Ensayos

¿Cómo se gana la vida una poeta?

New Yorker

Tomado de Lo que ahí se encuentra (Salta el pez), un ensayo de Adrienne Rich. “¿Realmente se puede ganar la vida como poeta? Casi nunca solo con la poesía", escribe.


Por Adrienne Rich. Traducción de Gabby de Cicco.



Pero, ¿realmente se puede ganar la vida como poeta? Casi nunca solo con la poesía. De las cuatro poetas lesbianas que participaron en el Nuyorican Poets Café y de las que algo sé de sus vidas, una dirige un proyecto comunitario de artes con financiación insuficiente, dos son profesoras universitarias sin cargo fijo, y una es subdecana de estudiantes en una universidad estatal. De otras poetas que conozco, la mayoría enseña, a menudo a tiempo parcial, sin seguridad laboral pero durante todo el año; dos reciben subsidios por discapacidad; una realiza trabajo administrativo; una limpia casas; una es organizadora remunerada; una tiene un trabajo remunerado de edición. Cualquier dinero ocasional que llegue irregularmente de lecturas y talleres, becas, honorarios por permisos, regalías, premios, es, en verdad, dinero ocasional con el que nunca se puede contar y casi siempre es poco: hay que correr tras los cheques, las becas son cada vez menos y más competitivas en un clima político y económico que empeora. La mayoría de las poetas que enseñan en universidades no tienen un cargo fijo, carecen de planes de retiro o seguro médico grupal, o están empleadas en universidades públicas y comunitarias con pesadas cargas docentes y salarios bajos. Muchas realizan lecturas y talleres no remunerados como parte de su «diezmo» político.

La riqueza heredada explica las carreras de algunes poetas: heredar la riqueza es heredar tiempo y conexiones. La mayoría de las poetas que conozco, al oír hablar de una suma de dinero, no la traducen en posesiones, sino en tiempo –esa preciosa necesidad inmaterial de nuestras vidas–. Es verdad que se puede intentar escribir un poema en breves momentos intersticiales, sacarlo del bolsillo y trabajar en él mientras se espera un micro o se viaja en tren o mientras les niñes duermen la siesta o mientras se espera un nuevo lote de trabajo administrativo o muestras de sangre.

Pero solo ciertos tipos de poemas se prestan a estas condiciones. A veces, ser consciente de una interrupción inminente apaga la chispa. Y existe una diferencia entre los momentos «libres» comunes, arrebatados a las agotadoras tensiones familiares, a los trabajos alienantes, a los pensamientos encadenados por la ansiedad material, y esos otros momentos que a veces surgen en una vida que se vive en su máxima intensidad aunque bajo tensión extrema: quizás estamos esperando iniciar algún acto que creemos desencadenará el cambio pero cuyo resultado es incierto; quizás enfrentamos una crisis personal o comunitaria donde todo lo superfluo parece desvanecerse y nos quedamos únicamente con nuestras vidas desnudas, la brevedad de la vida misma y las palabras. En tales momentos podemos experimentar una aceleración de nuestros poderes imaginativos, imágenes y voces confluyen con una especie de inevitabilidad, lo que estaba fragmentado externamente se reorganiza internamente y la mano apenas puede seguir el ritmo.


Pero tales momentos presuponen otros tiempos: aquellos cuando podíamos simplemente contemplar las vetas en la madera de una puerta o el rastro de burbujas en un vaso de agua por todo el tiempo que quisiéramos, casi con la seguridad de que no habría interrupción –tiempos de lentitud, de ausencia de propósito–.

A menudo ese tiempo se siente como un lujo, que tomamos con culpa cuando es posible y con temor, porque este paréntesis no parece trabajo sino una «pérdida de tiempo» en una sociedad donde la importancia personal –incluso la seguridad laboral– puede depender de aparentar estar ocupada, donde «mantenerse ocupada» es una expresión común entre activistas que tienen tanto por hacer.

La mayoría, si no todos, los nombres que conocemos de la poesía norteamericana pertenecen a personas que han tenido algún acceso al tiempo libre –ese privilegio de algunes que es en realidad una necesidad para todes–. La lucha por limitar la jornada laboral es una lucha sagrada por el tiempo libre de les trabajadores.

Sentirse a sí misma o a sí mismo, durante unas horas o un fin de semana, como un ser libre con opciones –plantar verduras y luego sentarse en la galería con una cerveza fría, escribir poesía o construir una cerca o pescar o jugar a las cartas, caminar sin un propósito, hacer el amor durante el día–. Dormir hasta tarde. Placeres humanos comunes, la recreación del ser. Sin embargo, cada generación trabajadora tiene que reclamar ese tiempo libre, y muches se frustran en el intento. El Capitalismo se basa en la restricción de esa libertad.

Les poetas en los Estados Unidos o bien han tenido algún tipo de recursos privados o ayuda de personas con recursos privados, han tenido trabajos de jornada completa y absorbentes, o han elegido trabajar en sectores de la economía escasamente remunerados y a media jornada, reservando sus energías creativas para la poesía, manteniendo simples sus necesidades materiales.

Una vida en los intersticios, donde no se espera que el arte mismo genere mucho dinero, donde le artista puede pasar de un trabajo administrativo a dar clases de manera temporal de media jornada, a vivir de lo que provee la tierra, a trabajar de camarere, en la construcción, haciendo traducciones, composición tipográfica o siendo escritore fantasma. En los años noventa, este tipo de vida intersticial es más difícil, riesgosa y desgastante que nunca, y esto representa una pérdida para todas las artes –tanto como el recorte de fondos para el arte, la censura por grupos de poder, la censura de la Derecha, o la censura por distribución–.

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