Ricardo Coler: “La escritura es una escuela de humillación”
Viernes 02 de octubre de 2026
El autor de Un jefe fue entrevistado en vivo por Nacho Damiano en una nueva edición de su ciclo en el Club Eterno .
Por Nacho Damiano.
Además de escritor, Ricardo Coler es médico, fotógrafo y viajero. En su paso por el Club Eterno hablamos de su último libro, pero también del resto de su obra. ¿Qué aspectos de la medicina tal como la conocemos son universales y cuáles responden a la cultura de cada médico? ¿Por qué la preocupación reiterada sobre el universo de lo femenino? ¿Qué le pasa a una persona cuando asciende en la escala de poder? También revisitamos sus comienzos como lector y como escritor. Lo que se dice una charla muy variada.
Teniendo en cuenta que en gran parte de tu obra te dedicaste a viajar y a tratar de entender la forma en la que viven otras culturas, ¿qué aspectos de la medicina creés que son culturales y cuáles naturales, universales?
La medicina no es una ciencia, es una técnica que aplica algunas conclusiones a las que llegan las ciencias básicas, como la biología, la física o la química, que, eso sí, ha salvado millones y millones de vidas. Como decís, hay aspectos en los que tiene más que ver con lo cultural que con lo real. Yo vengo de la medicina alopática, que es la que se estudia en la universidad, y he visto mucho de otros tratamientos en los que la gente tiene fe que son bárbaros, siempre y cuando no estés enfermo. Cuando la muerte está por patear el penal, mejor ir al médico alopático.
Un ejemplo claro es la sexualidad. Cuando una persona tiene algún problema sexual recurre al médico, y los médicos no están formados para eso. El médico conoce la anatomía del aparato reproductor y algunas patologías, pero también contesta sobre lo que no sabe, empieza a pesar lo que le parece que está bien o mal, su juicio de valor. A veces esas respuestas dependen más de las convicciones, de la cultura del médico que de lo que realmente el paciente necesita. La medicina es maravillosa, pero tiene un límite, los médicos tenemos que saber decir “de eso no sé”, porque eso le permite al paciente seguir investigando su problema con alguien que sepa. Si el médico se posiciona en el lugar de saber aunque no sepa, le corta a la persona la posibilidad de buscar una opción que le solucione el problema.
En varios de tus libros aparece una preocupación por el mundo femenino. En este, aunque el protagonista es un varón, los personajes femeninos son fundamentales (y quizás los más potentes). ¿Qué pensás del rol de la mujer en la medicina en particular y en la sociedad en general?
El número de médicas ha crecido exponencialmente. Si uno mira cuáles son los países más evolucionados respecto del lugar de la mujer, va a ver que siempre son los países más civilizados. No es un problema de que el hombre es malo, sino que a medida que la sociedad se vuelve más evolucionada, el hombre puede escuchar a la mujer. Los países más machistas, donde la mujer está más subyugada, son teocracias, dictaduras, donde además se prohíbe el pensamiento, la libertad de expresarse. La evolución siempre da buenas noticias: el ser humano es el único que puede dejar de hacer las cosas que hacen los animales, el único que puede romper el orden al que llamamos “natural”.
La palabra “civilización” me parece un término de porquería, porque implica que quien la dice se piensa superior. Pero pensemos esto: en términos utilitarios, el arte no sirve para nada, el amor tampoco. Te podés casar sin amor, podés tener hijos sin amor, podés armar una familia. El amor es disruptivo, no es necesario para la continuidad biológica. Entonces, cuando vos te retirás del ciclo biológico animal y establecés algo como el amor, estás haciendo algo civilizado, complicadísimo y conflictivo. Una pareja que está enamorada, que es fiel, que dura años, que es sexualmente activa y comparte una familia, es una cosa para poca gente. Tenés que estar entrenado, saber lo que tenés que hacer, y eso tiene que ver con la civilización. Seguís siendo un animal humano, nunca dejás de serlo, pero empiezan a aparecer otras cosas.
Con respecto a esas otras cosas, en el libro también te detenés a pensar el funcionamiento de las instituciones y la dinámica del poder. ¿Qué implica para un médico común convertirse en jefe?
Cambian todas las relaciones. Por lo pronto, empieza a ejercer su profesión cada vez menos, pero no solamente eso: la toma de decisiones hace que pase a ser una persona observada. Es como que pasó de bueno a malo, como si se hubiera transformado en alguien que quiere jorobarle la vida al resto, que quiere quedarse con toda la plata. Encima, en la novela se trata de una institución a la que no le va del todo bien, entonces cuenta cómo se arma el runrún alrededor, qué es lo que él va perdiendo, cómo para manejar un sanatorio tiene que hacer cosas que antes no hacía y cómo mucha gente lo deja de querer. Es muy difícil querer a un jefe. Uno puede respetarlo, uno se puede hasta enamorar del jefe, pero quererlo es muy difícil.
Hay una cosa que pasa en cualquier institución y los sanatorios no son la excepción: el chisme circula. Todo el mundo supone cosas y el jefe es uno de los temas más divertidos, más habituales. No es un rol para cualquiera, no es un rol que pueda llevarse adelante de manera irresponsable, y es un rol donde uno rápidamente pierde el afecto de los otros.
Y ahí creo que aparece otro de los grandes temas del libro: la vulnerabilidad humana.
A medida que uno asciende en una empresa donde trabaja muchísima gente, se va quedando cada vez más solo. Esto no es para decir “pobrecito el jefe”, no tiene una valoración moral. En determinado momento el personaje se tiene que internar, su situación se agrava y no lo va a visitar nadie. Tiene gente que se ocupa de él, tiene todo lo que necesita, pero nadie se queda a ver cómo está. Esa soledad es parte de su posición.
Vos trabajás con el género ficción, pero también escribiste crónicas y ensayos. ¿Cómo definís qué género es el que mejor se adapta a lo que tenés entre manos?
Yo nunca escribo lo que quiero, no puedo. Yo me siento con una idea, pero no sale. Me sale otra cosa y tengo que adaptarme a eso. Me acuerdo cuando escribí un libro que se llama Eterna juventud que tiene una parte en donde cuento cómo fue la vejez y la muerte de mi padre. Yo estaba trabajando con otro libro y a la vez viviendo una situación especial con mi papá, hasta que alguien que quiero mucho me dijo: “Escribí sobre tu papá, que es lo que te está pasando en este momento”, y el tema se impuso. A veces uno tiene una idea, pero también hay que tener combustible para terminarla.
¿Cómo es tu relación con la lectura? ¿Cómo entraste a este universo?
Siempre leí. En mi casa había libros, mis padres no eran literatos, pero leían, había una biblioteca. También tenía una hermana que era muy lectora, ella sí lectora compulsiva. Ahora tengo una nieta que es así, es una cosa muy especial, como una desesperación por los libros. Mi relación actual es un poco diferente, muchas veces leo algo que tenga relación con lo que estoy escribiendo, para documentarme. Y no siempre en lo temático, El reino de las mujeres, por ejemplo, es un libro que está influenciado por Jacques Lacan, sobre todo por los discípulos de él que fui estudiando a través de los años. Y aunque no digo una palabra de él, nunca lo cito, el ambiente, el clima de ese libro tiene que ver con esas lecturas.
¿Y cómo fue el salto a la escritura?
Siempre escribí. Mal, pero escribí. Una vez había escrito una nota para Clarín sobre el matrimonio. La escritura es una escuela de humillación: hay que aceptar el no, aceptar que lo tuyo es una porquería (muchas veces con razón, argumentos no faltan). La cuestión es que Clarín me volvió loco. Trabajé muchísimo esa nota, la reescribí varias veces, hasta que un día la publicaron. De tanto trabajarla, tenía mucho material. Por otro lado, yo tenía una revista cultural, La mujer de mi vida. En la revista había una sección que se llamaba Cadáver exquisito, que consistía en que invitábamos a un autor reconocido para que venga a cenar con nosotros y después sacábamos una columna contando eso. En una de esas cenas conocí a alguien que me dijo que le interesaba leer el manuscrito. Lo leyó y me dijo: “Acá tenés un libro”. Lo fuimos trabajando (mucho), hasta que efectivamente se convirtió en mi primer libro.
Te hago la última, Ricardo, la pregunta con la que cerramos todas las ediciones del ciclo: ¿qué libros nos recomendás?
Hay un libro que yo siempre recomiendo, me gusta mucho: Cómo ser buenos, de Nick Hornby. Es maravilloso. Es un libro de un tipo que quiere ser bueno y lo que le pasa a raíz de eso. Ese mismo autor tiene otro que se llama Alguien como tú, es una novela de amor entre una mujer grande y un muchacho muchísimo más joven. La conclusión a la que llega me parece fantástica, saben que es algo que no va a durar, pero está muy bien. También recomiendo la saga de Verónica Rosenthal, de Sergio Olguín, La mujer que escribió Frankenstein de Esther Cross, Mil viajes en heladera, de Mercedes Reincke. El último de Guillermo Martínez me gustó mucho también.
Y después, pasando a los ensayos, más que un libro concreto he seguido la obra de dos autores durante mucho tiempo: uno es Jacques Lacan, que habré estudiado regularmente durante por lo menos veinte años, y el otro es Alan Badiou. Hace muy poco releí La ética. También me gustan los españoles Javier Marías y Juan José Millás. Hay bastante para elegir.