Club Eterno

Esther Díaz: “La filosofía me salvó la vida y me la sigue salvando”

“La filosofía responde preguntas con más preguntas” afirmó Esther Díaz, autora de Una filosofía de la vejez, en una nueva entrevista en vivo de Nacho Damiano.


Por Nacho Damiano.


Esther Díaz (destacada filósofa, epistemóloga y escritora) se sumó al Club Eterno para charlar sobre su libro Una filosofía de la vejez. Discutimos sobre el deseo en la última etapa de la vida, el amor por el conocimiento, la posibilidad de sobreponerse a orígenes humildes y el reconocimiento que, luego de una vida de trabajo, por fin llega.

Si no me equivoco, no hay muchos libros que reflexionen sobre una filosofía propia de la vejez, ¿no?

Filosofía es una palabra que tiene prestigio y fama de ser difícil, pero un poco el secreto está en la manera de escribirla, yo trato de que sea ágil. La filosofía es inventar conceptos. Hay filósofos muy rigurosos como Kant y Hegel, que se niegan a dar ejemplos, pero yo no me atrevo a dar un concepto sin explicar. Una de las hipótesis del libro es que el deseo nace con nosotros y muere con nosotros, si somos capaces de alimentarlo, el deseo continúa vivo. Después cuento cosas autobiográficas, o del cine, o del arte. Es mi forma de entenderlo, tratar de aportar conceptos con herramientas de la narrativa.

Se nota la pata pedagógica, tu rol docente. En algún lado dijiste que te diste cuenta de que tenías ambición filosófica incluso antes de conocer la filosofía. ¿Qué significa tener ambición filosófica sin saber lo que es la filosofía?

De chica vivía en una casa chorizo en la que solamente había radio. Mi papá era diariero, y a la noche leía (le había enseñado su suegro), me acuerdo escuchándolo leer en voz baja. En la otra habitación estaban mis hermanas, mi mamá lavando los platos y a mí, que era una nena, me iban a buscar al patio del fondo. Yo miraba el cielo y me preguntaba cosas: ¿qué es lo que camina? ¿Las nubes o la luna? Cuando había tormenta, ¿de dónde salían los truenos? En mi casa no había quien me pudiera responder esas cosas y siempre quería saber un poquito más. Tenía familiares que vivían en San Martín de los Andes (imaginate lo que era en esa época) y los veranos los pasaba allá. Buscaba desesperada cosas para leer hasta que un día mi tía me dijo: ¿querés que te mande a una maestra particular? Fui, y la maestra le dijo a mi tía: esta nena tiene que pasar a segundo grado directamente. Di el examen libre y entré. En mi vida práctica eso fue un maleficio, porque nunca fui compañera de mis compañeros. Antes de los 10 años terminé el primario, y después me pasó cuando hice el secundario, pero al revés: tenía 26 años. Para esa época era vieja, porque la expectativa de vida era de 60 años. Volviendo a la infancia, tenía otra tía que había comprado una enciclopedia, en la que vi la figura de un señor recostado en un taburete con otros señores alrededor, escuchándolo. Leo abajo: “Sócrates bebiendo la cicuta”, y explicaba que Sócrates había sido un sabio de la antigüedad, condenado a muerte por pervertir a la juventud. La perversión era que les había enseñado a pensar. Recuerdo el impacto.

¿De qué forma te marcó esa experiencia?

El verdugo le traía una copa con veneno y le dijo “te aconsejo que despidas a tus amigos, porque este veneno, si vos te quedas quieto, no te va a hacer doler”. Y Sócrates decidió seguir hablando de filosofía con sus amigos. Si uno en ese momento puede olvidarse de la muerte para seguir disfrutando de hablar de conceptos, eso es lo que quiero para mí. Creo que en ese momento se despertó mi amor por la filosofía, incluso sin saber mucho de qué se trataba.

Si algún pibe tiene curiosidad, su camino quizás sea la filosofía.

La filosofía no es como la ciencia que da respuestas, la filosofía responde las preguntas con más preguntas. Es una de las grandes diferencias con la autoayuda, que pretende dar recetas hechas, mientras que la filosofía te provoca para que pienses por vos mismo.

¿Creés que de alguna manera los jóvenes se volvieron reaccionarios y los viejos (uso esa palabra porque la usás vos en el libro) en progresistas?

Pensé mucho sobre esto mientras escribía el libro, cuando veía a esos nenes tan jóvenes pegándole a ancianos, a discapacitados, a niños. Y estos viejos y viejas aguerridos, volviendo todas las semanas y siguiendo con la lucha. Estos viejos son de mi generación, nosotros fuimos los jóvenes revolucionarios de los 60 y los 70. Pedir justicia social es parte de nuestro espíritu, es como un deseo liberador, una exigencia de que se cumplan nuestros derechos. Es esa indignación la que hace que estas viejas y estos viejos resistan. Y estos chicos, que son policías, que eligieron una institución que tiene institucionalizada la tortura, te hace sospechar.

Los que hoy son jóvenes no vivieron eso, quizás no pelean porque nunca les faltó libertad.

Eso lo noté cuando empezó el CBC en el 84. Cuando yo iba a Filosofía y Letras, los chicos más jóvenes los volvían locos a los profesores. Cuando paso a ser titular de una cátedra de 12.000 alumnos, no se movía una mosca. Yo trabajaba de peluquera todo el día, a la noche dejaba a mi hija y a mi hijo y venía al centro a estudiar. La filosofía me salvó la vida y me la sigue salvando. Seguí y logré lo que quería, llegué a ser reconocida por lo popular.

Es un poco lo que llamás “conatus” en tu libro, ¿no?

Exacto, conatus. Es ese deseo que te mueve. Ahora, por ejemplo, que estoy en plena campaña de difusión del libro, cada vez que salgo preciso dos horas para producirme. Pero me da una satisfacción enorme, como cuando alguien me dice “sigo su columna en Página 12”. Me doy cuenta de que logré lo que quería de chiquita y la verdad, me emociona. A los 75 años me obligaron a jubilarme, y a los 15 días de eso se murió mi hija. Me quedo sin universidad y sin hija, ¿y ahora qué hago? ¿Espero la muerte? Ahí vino Martín Farina a ofrecerme hacer la película Mujer nómade y eso me abrió un horizonte a los casi 80 años. Hay que seguir porque no hay techo, el techo se lo pone uno.

En otra parte del libro decís que los cuerpos parecieran merecer su existencia solo cuando pueden ser explotados, el imaginario social tiende a invisibilizar a la vejez justamente por ese motivo. ¿Cómo crees que se lo puede combatir?

No podemos salirnos del juego político, el avance de las ultraderechas está por todo el mundo. Las mujeres somos deseables desde el punto de vista sexual desde que somos niñas hasta más o menos los 40 años. Cuando cumplís 40 dejás de ser deseable y ya no sos productiva. Se junta el paternalismo de la sociedad con la situación política, dejamos de ser agradables cuando dejamos de ser productivas desde el punto de vista económico. En el manifiesto que está en el libro pido que nos permitan la improductividad, voy por la micropolítica. Puedo poner mi granito de arena: en la pandemia liberamos la película durante 20 días. Una señora de Santa Fe me escribe: “estoy con un sodero 15 años más joven que yo. Me daba vergüenza, pero cuando te vi a vos le di bola. Ahora estoy chocha esperando que llegue el sodero”.

Vivimos una época en la que queremos todo muy inmediato. ¿Ves una relación entre esa idea y el rechazo a la vejez, que es el momento de la vida en el que todo se aplaca un poco, se hace más lento, se sofistica?

Totalmente. Nos dejamos colonizar por la idea de que dejás de ser productiva. Si se seca el deseo como se seca una planta, es porque la dejaste de regar. Con las ganas de vivir pasa lo mismo. Yo empecé a ser realmente libre cuando fui vieja porque ya no tenía gente que dependiera de mí. Después de haberme casado con un tipo golpeador y criar a dos hijos (que fallecieron los dos), me encuentro sin obligaciones. El tiempo va poniéndose en sordina, poco a poco empezás otra vez a escuchar la música de la vida. ¿Cómo vas a atraer a otra persona si no te querés a vos mismo? Hoy me toca quererme a mí misma a pesar de ser muy vieja, buscar algo que me alegre. Ahora este es el tiempo de disfrutar. Me alegra mucho ser amiga de la gente más joven, se dan cuenta de que hay viejos que podemos hablar de rock, de sexo. La edad es un accidente.

Hay una experiencia de vida que es muy valiosa.

Claro. El rechazo de la vejez tiene que ver con motivos históricos. Cuando Simone de Beauvoir escribió La vejez, ese libro pasó desapercibido. Decían ¿para qué estás escribiendo sobre ese tema? Lo rescataron las feministas muchos años después. Hoy un libro sobre la vejez puede atraer a cierto público. Por suerte algo cambió.

Esther, la última pregunta, la que siempre cierra cada encuentro del ciclo: recomendanos libros.

Elegí tres. Uno es de Luis Buñuel, tiene que ver con la memoria, se llama Mi último suspiro. Son memorias, las escribe en primera persona cuando ya es viejito. Después, un libro de María Gainza, una autora argentina joven que se llama El nervio óptico. Es literatura pero es como estar adentro de las artes plásticas, encuentra relaciones entre las obras de arte y su propia vida. Esta piba realmente da en la tecla. Y el último: Foucault en California. Lo escribió un colega de él estadounidense que lo llevó al Valle de la Muerte y le dio psicotrópicos. Un tiempo después Foucault contó que esa experiencia le cambió la vida, le solucionó un problema que tenía mientras escribía La historia de la sexualidad.

 

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