Lecturas

La sonrisa fantasma de una familia

Dunia Gras

Juan Mattio lee Estación Saturno (Entropía), el nuevo libro de Fernanda García Lao.


Por Juan Mattio.


Se dice, en el comienzo de esta novela, que Saturno fue una estación ferroviaria del partido de Guaminí, provincia de Buenos Aires, deshabilitada en 1977 por orden del ministro de Obras y Servicios Públicos de la dictadura cívico militar. Se dice, también, que desde entonces pescadores y vecinos de la zona narraron encuentros con esferas danzantes y huellas que amanecían sin dueño. Y que los hechos fueron atribuidos a actividad extraterrestre.

Esto, que bien podríamos leer como una advertencia, sirve como marco donde suceden los hechos de esta novela. ¿A quién le suceden? A una familia, a dos hermanos, a una madre, a un muerto. La estructura fantasmal de la Historia, así con mayúscula, es donde se inscriben los hechos de la estructura fantasmal de la historia familiar, así, con minúscula. Conviene que lo tengamos en cuenta.Estación Saturno narra, en apariencia, el regreso a casa de dos hermanos después de haber enterrado a un tercero en su pueblo natal. Estamos frente a las vicisitudes del duelo. A lo alarmante, como decía Barthes, de su intermitencia y de sus contradicciones. Escribe Lao: “Juega con los deudos, la muerte. Piensa en la palabra deudo. ¿Quién es el acreedor?”

Pero Estación Saturno también cuenta la familia como un misterio. Esta familia, de una sola madre y tres padres, donde los hermanos se acercan y se alejan como por oleadas, donde el secreto se establece como el mecanismo regular de la herencia, y donde es imposible trazar líneas claras, legibles, con el pasado. Lao escribe: “La sonrisa fantasma de una familia y su hipoteca, que el tiempo erosionó”.

Pero Estación Saturno también cuenta el nudo que existe entre muerte y fantasma, porque todo duelo funciona como una espectralización del presente, de sus eventos cotidianos, del ahora. La muerte y el fantasma rompen el tiempo, lo desarticulan, y entonces: ¿es esa imagen en el espejo del baño la imagen del hermano muerto? ¿Es posible que sean, al mismo tiempo, las cinco y media, las dos y cinco, las cuatro y diez? ¿Que en casa de mamá haya pasado una semana mientras que acá, en el hotel, apenas una noche? Lao escribe: “Las cosas no existen a la vez, ocurren salteado. El tiempo es discontinuo”.

Y también cuenta los cuerpos que es como decir el sexo y la sed y el cansancio. Porque es importante entender que, en una historia de fantasmas, los cuerpos importan tanto como las visiones espectrales y etéreas de los ausentes. El cuerpo de la hermana que, como método ante la tristeza, busca en breves y solitarios placeres una estrategia de supervivencia. El cuerpo del hermano vivo, que bebe y se aturde para disminuir el mundo. El cuerpo de los extraños –a veces atractivos, a veces repulsivos – como una comprobación nítida, irrefutable, de que el otro, el hermano muerto, está realmente muerto. Lao escribe: “Cada orgasmo es un recurso técnico contra la angustia”.

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Y todo esto sucede en un espacio liminar, transitorio, donde un hecho contingente –volver a casa después del funeral del hermano – toma la espesura de un hecho definitivo. No la muerte, no el hermano muerto, lo que parece volverse definitivo es el tránsito, el volver del pueblo a casa, ese trayecto. No hay forma de llegar a ningún lado. Ni hay forma de volver. Solo queda el paisaje rural, los desconocidos, el absurdo. Pero nada hay de prescindible en esa lluvia, en esa ruta, en ese auto, en ese hotel al paso. Es como si el mundo todo se hubiera disminuido, achicado, y ahora fuera posible retenerlo en un único punto. Pliegues del espacio que son, también, pliegues en el tiempo.

En esa contingencia definitiva los hermanos se encontrarán con desconocidos: Chi, la mujer doble que atiende el hotel; el capitán retirado Minor, devenido doctor investigador en torno a la traumatización de los abducidos; Siria, técnica en ovnitología y contactismo, y una pareja de jóvenes suecos que buscan actividad extraterrestre en sus viajes por el mundo. Personajes escurridizos, tangenciales, que llevarán a la pareja de hermanos al interior de su propio deseo, pero también al rechazo y la repulsión.  

El orden que construye Lao para el relato es, a su vez, un modo de decir: cualquier orden que intentemos dar a la experiencia es artificial, cualquier contorno que queramos conquistar para el pensamiento es sintético: lo que se ve, lo que huele, lo que ata, lo desnudo, lo que se precipita, lo aislado, lo que es cloaca.

Esos subtítulos funcionan como un llamado a que se narre la historia sí, pero desde ángulos y perspectivas y desplazamientos. No se narra lo que pasa –porque eso, como sabemos, es imposible – sino efectos múltiples de una serie de acontecimientos en cuyo centro está la pérdida.

Por eso es válido decir que Estación Saturno es una novela sobre el más allá, pero, también, sobre todo, sobre el más acá. Donde los horizontes sobrenaturales conducen, una y otra vez, al espacio interior de esa pareja de hermanos enredados en el secreto familiar y en el duelo por el hermano muerto. Es como si Lao nos dijera que, al fin y al cabo, no hay lugar más ambiguo, menos realista, más cargado de sombras que la propia intimidad.

Pero, como decíamos al principio, la estructura fantasmal de la historia familiar funciona como una caja de resonancias de la Historia, con mayúscula, donde Saturno no es el sexto planeta contando desde el sol, sino, más bien, un espacio de nuestro país, uno entre muchos otros espacios, donde el mundo extravió su condición habitual, donde el tiempo se salió de quicio, donde la locura se desató. La aparición de un fantasma suele ser, en la literatura, una demanda de encauzar eso que está torcido en el tiempo, eso que perdió su dirección.

Lao escribe: “La única forma de regresar a la cordura es volviendo al lugar donde se la perdió”, y es cierto. Pero ese regreso, necesario y obligatorio, guarda una única amenaza: que el viaje no termine nunca. 

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