Ensayos

La creación de la obra según Mauricio Kartún

Editorial Godot suma al dramaturgo a su colección de ensayos alrededor de los procesos de escritura y lectura con Crear.


Por Mauricio Kartún.


Mi proceso creativo involucra por lo general cuatro momentos. Al principio, aparece una imagen generadora, la semilla, el impulso que me empuja hacia la obra. Un segundo momento es el largo período de acopio, un tiempo en el que cargo y completo aquella génesis con imágenes sueltas que van definiendo su universo. Luego, viene lo que suele llamarse improvisación imaginaria: el ejercicio de la escritura en sí misma, alimentada por el acopio y organizada por un esquema que la ordena. Por último, entro en la etapa más intensa, la corrección, en la que, después de sucesivas revisiones, le pongo fin a la creación de la obra y la doy por terminada.

Por supuesto, quien escribe sabe que podría estar corrigiendo todo el tiempo, pero en algún momento hay que dejar de corregir y darle cierre a la obra. Borges decía: “Publico para dejar de corregir”. En mi caso, creo que a veces estreno para poder decir: “Ya está”. Hasta el estreno, siempre meto mano. Escucho a los actores, hago pruebas, pero cuando estreno la obra ya la defino: “Es esto”. Ahí me pongo muy cuida, policía de la obra, me aferro a ella. Los actores saben que soy obsesivo con el texto y me lo toleran. Un amigo actor, con el que hemos trabajado algunas veces, repite su chascarrillo: “Kartun se deja tocar cualquier cosa menos una coma”.

Alguna vez, Griselda Gambaro me dijo que ella jamás daría a leer un material suyo antes de la octava versión. Doy por descontado que era una metáfora, pero me la tomé literal, como hace uno siempre con la palabra de los ídolos. Entonces, yo jodo con eso de que tengo que llegar por lo menos a ocho versiones o Griselda me va a mirar mal. Hay que entender que el paso del tiempo sobre el material de trabajo es lo que va produciendo el efecto de pulido. Cuando leo alguna obra y me gusta mucho, es porque disfruto —inexorablemente— de su combinación entre rigor y soltura. Si el material es simplemente riguroso, no me atrae. Si el material es simplemente suelto, tampoco. Pero cuando aparece esa alianza...

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Para llegar ahí, de todos modos, primero hay que escribir. Yo trabajo en períodos determinados porque me rinde mucho más. Planifico un tiempo, aislado de otras ocupaciones, para sentarme a escribir todos los días unas cuantas horas. Lo hice con todas mis últimas obras. Con mi familia tenemos una casa en la playa a la que me escapo. Corto un mes, no doy clases, no ensayo, nada. Voy allá y hago lo que acá me cuesta: me levanto temprano y estoy con la cabeza disponible todo el día para la escritura. Sé que desde el primer mate ya estoy corrigiendo y al rato escribiendo lo nuevo: estoy en proceso. Y tengo todo el día para hacerlo. Con esa concentración, la configuración de la obra funciona de una manera más eficaz. En la ciudad, puedo estar cinco días sin escribir porque tuve que hacer otras cosas.

En esos retiros de laburo soy capaz de escribir todo el día. Cuando estoy en mi casa, en cambio, me impongo horarios, que tienen mucho que ver con mi agenda: si estoy dando clases, por ejemplo, sé que hay momentos en los que no voy a escribir. Lo que sí o sí necesito siempre es continuidad. Una vez, en unas vacaciones, conocí a un músico que todas las mañanas, sin excepción, tocaba largo rato su instrumento en un rincón del jardín del hotel. Me emocionaba esa pasión. Un día, en un impulso cursi, se lo comenté. Me miró con cara de asco: “Pero ¡qué pasión! Si no toco todos los días, a la vuelta no estoy en dedos y en la orquesta me pasan factura. No es que quiera tocar, tengo que tocar”. Me resultó muy elocuente eso de estar en dedos, porque si no el cuerpo pierde contacto con el instrumento. Cuando escribo, me pasa algo parecido. Si estoy una semana sin escribir, cuando vuelvo no estoy en dedos. El instrumento no suena igual. Si toco a diario, la mano ya sabe adónde ir. Eso es lo que llamo “fluido acrítico”: la mano sabe. La mano escribe función lo cargás y en las que siguen lo sostenés. Acá pasa lo mismo. Si yo escribo una vez cada dos semanas, el trabajo de cargar a los personajes para que hablen por ellos mismos es imposible.

Pero empecemos por el principio, porque antes de la escritura hay otros pasos necesarios que dar.

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