Betina González: “Enamorarse es un acto ficcional”
Viernes 25 de setiembre de 2026
“Creo que la verdadera ficción, al revés de lo que suele pensarse, es una forma muy profunda de exposición” afirmó la autora de Un amor sin futuro en una nueva entrevista en vivo de Nacho Damiano.
Por Nacho Damiano.
Betina González, novelista, ensayista y docente de escritura creativa, se sumó al Club Eterno para hablar de su último libro, Un amor sin futuro. Tocamos temas de lo más variados: su proceso creativo, las decisiones formales que constantemente toman quienes escriben ficción, sus principales influencias y su relación con el lenguaje.
La novela trabaja con muchos registros distintos: mails, citas, diálogos, una narración omnisciente. ¿Cómo decidís qué registro es el adecuado para cada momento?
No lo pienso tanto. Escribir ficción, igual que escribir poesía, es una cuestión de ritmo: la narración está hecha de ritmo. En esta novela en particular, la apuesta surgió sola a partir de la voz. Si no tengo la voz, no arranco a escribir. Está en segunda persona, con una voz que le habla a la protagonista, como si fuera un desdoblamiento de ella misma hablándose a sí misma. No sabemos si esa voz viene desde un futuro ominoso o desde ese mismo presente, o incluso una especie de voz hipnagógica, como cuando te estás quedando dormido y aparece una voz.
Sabía que iba a ser un libro breve y me gustaba esa segunda persona, pero instintivamente sentía que tenía que fragmentarla, cortarla. Entonces empezaron a aparecer otros pedazos, otros fragmentos, otras músicas: el diálogo, una reflexión sobre un ensayo, un concepto que ocupa apenas un párrafo, una cita, un verso de poesía. Eso le fue dando a la novela una estructura sincopada: está la voz que conduce y de repente aparecen esas otras músicas que van armando los capítulos, que también son muy breves.
Al principio lo hago naturalmente, pero en cuanto siento que encontré el ritmo empiezo a revisar. Veo un párrafo largo y lo corto, lo leo en voz alta. Este es el libro que más leí en voz alta mientras escribía. El ritmo te da una estructura y eso tiene un impacto en la historia: cuánta información acerca de lo que les pasa a los personajes entra en cada segmento o en cada capítulo.
¿Por qué elegiste narrar en segunda persona y cómo sabías que el libro iba a ser breve?
La segunda persona me permitía jugar con una voz que sabe más que el personaje, o que parece saber más porque está adelantada. Es como un futuro muy cercano que ya sabe algo de lo que pasó, y eso me permitía jugar con la catástrofe que está en el horizonte y con un sentimiento ominoso que después fue coloreando toda la novela. La historia transcurre en 2022, recién terminada la pandemia, y había algo oscuro en el aire. Esa voz me permitía construir esa tonalidad emocional.
Y sabía que iba a ser un libro breve porque cuando decidí escribir una historia de amor con estas características, me pregunté qué era lo que realmente me interesaba narrar. Una historia de amor es probablemente de las cosas más difíciles de escribir: ya está todo codificado, todo está escrito. Desde Dante hasta hoy, pasando por Catulo y toda la poesía, hay muchísimo escrito sobre el amor. Entonces, ¿qué podía aportar yo?
Muchas de las historias que se venden o se consumen como historias de amor en realidad son historias de pareja. Yo quería hacer otra cosa: quedarme solamente con el momento del enamoramiento. No contar la historia de una pareja, sino intentar producir el efecto de ese presente en el que conocés a alguien que te interpela de tal manera que ya no sos la misma persona. Quería que la novela pareciera estar siempre sucediendo ahora, aunque pasara el tiempo. Cuando estás enamorado tenés otra percepción del tiempo, parece detenerse. Alrededor está todo el mundo haciendo cosas cotidianas, rutinarias, aburridas, y vos estás en otro tiempo, más lento: esperando que esa persona te escriba, que te llame, pensando cuándo la vas a volver a ver. Quería que esa percepción del tiempo quedara reflejada en la novela.
En la novela aparece una frase muy fuerte: “Querés encontrar una palabra que diga ese desmoronamiento y solo aparecen atajos, precauciones”. ¿Cómo lidiás con la derrota que implica saber de antemano que el lenguaje es incapaz de transmitir con precisión la experiencia humana?
Eso es algo que siempre digo en mis clases de ficción. Cuando se me acercan alumnos talentosos, me dicen: “Tengo esta idea”, y empiezan a explicarla, después se sientan a escribir y descubren que no sale. Yo les digo que lo primero que hay que hacer es las paces con esa situación.
Si te vas a dedicar a la narrativa, y sobre todo a la novela, tenés que aceptar que tu primer enemigo es la ansiedad. La novela es algo largo y tiene un problema que la narrativa no puede evitar: el tiempo. Primero pasó A, después pasó B, después pasó C. La poesía no tiene ese problema. Organizar en el tiempo la emoción de lo que sentimos es muy difícil, porque muchas veces no se corresponde con lo que sentimos. La experiencia no sucede con esa secuencialidad de una palabra detrás de otra.
Entonces hay que hacer las paces con que la idea genial o la emoción vivida siempre va a estar mejor en esa nebulosa que tenés en la cabeza que en la página escrita. Una vez que aceptás eso, hacés lo que podés. Y ahí descubrís que el lenguaje es muchísimo más poderoso de lo que imaginabas.
Es como el pintor, que tiene un límite: la tela del cuadro no es infinita. El lenguaje también tiene un borde, la literatura es un hecho sintáctico. Pero dentro de ese borde podés hacer de todo, una vez que aceptás lo que parece una contra, descubrís que en realidad es una ventaja, una riqueza, porque la lengua es hermosa y maleable.
Otra frase que me interpeló es “escribir es descubrir el yo”. ¿Estás de acuerdo con lo que dice tu narradora?
Sí, estoy de acuerdo. Creo que la verdadera ficción, al revés de lo que suele pensarse, es una forma muy profunda de exposición. Hay una especie de mística de la no ficción, como si lo importante fuera decir “esto pasó”. Para mí la ficción es mucho más jugada, es como contar un sueño, exponer algo que está dentro tuyo. Horacio Quiroga tiene una frase que me gusta mucho: “escribir es estar a la intemperie”. Una ficción te deja a la intemperie, desnudo, lo único que tenés es el lenguaje. No tenés forma de maquillarte, estás poniendo la emoción en carne viva.
Hay un momento muy lindo que explica Bachelard cuando habla de la ensoñación. Existe un estado parecido al sueño diurno en el que uno imagina cosas que tienen palabras, pero todavía no tienen palabras del todo, son imágenes, sensaciones. Ese es el estado de la ficción. Pero, a la vez, si no pasa por el lenguaje, no es literatura. En ese sentido, escribir es descubrir el yo porque la literatura está hecha de esas constelaciones que tenés adentro de la cabeza.
¿Necesitamos la ficción para aprender a enamorarnos?
Enamorarse ya es un acto ficcional. Ves a alguien, esa persona te conmueve o te interpela y empezás a imaginar todo. Siempre hay un componente misterioso del otro, si no hay misterio, no hay enamoramiento. Por eso las aplicaciones de citas van un poco en contra de cualquier idea del enamoramiento: si alguien te va a mover el piso, no necesariamente es porque coincide con vos o porque le gustan las mismas cosas. Eso sería un embole total. Guardate algo. No quiero saber cómo te cepillás los dientes antes de conocerte.
Hay algo irreemplazable que tiene que ver con la imaginación y con el misterio. Enamorarse es rendirse ante el misterio del otro y tratar de preservarlo, no convertirse en detective para desarmarlo. Necesitás que el otro siga siendo un misterio.
La novela también es el registro de un intento de narrar la belleza, un concepto a priori muy difícil de pasar al lenguaje. ¿Cómo lo trabajaste y qué descubriste en el proceso?
Creo que para nuestra época la belleza se volvió algo muy banal. Cuando yo digo “belleza”, todos creemos entender qué significa, pero en realidad tenemos un significado bastante berreta, construido por las redes, el periodismo y la circulación social de esa palabra. La belleza es mucho más compleja. No tiene que ver con una belleza hegemónica, tiene que ver con algo que te aterra. Y justamente por eso es tan difícil de narrar.
Para mí, lo que más se acerca es la poesía. Y hay una idea de los griegos que aparece en la novela: cuando ves algo bello, sentís la necesidad de dar testimonio de que eso existe. Ves a alguien o algo bello y ocurre una especie de ola dentro de tu ser. Algo te dice: tenés que dar testimonio de esto. Eso es lo que produce la verdadera belleza: la necesidad de testimoniar que existe.
Última pregunta, la que cierra todos los encuentros: ¿qué libros nos recomendás?
Voy a recomendar tres, dos tienen que ver con esta novela. El primero es un clásico: El amante, de Marguerite Duras. Lo recomiendo porque es el que se consigue con más facilidad, aunque si pudieran conseguir todos los libros de Duras, los recomiendo a todos.
Después, uno que no es ficción y que a mí me cambió mucho: Elogio del riesgo, de Anne Dufourmantelle. Son pequeños ensayos sobre temas como la familia, la pasión y el escándalo. Está escrito por alguien con una sensibilidad enorme, que era psicoanalista y también filósofa, y tiene una manera de pensar que puede entender cualquiera.
Y por último, recomiendo a Marina Closs. Me parece una autora súper interesante, tiene la osadía de haber escrito un libro sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca siendo muy joven y después siguió publicando libros muy buenos.
Sumo uno más: el Discurso de las pasiones de Pascal, que aparece en la novela. Es un libro chiquito, pero habla directamente al corazón y al entendimiento. Está buenísimo para pensar qué es la emoción, qué significa emocionarse y qué es la pasión.