Prólogos

Las bellas elucubraciones místicas de Thomas Browne

Pablo Maurette, Premio Herralde de Novela, presenta el rescate que Ampersand Editora realiza de los Tratados sobre muerte y naturaleza de Thomas Browne.


Por Pablo Maurette.


Thomas Browne nació en Londres en 1605, el año de King Lear y de la Conspiración de la Pólvora. La casa de su infancia quedaba a unos pasos de la catedral de St. Paul, cuyo patio era uno de los epicentros del comercio de libros en Europa. Su padre, comerciante de buen pasar, murió cuando Browne tenía siete años y su madre se casó en segundas nupcias con un tal Sir Thomas Dutton. Poco más sabemos de estos años tempranos. La infancia es un descubrimiento del siglo diecinueve. Hasta entonces, las experiencias de un niño eran consideradas tan relevantes como las de un perro. Para nosotros, que nacimos post-Dickens, Freud y Piaget, es tentador imaginar al pequeño Browne curioseando en los puestos de St. Paul y descubriendo sin darse cuenta la gran pasión de su vida: los libros.

A los diez años y con un nivel de latín sobresaliente, Browne ingresó en Winchester College donde estudió gramática, teología, poesía griega y latina e historia universal. Winchester era ideal para estudiar historia. Construida sobre ruinas de una ciudadela de la Edad de Hierro, y visibles todavía en algunas de sus callejas los restos de Venta Belgarum, la ciudad romana, Winchester fue uno de los centros urbanos más importantes de Inglaterra hasta la invasión normanda en 1066. En particular, la ciudad albergó la corte de Alfredo el Grande, el rey sajón que reinó entre 886 y 899, luchó heroicamente contra los vikingos y concibió el primer bosquejo de lo que luego sería Inglaterra. Browne, futuro aficionado a la arqueología y al anticuariado, ha de haber examinado más de una vez en la magnífica catedral gótica los cofres mortuorios de Alfredo y de Canuto el Grande, emperador del mar del Norte, muerto en 1035. En la década de 1640, durante la Guerra Civil, cuando los Roundheads iconoclastas del Parlamento irrumpieron en la catedral y profanaron las tumbas de los primeros reyes de Inglaterra, el médico lo habrá deplorado tanto como lamentó y denunció el saqueo de la catedral de Norwich. 


Con dieciocho años Browne entró a la Universidad de Oxford. Al poco tiempo, su colegio, Broadgates Hall, pasó a llamarse Pembroke College, nombre que conserva hasta el día de hoy. Pembroke fue desde sus inicios el centro de los estudios médicos y anatómicos en Oxford. El hecho de que su rector inaugural, ThomasClayton, haya sido médico y no teólogo revela un afán institucional de modernización. Browne tiene que haber deslumbrado de entrada a sus profesores pues fue convocado como orador en la ceremonia inaugural de Pembroke en el verano de 1624, apenas un año después de su llegada a la ciudad universitaria. En aquella ocasión, habló con sagacidad e ironía sobre cómo garantizar continuidad durante un proceso de renovación. En Oxford, Browne no solo aprendió los rudimentos de su futura profesión, sino que profundizó los estudios de historia, retórica y filosofía. Durante su tiempo allí, el oxoniense William Harvey anunció al mundo la teoría de la circulación de la sangre, un descubrimiento mucho más revolucionario que el de Cristóbal Colón, según escribiría Browne años más tarde. Eran tiempos de entusiasmo y optimismo, el alba de un nuevo día en la historia de la ciencia. Browne se graduó a mediados de 1629 y dos años después cruzó el canal de la Mancha para especializarse en las mejores escuelas de medicina de Europa.

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El año que pasó en Montpellier (1631-1632), cuya universidad era pionera en estudios anatómicos, Browne descubrió dos intereses que cultivaría por el resto de su vida: la botánica y la dermatología. En Padua (1632-1633), la meca europea de la medicina, Browne absorbió como una esponja el espíritu polémico impenitente que dio fama a la casa de estudios de Harvey, de Vesalio y de Galileo. Durante el ida y vuelta constante del teatro anatómico (el mundo gris oscuro de la muerte) al jardín botánico (el universo verde radiante de la vida) acaso haya pergeñado la idea que florecería veinticinco años más tarde en los dos tratados que nos ocupan. Para concluir el Grand Tour, Browne se matriculó en la flamante Universidad de Leiden (1633-1634) y escribió su tesis doctoral sobre la viruela. Con el título bajo el brazo, regresó a Inglaterra para hacer las prácticas que le permitirían ejercer la medicina.

Fue en Halifax, West Yorkshire, a mediados de la década de 1630 y en las horas libres que le dejaban las prácticas clínicas, que el joven Browne escribió su obra más leída y celebrada: Religio medici. La religión de un médico es un monstruo elegantísimo. El diario íntimo, la confesión de fe, el commonplace book, el tratado, el poema, elensayo y otros géneros se entrelazan para darle forma a este libro que Emily Dickinson tenía siempre a mano en el cajón de la mesita de luz. El estilo a un tiempo erudito e íntimo, una prosa alambicada, pero a la vez clara y distinta, es el vehículo perfecto para ideas inusuales, luminosas, en ocasiones extravagantes, que reflejan una mente omnívora y bizarra. La obra fue un éxito instantáneo y circuló en copias manuscritas hasta que las primeras ediciones impresas, en 1642 y 1643, la catapultaron a la fama internacional. Para entonces, Browne ya se había establecido en Norwich, donde pasaría el resto de sus días.

En los primeros años de la Guerra Civil (1642-1651), el médico dedicó su tiempo libre a la composición de Pseudodoxia epidemica (1646), una colección de creencias populares erróneas, cada una debidamente sopesada y refutada. Al tiempo que el conflicto fratricida desmembraba su país, Browne combatía en dos flancos: la práctica de la medicina, a la que siempre consideró una vocación religiosa y una tarea de caridad cristiana, y la batalla contra el error, enfermedad de la mente, epidemia contemporánea y origen común del disenso. La decapitación de Carlos I, el 30 de enero de 1649, y el triunfo del Parlamento puritano inspirarían en Browne un espíritu conservador que se plasmaría con los años en unaexacerbación del afán anticuario y coleccionista. Al tiempo que los Roundheads destruían reliquias, Browne las preservaba, las registraba y las describía. Este es el origen de Urnas sepulcrales y El jardín de Ciro.

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