La emoción según Georges Didi-Huberman
Miércoles 12 de agosto de 2026
El filósofo e historiador del arte, uno de los pensadores europeos más interdisciplinares, llega en edición de La Marca con un ensayo imprescindible.
Por Georges Didi-Huberman.
De niños, todos lloramos. Nacemos llorando. Nadie se acuerda, pero qué emoción, qué gran emoción debe ser nacer, venir al mundo. Lo que puedo recordar es que, de niño, lloré mucho. Lloraba por un quítame de allí esas pajas. Mi hermana mayor se ponía delante, me miraba fijo y me decia: "iLlora!". Y yo lloraba. Lloré de pena, lloré de tristeza, lloré de amor, lloré de furia (fue mi madre la que me lo hizo comprender, y ese día fue importante para mí, comprender que se podíá llorar de furia, como un primer paso para decidirme a actuar, a no dejar que me avasallen, a rebelarme). Tal vez había también un placer secreto en llorar. Un día que estaba llorando me crucé por azar con mi imagen en el espepejo: vi mi propia cara toda crispada, mis rictus, mis lágrimas. Entonces, ese día, dejé de llorar. Pero todavía hoy me ocurre, e incluso a menudo: puedo tener ganas de llorar cuando cierta emoción me estremece, me sumerge. Por ejemplo, al escuchar ciertas músicas.
De todos modos, me gustaría tratar de explicar mi título, ese título repetitivo, en dos lineas, en dos fragmentos de frases. En mi idea, se trata de sugerir algo tipicamente filosófico. En la primera línea, ¡qué emoción!, exclamo porque, por hipótesis, me pongo en una situación de sorpresa: una emoción se me viene encima sin decir agua va, o bien me enfrento a una emoción de otro, como aquí en esta imagen de un niño que llora.
El signo de exclamación responde al primero de todos los gestos filosóficos, que es asombrarse ante una cosa, un ser, una experiencia. Yo me asombro de esa experiencia y, sobre todo, me asombro de su intensidad: ante ese niño que llora veo bien la boca tendida hacia delante, y tengo la impresión de que se abre excesivamente, hasta el rictus. Por contraste, los ojos están cerrados, pero diré que están demasiado cerrados, porque las cejas están muy tensas, y los páprados violentamente plegados. Aunque la imagen esté inmóvil -es una fotografía tomada en el siglo XIX, alrededor de 1870-, la cara y el cuerpo de ese niño realmente aparecen en una suerte de energía desdichada, entre lo que parece desmesuradamente abierto (la boca) y lo desmesuradamente cerrado (los ojos). Hay en esto una suerte de paradoja. De ahí la sorpresa. De ahí el signo de exclamación.
Pero ese primer gesto de asombro no sería totalmente filosófico si no se prolongara en un interrogante: ¿qué emoción? Signo de interrogación que muy fácilmente podrá transformarse en una serie interminable de signos de interrogación: ¿qué hay que entender por "emoción"?

¿Qué tipo de emoción? ¿Y por qué la emocción? ¿Por qué razones (el plural es importante, nunca hay una sola razón para explicar las cosas de nuestra vida)? ¿Por qué, en vista de qué? ¿Y cómo, sí, cómo? ¿Cómo sobreviene la emoción? ¿Se desarrollla? ¿Desaparece? ¿Vuelve a empezar? Etcétera, etcétera.
Evidentemente, no es en los límites de una sola conferencia como se podrá responder, de ser esto posible, a todas las cuestiones que nos plantean las emociones. Una vez más, lo mejor es partir de lo que tenemos ante los ojos, o sea, esa imagen del ni que llora. Fuera de la primera paradoja que sugerí -como si algo muy poderoso saliera, desde el interior del niño, hacia el exterior, mientras que sus ojos cerrados parecen oponerse a que el mundo exterior venga a él-, observo algo que me desconcierta mucho: ese niño llora, pero no lo hace "libremente", si puede decir. Su emoción ocurre bajo una coerción. Tal vez el niño llora -o por lo menos redobla su llanto-, justamente porque no es libre. ¿Ven ustedes, abajo, las dos manos apretadas en su cintura? Es otro niño, un poco mayor, el que lo retiene, el que lo contiene, como bien se ve en la lámina del libro donde aparece esa imagen.
¿Por qué, pues, de qué ese niño es prisionero? Y bien, diré que es prisionero del encuadre de la fotografía. De haber sido libre, habría salido del encuadre y hoy no se lo podría ver en la imagen. Por lo tanto, lo mantuvieron así para que se pueda tomar la foto en buenas condiciones técnicas. Las fotos habían sido cargadas por Charles Darwin, el gran biólogo y teórico de la evolución de las especies animales, para ilustrar su libro La expresión de las emociones en el hombre y en los animales. La misma lámina se presenta como una vislumbre cronológica del llanto infantil, desde el bebé (arriba a la izquierda) que llora todavía como un recién nacido, acaso porque tiene hambre o le duele la panza, hasta el varoncito (abajo a la derecha) que llora ya como un filosofo melancólico o un poeta romántico, con su mano sobre la sien.