argentina; y acaso también de libros. Su talento para la traducción era múltiple; su capacidad para ensamblar esos pre-textos no menos admirable.
Cuando leí el primer volumen de la correspondencia de Puig desde Europa, me llenó de placer volver a encontrar el tono conversado en sus cartas dirigidas a su familia, una querida familia a la que escribe tratándola a menudo de vos como si fuera un único interlocutor. Y descubrí además dos cosas. Con sorpresa –debo agregar con pena– me enteré de que en 1957 y 58 Manuel había pasado meses en el Pabellón Argentino de la Ciudad Universitaria de París, en la misma época en que yo vivía allí como estudiante. En las cartas a la querida familia habla de lo que veía en el cine en ese momento (La femme et le pantin), en el teatro, comenta el recital de Yves Montand al que asistió, como también asistí yo. ¿Habremos ido el mismo día? ¿Habré visto a Manuel alguna vez? ¿Cómo es que no lo conocí entonces, cómo es que no lo recuerdo? Tengo la sensación de una ocasión desperdiciada, de un “Lo que no fue”, esa pésima traducción del Brief Encounter de Noel Coward. El otro descubrimiento es menos melancólico. Resulta que en un curso de Guion en Roma, cuenta Puig a su familia que el profesor pidió que los alumnos identificaran escenas de conflicto en films conocidos. Rechazó muchas de las propuestas pero aprobó con entusiasmo la que presentó Manuel. Era una escena de Rosa de abolengo, protagonizada por Greer Garson. ¿A quién, me pregunto, le toca ahora hacer un mohín?