Un día en la vida
Miércoles 06 de mayo de 2026
Leemos un cuento de Jorge Consiglio, tomado de su nuevo libro: Campo visual (Eterna Cadencia Editora).
Por Jorge Consiglio.
Un día en la vida
Ahora sé, sin duda, la mitad de la verdad,
y eso es más de lo que ellos reconocen.
A,el Ferrara
El viernes 26 de abril de 1985, Ray Baeza despertó con su propio grito. Estaba en cama ajena. La mujer que dormía junto a él se sobresaltó. Baeza, desorientado, demoró unos segundos en ubicarse; ni bien lo consiguió le pidió que se calmara. Tuve un mal sueño, le dijo.
Se habían conocido la noche anterior en Las Palmas, una pizzería de Lanús, a propósito de un error del mozo: confundió los pedidos. Tanto Baeza, que acababa de cumplir 28 años, como ella, Amanda Cruz, un poco mayor que él, guardaban la esperanza de hallar compañía genuina. Por eso vislumbraron en ese accidente, un verdadero encuentro.
De Las Palmas salieron pasadas las 23. Caminaron un rato y entraron a una confitería. Imaginaron que tenían poco para decirse, pero la charla duró horas. Como querían verse espontáneos, tomaron más de la cuenta. Salieron a la calle, mareados, en plena madrugada. El alumbrado público les pareció escaso –una luz amarillenta colgaba de un cruce de cables– y el clima, caluroso para la época. Se detuvieron frente a la vidriera de un negocio. El anuncio de una licuadora les provocó gracia. Se rieron a carcajadas y sin querer se rozaron las manos. Enseguida, sus cabezas se acercaron –como atraídas por un electroimán– y se dieron un largo beso. Los dos lo venían ansiando. La intimidad de los cuerpos, previsiblemente, los animó, y a partir de ese momento actuaron con seguridad: juntos, se tomaron un remís hasta Lomas. Amanda alquilaba un terreno sobre la calle Ottawa. En el fondo había una casa amplia con techo a dos aguas de fibrocemento.
Con la pesadilla encima, Baeza se levantó de la cama y entró al baño. Amanda se acomodó el pelo con las manos. Después preparó mate. Estuvieron en silencio hasta que ella le preguntó por su estado de ánimo. Baeza respondió una vaguedad. En sus rasgos, sobre todo en la región nasal, conservaba algo infantil. Hacía un par de años había entrado como bombero en el cuartel de la calle Ameghino, en Avellaneda.
Esa mañana, como los dos estaban libres –Amanda llevaba un tiempo desocupada–, se manejaron con calma. A las 13 Baeza tomó un colectivo en la avenida. Tenía que pasar por la casa de su madre a revisar una pérdida de agua. Su ocupación, en realidad, era la plomería. Tenía una habilidad natural para esos asuntos y, en cierta medida, sentía lo mismo con su condición de bombero, eran dos aspectos de una sola cosa. Él los llamaba oficios complementarios.
Ese mismo día, pasadas las 21, Baeza visitó el cuartel de la calle Ameghino. Estaba de buen ánimo y decidió saludar a la guardia. Por lo general, quedaban apostados dos efectivos, pero ese viernes había cuatro. Por aquellos años, el grupo era unido y usaban la sede como punto de encuentro. Hablaron generalidades hasta que a las 22.30 recibieron un llamado. En el barrio de Saavedra –Republiquetas entre Estomba y Rómulo Naón– se había desatado un incendio en una clínica psiquiátrica. No les correspondía por la zona, pero las dotaciones presentes no daban abasto. Se acomodaron en el camión y salieron. Sabían manejar el caos, pero esa vez todo fue distinto: un marcado nerviosismo alteraba los diálogos. Todos lo notaron. Sin embargo no lo tomaron en serio o, mejor, lo dieron por sentado, como se da por sentado el aire o la frecuencia cardíaca. Cruzaron la ciudad en un suspiro. A pesar de que era viernes, el tráfico estaba liviano. Por la información que les había llegado sabían que la situación era grave, pero nunca imaginaron el pandemonio que los esperaba.
Las otras dotaciones trabajaban con mangueras de alta presión y escaleras hidráulicas. El incendio era incontrolable. Se había iniciado en el tercer piso y la propagación había sido inmediata. Varios factores ayudaron para que creciera la catástrofe: algunos pacientes estaban sedados; otros, encerrados en sus habitaciones; unos pocos –los incontrolables, según informaron– atados a sus camas. Antes de la medianoche, dos internos se tiraron de la terraza. Media hora más tarde, una enfermera atravesó una ventana envuelta en un colchón. Los tres murieron en el acto.
A la una, los bomberos entraron al lugar. Un escape de gas avivó el incendio y retrocedieron. Baeza quedó entre dos cortinas de fuego. No murió quemado, como era de esperar, sino que una viga le partió el cráneo. Los rescatistas encontraron su cuerpo al amanecer. Además de esta baja, el panorama fue desolador: 78 muertos, más de 150 heridos. Las acusaciones fueron cruzadas y no se hicieron esperar. La causa siguió abierta por décadas.
Cuando Amanda Cruz se enteró de la desgracia, se desmayó. Nueve meses más tarde, dio a luz un varón, fruto de su único encuentro con Baeza. Lo anotó con su apellido y lo llamó Anselmo. Había sido el nombre de su abuelo más querido. Amanda entró como overloquista en una textil. Trabajó seis felices años en la fábrica, pero de pronto la empresa se retrajo. Su jefe, un hombre de sinceros ojos claros, le noticó la desvinculación. Ella lo miró como si no entendiera el idioma. Cobró lo suyo y se fue sin protestar. La lógica del mundo había dispuesto que cayera de rodillas. Se podría haber salvado, pero le tocó la adversidad. En una existencia inestable, la intuición era el único estímulo. Amanda procuró seguirlo constantemente. Buscó trabajo. A pesar de que bajó sus pretensiones, no tuvo suerte. La situación desesperante la obligó a tomar una decisión rotunda. Me separo de Anselmo, pensó. Con ese acto cumplía dos objetivos: preservaba a su hijo de la miseria y se castigaba por el fracaso.